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sábado, 26 de diciembre de 2015

Los mormones, la teosis, y la alienación religiosa

            A mi juicio, una de las críticas más efectivas en contra de la religión es la que en el siglo XIX hizo el filósofo Ludwig Feuerbach: la religión aliena al hombre en la medida en que lo empequeñece ante Dios. La divinidad es la proyección de lo que el hombre quiere ser. Pero, precisamente, cuanto más engrandece a Dios, el hombre más se empequeñece a sí mismo.
            Casi todas las religiones castigan duramente aquello que los griegos llamaron hubris: la arrogancia humana de pretender ser Dios. Hoy, esa misma censura religiosa impide muchos avances tecnológicos (sobre todo en el ámbito de la bioteconología), pues se asume que esos avances son una forma de “jugar a ser Dios”. Las religiones enseñan la distancia entre Dios y el hombre, y según se nos dice, siempre debemos saber reconocer nuestra pequeñez.

            Pero, afortunadamente, hay religiones que resisten esta concepción alienante. Una de ellas es el mormonismo. Para los ateos y agnósticos, es fácil invocar al mormonismo como una clarísima ilustración de todos los vicios de la religión: un cínico que captó a seguidores terriblemente ingenuos, los convenció de tonterías monumentales, y al final, se valió de la manipulación para satisfacer su lujuria.
            No disputo nada de esto. Pero, el mormonismo introdujo una doctrina que sirve parcialmente para escapar la alienación religiosa: la deificación. El mormonismo, en estricto sentido, no es una religión monoteísta (y esto suele ser aceptado por los propios mormones), pues estipula que es posible para el hombre convertirse en un dios. En tanto muchos ya lo han logrado, el mormonismo acepta la existencia de múltiples dioses. Por ende, es más acorde describir al mormonismo como una religión politeísta.
Si bien en la teología mormona esta transformación está reservada para la ultratumba, el mormonismo también estimula esa transformación en vida. Así, los mormones no suelen tener tanta oposición a aquello que el resto de las religiones llama hubris. De hecho, de todas las religiones que existen, el mormonismo es la que más colabora con el transhumanismo (el proyecto de trascender las limitaciones humanas a través de la tecnología).
Feuerbach, pienso yo, estaría complacido con el mormonismo. Pues, los mormones no empequeñecen al hombre del mismo modo en que lo hacen las religiones abrahámicas tradicionales. En el mormonismo, Dios no es ese ser majestuoso y trascendente que nos apabulla. Dios, en realidad, era originalmente un hombre que consiguió estatus divino. Y, así como Él lo hizo, el resto de la humanidad puede también hacerlo. Si bien en el ámbito organizacional la Iglesia de los Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no es ninguna democracia (de hecho, es bastante autoritaria), teológicamente, el mormonismo sí es bastante más democrático: no presenta la imagen monárquica que habitualmente defienden los teólogos (en la cual el hombre-vasallo está siempre por debajo del Dios-rey), sino más bien un modelo en el cual, cualquier ciudadano común, puede llegar a ser un dios.
Todo esto resulta muy blasfemo a los cristianos tradicionales. Pero, no debería serlo. Pues, según parece, el propio cristianismo enseñó cosas muy parecidas desde sus inicios. Cualquier clase de catequesis enseña que la serpiente indujo a Eva a comer del fruto, diciéndole, “seréis como dioses”. El pecado de Adán y Eva, pues, fue pretender ser dioses.
Pero, extrañamente, en la propia Biblia se enuncia: “… para que por ella lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina” (I Pedro 1:4). Pareciera, entonces, que lo que Adén y Eva hicieron no fue tan pecaminoso. Y, varios de los padres de la Iglesia reafirmaron la idea de que podemos impregnarnos de la naturaleza divina. Atanasio, por ejemplo, decía que Dios se hizo hombre, para que nosotros seamos dioses.
Esta idea nunca fue muy popular en el catolicismo. Pero, sí fue abrazada por la Iglesia Ortodoxa. No obstante, los griegos, siempre más dados a la teología que los latinos, trataron de explicar que, en realidad, nos impregnaríamos de naturaleza divina, pero no seríamos propiamente dioses. Y, típico de la teología, acudieron a malabares interpretativos con palabritas que, a decir verdad, no resuelven gran cosa. Por ejemplo, distinguieron entre teosis y apoteosis: supuestamente, en la teosis, nos unimos a Dios; mientras que en la apoteosis, nos convertimos en Dios (la apoteosis, pues, es herejía).
Yo francamente no entiendo cómo podemos impregnarnos por completo de la naturaleza de un ente, sin llegar a ser idéntico a ese ente. Las palabras de Atanasio son muy claras, y habría que ser muy sofístico como para interpretar que, en realidad, no quiso decir que nos convertiríamos en dioses. Éste es otro de esos ejemplos, que tanto abundan en la teología cristiana, de querer disimular doctrinas acudiendo a distinciones lingüísticas bizantinas (de hecho, el adjetivo “bizantino” procede precisamente de la mala fama de estas discusiones teológicas en Bizancio).
Al menos en este aspecto, me parece, los mormones son mucho más sensatos. Y, al proclamar una teología que sí permite a los hombres convertirse en dioses, opino que el mormonismo es una religión menos alienante (sólo en esto; en otros aspectos, por supuesto, es tremendamente alienante), y más propicia para una mayor autoestima de la humanidad.

