lunes, 17 de junio de 2013

El pánico moral frente a la H1N1



            Mi último año de secundaria lo hice en el Colegio Santa María Goretti de Maracaibo, una escuela que siempre desprecié debido a su mediocridad. El dueño del colegio era un sacerdote católico, el padre Severín. Este cura, de carácter bonachón y afable, gustaba de hacer misas a las cuales debíamos asistir obligatoriamente. Los niños pequeños, siempre ávidos de cualquier excusa para no recibir clases, disfrutaban la misa, pues así no tenían que estar en el salón de clases estudiando.
            Por supuesto, la indisciplina del salón inmediatamente se trasladaba a la misa. Y, cuando llegaba la ocasión de dar el abrazo de la paz, los niños formaban el ‘bochinche’ (una palabra criolla que expresa ‘desorden’). Los niños iban corriendo por toda la capilla para abrazar a sus compañeritos; obviamente, su intención no era tanto hacer las paces, sino generar caos y desorden en el rito. Desesperado ante el sabotaje de su misa, Severín tomó una decisión drástica que anunció en la liturgia: en sus misas, sólo estaba permitido dar el abrazo al compañerito de al lado.
             Quince años después, me entero de que Severín continúa creando nuevas reglas litúrgicas en el abrazo de la paz. Ahora, como cura de la iglesia Hogar Clínica San Rafael, le ha comunicado a la feligresía que no debe abrazar a otra gente durante la sesión del abrazo de la paz. El motivo: evitar el contagio de la gripe H1N1, la cual ha tenido un reciente brote en Maracaibo. Como añadido, Severín en su homilía ha anunciado que él conoce a un monseñor capellán del ejército, que está con una infección avanzada de H1N1, y que “está vivo de milagro”, pero que lo tienen recluido para que no se sepa la verdad. El gobierno, según Severín, está ocultando las altas cifras de víctimas fatales del H1N1.
            Me parece estupendo tomar medidas cautelares ante el avance del H1N1. Pero, por supuesto, Severín debería ser un poco más consistente, y si de verdad quiere mantener el rigor higiénico, debería prohibir las pilas de agua bendita en las cuales todo el mundo coloca sus manos llenas de gérmenes, y en el momento de la comunión, debería entregar la hostia con una pinza, en vez de con las manos. Presumo, no obstante, que Severín (y la casi totalidad del clero) no concibe que el cuerpo de Cristo (por vía de la doctrina de la transustanciación) acumule microorganismos dañinos.
            Sí me parece grave, no obstante, la forma en que Severín alimenta el rumor conspiranoico en torno a la H1N1, sin la menor prueba como respaldo. Su homilía genera un pánico moral, y ante una situación sanitaria ciertamente difícil, sus palabras promueven una histeria colectiva de temor, desconfianza y angustia.
            Pero, a decir verdad, esto no es exclusivo de Severín o de la reacción de los marabinos ante el H1N1. Todas las epidemias han propiciado pánicos morales. La epidemia es mucho más que una mera condición biológica. Como añadido a los factores biológicos, hay en la epidemia factores sociales que condicionan el entendimiento público de la enfermedad; en otras palabras, además de los microorganismos, existe una construcción social de la enfermedad. Rara vez una población se ha limitado a racionalmente evaluar las causas de una enfermedad, y analizar la alternativa más efectiva. Por el contrario, la epidemia sirve como oportunidad para que la sociedad saque a relucir sus prejuicios, temores y angustias que no proceden de la epidemia, pero que ésta los activa.
            La peste bubónica del siglo XIV es probablemente el ejemplo más famoso. En aquella catástrofe, desapareció la mitad de la población europea. Hubo muchos intentos en vano por aliviar la situación, en buena medida porque no se conocía la existencia de microorganismos (la peste bubónica es generada por una bacteria que se aloja en una pulga, la cual a su vez se aloja en la rata negra). Ante la desesperación, el intento por controlar la epidemia se tiño de matices religiosos y políticos. 
 
