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lunes, 11 de junio de 2018

"Yo Tonya", microcosmos de la sociedad norteamericana


            De los años que como adolescente pasé en EEUU, recuerdo especialmente los circos mediáticos de aquella época. Mi madre y yo nos hicimos adictos al caso de O.J. Simpson, como buena parte del pueblo americano. Pero, como antesala de aquel circo, hubo una función menor ese mismo año de 1994, con el caso de Tonya Harding y Nancy Kerrigan.
            Éstas eran dos patinadoras artísticas que mantuvieron una rivalidad en la pista de patinaje. Unas semanas antes de los juegos olímpicos, un tipo golpeó duramente a Kerrigan en la rodilla. Semanas después, se descubrió que el agresor estaba ligado al esposo de Harding. La prensa amarillista se volcó contra Harding.

            Recuerdo que, en aquella ocasión, a Harding se le representaba como una muchacha típica de la subcultura “white trash” (basura blanca), blancos norteamericanos empobrecidos y resentidos. Para mí, era muy fácil asimilar a Harding con muchachas de mi colegio que fácilmente encajaban en el estereotipo del blanco empobrecido que, en el fondo, es una escoria social.
            En aquel entonces, mi mente adolescente no entendía mucho sobre los aspectos sociológicos del episodio de Harding, y a diferencia del caso de Simpson, nunca más le seguí la pista a Tonya Harding. Ahora, con la presentación de la película Yo, Tonya, de Craig Gillespie, empiezo a entender mejor muchas cosas.
            En el cine no es fácil presentar con simpatía a quien hace trampas en el deporte, pero Gillespie lo logra. En su retrato de Tonya, la protagonista sale reivindicada. Tonya tuvo que aguantar toda clase de abusos por parte de su madre, su esposo, y el mundo del patinaje. Al final, pudo como pudo no haber tenido algo que ver en el complot para agredir a su rival Kerrigan (la película no lo deja claro), pero la narrativa muy hábilmente deja entrever que, aun si ella fuera culpable, Tonya fue más víctima que victimaria.
            Tonya se convierte en una suerte de heroína (o más bien, anti-heroína) feminista. Tiene todas las habilidades atléticas para triunfar, pero los jueces no le dan el puntaje que se merece, porque temen que ella proyecte una imagen no suficientemente acorde a las expectativas sociales de femineidad. Tonya es demasiado musculosa, y sus orígenes son demasiado proletarios. En el mundo del patinaje, el triunfo debe venir con más elitismo y gracia artística (pero en el fondo, esto no es más que sumisión a las expectativas de que la mujer sea pasiva).
            Tonya se convirtió en una figura odiada por el establishment, no sólo del mundo del patinaje, sino de toda la sociedad americana. Ciertamente, en EEUU existe el white priviledge (el privilegio de ser blanco). Pero, muchas veces se olvida que un importante sector de los blancos están muy lejos de ser privilegiados. Éstos fueron los que llevaron a Trump a la Casa Blanca, y sospecho que éstos son los que, aun sin admitirlo explícitamente, se habrían alegrado de que Tonya hubiese vencido a Kerrigan, aun valiéndose de un acto delictivo.
            Yo Tonya invita a pensar que el patinaje sobre hielo puede ser un arte muy bello, pero francamente, no debería considerarse un deporte, pues sencillamente, es demasiado subjetivo como para precisar quién es mejor patinador. La película también invita a pensar que las mujeres siguen estando limitadas por las expectativas sociales. Y, más importante aún, Yo Tonya es un vivo recordatorio de que el triunfo de Donald Trump no apareció de la nada: refleja las muchas décadas de frustración de una clase obrera norteamericana empobrecida y en ocasiones maltratada, que lo mismo que hizo Tonya (o su marido) con su rival Kerrigan, canaliza esa frustración en actos destructivos.

