domingo, 28 de agosto de 2016

Mi llegada a Majuro

 Tras una espantosa noche en el aeropuerto de Honolulu, finalmente me embarqué en un avión a Majuro. Algunos de los que dormían junto a mí en el aeropuerto, eran nativos marshaleses y trabajadores filipinos. No hablamos, pero en cierto sentido, sentí con ellos una conexión tercermundista: los gringos duermen en hoteles caros en Hawaii, nosotros los pauperizados tenemos que esperar tirados en el piso de un aeropuerto insoportablemente caluroso.
            Antes de montarme en el avión, sonó una alarma, y nos evacuaron de la sala de espera. Yo sospecho que, si este tipo de cosas ocurriera en el aeropuerto de Chicago o Los Angeles, la histeria colectiva sería bestial. Ciertamente, el terrorismo es una amenaza muy real, pero los gringos olvidan que ellos tienen muchísima más probabilidad de morir en un accidente automovilístico que en un ataque, pero con todo, su obsesión es con las bombas, no con la seguridad de los carros.
            En Honolulu, en cambio, como casi todo en Hawaii, la gente se toma las cosas con más calma, y muy pausada y civilizadamente, los pasajeros evacuamos la sala, y esperamos a que nos volvieran a llamar, quince minutos después.

            Mi jet lag y el cansancio me vencían, pero quise fijarme en el tipo de gente que se montaría en el avión. Había leído que en Micronesia, y el Pacífico en general, hay un tremendo problema de obesidad, y quería ver si en el avión se montarían gordos. Ése es otro de los males del colonialismo. Rudiyard Kipling decía en su famoso poema en honor al colonialismo, que el hombre blanco iría a “alimentar la boca del hambriento”. Está muy bien, pero en Micronesia, a los colonizadores se les fue la mano repartiendo comida. Los micronesios eran pescadores y horticultores. A medida que se fueron occidentalizando, abandonaron su estilo de vida tradicional, y asumieron una dieta basada en cereales, carnes enlatadas y azúcares.
            No hay McDonalds en las Islas Marshall. Pero, sí hay mucho, muchísima comida Spam. Antes de venir a Majuro, yo había creído que spam era un neologismo que se empleaba para esos correos de estafa que envían los nigerianos. Pero, al llegar, descubrí que, en realidad, Spam es una marca de comidas enlatadas, que se usó mucho para alimentar al ejército en la guerra de Vietnam. Francamente, los emails basuras de los nigerianos merecen llamarse spam. Esa comida es asquerosa, pero en algún momento, tendré que comerla.
            Por Spam y otros productos similares, los micronesios están sufriendo obesidad. En el avión a Majuro, en efecto vi algunos gordos. Pero, creo que fui presa del sesgo de confirmación, pues sólo me fijé en ellos, sin tener en consideración que, realmente, no eran la mayoría. En Micronesia, las Islas Marshall es de los países menos obesos, y no se ven muchos gordos en las calles. He visto mayor proporción de gordos en Maracaibo, donde el tener barriga a causa del consumo de cerveza, es casi motivo de orgullo regionalista. En vez de enorgullecernos por Fernández Morán, los maracuchos nos enorgullecemos por tener grasa en el abdomen. Muy lamentable.
            En el avión, me senté al lado de una mujer americana que me buscó conversación. Yo estaba destrozado por el cansancio, pero en vista de que era un vuelo matutino, supuse que se me haría difícil dormir, de forma tal que accedí a conversar. La mujer era una misionera que iba a Pohnpei, una isla de los Estados Federados de Micronesia. Le conté sobre mi incómoda velada en Honolulu, y me preguntó que si yo creía que los policías me estaban despertando por ser latino. Yo le respondí que no (¿cómo podrían saber los policías que yo soy latino?), y le añadí que, a mí me disgusta mucho la forma en que en EE.UU. las minorías juegan mucho al chantaje racial.
            Mi comentario fue casi como pronunciar una contraseña para abrir un candado, del mismo modo en que los masones se reconocen cuando se saludan con la mano. Aquella mujer, al escuchar mi queja sobre el chantaje racial, asumió que yo era un ultraderechista, dejó de disimular sus simpatías políticas, y me empezó a hablar maravillas de Donald Trump. Hay misioneros de izquierda y de derecha, pero en Micronesia, suelen ser bastante derechosos. Los misioneros americanos que van a esas islas suelen ser cortados todos por la misma tijera: blancos, de estados rojos (es decir, rurales), conservadores, amantes de Fox News. Supongo que en su país, poca gente les presta atención; en Micronesia, en cambio, son los verdaderos rescatadores de almas perdidas. Micronesia siempre ha sido un terreno muy fértil para los misioneros.
            Le pregunté a la misionera cómo se sentían los habitantes de Pohnpei siendo una nación independiente tan pequeñita. Los Estados Federados de Micronesia fueron un territorio colonial administrado por EE.UU., pero en 1986, se completó su independencia. Insólitamente, la misionera me dijo que ella no sabía si Pohnpei era parte o no de EE.UU. Obviamente, cualquiera puede ignorar detalles geopolíticos de una islita insignificante en el culo del mundo. Pero, ¡esta mujer lleva años viviendo ahí! A los misioneros modernos les enseñan que deben tratar de compenetrarse con la cultura local para lograr las conversiones. En algunas cosas, esta mujer sí estaba compenetrada con Micronesia. Pero, no saber si el lugar donde se vive, es o no un país independiente, es sin duda una gran carencia en esa compenetración. En todo caso, supongo que esta misionera es presa de la arrogancia imperialista gringa, para quien, lo que esté más allá del Río Grande, es todo igual.
            Desde el aire, pude ver el atolón de Majuro. En mi infancia, viajé a los Cayos venezolanos con mis padres, y recuerdo que, camino a Cayo Sombrero, había un pequeño islote, Cayo Pelado. La vista del atolón de Majuro desde el aire me evocó ese recuerdo: una islita muy angosta. Mi ansiedad, por supuesto, era que Majuro fuese tan pelado (es decir, tan desierto y aburrido), como Cayo Pelado.
            Al aterrizar, esa ansiedad creció aún más. Obviamente, yo no esperaba que viniese al avión un túnel gusano, de forma tal que bajé las escaleras tranquilamente. Pero, al pasar a la inmigración, la ansiedad por llegar a una remota isla donde no habría las comodidades occidentales más básicas, se disparó.
            El puesto de inmigración del aeropuerto de Majuro está justo al lado de una pequeña sala de espera al aire libre, para recibir las maletas. El funcionario de inmigración está detrás de una taquilla enrejada que me recordó a las taquillas del estadio Luis Aparicio en Maracaibo. Quien conozca ese lugar, sabrá que no es nada bello.
            Presenté mi pasaporte español. Zapatero me parece un demagogo en muchos sentidos, y su guabineo en las negociaciones entre la MUD y el gobierno en Venezuela, me repugnan. Pero, siempre estaré agradecido con ese político, porque gracias a su Ley de la Memoria Histórica, recuperé la nacionalidad que, por un descuido de mi madre en mi adolescencia, había perdido.
            Antes de ir a las Islas Marshall, tuve que someterme a unos exámenes médicos en Venezuela, como requisito de inmigración. Al entregar el pasaporte, el funcionario me dijo que los españoles no estamos en necesidad de esos exámenes. Sentí un doble coraje: primero, que los venezolanos tenemos en el exterior un trato muy distinto del que se les da a los españoles. Pero, mi verdadero coraje fue haber tenido que perder varias mañanas haciéndome exámenes que, al final, no eran necesarios.
            Concluida la inmigración, de repente oí que alguien gritaba mi nombre. Me asomé, y vi que en la pared de la sala de espera, había un agujero improvisado, seguramente como consecuencia de algún desperfecto. Constaté que, a través de ese agujero, me saludaba la persona encargada de irme a recoger. En Honolulu, están los chóferes con los nombres de los clientes sobre los carteles. Acá en las Islas Marshall, la encargada prefiere hacerlo oralmente, y con mucha simpatía.
            Recogí la maleta, y salí de aquella salita que, más que un aeropuerto, parecía un caney. La encargada de recibirme me ofreció un plato de frutas, y me colocó una cadena de flores sobre el cuello, en típico estilo micronesio. Con gestos así, ya entiendo mejor cómo algunos gringos que vienen a estos lugares, terminan creyéndose los reyezuelos de una isla en el culo del mundo, más o menos como Kurtz en El corazón de las tinieblas. Por supuesto, lo que muchas veces no entienden esos gringos, es que eso no suele ser genuino. Les colocan las florecitas en el cuello, para cobrarles una comisión más adelante o pedirles propina. Pero, en las Islas Marshall, o al menos en mi caso, sí había un aire de autenticidad en la bienvenida. Los marshaleses son muy tímidos con los extranjeros, pero extrañamente hospitalarios. No son los buitres caza turistas que he llegado a detestar en Marrakech, Cartagena o La Habana.