Mucha gente creyó que aquello era el fin del mundo, el apocalipsis como castigo por los pecados. Surgió así una secta religiosa, los flagelantes. Los miembros de esta secta deambulaban por toda Europa flagelándose la espalda, como ofrenda de sufrimiento para que Dios suspendiese su castigo. Los flagelantes fueron creciendo en popularidad. El Papa vio esto como una amenaza a su autoridad, y prohibió la secta, pero ante la catástrofe epidemiológica, ésta continuó.
En las epidemias, es común buscar un agente culpable más allá de las causas estrictamente naturales. La mente humana tiene una tendencia a inventarse causas artificiales para las catástrofes. Y, de ahí procede el pánico moral. El temor no es estrictamente al virus o a la bacteria, sino a la acción de un humano que, o bien genera la enfermedad, o al menos, la expande. En el siglo XIV, este pánico moral se proyectó sobre los judíos: no hubo tardanza en acusarlos como los culpables de la peste, al supuestamente envenenar pozos y raptar niños.
  La construcción social de muchas enfermedades ha continuado hasta nuestros días. El paciente infectado con VIH no tiene una mera afección en su sistema inmunológico. Es un paria (afortunadamente, cada vez menos) de la sociedad. Y, nuevamente, en torno al SIDA se ha propiciado un pánico moral. El paciente muchas veces está sujeto a restricciones innecesarias, y proliferan teorías conspiranoicas sobre el origen de esta enfermedad: desde el castigo divino por la homosexualidad, hasta experimentos perversos realizados por la CIA en el África.
En los últimos años, ha habido un resurgir del gusto por los zombis en el cine y la literatura. No extraña que así sea. Pues, el zombi es una poderosa metáfora que representa el pánico moral. En estas películas y novelas, los sobrevivientes desarrollan un inmenso temor por las masas de zombis que acechan al unísono. El zombi representa todo aquello que teme la ciudadanía: el inmigrante, el negro, el enfermo, el homosexual, etc. En The Walking Dead (una novela reciente sobre zombis), uno de los personajes hace una aguda observación: los verdaderos zombis y monstruos somos nosotros, al exhibir conductas irracionales frente a las adversidades.
 Al menos, el zombi afortunadamente está confinado a la ficción. Lamentablemente, en las epidemias, los enfermos muchas veces se convierten en metáforas vivientes (y no meramente ficticias) de todo aquello que la sociedad teme.
Hay en Venezuela un temor creciente frente el gobierno. La inflación, inseguridad ciudadana y escasez de rubros ha hecho que el ciudadano común desconfíe de quien ejerce la autoridad. La torpeza de Nicolás Maduro al manejar su crisis de legitimidad tras el cuestionamiento de las elecciones en las que resultó ganador, ha contribuido aún más a esta falta de confianza. En la ciudadanía venezolana, algunos temores tienen sustento (es perfectamente racional temer a los delincuentes o funcionarios corruptos en este país), pero otros no. El brote de la H1N1 ha servido como plataforma para proyectar esos temores, más allá de su base racional, del mismo modo en que ocurrió durante la peste bubónica. En el siglo XIV, era racional temer a los bandoleros de camino, pero la aparición de la peste hizo aparecer un pánico por los judíos, un temor absolutamente irracional. Pues bien, la H1N1 está haciendo que aquellos que temen la delincuencia o la corrupción en Venezuela (temores racionales) ahora teman una mega conspiración nacional para suprimir las cifras de víctimas (un temor que, hasta ahora, no tiene mayor sustento).
Las enfermedades no se erradican sólo con higiene y descubrimientos científicos. Es necesario también difundir una mentalidad colectiva crítica que prevenga el auge de pánicos morales que fácilmente pueden conducir a decisiones erradas. Solicitar que no haya contacto físico mientras no se erradique una gripe, es racional. Inventar que el gobierno tiene una conspiración para engañar al pueblo y ocultar las cifras, es irracional. Al final, no sólo debemos combatir los gérmenes físicos, sino también los gérmenes mentales que entorpecen la consecución de la sanidad en una sociedad. El primer paso consiste en armarse con pensamiento crítico frente a las amenazas de la irracionalidad de los pánicos morales.

