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miércoles, 13 de junio de 2018

Sobre la guerra cristera


            En un seminario sobre estudios de la religión al cual asistí en 2012 en EE.UU., el profesor nos pidió a los alumnos que preparáramos una presentación sobre conflictos religiosos en nuestros países. Yo tenía compañeros de Jordania, India, Sri Lanka, Sudán, y otros países, y naturalmente, todos ellos se sentían muy cómodos con el tema, pues en esas naciones, musulmanes, cristianos, hindúes, budistas y judíos se la pasan matándose los unos a los otros. Yo, en cambio, tuve que decirle al profesor que en Venezuela ha habido varias guerras, pero que francamente, la religión no ha sido motivo importante en ninguna. Lo mismo, pensé, aplica a toda América Latina.
            De hecho, respecto a la religión hay en América Latina un gran pragmatismo, y eso es una enorme ventaja al compararse con el fanatismo religioso de otras regiones del mundo. En nuestros países, el cura católico de aldea (y algún obispo también) puede despotricar públicamente en contra de los dioses indígenas y africanos, pero disimuladamente, en ocasiones acude al brujo para que éste le dé consejos. Las guerras latinoamericanas han sido del tipo que Marx se habría deleitado más en analizar: conflictos entre clases sociales, no entre credos.

            No obstante, con el tiempo vine a entender que algunos de estos conflictos de clase sí se han revestido de colores religiosos. Y quizás  el más emblemático de todos ha sido la llamada “guerra cristera” de México, en los años 1920. Como herencia de la revolución mexicana, un presidente mexicano, Plutarco Calles, se propuso hacer cumplir una serie de leyes muy hostiles contra la Iglesia Católica. Los curas extranjeros tenían que marcharse de México, el clero no podía dar opiniones políticas, no se podía llevar sotana fuera de las iglesias, y otras cosas por el estilo. En fin, la misma torpeza de los soviéticos: pasar del Estado laico al Estado ateo, y perseguir a los católicos.
            Calles, lo mismo que los bolcheviques, no aprendió una lección básica de historia: desde que los romanos lanzaban a los cristianos a los leones, el cristianismo ha tenido un gran complejo de mártir, y cuando se le persigue, encuentra fuerzas para revivir y tener aún más fuerzas de las que tuvo antes de la persecución. No en vano, a la mayor persecución de cristianos en el imperio romano, la de Diocleciano, le siguió la conversión de Constantino. Toda esta historia debería ser recordatorio de que la forma más efectiva de erradicar el cristianismo es con educación racionalista y libre pensamiento, no con bayonetas; cuando se trata del ateísmo, la letra con sangre no entra.
            Y en efecto, la historia se repitió en México. Hasta ese momento, en América Latina no había habido mártires cristianos, sencillamente porque el cristianismo en nuestra región siempre había sido una religión de victimarios, no de víctimas. Pero, bastó que algún político torpe se propusiera formular leyes persecutorias, para que las masas empobrecidas de México asumieran el complejo de mártir que siempre está latente en el cristianismo, y se alzaran en armas. Surgieron así los llamados “cristeros”, guerrilleros que atacaban a las fuerzas regulares de Calles, y usaban el grito “¡Viva Cristo Rey!” como consigna.
            Este mismo complejo de mártir permea la película que hace unos años se hizo sobre la guerra cristera, Cristiada, dirigida por Dean Wright. En la película, se presenta a un niño mexicano que entra en las filas guerrilleras, y está muy deseoso de morir por Cristo en el conflicto. Las fuerzas de Calle lo atrapan, lo torturan, y le dicen que para salvar su vida, sencillamente tiene que maldecir el nombre de Cristo. El niño tercamente se niega a hacerlo, en cambio proclama “¡Viva Cristo Rey!”, y los soldados lo matan.
            Es muy preocupante que la Iglesia vea esto como una gran hazaña. Este niño, junto a otros, fue canonizado por Benedicto XVI en una visita a México. La Iglesia no ha presentado objeción al hecho de que la guerrilla cristera usó a niños como combatientes. Pero además, es también objetable el modo tan absurdo en que la Iglesia incentiva martirios como éste. ¿Dónde está lo objetable en pronunciar unas simples palabras con tal de salvar la vida? ¿Qué se gana con el empeño suicida? ¿No habría sido mucho más moral para ese muchacho maldecir a Cristo, y así evitar el sufrimiento de su madre al enterarse de su muerte?
Puedo entender la admiración por un soldado que prefiere morir torturado antes de delatar el escondite de sus camaradas. El delatar su secreto sería perjudicial para sus camaradas. Pero, ¿a quién se perjudica maldiciendo a un dios, si a fin de cuentas, en su fuero interno no lo maldice? ¿No se supone que Dios, en su omnisciencia, sabe que el torturado en realidad no blasfema por gusto?
La Iglesia canoniza a fanáticos como los mártires cristeros, pero yo valoro mucho más al protagonista de Silencio (la novela del japonés Shusaku Endo), un misionero portugués en el Japón del siglo XVII que, para salvar su vida y la de sus camaradas torturados, pisa una imagen de Cristo.
En fin, sin duda, en la guerra cristera hubo fanáticos católicos. Pero, como bien dice Calles en la película Cristiada, en el fondo, el motivo de esa guerra no era realmente religioso, sino político y económico. La guerra cristera fue en realidad una continuidad de la revolución mexicana, la misma de Pancho Villa y Emiliano Zapata. Aquella revolución, como tantas otras en nuestra región, se convirtió en una farsa. Calles se ufanaba de ser muy progresista, pero como tantos caudillos nuestros, una vez en el poder, no llevó a cabo las reformas económicas que prometió, y los campesinos siguieron tan desposeídos como siempre. 