            Tras esa bienvenida, y más de cuarenta y ocho horas de viaje para llegar finalmente al culo del mundo, fui al hotel.

sábado, 27 de agosto de 2016

Mi paso por Miami y Honolulu

            En mis años universitarios, leí con mucho entusiasmo varios libros etnográficos clásicos: Malinowski con los trobriandeses, Evans Pritchard con los nuer, Ruth Benedict con los zuni, entre otros. Estos libros despertaron en mí un interés por la antropología. Pero, a medida que me fui introduciendo más en esta disciplina, me repugnó el relativismo cultural y la occidentofobia que reina entre la mayoría de los antropólogos. Fundamentalmente por esta razón, decidí dedicarme más bien a la filosofía.
            Por algunos giros del destino, ahora me encuentro viviendo unos meses en la República de las Islas Marshall, en Micronesia. Supongo que mi vieja vocación etnográfica, la cual nunca desarrollé debido a mi frustración con el relativismo, se ha vuelto a activar. He publicado varios libros sobre temas diversos, pero no creo que tenga la capacidad o la voluntad de escribir un libro etnográfico o de viajes. Con todo, he decidido escribir algunas observaciones y narrar algunas anécdotas a medida que transcurre mi viaje en las Islas Marshall.

            Venezuela atraviesa una terrible crisis económica, y yo francamente no puedo darme muchos lujos. Por ello, en el viaje desde Maracaibo hasta Majuro (la capital de las Islas Mrshall), pasé algunas penurias. Tuve que dormir una noche en Miami. Allá, mi querido tío Iván Burgos me recibió estupendamente. Iván es uno de esos maracuchos hasta la médula: guitarrista, exmiembro del Quinto Criollo, profesor de la Universidad del Zulia. Pero, uno por uno, sus cinco hijos fueron abandonando el país, y él, ya solo en Maracaibo, no tuvo más remedio que marcharse también, ya en sus años de madurez. Iván es un tipo muy cálido y optimista, pero al conversar con él y conocer la historia de la separación de sus hijos, es inevitable concluir que Venezuela se está cayendo a pedazos.
            Yo había estado años antes en Miami, pero sólo de pasada. Iván se encargó de mostrarme el corazón de la ciudad. Dada la espectacularidad de sus rascacielos, el gigantesco mall de Sawgrass, y la arena fina de Miami Beach, puedo entender el deseo de tantos venezolanos para ir a probar suerte en esa ciudad. Pero, inmediatamente alcancé a ver que Miami es sólo una ciudad de gratificación inmediata. En la superficie todo es muy lindo, pero los venezolanos con una destacada preparación académica, al llegar deben conformarse con hacer deliveries de pizza, temer a la migra, e ingeniárselas para inventar solicitudes de asilos políticos que, todos sabemos, son fraudulentos.
            De Miami, volé a Honolulu, con una parada de algunas horas en Houston. El cansancio y el jet lag me empezaron a afectar. Pero, en vista de que, dada mi pauperización, seguramente más nunca tendría una oportunidad para conocer Honolulu, inmediatamente tomé un bus desde el aeropuerto y fui a Waikiki Beach.
            A simple vista, Waikiki Beach es más o menos más de lo mismo que cualquier otra ciudad playera gringa. Podría evocar la famosa canción de Rubén Blades: “era una ciudad de plástico… de edificios cancerosos… donde nadie ríe, donde nadie llora”. El capitalismo se ha llevado a esa ciudad por los cuernos. Pero, a diferencia de Miami, tiene un criterio estético muchísimo más refinado. En algunas zonas es una selva de concreto, pero el paseo de la playa es una joya.
            Ciertamente, durante los últimos cincuenta años, los turistas idiotizados norteamericanos han convertido en mercancía la cultura hawaiana, y podría pensarse que Hawaii es un templo del turismo capitalista, donde se venden estereotipos colonialistas de la peor calaña. En cierto sentido, lo es. Pero, al mismo tiempo, hay un notable esfuerzo por parte de las autoridades turísticas en dar a Hawaii un giro más culturizado. Hay muchas exhibiciones de la bella (y muy melancólica) música hawaiana, así como sus danzas. Y, si bien no hay presencia visible de ningún movimiento independentista, sí hay mucho esfuerzo en exhibir el patrimonio cultural e histórico hawaiano, libre (hasta donde se pueda) de la distorsión y caricaturización colonialista americana.
            La experiencia de Hawaii es bastante representativa de lo complejo que fue el colonialismo como proceso histórico, y lo difícil que es juzgarlo de forma maniquea. Antes de los contactos con los europeos, Hawaii era un archipiélago de varios cacicazgos. Los nativos practicaban sacrificios humanos (posiblemente así murió el capitán Cook en su visita). Los misioneros cristianos fueron penetrando. Podemos criticar a estos misioneros en muchas cosas (como por ejemplo, ¡el haber prohibido el surf!), pero al menos, su influencia definitivamente suprimió las prácticas sacrificiales. El colonialismo, vale recordarlo, tuvo algunos aspectos positivos.
            A diferencia de lo que ocurrió en América, en Hawaii se propagó la religión cristiana de un modo pacífico. Al final, Kamehameha I unificó a todos los cacicazgos, y proclamó la monarquía de Hawaii, la cual tuvo reconocimiento internacional, incluso por parte de los propios EE.UU. Estos reyes se hicieron cristianos, y la última reina de Hawaii, la simpática Lilioukalani, era cristiana devota.
