domingo, 13 de septiembre de 2015

Borges y el idioma analítico de Wilkins

          Me gusta Jorge Luis Borges. Los patrioteros latinoamericanos, prominentes en la izquierda populista en nuestra región, continuamente nos dicen que debemos consumir “lo nuestro” antes de consumir lo foráneo (especialmente si viene de Norteamérica o de Europa). Pero, curiosamente, esos mismos patrioteros de izquierda no suelen sentir mucho orgullo por Borges; más bien quieren esconder su grandeza debajo de la alfombra. Yo, en cambio, disfruto inmensamente sus escritos.
Uno de sus ensayos más famosos, no obstante, me resulta un tanto odioso, precisamente porque, de forma extraña, ha sido en ocasiones apropiado por algunos izquierdistas posmodernos para defender tonterías. Ese ensayo es El idioma analítico de John Wilkins.

Wilkins era un clérigo inglés del siglo XVII que tuvo la idea de crear un lenguaje artificial libre de ambigüedades, de forma tal que la relación entre palabras reflejase nítidamente la relación entre los conceptos que representan. Su proyecto consistía en organizar todos los elementos del universo, clasificarlos enciclopédicamente en categorías y subcategorías de varios niveles, y ubicar cada elemento en ese sistema de categorías. El nombre asignado a cada elemento se derivaría de su posición en el sistema.
Borges lo explica así: “[Wilkins] dividió el universo en cuarenta categorías o géneros, subdivisibles luego en diferencias, subdivisibles a su vez en especies. Asignó a cada género sin monosílabo de dos letras; a cada diferencia, una consonante; a cada especie, una vocal. Por ejemplo: de, quiere decir elemento; deb, el primero de los elementos, el fuego; deba, una porción del elemento del fuego, una llama”.
En otro lugar (acá) he criticado los esfuerzos de Leibniz y otros (como Wilkins) para generar lenguas artificiales libres de equívocos. Mi principal objeción es que la mente humana no está programada para aprender idiomas con muchísimo rigor lógico, y las pretensiones de Wilkins, Leibniz, y otros, son quiméricas.
En su ensayo, Borges elabora una crítica de la cual yo también me hago eco. No hay una forma única y absolutamente precisa sobre cómo clasificar los elementos del mundo. Leibniz opinaba que, si redujésemos el mundo a un número de primitivos básicos, a partir de sus combinaciones, podríamos construir nuevos significados. El problema, no obstante, es que es prácticamente imposible llegar a un consenso respecto a cuáles serían esos primitivos. Y, del mismo modo, me parece prácticamente imposible llegar a un consenso sobre cómo sería la mejor manera de clasificar el mundo en categorías.
Borges tiene razón cuando, en su ensayo, dice que “notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural”. El problema, no obstante, es cuando se pretende alegar que todos los sistemas de clasificación tienen el mismo nivel de arbitrariedad. Ciertamente hay algún grado de arbitrariedad en la clasificación que Linneo hizo de los animales, pero sería un despropósito postular que su sistema de clasificación no es ni mejor ni peor que, supongamos, la clasificación de animales que se hace en Levítico (el cual, por ejemplo, aglutina en una misma clase al murciélago con las aves; cfr. Levítico 11:13-19).
A posmodernos como Michel Foucault les encantaba este ensayo de Borges, porque les servía como plataforma para defender la idea de que la ciencia no es realmente superior a otros intentos de conocer el mundo, pues todas son igualmente arbitrarias. Esa tesis, me parece, es repudiable. Ciertamente cualquier sistema de clasificación tiene algún grado de arbitrariedad, pero unos son más arbitrarios que otros, y las clasificaciones científicas son las menos arbitrarias.

Y, si bien, lo mismo que Borges, podemos burlarnos de la quimera de Wilkins, me parece que, en algunos ámbitos limitados, sí tiene aplicabilidad su propuesta de asignar nombres a las cosas según su posición en la clasificación. El sistema binomial de Linneo, por ejemplo, sería un magnífico lugar para ejecutar la propuesta de Wilkins. Los nombres científicos de las especies son asignados de forma bastante arbitraria: en su nominación, sólo se refleja el género y la especie, y la asignación del nombre de cada especie y género no refleja de ningún modo el lugar del elemento en la clasificación de la biosfera.
Podríamos cambiar eso. Se podría asignar una sílaba a cada nivel taxonómico, de forma tal que, al oír el nombre de la especie, inmediatamente sepamos su lugar en la taxonomía. Hay ocho niveles taxonómicos (reino, filo, clase, orden, suborden, familia, género, especie), de forma tal que cada nombre científico tendría ocho  sílabas, o si no, dos palabras de cuatro sílabas cada una, manteniendo así la estructura binomial a la cual estamos acostumbrados. Por ejemplo, la especie humana, en vez de ser Homo sapiens, podría ser Ancormapri Haphomhomsap (An: reino animal; cor: filo cordata; ma: clase mamífera; pri: orden primate; hap: suborden haplorhini; hom: familia hominidae; hom: género homo; sap: especie sapiens). Después de todo, la idea de Wilkins no era tan demencial. Ojalá Borges pudiera haber alcanzado a ver esto.
    

2 comentarios:

  1. la propuesta se parece a otra idea que aparece en un texto del mismo borges, esa donde unos cartógrafos construyen un mapa tan grande, por fiel, que termina siendo del tamaño de la geografía misma...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si, es cierto, bastante utópica e impracticable. Ese texto de borges que usted menciona es muy famoso

      Eliminar