lunes, 4 de junio de 2018

Jinnah en el cine y en la vida real


            En la opinión pública internacional (inevitablemente influida por Estados Unidos), Alemania Occidental era la buena, Alemania Oriental era la mala; Corea del Sur es la buena, Corea del Norte es la mala. Cuando se trata del subcontinente indio, esa misma opinión pública internacional suele considerar que India es la buena y Pakistán es el malo, aunque no siempre fue así. Por décadas, Pakistán fue aliado de los norteamericanos contra los soviéticos, mientras que la India levantaba sospechas por su coquetería con el socialismo. Pero, las cosas han cambiado, y ahora la opinión pública internacional ve a la India como el país que tiene un buen porvenir, mientras que Pakistán es el país de terroristas descontrolados.
            Esta dualidad (India buena vs. Pakistán malo) también se extiende a sus héroes nacionales. Gandhi, el padre de la India, es un héroe mundial. Jinnah, el padre de Pakistán, o bien es un simple desconocido, o bien es visto como un tipo intransigente y ambicioso. En 1982 Richard Attenborough rindió homenaje al Mahatma en su elogiada película, Gandhi. Los pakistaníes tuvieron que esperar a 1998 para que se hiciera una película sobre su héroe. Jamiel Dehlavi realizó así Jinnah, pero la película tuvo toda clase de problemas en su distribución, y nunca llegó a las salas de cine.


            La película de Attenborough es una biografía más o menos convencional, que muestra los episodios más importantes de la vida de Gandhi. Dehvali, en cambio, optó por introducir elementos fantasiosos: Jinnah muere, y en su Juicio Final (extrañamente, el juicio no tiene un aspecto religioso), el fantasma de Jinnah visita episodios de su vida pasada, tratándose de justificar; algo así como Scrooge en El cántico de navidad.
            A mí particularmente no me agradan estos recursos fantasiosos cuando se trata de evaluar sucesos históricos importantes. Pero, en Jinnah, no están mal. Pues, el recurso fantasioso del Juicio Final da la oportunidad a Dehlavi para explorar debates históricos que, en una narrativa cinematográfica convencional, sería difícil de hacer. A lo largo de la película, a Jinnah se le cuestionan varias de sus decisiones, pero el fantasma elocuentemente se defiende explicando por qué hizo lo que hizo.
            Una cosa es clara: Jinnah no es culpable del desastre en que se ha convertido Pakistán. A pesar de que no se representa en la película, es sabido que Jinnah comía cerdo y bebía. No era un musulmán fanático. De hecho, en una memorable escena de la película, Jinnah confronta a unos integristas que le reprochan el querer dar derechos a las mujeres y a las minorías religiosas.
Pero, a pesar de no tener gran entusiasmo religioso, Jinnah estaba preocupado por la posibilidad de que, en una India independiente, los musulmanes serían una minoría perseguida. En otra escena muy bien lograda, Jinnah dice que los propios musulmanes fueron invasores de la India, pero que a diferencia de los británicos, no tienen un país al cual regresar. Jinnah supo anticipar que los musulmanes serían ciudadanos de segunda en la India.