            A finales del siglo XIX, ya Hawaii no estaba penetrada solamente por misioneros, sino también por inversionistas norteamericanos, que buscaban controlar más directamente el gobierno para favorecer sus negocios. Al penúltimo rey de Hawaii lo obligaron a firmar una constitución, y así, Hawaii pasó a ser una monarquía constitucional en 1887. Yo soy fiel a mis principios republicanos, y siempre consideraré que las monarquías no son buenas, pero si acaso, la monarquía constitucional es mejor que la monarquía absolutista.
Con todo, se ha reprochado que esa transición en Hawaii fue forzada por los extranjeros. Visto en retrospectiva, parece que, en efecto, los inversionistas norteamericanos tenían un plan preconcebido: convertir a Hawaii en una monarquía constitucional, luego en una república, y finalmente anexarla a EE.UU. como colonia, todo por vía de las armas. El plan funcionó a la perfección, y ya en 1898, en la coyuntura de la guerra entre España y EE.UU., Hawaii pasó a ser territorio norteamericano. En 1993, el propio Bill Clinton pidió públicamente disculpas por aquel atropello del gobierno norteamericano.
            Los hawaianos reprocharon aquellos acontecimientos, y supuestamente se recogieron firmas de la abrumadora mayoría de los habitantes de Hawaii (yo francamente dudo de que la mayoría de los hawaianos supieran escribir o colocar su firma en un papel, pero en fin) solicitando derogar la anexión. Los gringos no les hicieron caso. Sólo después de la Segunda Guerra Mundial, se ofreció a Hawaii la posibilidad de un plebiscito para decidir su estatuto. Pero, ese plebiscito organizado por EE.UU. fue casi tan ilegítimo como el de Crimea organizado por Rusia: no se incluyó la opción independentista. En ese plebiscito, los hawaianos votaron por ser incorporados como el estado cincuenta de la unión americana.
            A estas alturas, yo creo que ya EE.UU. ha consolidado su proyecto colonialista en Hawaii, y prácticamente nadie habla de independencia. En Waikiki, ni por asomo un hawaiano la respaldaría. Quizás algún joven con ímpetu revolucionario la tenga en mente, pero francamente, yo vi mucho más entusiasmo en los jóvenes por los bailes y el surf, que por la independencia de su nación. Esto es aún otro aspecto comúnmente irónico del colonialismo: muchos nativos reprochan con justa razón la forma en que sus ancestros fueron maltratados por los colonizadores, pero también asumen que lo hecho, hecho está, y que es imposible ya dar vuelta atrás.
            Uno de los parajes más simpáticos de Waikiki Beach es la estatua hecha en honor de Duke Kahanamoku, el campeón hawaiano de natación, encargado de popularizar el surf. En América Latina, dedicamos estatuas a gorilas militares. Los hawaianos, bastante más ligeros en su carácter colectivo, prefieren consagrar estatuas a tipos pacíficos que gozan la vida, no con batallas y golpes de Estado, sino con pequeños placeres, como por ejemplo, montarse en una tabla y dejarse arrastrar por una ola.
            En este aspecto, admiro mucho más el ethos hawaiano. Pero, por supuesto, este ethos supuestamente pacifista y ligero es sólo a medias. Pues, en Hawaii está Pearl Harbor (pude verlo desde el avión), la base naval norteamericana. Cuando, en 1943, los japoneses la atacaron, la sociedad norteamericana asumió aquello como una enorme ofensa que había que vengar (supuestamente los japoneses son los obsesionados con el honor, pero en este caso, ¡los gringos se contagiaron del espíritu nipón!). Aquel acontecimiento sigue siendo un leif motiv del nacionalismo norteamericano. La triste ironía es que, ni hoy, ni en aquel momento, se recordó que, apenas cincuenta años antes, los propios norteamericanos habían anexado a lo bestia aquel territorio.
            Tras mi recorrido por Waikiki, decidí volver al aeropuerto. La mañana siguiente, muy tempranito, viajaría a Majuro, la capital de la República de las Islas Marshall. Mi condición de viajero venezolano miserable no me permitió ir a un hotel, de forma tal que tuve que quedarme la noche en el aeropuerto. Fue espantoso. La zona del aeropuerto asignada para que los viajeros trasnochados duerman, no tiene aire acondicionado. A los gringos que vienen del frío de Minnesota, y van con sus camisas de flores a Hawaii a sentirse amos del trópico, seguramente les agrada mucho el pasar una noche sólo con ventilador. Pero, para un miembro de la clase media maracucha, dormir sin aire acondicionado es una catástrofe.
Además de eso, en más de una ocasión, algunos policías me despertaron ordenándome que me moviera a otro lugar. Un demonio me tentó a impregnarme del victimismo que tanto abunda en EE.UU., y gritar a pulmón abierto que esos policías eran racistas y me estaban acosando sólo porque yo soy latino. Pero, me percaté de que los policías acosaban a gente de todo color. Tuve que aguantar en silencio, pues sencillamente, esos policías sólo hacían su labor. En el aeropuerto de Maracaibo, ni por asomo dejarían dormir a alguien. 