viernes, 14 de junio de 2013

La desaparición de una cultura no siempre es objetable

¿Cómo ocurrió la desaparición de la línea aérea Panamerican? Contemplemos tres hipótesis: 1) su competidora, American Airlines, bombardeó toda la flota de Panamerican y exterminó a sus empleados; 2) American Airlines incurrió en espionaje industrial y sobornó a los funcionarios estatales para que multaran a Panamerican, y así esta aerolínea quebrase; 3) Panamerican no ofreció servicios de calidad a precios acomodados, la clientela optó por viajar con American Airlines, y eventualmente, Panamerican tuvo que declararse en quiebra. Obviamente, las dos primeras hipótesis harían moralmente censurable la desaparición de Panamerican. Pero, no así la tercera hipótesis. Al no haber ejercicio de la coacción o tácticas abusivas, no podemos considerar un crimen la desaparición de Panamerican. Puede ser lamentable para algunos nostálgicos de esa aerolínea, pero ciertamente no podemos calificar su desaparición como inmoral, ni tampoco podemos exigir que los gobiernos intervengan para subsidiar a una aerolínea que, sencillamente, la mayoría de los consumidores decidió abandonar.
 
Pues bien, de la misma manera, hay básicamente tres formas de hacer desaparecer una cultura. La primera, consiste en que el poder dominante busque exterminar a los miembros de esa cultura. La segunda, consiste en implementar medidas de asimilación forzosa, y lograr mediante métodos coercitivos, que los miembros de esa cultura abandonen su identidad cultural y se asimilen a los grupos culturales mayoritarios. La tercera, consiste sencillamente en que los miembros de la cultura ven por cuenta propia más ventajas en la asimilación a los grupos mayoritarios, y el abandono de sus raíces y antigua identidad cultural.
A la primera forma la podemos llamar, sin tapujos, ‘genocidio’. Los ‘jóvenes turcos’ intentaron hacerlo con los armenios, los nazis con los judíos, y algunos hutus con los tutsis. La segunda forma merece reproche moral, pero es dudoso que podamos llamar a eso ‘genocidio’. Puede aniquilarse la identidad cultural de un pueblo destruyendo sus espacio simbólicos, reubicándolos territorialmente, etc. Así hicieron desaparecer los asirios a las diez tribus de Israel. Pero, esto no es una práctica del mismo tipo que los campos de exterminio nazi. A diferencia de los nazi, los asirios no exterminaron a los israelitas. Ciertamente se busca agresivamente la desaparición forzosa de un pueblo, pero no se hace mediante el exterminio físico de las personas, sino mediante políticas más sutiles.
Algunos autores llaman a esta práctica ‘genocidio cultural’. Yo tengo mis reservas respecto a este término, pues preferiría emplear la palabra ‘genocidio’ a la desaparición física de los miembros de la cultura que se ataca. Pero, ciertamente, la asimilación forzosa y el despojo coercitivo de la identidad y el patrimonio cultural son moralmente objetables.
Ahora bien, lo mismo que con el caso de Panamerican, yo no aprecio una gran tragedia en la desaparición de una cultura mediante la tercera forma. Si los miembros de una cultura voluntariamente optan por asimilarse y abandonar sus raíces e identidad cultural, ¿por qué hemos de impedírselo? La cultura, como las aerolíneas, está sujeta al mercado. En el mercado, por supuesto, hay presiones de todo tipo. Pero, no todas estas presiones son inmorales. Un miembro de una tribu puede verse seducido por el estilo de vida occidental que aparece en la televisión, y decide por cuenta propia abandonar su guayuco para vestirse con traje y corbata. Ciertamente ese individuo ha estado sujeto a las presiones de las imágenes televisivas, pero no podemos postular que su asimilación ha sido forzada, en el mismo modo en que un gobierno obliga a sus gobernados a vestirse de una u otra forma.
Muchas culturas están desapareciendo en el mundo. Algunas ciertamente han desaparecido por vía directa del genocidio; a saber, se han exterminado a sus miembros. Otras han desaparecido por vía de la asimilación forzada. Pero, muchas culturas desaparecen sencillamente porque no tienen el poder atractivo para sus miembros, y éstos prefieren incorporarse voluntariamente a las grandes civilizaciones. Por ejemplo, si bien en los primeros años de colonización china, el gobierno de Beijng pretendió destruir la identidad cultural tibetana mediante tácticas muy cuestionables, hoy muchos tibetanos están dispuestos a asimilarse a la cultura china voluntariamente, precisamente porque se ven más atraídos por las ventajas del creciente boom chino, y menos persuadidos por vivir en una teocracia feudal. Es urgente entender que no todas las asimilaciones y desapariciones culturales son forzadas; hay plenitud de gente que ve más beneficios en renunciar a una identidad y asumir otra.
