viernes, 4 de septiembre de 2015

Daniel Everett y los piraha, falsos héroes del ateísmo

            El antropólogo y lingüista norteamericano Daniel Everett es un héroe para muchos ateos. No lo es para mí; explicaré por qué. Tal como narra su vida en su libro No duermas, hay serpientes, Everett era un misionero fundamentalista cristiano, que se adentró en las selvas de Brasil para predicar y convertir a los piraha, una pequeña tribu de cazadores y recolectores que habían tenido muy poco contacto con la civilización.
            A Everett le pasó algo parecido a lo que se narra en Jericó, la película venezolana que cuenta la historia de un misionero español del siglo XVI que es raptado por una tribu indígena, y al final, asume sus creencias religiosas. El misionero, en vez de convertir, es convertido. Everett, como los misioneros fundamentalistas, estaba convencido de que al predicar el evangelio a los paganos, éstos se rendirían desplomados ante la fe, pues, ¿cómo puede alguien rechazar un mensaje tan evidente y tan poderoso? Everett no logró convertir a nadie. Descubrió que a los piraha les resultaban absurdas las creencias religiosas cristianas. Los piraha cuestionaban a Everett en sus creencias cristianas, y éste no sabía cómo responder. Al final, Everett desistió, y más bien asimiló las creencias de los pirahas.

            En realidad, Everett asumió las incredulidades de los piraha. Según la descripción etnográfica de Everett, los piraha son ateos. No tienen ningún concepto de Dios, ni de alma, ni de creación, ni del más allá, ni de milagros ni de sentido de la vida. Todas sus creencias, nos dice Everett, están basadas en evidencia; Carla Sagan aparentemente habría estado muy contento en esta tribu. Everett los llama “empiristas al máximo”. Y, además, son muy felices: la ausencia de creencias religiosas no genera en ellos ninguna depresión o ansiedad.
            Muchos ateos tienen orgasmos con todo esto que nos cuenta Everett. Al fin, dicen estos ateos, ha salido a la luz un ejemplo de un misionero testarudo que se da cuenta de lo absurdo de su labor, y asume un poco de sentido común. Al fin, se ha documentado una tribu que no necesita creencias religiosas, y que está muy feliz sin ellas. Everett es un héroe por poner en ridículo la arrogancia misionera religiosa, y hacer ver al mundo que el ateísmo es una opción bastante óptima. Los piraha son héroes, porque no sucumben ante las tonterías que enseñan los religiosos, y mantienen su escepticismo con vigor.
            Por mi parte, como he dicho, no considero a Everett como un héroe. Más bien, creo que sus posturas son contraproducentes para el avance de nosotros los ateos y agnósticos. Everett es en realidad primero primitivista, y luego ateo. Los románticos de antaño nos presentaban el mito del buen salvaje que no tiene religión organizada, pero que adora a un dios. Everett describe a unos ateos, pero lo sigue haciendo en la misma vena romántica, y los presenta como buenos salvajes que tienen mucho que enseñar al hombre civilizado. Ese supuesto ateísmo que promueve Everett es en realidad un caballo de Troya para el primitivismo.
            Podemos admirar a los piraha por no tragarse las creencias absurdas de un misionero fundamentalista cristiano. Pero, hay muchas otras cosas en los piraha, propias de una cultura primitiva, que no deberíamos celebrar, pero con todo, Everett las presenta con gran simpatía. Por ejemplo, no es sólo que los piraha no creen en Dios, en los mitos de creación o en la vida después de la muerte; es que ni siquiera tienen interés en preguntarse qué es el universo, cuál es el origen de las cosas, o cuál será el futuro de la humanidad. Everett describe a los piraha como “empiristas al máximo”, pero ese empirismo extremo los lleva a rechazar todo aquello que no esté inmediatamente frente a sus ojos. Para ellos, el mundo se reduce al pequeño bosque en el cual viven, y ya. Incluso, tal como lo documenta Everett (aunque esto ha estado abierto a intensas disputas académicas), el lenguaje piraha no tiene forma de hablar sobre el pasado o sobre el futuro, ni siquiera tienen conceptos de números o colores.
            ¿De verdad merecen elogios los piraha? Yo postulo que no. En muchos aspectos, los piraha piensan como niños (varias de las descripciones de Everett son muy afines a aquello que Piaget llamó el estado “pre-operacional” del desarrollo cognitivo). Tener una mente infantil no es ningún motivo de elogio. Si hemos de elogiar a ateos, elogiemos a aquellos que, en palabras de Kant, han hecho salir a la humanidad de su infancia. Los piraha son ateos, no porque se hayan hecho preguntas y racionalmente hayan buscado responderlas, sino porque, sencillamente, son un pueblo sin la menor curiosidad intelectual, de forma parecida a los niños en sus etapas más tempranas de desarrollo. Los ateos y agnósticos que valoramos la ciencia deberíamos reprochar la ausencia de curiosidad intelectual, y no celebrarla (como lamentablemente Everett hace de forma recurrente).


Los piraha son ateos básicamente del mismo modo que una persona con retraso mental es atea: sencillamente no tiene la suficiente capacidad intelectual para hacerse las preguntas religiosas típicas. Los misioneros cristianos son muy reprochables en muchas cosas y defienden toda clase de tonterías, pero al menos tienen un mérito: estimulan que los nativos se hagan preguntas importantes. Es una tontería decir que Dios creó al universo, o que vendrá el apocalipsis, pero no es una tontería preguntarse cuál es el origen de las cosas, o cómo será el mundo dentro de mil años. Así como los ateos y agnósticos no elogiamos a los misioneros que ofrecen respuestas infantiles a preguntas serias, tampoco deberíamos elogiar a primitivos que están en una fase de desarrollo cognitivo tan atrasada, que ni siquiera se hacen estas preguntas, pues tienen ningún interés en saber qué hay más allá del mundito en el cual viven (Piaget habría llamado a esto el “egocentrismo” típico de la etapa pre-operacional).

2 comentarios:

  1. Tu retórica huele a resentimiento. Desde una alta instancia tuya te has convencido a ti mismo de que ya jamás podrás volver a ser como ellos, pues crees que has perdido tu inocencia, que la has pervertido con tu curiosidad. Pero yo te digo, amigo: el corazón que se rompe no es tu verdadero corazón, pues tu verdadero corazón no se rompe.

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