Por otra parte, tanto en el cristianismo griego como en el latino, así como en el Islam, siempre ha habido una tradición que ha hecho caso omiso a los malabares interpretativos sobre la teosis, y ha propiciado la aparición de personajes que, llegan a sentir tal unión con lo divino, al punto de afirmar ellos mismos que son Dios. Se trata, por supuesto, de los místicos. No suelo tener mucha simpatía por estos personajes que buscan un origen sobrenatural a experiencias psicológicas que la neurociencia explica bastante bien. Pero, al menos, valoro en los místicos ese enaltecimiento de su propia identidad, y ese rechazo a considerarse una piltrafa ante la majestuosidad divina.

sábado, 13 de diciembre de 2014

¿Van los perros al cielo? A propósito del papa Francisco



            Recientemente el papa Francisco, tratando de consolar a un niño, le dijo que su perro iría al cielo. Previsiblemente, su comentario fue el hazmerreír de muchos. Tanto fue así, que inmediatamente, sus aduladores tuvieron que saltar a decir que el papa sólo hablaba en términos laxos, y que la idea de la resurrección y el cielo para los perros no es doctrina católica. Nada de esto pasará de ser una mera anécdota, pero invita a algunas reflexiones y preguntas sobre las dificultades de la doctrina católica sobre la resurrección y el cielo.

            Tradicionalmente, el catolicismo niega la salvación a los animales, por el hecho de que no tienen alma. Pero, ¿qué es exactamente el alma? ¿Implica la ausencia de alma que, así como los perros no van al cielo, tampoco tienen capacidad de sufrir, y por ende, no hay dificultad moral en maltratarlos? De hecho, me parece que el católico que opina que los perros no van al cielo, no debería objetar el maltrato animal, pues darle una patada a un perro (un ser sin alma) sería una acción del mismo calibre que darle una patada a una silla (un objeto inanimado); aunque, en realidad, esta cuestión es más compleja, pues los escolásticos admitieron que la crueldad contra animales perjudica el carácter moral del propio agresor, pues éste fácilmente puede volverse agresor contra otros seres humanos.
            Si los perros no tienen alma, ¿cuándo en la historia natural apareció la primera alma? ¿Con Homo erectus? O, ¿con Homo sapiens? Si la evolución de la especie humana fue gradual, ¿también es gradual la aparición del alma? ¿Tuvieron nuestros ancestros la mitad de un alma?
            Cuando venga la resurrección con el Juicio Final, y Bolívar merezca el cielo por haber liberado a América del yugo español, ¿estará Bolívar contento en el paraíso sin su inseparable amigo canino Nevado? Si en el cielo no habrá infelicidad, ¿cómo puede mantenerse el Libertador feliz sin su gran compañero? Si Dios le concede a Bolívar una réplica celestial de Nevado, ¿estaría satisfecho Bolívar al saber que él tendrá como compañero, no al perro que lo acompañó en batallas, sino sencillamente a una réplica? Para hacer verdaderamente feliz a la gente que va al cielo, sus mascotas originales también tendrían que ir al cielo.
            Pero, aun en el caso de que las mascotas vayan al cielo, ¿cómo Dios podrá reconstituirlas, de forma tal que sean la misma mascota original? De hecho, ¿cómo podría estar seguro el Bolívar celestial de que él es la misma persona que batalló en la batalla de Carabobo? En virtud de que no hay una continuidad espacial y temporal entre el Bolívar original y el Bolívar celestial, ¿no sería el Bolívar del paraíso más bien una réplica, pero no la misma persona que el Libertador? Dios podría calmar la angustia del Bolívar celestial al informarle que su cuerpo está hecho de los mismos átomos que el Bolívar que murió en Santa Marta. Pero, los gusanos comieron parte de su cuerpo ya enterrado, una gallina se comió a esos gusanos, y Manuelita Sáenz se pudo comer a esa gallina. En ese caso, Manuelita Sáenz y Bolívar compartirían átomos. ¿Cómo podría Dios resucitar íntegramente a Bolívar y Manuelita a la vez, si ambos comparten átomos?
            En efecto, las declaraciones del papa Francisco fueron un hazmerreír, y rápidamente se advirtió que no son doctrina católica. Pero, francamente, la doctrina católica es también un hazmerreír, y los propios católicos deberían reflexionar críticamente sobre sus dificultades.