Algunos autores pretenden equiparar la desaparición espontánea (es decir, no forzada) con el genocidio. Para estos autores, la desaparición cultural es trágica e inmoral, independientemente de cuál sea su mecanismo. Yo no puedo estar de acuerdo con esto. En mi opinión, la desaparición de una cultura es trágica e inmoral, sólo si se emplean tácticas inmorales para hacerla desaparecer. Pero, si los miembros de una cultura ven más beneficios en la asimilación, y voluntariamente así lo hacen, no hay nada que objetar ni lamentar. Que los judíos desaparezcan mediante un campo de exterminio es objetable y trágico; que los judíos desaparezcan mediante el desinterés de muchos por continuar las tradiciones de hace más de dos mil quinientos años, no tiene nada de objetable.
De hecho, un dato demográfico curioso es que el número de judíos en el mundo se está reduciendo, y si la tendencia sigue, en cuestión de uno o dos siglos, ya no habrá diez tribus perdidas, sino doce; en otras palabras, el pueblo de Israel desaparecerá por completo. El principal motivo de esta tendencia es la exogamia: cada vez más, los jóvenes judíos están dispuestos a casarse con no judíos, y las presiones familiares van haciendo perder el interés en la continuidad de la identidad cultural. Algunos rabinos ortodoxos llaman a esto el “holocausto silencioso”. Pues, si bien no se derrama sangre (como tampoco se derramó mucha sangre en la desaparición de las diez tribus a manos de los asirios), la identidad se está perdiendo y, después de todo, quizás sí se cumpla el sueño de Hitler de hacer desaparecer a los judíos, pero a diferencia de la “solución final”, no se habrá disparado una sola bala.
Llamar “holocausto silencioso” al matrimonio exogámico, o a otras dinámicas culturales que promueven la asimilación y la pérdida de la identidad cultural judía, es un exabrupto. Insisto: la desaparición del pueblo judío es lamentable sólo si se logra mediante tácticas opresivas. Lo moralmente relevante no es el resultado final (la desaparición de la cultura), sino el mecanismo que condujo a ese resultado.
Hoy mucha gente admira la continuidad cultural del pueblo de Israel frente a tantas adversidades. Pero, precisamente, mucha gente hace caso omiso a las medidas opresivas que tradicionalmente muchos judíos han tomado, bajo la excusa de mantener viva su identidad cultural. Al regreso del exilio babilónico, por ejemplo, Esdras prohibió el matrimonio de los judíos con los gentiles. Su temor era que a la tribu de Judá le ocurriera lo mismo que a las tribus del norte en Israel: mediante el matrimonio con los gentiles, desaparecería la identidad cultural. Ciertamente Esdras contribuyó a la supervivencia de Israel como pueblo. Pero, me parece que la acción de Esdras fue sumamente lamentable y moralmente objetable, y no tenemos nada que agradecerle.
Así como es un exabrupto que los rabinos ortodoxos hablen de un “holocausto silencioso” y, en nombre de la preservación del pueblo de Israel, se opongan al matrimonio de judíos con gentiles, es también objetable que los promotores de la diversidad cultural y el mantenimiento de las culturas “en peligro de extinción”, acudan a medidas antiliberales por el puro afán de conservar culturas cuyos miembros voluntariamente desean abandonar, y asimilarse a otras culturas con más poder seductor. Estos promotores culturales, lo mismo que los rabinos ortodoxos, operan bajo la premisa errónea de que es equivalente un genocidio que busca exterminar físicamente a una población, con una dinámica cultural que propicia que los miembros de una tribu se asimilen voluntariamente a la vida en civilización.
Yo soy hispano-parlante, aficionado al fútbol, y amante de la salsa, el merengue y el vallenato. Quizás, en algunos siglos, mis descendientes hablarán spanglish, preferirán el fútbol americano, y optarán por oír rap y rock. Como los judíos ortodoxos, subjetivamente me puede entristecer saber que mis preferencias culturas desaparecerán en algunas generaciones. Pero, objetivamente, sé que esto no es una tragedia, siempre y cuando mis descendientes asuman estas nuevas prácticas culturales sin coerción. Y, del mismo modo, me parecería sumamente objetable implementar medidas impositivas para asegurar la continuidad de mis preferencias culturales. El liberalismo exige que la identidad cultural también se rija por el mercado, pues al fin y al cabo, el mercado es el mecanismo más libre para dictar cuál institución prevalece en una sociedad.