El tiempo le dio la razón. De hecho, en una escena muy curiosa, el fantasma de Gandhi muestra al fantasma de Jinnah los tristes acontecimientos de la destrucción de la mezquita de Ayodyha, en 1992, y cómo esto dio paso a un muy agresivo nacionalismo hindú que amenaza seriamente a los musulmanes que se quedaron en la India. Gandhi incluso le recuerda a Jinnah que fue un fanático hindú quien mató al Mahatma, precisamente porque consideró que Gandhi había traicionado a la India al ser demasiado condescendiente con los musulmanes.
Gandhi ingenuamente creía que hindúes y musulmanes podrían vivir en paz en un mismo país, ignorando siglos de animadversión entre las dos comunidades. Jinnah fue más realista. En una escena, Jinnah se preocupa de que los musulmanes en la India sean como los judíos de Europa justo antes del Holocausto.
Es curioso que el personaje de Jinnah diga esto (ignoro si Jinnah realmente comparó a los musulmanes de la India con los judíos de Europa). Pues, cabría esperar que, en su comparación con los judíos, Jinnah y los pakistanís tendrían más simpatía por Israel, un Estado que, lo mismo que Pakistán, se formó para proteger a una minoría religiosa perseguida. En 1948, Pakistán se negó a reconocer a Israel como Estado (Jinnah murió algunos meses después).
Quizás podría admitirse que, en 1948, a Israel se le dio más territorio del que le correspondía, mientras que en 1947, a Pakistán se le despojó de muchos territorios que le correspondían, notablemente Cachemira. La película no es especialmente enfática sobre este punto, pero deja entrever que hubo una suerte de conspiración (o al menos, incompetencia) fraguada entre Nehru y el virrey británico de India, Lord Mountbatten, en la cual los encantos de la esposa de Mountbatten tuvieron algo que ver.
La escena final de la película es muy emotiva, aunque de dudosa plausibilidad. El fantasma de Jinnah visita a los migrantes musulmanes que van de la India a Pakistán, y contempla el sufrimiento al que han sido sometidos como consecuencia de los ataques de hordas hindús. Jinnah se entristece ante esto, pero los migrantes le aseguran que su decisión ha sido la correcta, pues a partir de ahora, tendrán una patria que los proteja. Tras eso, enérgicamente lanzan proclamas nacionalistas a favor de Pakistán.
Digo que esta escena es de dudosa plausibilidad, porque a pesar de que es indiscutible que los musulmanes de la India son ciudadanos de segunda, no es del todo claro que los musulmanes que emigraron de India a Pakistán, tengan mejores vidas. Podemos discutir algunas cosas sobre la vida de Jinnah, pero es justo admitir que fue un hombre equilibrado. Tras su muerte, Pakistán fue de mal en peor, con una serie de golpes militares y dictaduras que desembocaron en una sociedad infestada por grupos yijadistas que ejercen notable influencia sobre los gobiernos.
Jinnah siempre tuvo la voluntad de que en Pakistán no ocurriese lo que él temía que ocurriría en la India. Lamentablemente, no tuvo éxito. Pakistán persigue a sus minorías religiosas muchísimo más que lo que sucede en la India. Por fortuna, quedan en Pakistán voces sensatas que quieren rescatar el legado moderado y secularista de Jinnah, y Dehlavi (el director de Jinnah) ciertamente forma parte de esas voces. Queda por ver si estas voces serán suficientemente influyentes.