jueves, 4 de diciembre de 2014

¿El descubrimiento de vida extraterrestre invalidaría el cristianismo?

            En un libro reciente, Religions and Extraterrestrial Life, David Weintraub informa lo que distintas religiones dicen respecto a la posibilidad de vida extraterrestre. En su informe, Weintraub documenta que casi todos los grupos cristianos están abiertos a la posibilidad de vida extraterrestre, y no considerarían fatal para sus alegatos religiosos el descubrimiento de vida extraterrestre inteligente. Las excepciones son los evangélicos fundamentalistas y los Testigos de Jehová, quienes insisten en que no puede haber vida extraterrestre, de lo cual se deriva (pocas veces de forma explícita), que el descubrimiento de alienígenas invalidaría el cristianismo.

            Para los cristianos que sí están dispuestos a aceptar la posibilidad de vida extraterrestre, aparecen algunos problemas. ¿Tienen pecado original los alienígenas? En caso afirmativo, ¿la muerte de Cristo los redimió del pecado?, y ¿es necesario predicarles el evangelio? Frente a estas cuestiones, estos cristianos básicamente tienen  tres alternativas: 1) Negar que los extraterrestres tengan pecado original; en virtud de ello, no les fue necesaria la muerte de Cristo, y no es necesario predicarles el evangelio. 2) Aceptar que los extraterrestres tienen pecado original, en vista de lo cual necesitan la redención mediante la muerte de Cristo, y requieren de la predicación del evangelio. 3) Aceptar que tienen pecado original, pero que Dios tuvo otra encarnación para ofrecerles la redención en su mundo, en vista de lo cual no sería necesario predicarles el evangelio.
            Yo veo problemas en cualquiera de las alternativas, como ya las vio en el siglo XVIII, el racionalista Thomas Paine. Si se niega que los extraterrestres tengan pecado original, y que por ende, no necesitan del cristianismo, entonces se estaría negando el carácter universal de esta religión; el cristianismo sería más afín a una religión tribal que tiene aplicabilidad en una pequeña parroquia, pero no en el universo entero. Cristo sería el salvador de la humanidad, apenas una esquinita en un vasto universo que no necesita de él. Cristo sería algo así como un pequeño sargento que comanda una tropa, pero de ninguna manera el ejército entero.
Además, la posibilidad de que los extraterrestres no tengan pecado original deja mal parados a los propios cristianos que tratan de conciliar la ciencia con el cristianismo. Pues, según estiman, los extraterrestres no tendrían pecado original, en tanto no descenderían de Adán y Eva. Con esto, estos cristianos parecen asumir que Adán y Eva eran personajes históricos, algo absolutamente incompatible con la teoría de la evolución (insólitamente, muchos de estos cristianos asumen que su religión no contradice la teoría de la evolución, pero siguen aceptando al Adán histórico).
Si se acepta que los extraterrestres tienen pecado original, y que necesitan de la redención de Cristo, también aparece un problema. Pues, se estaría exigiendo que los extraterrestres asuman a un personaje muy, muy distinto a ellos, como su salvador. Los extraterrestres estarían en la extraña posición de tener que adorar a un personaje que para ellos, sería tan distante como para nosotros es, supongamos, una cucaracha. Sería muy extraño para nosotros adorar a E.T. como nuestro redentor; un mínimo ejercicio de empatía debería conducirnos a pensar que para los extraterrestres, aceptar a Cristo sería igualmente extraño, e incluso, repugnante. Asumir que los extraterrestres necesitan a Cristo sería tremendamente antropocéntrico.
Por último, si se acepta que los extraterrestres tienen pecado original, pero que Dios encarnó en su mundo, para asegurar su salvación, entonces se estaría violando la integridad del mensaje cristiano original. La idea de múltiples encarnaciones no me parece descabellada, de hecho, algo parecido postula la doctrina de los avatares en el hinduismo. Pero, el credo cristiano es muy claro: Jesucristo es el único Hijo de Dios. Así, al menos, ha quedado proclamado en el credo apostólico, el de Nicea, y otros que han definido la doctrina cristiana. Allí donde los hindúes están dispuestos a admitir que Cristo es un avatar, los cristianos no están dispuestos a admitir que Rama o Krishna son encarnaciones de Dios, y por extensión, tampoco aceptarían que E.T. sea la encarnación de Dios en Marte.