Los campesinos mexicanos se alzaron en armas ante la frustración, pero como ha solido ocurrir en ese país, necesitaron un símbolo religioso que terminara de mover sus pasiones, y las leyes anticlericales de Calles fueron la gota que derramó el vaso. Esto no era del todo inédito en la historia de México: un siglo antes, los mestizos e indígenas, descontentos con la opresión colonial, se alzaron en armas, pero para ello necesitaron que un cura, Hidalgo, los guiase con el estandarte de la Virgen de Guadalupe.
En todo caso, esto no es exclusivo de la historia de México. Muchas revueltas religiosas en la historia del cristianismo, han sido en realidad luchas de clases, adornadas con símbolos religiosos. Sería muy ingenuo creer, por ejemplo, que la rebelión de los campesinos alemanes en 1524, se trató sencillamente de un levantamiento de protestantes contra católicos. Ciertamente, las ideas de Lutero fueron el detonante de la revuelta (aunque el propio Lutero desaprobó la rebelión), pero en el fondo, era un conflicto entre campesinos oprimidos y príncipes opresores.
No cabe negar que ha habido auténticas guerras religiosas, auspiciadas por un fiero fanatismo. Pero, al menos en América Latina, afortunadamente no estamos dispuestos a matarnos porque un tipo le reza a la Virgen, y otro tipo le reza sólo a Cristo o a Changó. Cuando aparentemente la religión sí tiene que ver con odios entre latinoamericanos, en el fondo se trata de otros motivos, generalmente económicos. Después de todo, el materialismo dialéctico de Marx, sí sirve para explicar muchas cosas en América Latina.

lunes, 4 de junio de 2018

Jinnah en el cine y en la vida real


            En la opinión pública internacional (inevitablemente influida por Estados Unidos), Alemania Occidental era la buena, Alemania Oriental era la mala; Corea del Sur es la buena, Corea del Norte es la mala. Cuando se trata del subcontinente indio, esa misma opinión pública internacional suele considerar que India es la buena y Pakistán es el malo, aunque no siempre fue así. Por décadas, Pakistán fue aliado de los norteamericanos contra los soviéticos, mientras que la India levantaba sospechas por su coquetería con el socialismo. Pero, las cosas han cambiado, y ahora la opinión pública internacional ve a la India como el país que tiene un buen porvenir, mientras que Pakistán es el país de terroristas descontrolados.
            Esta dualidad (India buena vs. Pakistán malo) también se extiende a sus héroes nacionales. Gandhi, el padre de la India, es un héroe mundial. Jinnah, el padre de Pakistán, o bien es un simple desconocido, o bien es visto como un tipo intransigente y ambicioso. En 1982 Richard Attenborough rindió homenaje al Mahatma en su elogiada película, Gandhi. Los pakistaníes tuvieron que esperar a 1998 para que se hiciera una película sobre su héroe. Jamiel Dehlavi realizó así Jinnah, pero la película tuvo toda clase de problemas en su distribución, y nunca llegó a las salas de cine.