            Después de una velada que se hacía interminable, volé a Majuro.

jueves, 18 de agosto de 2016

Ellen DeGeneres y la híper-sensibilidad racial

            Los medios de comunicación exageran la intensidad del racismo en EE.UU. Pero, en líneas generales, no deja de ser cierto que ese país aún no se ha deslastrado de los siglos de esclavitud y las décadas de leyes segregacionistas. Se eligió a un presidente negro, pero aún queda racismo.
            ¿Cómo superar el racismo? El sentido común dictaría que el mejor modo de hacerlo es que los distintos grupos raciales se acerquen y se integren, venzan los prejuicios, y puedan vivir armónicamente. Hay, es verdad, grupos supremacistas blancos que impiden que así ocurra. Pero, no dejemos de lado la responsabilidad que los propios negros tienen.

            Un gran obstáculo a la integración racial en EE.UU. es la híper-sensibilidad que hoy reina en ese país. Los grupos minoritarios, pero en especial los negros, están a la caza de cualquier comentario hecho por algún miembro de un grupo dominante, para acusarlos de racismo. En EE.UU., se camina sobre cáscaras de huevo: hay un inmenso temor de ofender a otros.
            El caso más reciente de este patético fenómeno ha ocurrido con la actriz Ellen De Generes. Tras el impresionante triunfo del atleta jamaiquino Usain Bolt en las olimpíadas de Río de Janeiro, la actriz publicó un montaje de foto, en la cual, ella va montada encima de Bolt mientras éste corre.
            DeGeneres, a quien no se le conoce ningún pasado racista (y quien incluso, ha compartido agradables momentos con Bolt), fue inmediatamente acusada de ser racista por haber publicado esa foto. Ciertamente en el pasado, los esclavistas blancos norteamericanos se tomaban fotos posando montados sobre esclavos negros, como si se tratara de bestias de carga. Pero, habría que halar demasiado las cosas por los pelos, como para decir que la foto de DeGeneres es del mismo tipo.
            La imagen es más bien un homenaje a la proeza olímpica de Bolt. El escándalo que esta imagen está causando refleja más bien algo muy básico que explora la escuela de Gestalt en psicología: en nuestras percepciones, proyectamos nuestras ideas preconcebidas. Un psicoanalista obsesionado con Freud ve penes y vaginas en todas partes. El filósofo Karl Popper estudió este tipo de cosas con mucho acierto. Popper documentó los sesgos de confirmación en los que incurrimos muchas veces.
            Pues bien, en EE.UU. pululan lobistas obsesionados con la opresión racial. Y, lo mismo que el psicoanalista que ve penes y vaginas por doquier, estos combatientes del racismo ven muchas veces supuesto racismo, donde en realidad no lo hay. Una imagen como la que publicó De Generes al final se convierte en algo parecido a un test de Rorscharch: se ve lo que se quiere ver.
            Si acaso, las más ofendidas por la imagen no deberían ser los negros, sino las propias mujeres. Bolt es retratado, no como una bestia de carga, sino como un viril atleta que viene a rescatar y llevarse a la princesa que pasivamente espera en la torre del castillo. Este tema, desde Barba Azul, hasta Mario Bros, ha molestado mucho a las feministas, y con justa razón. En EE.UU., no obstante, hay muchísima más híper-sensibilidad en torno a temas raciales que en torno a temas de género, y eso hace que la lectura feminista de esta imagen sea menos relevante que la lectura racial.
            Todo esto es profundamente destructivo para esa sociedad. Los celotas de la lucha anti-racista que reprochan a DeGeneres, al final, no hacen más que contribuir aún más al racismo. Pues, si algún blanco tiene la disposición de acercarse a los negros y promover la integración, con casos como éste, eventualmente sentirá un gran temor de tener amigos negros, no vaya a ser que los ofenda inadvertidamente con cualquier comentario insignificante. Ante tanta híper-sensibilidad, la respuesta más natural del ciudadano común es más bien el acentuar aún más la segregación.  