Al final, en este asunto, yo francamente admiro más a los fundamentalistas evangélicos que están dispuestos a asumir un riesgo. Ellos han apreciado las enormes dificultades que la existencia de vida extraterrestre supondría para su sistema de creencias, e implícitamente, estarían admitiendo que el descubrimiento de vida extraterrestre invalidaría el cristianismo.
En cambio, me parece que los cristianos que tratan de hacer un acomodo entre sus creencias y la posibilidad de vida extraterrestre, operan bajo una tremenda disonancia cognoscitiva. En vez de aceptar los hechos, tratarían de conciliar lo inconciliable. Y, en vista de que cada vez parece más razonable la posibilidad de que aparezca vida extraterrestre en algún momento, se anticipan para hacer el ajuste. Pero, como he sostenido, me parece una empresa fútil.

viernes, 11 de abril de 2014

Comentario sobre la reseña de José Castilla a "La teología ¡vaya timo!"



            José Antonio Castilla Gómez amablemente ha escrito una reseña bastante favorable de mi libro, La teología ¡vaya timo! acá. Me entusiasma saber que, en España, ya empieza a prosperar más la idea de que la teología no debe tener un sitial en el mundo universitario, al menos aquel financiado con recursos públicos. De este lado del charco, no obstante, aún falta mucho más por hacer, y espero que mi libro sirva para dar impulso a la lucha por sacar a la teología de las universidades.