            La película de Attenborough es una biografía más o menos convencional, que muestra los episodios más importantes de la vida de Gandhi. Dehvali, en cambio, optó por introducir elementos fantasiosos: Jinnah muere, y en su Juicio Final (extrañamente, el juicio no tiene un aspecto religioso), el fantasma de Jinnah visita episodios de su vida pasada, tratándose de justificar; algo así como Scrooge en El cántico de navidad.
            A mí particularmente no me agradan estos recursos fantasiosos cuando se trata de evaluar sucesos históricos importantes. Pero, en Jinnah, no están mal. Pues, el recurso fantasioso del Juicio Final da la oportunidad a Dehlavi para explorar debates históricos que, en una narrativa cinematográfica convencional, sería difícil de hacer. A lo largo de la película, a Jinnah se le cuestionan varias de sus decisiones, pero el fantasma elocuentemente se defiende explicando por qué hizo lo que hizo.
            Una cosa es clara: Jinnah no es culpable del desastre en que se ha convertido Pakistán. A pesar de que no se representa en la película, es sabido que Jinnah comía cerdo y bebía. No era un musulmán fanático. De hecho, en una memorable escena de la película, Jinnah confronta a unos integristas que le reprochan el querer dar derechos a las mujeres y a las minorías religiosas.
Pero, a pesar de no tener gran entusiasmo religioso, Jinnah estaba preocupado por la posibilidad de que, en una India independiente, los musulmanes serían una minoría perseguida. En otra escena muy bien lograda, Jinnah dice que los propios musulmanes fueron invasores de la India, pero que a diferencia de los británicos, no tienen un país al cual regresar. Jinnah supo anticipar que los musulmanes serían ciudadanos de segunda en la India.
El tiempo le dio la razón. De hecho, en una escena muy curiosa, el fantasma de Gandhi muestra al fantasma de Jinnah los tristes acontecimientos de la destrucción de la mezquita de Ayodyha, en 1992, y cómo esto dio paso a un muy agresivo nacionalismo hindú que amenaza seriamente a los musulmanes que se quedaron en la India. Gandhi incluso le recuerda a Jinnah que fue un fanático hindú quien mató al Mahatma, precisamente porque consideró que Gandhi había traicionado a la India al ser demasiado condescendiente con los musulmanes.
Gandhi ingenuamente creía que hindúes y musulmanes podrían vivir en paz en un mismo país, ignorando siglos de animadversión entre las dos comunidades. Jinnah fue más realista. En una escena, Jinnah se preocupa de que los musulmanes en la India sean como los judíos de Europa justo antes del Holocausto.
Es curioso que el personaje de Jinnah diga esto (ignoro si Jinnah realmente comparó a los musulmanes de la India con los judíos de Europa). Pues, cabría esperar que, en su comparación con los judíos, Jinnah y los pakistanís tendrían más simpatía por Israel, un Estado que, lo mismo que Pakistán, se formó para proteger a una minoría religiosa perseguida. En 1948, Pakistán se negó a reconocer a Israel como Estado (Jinnah murió algunos meses después).
Quizás podría admitirse que, en 1948, a Israel se le dio más territorio del que le correspondía, mientras que en 1947, a Pakistán se le despojó de muchos territorios que le correspondían, notablemente Cachemira. La película no es especialmente enfática sobre este punto, pero deja entrever que hubo una suerte de conspiración (o al menos, incompetencia) fraguada entre Nehru y el virrey británico de India, Lord Mountbatten, en la cual los encantos de la esposa de Mountbatten tuvieron algo que ver.
La escena final de la película es muy emotiva, aunque de dudosa plausibilidad. El fantasma de Jinnah visita a los migrantes musulmanes que van de la India a Pakistán, y contempla el sufrimiento al que han sido sometidos como consecuencia de los ataques de hordas hindús. Jinnah se entristece ante esto, pero los migrantes le aseguran que su decisión ha sido la correcta, pues a partir de ahora, tendrán una patria que los proteja. Tras eso, enérgicamente lanzan proclamas nacionalistas a favor de Pakistán.
Digo que esta escena es de dudosa plausibilidad, porque a pesar de que es indiscutible que los musulmanes de la India son ciudadanos de segunda, no es del todo claro que los musulmanes que emigraron de India a Pakistán, tengan mejores vidas. Podemos discutir algunas cosas sobre la vida de Jinnah, pero es justo admitir que fue un hombre equilibrado. Tras su muerte, Pakistán fue de mal en peor, con una serie de golpes militares y dictaduras que desembocaron en una sociedad infestada por grupos yijadistas que ejercen notable influencia sobre los gobiernos.
Jinnah siempre tuvo la voluntad de que en Pakistán no ocurriese lo que él temía que ocurriría en la India. Lamentablemente, no tuvo éxito. Pakistán persigue a sus minorías religiosas muchísimo más que lo que sucede en la India. Por fortuna, quedan en Pakistán voces sensatas que quieren rescatar el legado moderado y secularista de Jinnah, y Dehlavi (el director de Jinnah) ciertamente forma parte de esas voces. Queda por ver si estas voces serán suficientemente influyentes.

viernes, 25 de mayo de 2018

¿Por qué quedan indios en Sudamérica pero no en Norteamérica?