martes, 16 de agosto de 2016

Simone Manuel y la identidad racial

            En mi libro Las razas humanas ¡vaya timo!, dediqué un capítulo a los deportes. Ahí, traté de refutar la tesis según la cual, algunas razas humanas tienen mayor aptitud para los deportes que otras. Quien más ha defendido esta tesis, Jon Entine, postula que los negros son buenos en atletismo, y malos en natación, por motivos biológicos. Para el atletismo, cuentan con fibras de contracción rápida, y eso les da una ventaja. En la natación, en cambio, los negros no prosperan, porque tienen una densidad ósea mayor que personas de otras razas, y eso no les permite flotar adecuadamente.
            Tonterías. Ciertamente no debemos rechazar una teoría por el mero de ser políticamente incorrecta (y no cabe duda de que la tesis de Entine lo es), pero en este caso, la evidencia científica no acompaña a Entine. ¿Cómo explicar, entonces, que en efecto, los negros no han dominado en natación? Muy sencillo: factores sociales. Para nadar, se necesitan piscinas, y cuesta dinero mantenerlas. Las clases sociales más excluidas no tienen acceso a las piscinas. En África hay poca infraestructura para piscinas, y en América, los negros tienen poco acceso a ellas. Por ende, los negros tienen poca oportunidad de practicar este deporte. Tienen mucha más oportunidad de entrenar en deportes que no necesitan instalaciones tan caras, y en esos deportes, triunfan.

            El reciente triunfo de la nadadora negra norteamericana Simone Manuel en las Olimpíadas de Río de Janeiro, es significativo por ello: su triunfo sirve para refutar el estereotipo de que los negros tienen huesos que no les permiten nadar bien. Ahora bien, como suele ocurrir, el liderazgo negro en EEUU (así como sus aliados blancos que sienten culpa por los abusos del pasado) quiere cargar las tintas. Con bombos y platillos, anuncia una y otra vez el éxito de la “primera medallista negra en natación”. Y, como también suele ocurrir, a ellos les importa un comino si un sudanés o un senegalés tienen o no acceso a la piscina (y, con toda seguridad, esa gente es mucho más oprimida que los negros norteamericanos). Lo importante es su mundito.
            Un asunto interesante es que Simone Manuel ha dejado muy claro que a ella no le interesa llevar la etiqueta de ser la primera medallista negra norteamericana en natación. Ella quiere representar a todos los nadadores, y ya está. A mí me parece una actitud muy sana. La pasada generación de negros en EE.UU. coqueteó mucho con el separatismo y el desmedido cultivo de su identidad étnica. Eso le sirvió el propósito político de aprovechar los programas de acción afirmativa. Los negros norteamericanos sufrieron la segregación racial durante la era de las leyes de Jim Crow (que, valga decir, se aplicaban a las piscinas). Cuando el movimiento de los derechos civiles logró derogar esas leyes, los negros buscaron la integración, y había la esperanza de que EE.UU. se convirtiese en una sociedad post-racial (precisamente la misma con la cual soñó Martin Luther King). Pero, al poco tiempo, se apoderó del liderazgo negro una corriente que no tenía el menor interés en trascender las diferencias raciales, y más bien buscó cultivarlas aún más.
            Con el triunfo de Obama, nuevamente volvió la esperanza de encaminarse hacia una sociedad post-racial. La llamada “generación milenial” o “generación Y” (los nacidos entre 1980 y 1999) es de las que menor interés ha tenido en continuar exacerbando las identidades raciales. Simone Manuel pertenece a esta generación. Y, así, es comprensible que a ella no le agrada que los mayores la encierren en casillas étnicas. Para ella, la raza no es una obsesión. Ella aspira a vivir en un mundo en el cual, las identidades raciales paulatinamente vayan desapareciendo.

            Ciertamente, en EE.UU. queda mucho racismo, como los casos de brutalidad policial confirman. Pero, mi sentido común me dicta que, para que este racismo desaparezca, es mucho más sensato que la obsesión con las identidades raciales sea moderada. Si continuamente se etiqueta a un atleta con ser el primer negro en lograr esto o aquello en la historia, la opinión pública no va a pensar en esa persona como un atleta, sino como un negro. Y, así, la distinción del mundo entre negros y blancos, seguirá intacta. Por ello, creo que Simone Manuel tiene una gran lección que enseñar a los viejos líderes negros norteamericanos que viven obsesionados con su identidad racial.

jueves, 11 de agosto de 2016

El cupping es una tontería, pero seamos proporcionales

            Michael Phelps es el mejor nadador de la historia, pero eso no impide que la comunidad científica emita críticas en su contra. Phelps ha acudido a la terapia del cupping, la cual consiste en colocar vasos de vidrios calientes sobre algunas zonas del cuerpo, a fin de reventar algunos vasos capilares, y esto deja unas marcas moradas sobre el cuerpo. Supuestamente, eso sirve como estímulo  para el sistema circulatorio en esa zona del cuerpo, y se logra más fuerza muscular.
            Esa técnica procede de la medicina tradicional china. Lo mismo que respecto a la acupuntura, los científicos saben muy bien que, en realidad, tal técnica no concede ningún resultado fisiológico. A Phelps parece funcionarle muy bien, pues sigue siendo el rey de la natación. Pero, su efecto no pasa de ser psicológico. Es un mero placebo.