            Quiero aprovechar para aclarar un asunto. Castilla escribe que, en mi libro, yo postulo que la interpretación de la serpiente como Satanás no procede de la Biblia. Quizás, en el libro, no me expresé claramente, y en ese caso, hago acá una fe de errata. Escribí esto en el libro: “En la época en que compuso el Nuevo Testamento, esta era la concepción que se tenía del diablo. Y se empezó a identificar a Satanás con figuras del Antiguo Testamento que, con toda seguridad, los autores judíos no habrían relacionado con el diablo. Así, por ejemplo, la serpiente que indujo al pecado a Adán en el relato del Génesis se interpretó como el mismísmo diablo, a pesar de que quien escribió el Génesis sólo tenía en mente, probablemente, a una serpiente”.
             Aclaro: la idea de que el diablo es la serpiente sí procede de la Biblia. El libro de Apocalipsis hace explícita esa identificación. (12:9; 20:2). Mi argumento es que, el autor del Génesis seguramente creía que la serpiente es sólo una serpiente; para este autor, ni siquiera existe el concepto del diablo. En cambio, seis siglos después, el autor de Apocalipsis identifica a esa serpiente con el diablo.
            En torno a la discusión que yo elaboro sobre el problema del mal, Castilla hace una objeción muy razonable y común: “¿de dónde surge la necesidad supuestamente racional de que ese Dios sea bueno? Puede que Dios (sea lo que sea) exista y que sea malo (se entienda por esto lo que se quiera entender). La existencia de un ser omnipotente (sea lo que esto sea) no implica atributo moral alguno, ni positivo ni negativo (los griegos estaban convencidos de que Zeus era malo; luego llegaron Hesíodo y Esquilo, con su Zeus justiciero)”.
            En efecto, esto pareciera ser un mero asunto semántico. No es lógicamente imposible que exista un dios omnipotente que no sea bueno. Pero, ya el mismo Epicuro se preguntaba que, si ese ente no es bueno y omnipotente, ¿para qué llamarlo ‘Dios’? En realidad, el asunto no es meramente semántico. Si Dios no es bueno, no amerita rezarle ni encomendarse a Él, ni pedirle bendiciones.
            Castilla también comenta lo siguiente: “Me parece impecable el razonamiento de que, en ausencia de indicios o pruebas, en las discusiones teológicas el único factor que inclina la balanza hacia un disparate A o su opuesto B es el empleo de la violencia, pero no estoy seguro de que el verdadero móvil de semejantes luchas sea la creencia sincera en esos disparates. ¿Es descabellado pensar que esos debates teológicos no constituían más que una comparsa de la lucha por el poder y la riqueza? ¿No se han dado y se dan esos resultados trágicos al margen de la Teología y las religiones? ¿No son éstas sino una manifestación más de la voluntad de poder, que también se da, por ejemplo, en los escépticos?”.
            A esto, yo respondo: ciertamente, mucha violencia religiosa obedece más a juegos del poder y ansias de riquezas, que a verdaderas convicciones teológicas. En el libro, por ejemplo, narro cómo, en el Concilio de Nicea, a Constantino le interesaba la unidad del imperio, no la verdad teológica. Y, así, la persecución de los arrianos tuvo más motivos políticos que de cualquier otra índole. Pero, me temo que sería simplista alegar que la violencia nunca ha tenido genuinas motivaciones  religiosas. Siempre se ha creído, por ejemplo, que las Cruzadas fueron un cínico movimiento para expandir la influencia política del papa y las elites que gobernaban Europa. No dudo de que hubiera sido así, pero por otra parte, el vulgo acudía a aquellas demenciales empresas militares, bajo una genuina convicción de que era necesario liberar los lugares santos, y que la muerte en la batalla se compensaría con una vida eterna en el Paraíso.
            Respecto a la resurrección de Jesús, Castilla opina: “¿Por qué otorgarles credibilidad a sujetos que estaban altamente interesados en transmitir noticias falsas, cuando es evidente que todos nosotros estamos mintiendo a diario y sobre cuestiones que van de lo trascendental a lo más insignificante? Por lo demás, ni siquiera sabemos si los apóstoles verdaderamente estuvieron dispuestos a morir por esas creencias”.
            Yo respondo: es verdad que cabe presumir que los relatos sobre el martirio de los apóstoles fueron muchas veces exagerados. Pero, me parece razonable admitir que, al menos, algunos sí estuvieron dispuestos a ir al martirio. En todo caso, la hipótesis que Castilla (y muchas otras personas inteligentes, vale destacar) propone tiene una cierta resonancia con las teorías de conspiración que hoy tanto deleitan a las masas. Si acaso las historias sobre la resurrección de Jesús están montadas sobre una mentira deliberada, no creo que se haya tratado de un gran complot siniestro. Un primer mentiroso habría dicho algo, y los demás, muy crédulos como resultado de la disonancia cognoscitiva (trataban de darle algún sentido a la muerte de Jesús), cayeron en la trampa. En asuntos como éste, nunca podremos estar seguros, pero yo prefiero inclinarme más por la idea de que no hubo mentira, sino más bien, alguna forma de alucinación original.
            Castilla dice también que él prefiere la teología tradicional, a la teología que se mezcla con ciencia y racionalidad, porque al menos, la primera tiene las cosas más claras. No sé bien qué decir sobre esto, realmente no sé bien cuál es peor. Ciertamente, la teología de antaño es más coherente. Pero, la teología moderna por lo menos hace ella misma una fisura que podría permitir derrumbar todo el edificio de especulaciones. Al final, yo me inclinaría por sostener que la teología tradicional es peor: aun si en la cabeza de los teólogos liberales hay mucha confusión, prefiero a quien alegue que las convulsiones son producto de la epilepsia, y no de las posesiones demoníacas.