jueves, 13 de junio de 2013

El libro de Rut frente al nacionalismo de sangre



            La Biblia consta de pasajes aburridísimos, pero también tiene historias muy entretenidas. La historia contenida en el libro de Rut está a medio camino. No es el bodrio de las leyes del Levítico, pero tampoco es una historia llena de intrigas, como suele ser el ciclo de los patriarcas en el Génesis. Pero, más allá de sus méritos o desméritos literarios, el libro de Rut resulta muy interesante por su representación de temas nacionalistas y cosmopolitas.
 
            Rut narra la historia del israelita Elimelec, quien en vista de una hambruna, viaja a la tierra de Moab con su esposa y dos hijos. Allí, Elimelec muere, y sus hijos se casan con dos mujeres moabitas. Después, los hijos también mueren. Noemí, la esposa de Elimelec, insta a sus nueras a regresar con sus familias en Moab. Una de esas nueras, Orfa, regresa; pero la otra, Rut, prefiere seguir a Noemí y asentarse en Belén, una ciudad de los israelitas. En Belén, el israelita Booz accede a casarse con Rut para dar cumplimiento a la ley del levirato (según la cual, al morir un israelita sin dejar descendencia, el pariente más cercano debe casarse e impregnar a la viuda).
            Hubo en el antiguo Israel una tensión religiosa que se representa a lo largo de la Biblia hebrea: ¿es Yahvé sólo el Dios de los israelitas, o del universo entero? Todo parece indicar que, en las fases iniciales de la religión israelita, Yahvé era apenas un dios tribal que exigía culto exclusivo a su pueblo, pero no se negaba la existencia de otros dioses. No obstante, eventualmente el monoteísmo se impuso, y así, Yahvé dejó de ser un mero dios tribal, y se constituyó como amo y señor del universo. No sólo los judíos, sino todos los pueblos del mundo han de rendirle culto.
            Esto tuvo una correspondencia con la ideología política. A lo largo de la Biblia hebrea hay textos agresivamente nacionalistas, los cuales representan a los vecinos de Israel en los peores términos; éstos son los textos que corresponden más con la noción de Yahvé como dios tribal. Pero, hay también en la Biblia hebrea textos más universalistas, en los cuales sí hay la disposición para extender el mensaje religioso a los gentiles; estos textos tienen más correspondencia con la noción de Yahvé como amo y señor del universo.
            Rut forma parte de los textos más inclinados hacia el universalismo. Los israelitas y los moabitas estuvieron en guerra continuamente. Pero, Rut se esfuerza en presentar a una mujer moabita virtuosa, fiel a su suegra aún en tiempos difíciles. En el siglo XX, los nazis trataron de representar a los judíos como una raza con atributos biológicos especiales. Bajo esta ideología, un judío, aun si se convirtiera al cristianismo, no podría de ser judío, pues su identidad estaría definida por sus rasgos biológicos; y presumiblemente, lo inverso también sería cierto: un no judío no podría convertirse en judío aún si acepta la religión, pues el ser judío es una identidad racial, no religiosa.
En el siglo XIX apareció la idea racista de que los rasgos culturales corresponden con los rasgos biológicos: bajo esta noción, un niño negro criado en Londres nunca podría ser un gentleman, porque tiene un impedimento biológico. Pero, en el siglo XXI, muchos de los supuestos activistas contra el racismo también participan de esta ideología: para ellos, la gente de color debe conservar las costumbres culturales de sus ancestros, pues de lo contrario, estarían traicionando a su raza, con lo cual se asume que, de nuevo, unos rasgos biológicos deben coincidir con unos rasgos culturales.
