viernes, 18 de septiembre de 2015

La glosolalia es irracional, pero no tanto

            Los ateos y agnósticos gozamos mucho burlándonos de la glosolalia: la manifestación religiosa cuando, supuestamente, el Espíritu Santo baja, se apodera del creyente, y éste empieza a hablar en lenguas que nadie entiende. Si la experiencia es muy intensa, el feligrés se tirará al piso sin control, en un desenfreno total. Es la irracionalidad llevada a su paroxismo.
            Cuando la antropología se encuentra con este tipo de cosas entre nativos, suele evitar juzgarlas y trata más bien de “comprenderlas”. Esto a veces desemboca en excesos de relativismo cultural, cuando se trata de racionalizar cosas que, sencillamente, son irracionales. Pero, deseo aplicar un poco de relativismo cultural (típico en la antropología) a la glosolalia, y explorar la idea de que, quizás, no sea tan irracional.

            Es irracional, por supuesto, pensar que realmente el Espíritu Santo baja y se apodera de los feligreses. Algunos cristianos creen que la lengua que se habla en la glosolalia es una antigua, pero los lingüistas que han estudiado estos fenómenos nos informan que, en la glosolalia, sólo se emiten sonidos sin ninguna significación en ninguna lengua del mundo. Otros cristianos creen que lo que se habla en la glosolalia es en realidad una lengua de ángeles que sirve para comunicarse con Dios, y que no tiene paralelismo con ninguna lengua terrenal. Este alegato sobrenatural, por supuesto, no es verificable, y en ese sentido, es igualmente irracional.
            Pero, la glosolalia puede tener una semblanza más racional, si aceptamos que en estos fenómenos la intención no es propiamente comunicar algo. El filósofo John Searle hablaba de los “actos del habla”, a saber, actos lingüísticos que no buscan propiamente representar el mundo, sino ejercer una acción sobre él. En ese sentido, la glosolalia no representa nada propiamente (son, en efecto, sonidos sin sentido), pero sí sirve como actos con propósitos bastante específicos.
            Por ejemplo, desde la fase más temprana del cristianismo, la glosolalia se utilizó como manifestación espontánea de la religiosidad, al margen del control institucional de la Iglesia. El propio san Pablo, en su correspondencia con los corintios, mostró preocupación por la gente que hablaba en lenguas, pues temía que el culto cristiano se volviera demasiado extático, y causara desorden social. A medida que la Iglesia se fue institucionalizando, la glosolalia surgió espontáneamente entre grupos cristianos marginados del poder, como una forma de protesta frente a la jerarquía, y así se mantiene hasta el día de hoy. No esperemos ver a un burócrata tirarse en el suelo del Vaticano a gritar sonidos ininteligibles (la alta jerarquía católica desaprueba intensamente la glosolalia), pero sí podemos esperar eso de un pentecostal en una comunidad empobrecida del Tercer Mundo.
            La glosolalia también es, hasta cierto punto, una afirmación de multiculturalismo en el cristianismo. En la historia original del libro bíblico de Hechos, los apóstoles empiezan a hablar en otras lenguas, porque se disponen a predicar el mensaje de Jesús a otros pueblos. A diferencia del Islam (el cual en su expansión impuso el árabe a efectos religiosos, y subordinó las lenguas de los pueblos convertidos), el cristianismo desde un inicio trató de acoplarse a cada cultura en la evangelización. Así, el hablar en lenguas sería una forma de afirmar que la religión en la cual se está participando no está confinada a un grupo lingüístico en particular.
            Además de eso, la glosolalia, como cualquier experiencia extática (sea el consumo de drogas, la afición en una peña futbolística, la música rock, etc.) puede servir también como efecto catártico. El control es necesario en nuestras vidas, pero pareciera que, en ocasiones, nos viene bien la relajación de las normas, y la glosolalia es una buena ocasión para el descontrol: estudios neurológicos hechos por Andrew Greenberg revelan que, en la glosolalia, los lóbulos frontales (la región cerebral donde hay más actividad cuando se ejerce control) muestran menos actividad. Algunos seguidores de Freud (en especial, Arthur Janov) promovieron la “terapia primal”, la cual consiste, básicamente, en permitir momentáneamente el descontrol con fines catárticos. Esta terapia no convence a todos los psicólogos, pero aun si admitimos que la catarsis no tiene el poder de alivio que muchas veces se le atribuye, no deja de ser cierto que, en ocasiones, sí puede tener efectos momentáneos.
            Si la catarsis no sirve de gran cosa, entonces al menos podríamos explorar también la posibilidad de que la glosolalia propicie algunos estados mentales que aparentemente son beneficiosos neurológicamente, del mismo modo en que la recitación de mantras o sílabas sagradas (“om”) facilita la meditación de origen hindú y budista, y ésta también podría traer efectos neurológicos beneficiosos (aunque, vale insistir, hay muchos científicos que mantienen su escepticismo al respecto).

            La cultura pop se apropió del yoga y la meditación, y los empleó para propósitos de salud, desvinculándolos de su contexto religioso original, y expurgando de ellos los elementos irracionales que proceden del hinduismo y el budismo; afortunadamente mucha gente hace yoga y medita, no con la intención de que atman se una a brahman (o, algo así como “sentirse en unión con el universo”), sino sencillamente, para relajarse y sentirse bien. No vería mal que, en un futuro, se formaran clubes seculares de hablar en lenguas.

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