miércoles, 9 de abril de 2014

Reseña a "La teología ¡vaya timo!". Autor invitado: José Antonio Castilla Gómez




Ya era hora. Como el propio autor señala en la introducción, la valentía que muchos han mostrado a la hora de atacar a las pseudociencias y supercherías en general ha faltado por sistema cuando se trataba de denunciar los disparates de la Teología. Esa renuencia reside, según creo, en el hecho de que la creencia en Dios y, por ende, los asuntos de la Teología han constituido una parte fundamental de la cultura occidental y en especial de su sistema educativo, sin solución de continuidad hasta nuestros días. Meterse con creencias de nuevo cuño que en nuestra cultura nunca han gozado de prestigio (el reiki, el feng shui, la homeopatía, etc.) o con otras más añejas pero nunca incorporadas a la "oficialidad" (la astrología, las distintas mancias) resulta ser una tarea tolerable y hasta desapercibida, pero atacar a quienes forman parte de aquel sistema sociocultural y de todo su entramado institucional puede equivaler a caer en desgracia. Dicho de otro modo: ridiculizar el horóscopo no importa nadie, pero mofarse de la Biblia o del Papa es una blasfemia.


Una consecuencia inevitable de ese miedo reverencial a ofender las sensibilidades de nuestros parientes, amigos, colegas y jefes creyentes ha sido la absurda idea de que el Conocimiento (la Ciencia) y las creencias (la Teología) pueden convivir pacíficamente si uno y otras se mantienen confinadas en sus límites de actuación, como defendió Stephen Jay Gould. Muy pocos, como Gabriel Andrade, han dictaminado con la contundencia necesaria lo erróneo de ese pensamiento inerte: "Esto es ingenuo en el mejor de los casos; y en el peor, incoherente. Es ingenuo porque es sencillamente falso que la teología se ocupe sólo de lo que está más allá del mundo natural. La teología nos habla de nacimientos, vírgenes, resurrecciones, apocalipsis y regresos de Cristo. Eso concierne a este mundo, no a otro" (pág. 183). Esa idea, que en última instancia parece remontarse a las enseñanzas escolásticas acerca de la fe y la razón, está hoy plenamente en boga, y no poco entre los propios científicos, quienes llevados por la inercia y el ñoño respeto al entramado institucional, se han dejado meter ese vergonzoso gol... de un equipo francamente malo. Otros no lo han hecho por inercia, sino por la sed de preservar la validez de sus creencias. No sé cuál de las dos actitudes es más triste. El libro de Andrade, en medio de este panorama que bascula entre lo rancio y lo esnob, es una bocanada de aire fresco, una mofa en mitad de las risas enlatadas.

Una de las reflexiones más agudas y valiosas del autor (que conocemos por otras publicaciones suyas, entre ellas El posmodernismo ¡vaya timo!) es la que sostiene que la creencia incuestionada en Dios, la fe, supone una defensa del relativismo, en la medida en que, si somos consecuentes, ese mismo acto de fe debe conducirnos a creer en cualquier otra deidad y en general entidad cuya existencia se nos proponga con igual ausencia de pruebas (pág. 21).

No sólo eso. El aspecto puramente expositivo de la obra no se queda atrás. La abundancia de datos históricos referidos a creencias, disputas teológicas, concilios, herejías no sólo nos suscita fruición a quienes amamos esos temas desde la distancia del escéptico que anhela conocer, sino que además nos aporta conocimientos tan curiosos como inestimables, entre ellos, la interesante evolución de la concepción que sobre el Diablo se tuvo desde el Antiguo Testamento hasta después del Nuevo (por ejemplo, la interpretación de la serpiente como Satanás no procede de la Biblia, pág. 156).