Los antiguos israelitas nunca se concibieron de esa forma, y Rut precisamente hace énfasis en la idea de que cualquier persona, sin importar sus rasgos biológicos, tiene la capacidad de asimilarse a este o aquel grupo. Rut ofrece una lección cosmopolita. Lo relevante en la identidad no es la sangre o las características esencialistas de una persona, sino sus costumbres. El pueblo de Israel da la bienvenida a aquellos que se quieran incorporar, y no hay ningún impedimento biológico para ello.
Desafortunadamente, la lección del libro de Rut no siempre ha sido bien asimilada por los mismos judíos. Cuando los judíos regresaron del exilio de Babilonia, Esdras prohibió enfáticamente a los judíos casarse con mujeres extranjeras, y así, dio impulso nuevamente al agresivo nacionalismo que venía menguando con la asimilación del monoteísmo. Allí donde el libro de Rut celebra el matrimonio entre israelitas y extranjeros, el libro de Esdras lo censura. Y, lamentablemente, hoy persiste en la comunidad judía el sectarismo que presiona a sus miembros a casarse sólo con judíos.
            Parece, entonces, que el libro de Rut no les resulta tan relevante a estos nacionalistas judíos. Con todo, estos nacionalistas podrán alegar que, siempre y cuando la persona no judía se convierta, el matrimonio es aceptable. Rut eventualmente se asimiló al pueblo de Israel, pero tuvo una suerte de conversión. Lo mismo, entonces, aplica a los no judíos: no hay un impedimento biológico para que los no judíos se casen y se incorporen al pueblo de Israel, pero deben abandonar su antigua religión y convertirse en judíos.
            Este argumento podría ser más aceptable. Pero, con todo, sigue exhibiendo un tufo nacionalista. ¿Por qué ha de consumarse el matrimonio sólo entre miembros de una misma religión o nación? El principal temor de los judíos que se oponen al matrimonio inter-religioso es la asimilación y la pérdida de la identidad judía, pero, ¿acaso no perdió Rut su identidad moabita al seguir a Noemí? ¿Dónde está el gran daño de la asimilación, en abandonar una identidad para asumir otra? Es profundamente opresivo reprimir el amor de una pareja por el puro afán de mantener la pureza cultural y evitar la asimilación.
            Y, en todo caso, es igualmente preocupante la forma en que muchos grupos tratan de responder a la pregunta “¿quién es judío?”. Si bien es un asunto debatido entre los propios judíos, la respuesta convencional que persiste hoy es que el hijo de madre judía sigue siendo judío, sin importar si continúa o no las prácticas religiosas o incluso la identidad étnica. Esto asume, como hicieron las leyes de Nuremberg, que el ser judío está constituido por una sustancia biológica que se transmite de madre a hijo, y que independientemente de los rasgos culturales de una persona, sus rasgos biológicos lo definen como tal. El holocausto en buena medida fue propiciado por la idea de que los judíos son una raza. Ya desde el libro de Rut se ha perfilado la idea de que la identidad israelita no estaba constituida biológicamente. Pero, al pretender definir a la identidad judía con un criterio biológico (“hijo de madre judía, es judío”), los rabinos contemporáneos irónicamente se alejan del libro de Rut, y se acercan al criterio nazi.