            ¿Hace daño? La práctica no es intrínsecamente peligrosa, más allá del dolor momentáneo que puede sentir el paciente cuando se le colocan los vasos de vidrio calientes. Pero, toda terapia pseudocientífica lleva el riesgo de que, cuando se trata de males más graves, el paciente abandone los métodos curativos que sí funcionan, y opte por esas mamarrachadas.
            Me parece que lo que Phelps hace no es tan grave como lo suponen algunos de sus críticos. Él sólo está usando esa técnica para ganar una competencia él mismo. No está diciendo a los pacientes con cáncer que abandonen la quimioterapia para tomar hierbitas y someterse a ramazos dados por un brujo.
Lo ideal sería, por supuesto, que Phelps entendiese que esas terapias en realidad no sirven para nada, y que asumiera una actitud plenamente racional. Pero, en el deporte, esto es sumamente difícil. Desde el siglo XIX, cuando la antropología se encontró con las supersticiones de muchos pueblos, se intentó establecer una diferencia intelectual entre los pueblos primitivos, y los pueblos más intelectualmente avanzados. Los primitivos, se decía, piensan más irracionalmente, y por eso, emplean tantos procedimientos de magia; mientras que los modernos utilizan más la racionalidad, y se guían por la ciencia.
Pero, pronto, los antropólogos empezaron a documentar ejemplos de supersticiones en actividades muy modernas. Un famoso estudio del antropólogo George Gmelch, documentaba los pequeños rituales mágicos a los que acuden los jugadores de béisbol: no pisar la raya de cal, tocar un número específico de veces el casco a la hora de batear, etc. Gmelch descubrió algo muy interesante: las supersticiones son mayores cuando se batea, que cuando se fildea. ¿Por qué? Porque, en el béisbol, hay más probabilidades de fracaso bateando que fildeando.
Y, esto revela algo muy recurrente en las conductas supersticiosas y en la magia en general: su incidencia aumenta frente a la incertidumbre. Malinowski, quizás el autor más importante de toda la antropología, célebremente documentaba cómo los trobriandeses acudían a la magia cuando salían a navegar en el mar abierto, pero no lo hacían cuando salían a navegar en la laguna, con aguas mucho más tranquilas. En momentos de angustia e incertidumbre, se es más vulnerable a abandonar la racionalidad.
Phelps está en las olimpíadas, un evento que es psicológicamente duro para cualquier atleta. Ocurren sólo cada cuatro años, compitiendo contra los mejores atletas del mundo, y el planeta entero está a la expectativa. Esto no es la competencia del barrio. Es natural, entonces, que ante la incertidumbre y el estrés conduzcan a alguien como Phelps al pensamiento mágico.
En función de ello, creo que no debemos ser tan duros con Phelps. Muchos dejamos pasar que Karl Malone repitiera unas palabritas antes de lanzar el balón desde la línea de tiros libres, o que David Luiz se arrodille y mire al cielo cada vez que sale a jugar. ¿Por qué no hemos de dejarlo pasar con Phelps?
Se dirá que mucha gente, al tomar a Phelps como modelo, acudirá al cupping, y en ese sentido, Phelps sí es mucho más reprochable. Lo que hacen Malone o David Luiz es abiertamente mágico religioso, y poca gente está dispuesta a repetir una actividad tan irracional; en cambio, lo que hace Phelps es pseudocientífico, y eso es mucho más peligroso, porque da la impresión de que se está sometiendo a un procedimiento aparentemente científico pero que, en realidad, es una mamarrachada.

Quizás. Pero, si a modelos vamos, creo que en el deporte hay muchos otros atletas que hacen cosas terribles, y que también sirven como modelos negativos a mucha gente. Barry Bonds, con sus esteroides, puede sembrar en muchos jóvenes la idea de que, inyectándose sustancias peligrosas, podrán ser grandiosos bateadores. Incluso, Messi con sus tatuajes puede conducir a las maleables mentes adolescentes a hacerse los mismos tatuajes en sus cuerpos, con tal de parecerse a él. Un tatuaje, con su riesgo de hepatitis, infecciones o reacciones alérgicas, puede ser bastante más peligroso que el cupping. Seamos más consistentes, y critiquemos con mayor proporcionalidad.

domingo, 7 de agosto de 2016

Diderot y las monjas

            Mis hijas van a un colegio de monjas. Yo, por supuesto, llevo años tratando de refutar las creencias católicas. ¿Es esto una incoherencia de mi parte? Hasta cierto punto, sí lo es. Pero, el hecho de que a mí me parezcan irracionales muchas creencias católicas, no me impide reconocer que las monjas (o al menos, las que educan a mi hija), hacen una buena labor educativa. Ya me encargaré yo de explicar a mis hijas en casa, que los dogmas católicos son absurdos. Y, puesto que la educación pública venezolana es pésima, pienso que mi obligación como padre es aceptar la buena educación de las monjas, y hacer lo que yo pueda por dirimir el adoctrinamiento religioso.
            En líneas generales, estoy bastante contento. Pero, soy consciente de que las experiencias educativas con las monjas no han sido universalmente positivas. En el pasado, la educación que promovían era notoriamente sádica. La literatura gótica explotó mucho la imagen del convento y el monasterio (sobre todo el monasterio español) como un lugar tenebroso, lleno de depravaciones y torturas. Esto era propaganda anglo-protestante, pero sólo medianamente. Siempre ha habido monjas sádicas.