No obstante, me gustaría oponer a algunas de las reflexiones y conclusiones del autor sendas objeciones. La primera se refiere al problema del sufrimiento como obstáculo a la creencia en la existencia de Dios (págs. 40 ss). No voy a entrar ahora en la cuestión de si al hablar de justicia, bondad y sufrimiento no estamos incurriendo en el mismo defecto de la Teología cuando se enfrasca en disquisiciones sobre ángeles y demás entes metafísicos, construcciones mentales). Me limitaré a señalar un defecto formal en el razonamiento de partida: asumiendo la existencia de Dios, ¿de dónde surge la necesidad supuestamente racional de que ese Dios sea bueno? Puede que Dios (sea lo que sea) exista y que sea malo (se entienda por esto lo que se quiera entender). La existencia de un ser omnipotente (sea lo que esto sea) no implica atributo moral alguno, ni positivo ni negativo (los griegos estaban convencidos de que Zeus era malo; luego llegaron Hesíodo y Esquilo, con su Zeus justiciero).

La segunda la dirijo a los supuestos resultados trágicos de la Teología (pág. 161), a saber, cazas de brujas, quemas de herejes, inquisición y guerras. Me parece impecable el razonamiento de que, en ausencia de indicios o pruebas, en las discusiones teológicas el único factor que inclina la balanza hacia un disparate A o su opuesto B es el empleo de la violencia, pero no estoy seguro de que el verdadero móvil de semejantes luchas sea la creencia sincera en esos disparates. ¿Es descabellado pensar que esos debates teológicos no constituían más que una comparsa de la lucha por el poder y la riqueza? ¿No se han dado y se dan esos resultados trágicos al margen de la Teología y las religiones? ¿No son éstas sino una manifestación más de la voluntad de poder, que también se da, por ejemplo, en los escépticos?

La tercera incide en el problema de la pretendida resurrección de Jesús (y otros hechos sobrenaturales, págs.84 ss). No creo necesario recurrir a tantas hipótesis que expliquen históricamente el dato aportado por las fuentes bíblicas. Todas son harto improbables, como el propio autor se encarga de señalar. Existe tras cualquier narración inverosímil un móvil bien conocido, cotidiano, común a todos nosotros y no sólo a los mitómanos: la mentira. ¿Por qué otorgarles credibilidad a sujetos que estaban altamente interesados en transmitir noticias falsas, cuando es evidente que todos nosotros estamos mintiendo a diario y sobre cuestiones que van de lo trascendental a lo más insignificante? Por lo demás, ni siquiera sabemos si los apóstoles verdaderamente estuvieron dispuestos a morir por esas creencias.

Y la más importante de todas las objeciones, si bien Andrade en este punto también la deja caer, aunque en mi opinión sin la suficiente contundencia. Si bien parece que la Teología liberal supone un progreso con respecto a la antigua Teología, en la medida en que se aleja del estudio de ángeles, demonios y demás entidades sobrenaturales, y hace un mayor uso de la racionalidad, prescindiendo de lecturas literales de la Biblia y de conceptos tradicionales como Dios o infierno (págs. 180 ss), tengo serias dudas de que esta Teología New Age (Dios es amor) sea de algún modo preferible a la tradicional (Dios te condena al infierno). Al menos ésta se mostró abiertamente como lo que es, sin complejos, sin dobleces, y siempre, dentro de su demencial sistema de creencias, ha sido consecuente en su fidelidad a la Biblia o la autoridad (sí, con las contradicciones que queramos denunciar). En cambio, los modernos teólogos son como gorrones que, tomando de la Ciencia sólo lo que les interesa, lo aplican a las creencias, yendo de racionales, cuando su discurso resulta, además de absurdo e irracional como siempre, claramente anticientífico y, por si eso fuera poco, falaz, confuso, la nada.


José Antonio Castilla Gómez
Madrid, España.
sphakteria@yahoo.es