domingo, 9 de junio de 2013

¿Quién es más hostil a la ciencia: la derecha o la izquierda?



            A simple vista, la respuesta es obvia: la derecha se lleva la infamia de ser más hostil a la ciencia. La exaltación del trono y el altar (elementos tradicionales del Ancien Regime) han efectivamente propiciado un obstáculo al desarrollo de la mentalidad científica. La derecha, siempre aliada con el clero para mantenerse en el poder, fomentó una visión religiosa del mundo que impidió el surgimiento de una metafísica materialista y mecanicista, bases fundamentales de la mentalidad científica. Y, en tanto la derecha tradicionalmente ha reposado sobre la tradición, frecuentemente ha apelado a la autoridad del dogma parta asegurar el control sobre las masas. Obviamente, el dogma es enemigo de la ciencia.
            No es difícil formarse una imagen de esto: Galileo silenciado por la Inquisición; curas europeos que en vez de incentivar a entender las causas de los terremotos, alegan que se trata de un castigo divino; evangélicos norteamericanos que abren museos en los cuales se enseña que el hombre convivió con los dinosaurios; Nancy Reagan solicitando consejos a los astrólogos, y a su vez, influyendo sobre las decisiones de su marido; católicos que recomiendan prescindir de tratamientos psiquiátricos para someterse a exorcismos; Hitler incentivando un sentido místico a las masas que lo siguen, etc.
            Esto no es mera cosa del pasado. La hostilidad contra la ciencia sigue vivita y coleando en el mundo contemporáneo. No deja de sorprender que en EE.UU., el mismo país que envió al hombre a la luna, la mitad de la población no acepte la teoría de la evolución. El grueso de ese sector que rechaza a Darwin tiene opiniones políticas que pueden ser fácilmente ubicadas en la derecha.
            El periodista Chris Mooney ha documentado muy bien estas tendencias en The Republican War on Science. En efecto, el Partido Republicano en EE.UU. (bastión de la rancia derecha) ha promovido una agresiva mentalidad anticientífica. El creacionismo científico ha sido de vieja data en ese país, y tradicionalmente ha tenido apoyo masivo en los políticos republicanos. Pero, ahora hay otros añadidos: los republicanos incentivan la duda frente al calentamiento global y tratan de informar que los daños de la contaminación no son tan severos.
            Ciertamente es un escenario deprimente. Pero, al menos queda el consuelo de que esta gente hostil a la ciencia no tiene cabida en las universidades y los centros de investigación. Eso, no obstante, no impide que, dentro de la academia (o de los sectores sociales que tienen una estrecha relación con ella), surjan otras actitudes hostiles a la ciencia. Pero, dentro de la academia, en vez de surgir de la derecha, la oposición a la ciencia surge de la izquierda.
            La izquierda no está exenta de hostilidades a la ciencia, a pesar del sesgo en la opinión pública. Mucho se recuerda al atropello de la Inquisición contra Galileo, pero poca gente recuerda que en la U.R.S.S., Trofim Lysenko, en nombre del marxismo, envió a Siberia a decenas de científicos.
            Así como hay causas anticientíficas en la derecha, también las hay en la izquierda. La derecha más rancia norteamericana se opone a la teoría de la evolución e inventa la idea de que el hombre convivió con los dinosaurios. Por su parte, un creciente sector de la izquierda aparentemente acepta la teoría de la evolución, pero se niega a admitir que la selección natural incide, no sólo sobre los rasgos físicos de la especie humana, sino también sobre sus rasgos mentales, y que en ese sentido, hay una predeterminación genética en la psicología.
            La derecha irresponsablemente sostiene que no es necesario preocuparse por el calentamiento global. Por su parte, la izquierda irresponsablemente postula que los transgénicos causan daños (sin haber aportado la menor prueba como respaldo), y se opone a cualquier forma de energía nuclear (nuevamente, sin demostrar que la energía nuclear, per se, es perjudicial). Así como Christopher Money documentó la oposición derechista a la ciencia, el eminente divulgador científico Michael Shermer ha documentado la hostilidad izquierdista contra la ciencia. Y, como bien postula Shermer, el grueso de esta oposición izquierdista a la ciencia procede de los grupos ecologistas: en su arrebato contra el capitalismo, pretenden erradicar las tecnologías de avanzada que propician la producción en masa, y para ello, muchas veces se amparan en alegatos pseudocientíficos.
            Vale añadir que la hostilidad izquierdista a la ciencia no procede exclusivamente de los grupos ecologistas. Me parece que, al menos en el Tercer Mundo (desde donde escribo), la oposición izquierdista a la ciencia viene fundamentalmente del postcolonialismo. A medida que las grandes potencias coloniales se fueron retirando de sus dominios coloniales, los movimientos postcoloniales (casi todos de inspiración izquierdista) trataron de levantar el orgullo nacional de las antiguas colonias. Y, para ello, pretendieron postular que los conocimientos aportados por los europeos no eran superiores a los “conocimientos” (y, coloco esto en comillas, pues yo opino que eso no es conocimiento) autóctonos. Surgió así un arrebato contra la ciencia, a la cual se le acusaba de hegemónica y arrogante. Como parte de la liberación postcolonial, se ha venido a defender procedimientos brujeriles y medicinas alternativas.
 