            Diderot hizo un retrato nada halagador de los conventos en La religiosa, quizás su libro más famoso. En esa novela, Susana, una joven, es obligada por su familia a entrar en un convento. La joven es producto de un adulterio, y su madre, para tratar de menguar la culpa, se empeña en enviarla lejos con las monjas. Susana nunca está convencida de su vocación. Al principio, se encuentra con una superiora bastante comprensiva, quien le asegura que, al convento, nadie va contra su voluntad. Susana, en efecto, voluntariamente rechaza los votos, pero por diversas circunstancias, su familia la presiona nuevamente para que vuelva al convento.
            La superiora amigable ha muerto, y ahora, la nueva superiora es terrible. Susana quiere escapar del convento, pero en tanto ahora sí ha tomado votos, no le está permitido salir. El convento se convierte en una cárcel. Diderot escribía antes de la revolución de 1789, cuando el antiguo régimen daba al clero la potestad de mantener secuestrados contra su voluntad a quienes hubieran tomado votos. Hoy, ni por asomo toleraríamos que una secta, o cualquier grupo religioso, mantenga como rehenes a sus feligreses o clérigos. En Occidente, muchas veces nos olvidamos de lo terrible que era el mundo antes de que las ideas ilustradas (de las cuales Diderot era uno de sus máximos representantes) secularizaran el mundo y lo hicieran un lugar más agradable para vivir.
            En vista de que Susana ha manifestado su intención de abandonar la vida religiosa, la superiora considera que Susana está poseída por el demonio, y la somete a duros castigos. A pesar de todo este retrato lúgubre, Diderot no es como los novelistas góticos que representaban espeluznantes monasterios españoles. Él evita los maniqueísmos, y admite que, incluso en el clero, hay gente buena. Un sacerdote alcanza a ver que Susana es víctima del maltrato de la superiora, e interviene en el asunto, recomendando un castigo a la superiora. A Susana la trasladan con otra superiora.
            La nueva superiora es aparentemente amigable. Pero, en quizás la mejor parte de la novela, descubrimos que es lesbiana. Empieza a acosar sexualmente a Susana. Diderot retrata muy bien las manipulaciones psicológicas y el aprovechamiento de la posición de poder de la superiora, para depredar sexualmente a la protagonista. Pero, la joven heroicamente resiste. Al final, confiesa a otro sacerdote lo que está ocurriendo, y éste, como el anterior, interviene para socorrerla. El cura organiza un escape del convento, y Susana, felizmente, se libera de los hábitos.
            Diderot muy valientemente se atrevió a hacer lo que pocos hicieron en su contexto: en un país católico, osó mostrar la miseria de la vida en los conventos. Yo sospecho que, en la Iglesia, las cosas han cambiado. Las monjas que educan a mis hijas se ven bastante felices, y no creo que en los conventos ocurran con frecuencia las barbaridades que Diderot representaba en su novela. Pero, precisamente gracias a la denuncia de Diderot y a su estímulo a la secularización, las cosas han mejorado.
            Ahora bien, hay un aspecto de la obra de Diderot que siempre me ha fastidiado. Diderot se educó con jesuitas, y en un principio quiso ser sacerdote. Él conocía bastante bien el mundo católico, y por eso, sus descripciones sobre los abusos en los conventos son bastante creíbles. Pero Diderot conocía muy poco sobre los pueblos no occidentales. Con todo, como muchos otros en su época, se atrevió a escribir maravillas sobre esos pueblos, sin realmente conocerlos bien.
            Así, en otro de sus libros, Suplemento al viaje Bougainville, Diderot presentó la vida en Tahití casi como un paraíso terrenal. Su intención era contrastar la virtud de los nativos, con los defectos de los europeos. Los misioneros cristianos que acudían a aquellos parajes, pintaban a los nativos como bestias depravadas que necesitaban ser evangelizados. Diderot, asqueado del catolicismo en su país, protestaba contra esto, y para ello, elogiaba a los nativos. El contraste se daba sobre todo en los temas sexuales: mientras que las monjas de La religiosa son todas reprimidas sexuales e hipócritas, los tahitianos llevan una vida sexual muy feliz.
            Esto, lamentablemente, ha contribuido al mito del buen salvaje. A partir de ese mito, mucha gente, en nombre de la lucha contra el colonialismo, ha querido resistir la positiva influencia cultural europea, y ha rechazado las ventajas de Occidente, por el mero hecho de venir de Occidente. Lamentablemente, Diderot fue uno de los cultivadores de la excesiva culpa que los occidentales sienten respecto a su propia cultura.
            Hoy con justa razón, reprochamos duramente la represión sexual de las monjas, denunciamos la opresión del velo, y frecuentemente señalamos los abusos de la Iglesia Católica. La obra de Diderot nos sirve de guía en esto. Pero, al mismo tiempo, estamos dispuestos a excusar esos mismos abusos, e incluso celebramos un velo muy parecido al de las monjas, si esos atropellos vienen del Islam.

Para muchos supuestos progres en Occidente, los musulmanes de hoy se han convertido en lo mismo que los tahitianos fueron para Diderot en el siglo XVIII: buenos salvajes cuyas barbaridades estamos dispuestos a excusar, con tal de tener una cultura foránea como referente para criticar la nuestra. Diderot luchó arduamente por secularizar el mundo, pero lamentablemente, con esta actitud híper-crítica hacia nuestra propia cultura, terminaremos abriendo paso a una cultura que, desde sus inicios, ha resistido la secularización.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Maduro: ¿simpatizante de Trump?