Uno de los argumentos que más frecuentemente usan los nostálgicos del imperio español (es muy sospechoso que estos nostálgicos están en España, y no en las antiguas colonias) es que en Hispanoamérica quedan indios, mientras que en Norteamérica casi no quedan, y los poco que sobreviven están confinados en reservas.
            En el mito nacionalista español, la gran virtud del imperio fue la iniciativa del mestizaje. A inicios del siglo XX, algunos nacionalistas hispanoamericanos extrañamente tomaron esta idea. José Vasconcelos, por ejemplo, argumentaba de un modo muy confuso y con datos muy espurios, que la raza mexicana era superior a otras, en virtud de su origen en el mestizaje. Según este mito, en Norteamérica a los indios se les hacía la guerra, en Sudamérica a las indias se les hacía el amor.



            Esta idea de los conquistadores como hippies proclamando algo así como “make love, not war”, y conquistando no con las armas, sino con sus deleites sexuales, es extremadamente difícil de aceptar. Los conquistadores eran tipos que habían leído demasiadas novelas de caballería (muy a lo Don Quijote), y estaban muy deseosos de conseguir gloria (no tanto oro) en territorios lejanos, a sangre y fuego. Eso explica muchas de las atrocidades cometidas por Cortés, Pizarro, y tantos otros.
            Con todo, persiste el reto planteado por los nacionalistas españoles: ¿por qué, entonces, quedan indios en Sudamérica pero no en Norteamérica? La respuesta, me parece, no es tan difícil: sencillamente, porque había más indios en el Sur que en el Norte. Las dos grandes civilizaciones del continente en el siglo XVI, los aztecas y los incas, estaban en territorios conquistados por los españoles. Con una mayor densidad de población, es natural que sobrevivieran indios en mayor número, en los territorios conquistados por España.
            De hecho, en aquellos territorios conquistados por España, pero en los cuales no había grandes civilizaciones, no quedan indios. Hay una cuantiosa población indígena en México o Perú, pero son inexistentes en la República Dominicana, Puerto Rico o Cuba, precisamente porque esas islas, con menor densidad poblacional, no aguantaron la arremetida de los conquistadores. La densidad poblacional del Caribe era similar a la de Norteamérica. Cabe pensar que si los españoles hubieran conquistado Norteamérica, los indios ahí también hubiesen desaparecido, y si los ingleses hubiesen conquistado Sudamérica, habría muchos indios hablando inglés. De hecho, en Guyana inglesa y Belize, hay básicamente la misma proporción de indios que en Venezuela y Honduras.
            Es cierto que en Sudamérica hubo más mestizaje que en Norteamérica. Pero, esto no es el gran logro moral que los nacionalistas españoles quieren hacer creer. Como en casi todas las sociedades, el mestizaje en Hispanoamérica se toleraba siempre y cuando la mujer fuese de posición social inferior. Los mestizos glorificados por España siempre han sido hijos de indias y conquistadores (el Inca Garcilaso, Francisco Fajardo, Martín Cortés, etc.), nunca hijos de indios con españolas. La supuesta gran hazaña del mestizaje es más bien testimonio de la brutal conducta militar española, en su toma de botín sexual.
            Por lo demás, los mismos nacionalistas españoles que tanto enaltecen el mestizaje, suelen justificar lo injustificable alegando que España trajo a América el gran beneficio de la religión católica. A la Iglesia se le pueden reprochar muchas cosas, pero al menos, ha sido consistente en su enseñanza sobre la inmoralidad del adulterio. Los nacionalistas españoles, en plena hipocresía, enaltecen a Cortés y los conquistadores, como si hubieran hecho un gran aporte a la fe católica, pero disimulan el hecho de que sus amoríos con las indias (si acaso a eso se le puede llamar amorío, era mucho más coerción sexual) ocurrían mientras permanecían casados con sus mujeres en España, y de hecho, muchas veces, tras conseguir fortuna en las Indias, regresaban a sus esposas.