domingo, 29 de octubre de 2017

Los zombis de "La serpiente y el arcoíris"

            Me cuesta entender a las personas que disfrutan sintiendo miedo. Estoy seguro de que los neurocientíficos tienen buenas teorías para explicar cómo el placer y el temor están asociados, pero en mi caso, yo prefiero obviar la explosión de adrenalina. Por eso, nunca me he interesado en las películas de terror. Pero, en vista de que hay que probar todo en la vida, decidí ver La serpiente y el arcoíris, de Wes Craven.
            Narra la historia de un antropólogo norteamericano que viaja a Haití, tras recibir rumores de que unos sacerdotes locales (los bokor) tienen polvos para convertir a las personas en zombis. En Haití, el antropólogo se debe enfrentar a policías corruptos que usan el vudú para su propia ventaja. Al final, y tras una larga de serie de imágenes sobrenaturales perturbadoras típicas del cine de terror y de Wes Craven, el antropólogo vence a sus adversarios. Como siempre, el bien prevalece sobre el mal.

            Las viejas películas de Hollywood, fascinadas con el vudú tras la ocupación militar norteamericana de Haití a principios del siglo XX, presentaban una visión muy caricaturesca de la religión en Haití. La serpiente y el arco iris trata lo más que puede de evitar esto, y se esfuerza en recrear una atmósfera propia de la nación caribeña. No creo que los haitianos se hayan ofendido con esta película.
            Pero, yo seguiría prefiriendo una versión cinematográfica más leal al libro original de Wade Davis, en el cual supuestamente se basa esta película. En ese libro, Davis cuenta la historia de Clairvius Narcisse, un hombre que fue declarado muerto y enterrado, y dieciocho años después, apareció deambulando en su aldea en Haití. Según Davis, algún bokor administró una poción con tetorodotoxina, un químico que se encuentra en el pez globo (el mismo que se usa para preparar el arriesgado plato que mata a varios japoneses al año). Ese químico hizo que Narcisse diera la apariencia de estar muerto; luego fue desenterrado, se le dieron drogas para que se recuperara, pero en tanto ya el daño cerebral estaba hecho, se convirtió en un zombi que trabaja como esclavo para el sacerdote que le dio la poción.

Si bien Davis, como casi todos los antropólogos, escribió este libro con un tono relativista (demasiado relativista, en realidad), respetando las creencias locales, siempre conservó su racionalismo y nunca se atrevió a admitir que la brujería realmente existe. La película de Craven, en cambio, asume el propio misticismo haitiano, e incorpora al film imágenes que dan crédito a las creencias sobrenaturales. Supongo que tengo un prejuicio racionalista, pero yo sigo prefiriendo películas que prescinden de lo sobrenatural.

domingo, 22 de octubre de 2017

Sobre "El candidato de Manchuria"

            A mi juicio, el conductismo es una de las teorías psicológicas más razonables, y con más respaldo empírico, de cuantas existen. Lamentablemente, Freud y los psicoanalistas siempre serán cool en la cultura pop, mientras que Pavlov, Skinner o Watson, siempre serán los malos de la película. Y, cuando digo que esos grandes psicólogos conductistas serán los malos de la película, quiero decirlo literalmente. Pues, en efecto, hay en Hollywood una tendencia a satanizar al conductismo.
            El candidato de Manchuria (o El mensajero del miedo, como se tradujo inicialmente), la clásica película de John Frankenheimer, es una de esas satanizaciones del conductismo. En ese film emblemático de la Guerra Fría, los chinos y los soviéticos unen esfuerzos, y toman prisioneros a unos soldados americanos durante la guerra de Corea, para hacer un perverso experimento. Durante el cautiverio, a los soldados les lavan el cerebro. Nunca se explica exactamente cómo ocurre tal cosa, pero varios de los científicos encargados del experimento pertenecen a un tal “Instituto Pavlov” en Rusia. Presumiblemente, a los soldados los entrenan con el mismo condicionamiento que Pavlov usaba para hacer salivar a su perro.