            Ni Nicolás Maduro, ni ningún chavista, se podrá dar el lujo de mostrar simpatías públicas por Donald Trump. De hecho, Maduro ya se ha encargado de insultarlo, como es característico de él, con el epíteto de pelucón (acá). Trump representa todo aquello contra lo cual el chavismo se ufana de combatir: el racismo, el machismo, los grandes consorcios capitalistas, etc.
            Pero, en el fondo, Maduro es simpatizante oculto de Trump. Varios analistas han destacado las similitudes de estilo político entre Chávez y Trump. Ambos representan el caudillo carismático, el hombre fuerte que sabe manejarse ante los medios, que no le importa decir cosas escandalosas ante las cámaras, y que precisamente por eso, consigue un arraigo en las masas. El populismo puede desarrollarse tanto en la izquierda como en la derecha, y por eso, el chavismo siente cierta afinidad con el Donald.

            Cometeríamos un error, no obstante, si llegásemos a creer que esta afinidad se limita al estilo. En las propias posiciones políticas, Trump es bastante cercano al chavismo, lo suficiente como para sospechar que Maduro en realidad desea que, en las próximas elecciones presidenciales de EE.UU., el vencedor sea Trump.
            Maduro, lo mismo que Chávez, enaltece el valor de la soberanía nacional por encima de los procesos de globalización. Eso implica una férrea protección de fronteras. Es precisamente eso lo que promueve Trump. Venezuela, como EE.UU., ha enfrentado crisis migratorias. Nuestro país ha recibido olas de inmigración colombiana, y en 2015, Maduro ordenó deportaciones masivas (que, de hecho, ya venían ocurriendo desde hacía mucho, y siguen ocurriendo hasta el día de hoy). Maduro sabe que debe tener muchísimo cuidado en no criticar el nacionalismo y la dura postura anti-inmigrante de Trump, pues él hace exactamente lo mismo en Venezuela.
            Más aún, para Maduro, la xenofobia de Trump y su agresividad en contra de la inmigración, no representa mayor inconveniente. El gobierno venezolano enfrenta una crisis de fuga de talentos, y desesperadamente trata de convencer a su juventud para que se quede a construir la nación. Venezuela no está en la posición de países como México, Guatemala o El Salvador, quienes envían al norte a los ciudadanos menos capacitados. De Venezuela emigra  a EE.UU. la gente más talentosa. Un presidente norteamericano que llegue al poder impidiendo el acceso a inmigrantes latinoamericanos podrá resultar odioso al presidente de México, pero no al presidente de Venezuela.
            En el plano económico, el chavismo y Trump también tienen extraños puntos de coincidencia. Desde el 2003, Chávez impidió la repatriación de capitales por parte de los inversionistas extranjeros, imponiendo un control de cambio de moneda. Trump no propone exactamente lo mismo, pero sí ha amenazado a México con impedir el envío de remesas producidas en EE.UU. (de hecho, él estima que, con ese dinero no repatriado a México, se podrá construir el muro que él propone). Chávez fue un paladín de la lucha contra el mercado, y siempre buscó sabotear los tratados de libre comercio que EE.UU. conformara con países vecinos. Trump propone lo mismo para su país: proteccionismo comercial a ultranza, y el abandono de tratados de libre comercio, especialmente el NAFTA con México, y otros posibles acuerdos con América Latina.
            Trump, como buen nacionalista y xenófobo, ha advertido que, al llegar a la presidencia, aislará militar y políticamente a EE.UU. A su juicio, EE.UU. es una nación lo suficientemente poderosa, como para no necesitar de la cooperación con otras naciones. Así pues, bajo el proyecto de Trump, el intervencionismo militar de EE.UU., así como las alianzas geoestratégicas (en especial la OTAN), se verán considerablemente reducidos. Este asilacionismo norteamericano es precisamente lo que Chávez y sus secuaces siempre pidieron.
            Trump podrá despreciar a los latinoamericanos, pero así como él no quiere inmigrantes hispanos en EE.UU., tampoco quiere que su gobierno se meta en asuntos latinoamericanos. Él quiere cortar todo lazo con América Latina, y eso implica dejar de intervenir en nuestros países. Hillary Clinton, por su parte, estuvo fuertemente implicada en el golpe de Estado en Honduras, contra Manuel Zelaya, uno de los niños mimados de Chávez. ¿Preferiría Maduro a Clinton por encima de Trump? Lo dudo.
            Por último, la mediación de Rusia es muy importante. En su obsesión anti-americana, Chávez buscó aliarse con cuanto bicho viviente expresara su menosprecio a EE.UU., sin importar cuán brutal pudieran ser esos déspotas. Cuando Vladimir Putin ascendió al poder, no hizo nada por hacer que el comunismo regresara a Rusia: ese país sigue estando gobernado por oligarquías capitalistas. Pero, en asuntos geopolíticos, Putin sí ha pretendido recuperar parte del poder soviético, y eso inevitablemente lo ha conducido a un enfrentamiento con EE.UU. Como era de esperarse, el corazón de Chávez quedó flechado con el nuevo zar ruso: vio en él un importante aliado contra los gringos, sin importar que Putin ni por asomo defiende ideas socialistas o comunistas.
            Desde que Trump se lanzó a la política, también ha tenido un idilio con Putin. Ambos se admiran mutuamente en su estilo populista, nacionalista y caudillista. Trump no quiere cumplir compromisos con la OTAN, y a Putin eso le parece genial, pues se le abre el camino para la anexión de los países bálticos (los cuales han estado en la mira desde hace ya bastante tiempo), y otros países exsoviéticos. Putin se ha asegurado de ayudar a Trump, hackeando los emails del Partido Demócrata, en los que se evidencia su corrupción interna.
            En su oposición a EE.UU., Chávez estuvo muy dispuesto a ser lacayo de Rusia. Si Maduro pretende seguir el legado de Chávez, y está dispuesto a seguir siendo lacayo de Putin, comprenderá que un triunfo de Trump le conviene más. No puede, por supuesto, hacer sus simpatías por Trump tan públicas como las hace Putin. Pero, creo que, en secreto, está ligando que la bella Melania sea la próxima primera dama de EE.UU.