En fin, el lavado de cerebro consiste en hacer que uno de esos soldados se convierta en un asesino autómata que cumpla órdenes sin rechistar, y cuando mate, no conserve ningún recuerdo. Desde El gabinete del doctor Caligari, el cine ha tenido la fantasía de que es posible controlar la mente de otras personas, aún contra su voluntad, a través de la hipnosis, o a través de los condicionamientos propios del conductismo.
En el contexto de la guerra en Corea, este temor se exacerbó. Los chinos ciertamente no escondieron sus programas de “reforma de pensamiento”, en los cuales los disidentes eran enviados a campos de concentración para ser adoctrinados. Y, cuando algunos soldados norteamericanos capturados en Corea repentinamente empezaron a hacer proclamas comunistas, en EE.UU. creció la idea paranoica de que, en efecto, es posible convertir a una persona normal, en algo así como un zombi que cumple órdenes sin rechistar.
Pero, a pesar de que en aquel momento algunos psicólogos serios sí consideraron la posibilidad del lavado de cerebros, la mayoría de los psicólogos desde un principio advirtieron que tal cosa no es posible. No se puede modificar la conducta de nadie tan repentina y drásticamente. No hay forma posible de condicionar a alguien, de forma tal que se convierta en un asesino que obedece órdenes al pie de la letra, sin luego recordar nada.   
Por ello, El candidato de Manchuria ha hecho mucho daño a la psicología, pues ha divulgado el mito de que es posible crear autómatas como el retratado en la película. Con todo, eso no implica que la película no tenga méritos. A su manera, la película se encarga también de retratar la corrupción en la sociedad norteamericana.
El candidato de Manchuria es ciertamente propaganda anticomunista, al representar a los chinos, norcoreanos y soviéticos como monstruos que se valen del conductismo para conquistar el mundo. Pero, Frankenheimer no se conformó con tragarse por completo el maniqueísmo de la Guerra Fría. En su película, los rusos son malos, pero los americanos también lo son. En la trama, los chinos y soviéticos usan a un populista norteamericano fanáticamente anticomunista (una clara alusión al desgraciado Joseph MacCarthy) como títere para apoderarse de EE.UU. Este giro, por supuesto, eleva aún más la conspiranoia, pues deja entrever que los comunistas buscan dominar infiltrándose entre los anticomunistas. Y así, como sólo la mente brutalmente conspiranoica puede hacerlo, se termina defendiendo la idea de que un senador como Joseph MacCarthy (quien acusa a todo el mundo de ser comunista), ¡es en sí mismo un títere del comunismo!
Irónicamente, años después del estreno de El candidato de Manchuria, se supo que la CIA organizó un programa para generar asesinos autómatas, ya no meramente con técnicas conductistas, sino también con drogas como el LSD. Ese programa, conocido como el MK-Ultra, no dio ningún resultado. Los psicólogos nos siguen asegurando que el lavado de cerebro, al menos como lo pretendían los chinos y la CIA, no existe. Pero, eso no ha impedido que los conspiranoicos norteamericanos se empeñen en decir que, cuando ocurre alguna matanza bizarra (¡y vaya que ha habido muchas en EE.UU. recientemente!), se trata de un MK-Ultra actuando bajo las órdenes de quienes le lavaron el cerebro.
En 2004, se estrenó un remake de El candidato de Manchuria, dirigido por Jonathan Demme. En esta versión, el lavado de cerebros ocurre, no a través del conductismo, sino mediante la instalación de chips nanotecnológicos en los cerebros de las víctimas que se convierten en autómatas. Esto es claramente ciencia ficción. Pero, precisamente por presentarlo como ciencia ficción, el remake es más leal a la ciencia. Pues, si acaso el lavado de cerebros llegare a ser posible en el futuro, será con tecnología que aún no existe, y no con los principios rutinarios del conductismo que, dicho sea de paso, se usan diariamente en todos los colegios del mundo.

El remake es también oportuno, pues el colapso del bloque soviético no significó que EE.UU. estuviese completamente a salvo de influencias externas en su vida política. En el remake, ya no son los comunistas, sino las grandes corporaciones, las que pretenden apoderarse del gobierno norteamericano, a través de un político títere con el cerebro lavado. En la Guerra Fría, los comunistas nunca controlaron a ningún presidente norteamericano; en cambio, en la era posterior al colapso soviético, las corporaciones sí han logrado ejercer bastante influencia sobre los presidentes norteamericanos.
Pero, irónicamente, con Donald Trump, quizás ahora ya no sean las corporaciones, sino los propios rusos, los que logren instalar un candidato de Manchuria en EE.UU. Lo que los soviéticos no lograron hacer en la Guerra Fría, quizás ahora Putin sí se acerque a lograrlo. Ya desde los días de su campaña electoral, se acusaba a Trump de ser un “candidato de Manchuria”, no en el sentido de que le han lavado el cerebro, pero sí en el sentido de que, inadvertidamente, es un títere de un poder extranjero. No conviene tomarse muy en serio esta conspiranoia, pero según parece, sí es un hecho que los rusos metieron sus narices en el triunfo electoral de Trump. Después de todo, El candidato de Manchuria hizo predicciones absurdas en asuntos psicológicos, pero no tan absurdas en asuntos políticos.