            Fue en el seno de la misma izquierda donde surgieron los llamados “estudios de la ciencia” (science studies). Esta tendencia, imbuida de relativismo postmoderno, pretendía colocar freno a las pretensiones de la ciencia, y señalar que, contrario a la “narrativa” (una palabrita típica de los postmodernos) tradicional de la ciencia, ésta es dictatorial, y no nos ofrece un camino óptimo para descubrir el mundo. No es casual que gurús postmodernos anticientíficos como Paul Feyerabend o Michel Foucault sean más citados por los izquierdistas que por los mismos derechistas. De hecho, fue de tal magnitud el abuso contra la ciencia por parte de la izquierda, que Alan Sokal (un físico con una firme visión izquierdista) se vio en la necesidad de ridiculizar con su célebre broma, no a los creacionistas que creen que el mundo fue creado hace apenas seis mil años, sino a los vanguardistas de izquierda que opinan que la gravedad cuántica es apenas una construcción social.
            Al tener en cuenta todo esto, entonces, ¿cómo puedo responder categóricamente la pregunta inicial? ¿Quién es más hostil a la ciencia: la derecha o la izquierda? Categóricamente respondo: es más hostil la derecha, pero hace más daño la izquierda. Ya sabemos a qué atenernos con un evangélico que cree que al excavar algunos kilómetros hacia el núcleo de la Tierra, encontraremos el infierno. Precisamente puesto que sabemos bien de dónde viene ese evangélico derechista, nos resulta fácil obstaculizarle el paso. Ninguna universidad seria se atrevería a darle tribuna pública para defender sus disparates.
            El izquierdista, en cambio, es un lobo disfrazado de oveja. Enarbola la bandera del progreso que, en el siglo XIX, estuvo asociada a la izquierda; y por eso, gana audiencia en las universidades supuestamente “de avanzada”. Pero, en realidad, está imbuido de una visión reaccionaria del mundo que se opone al uso de las tecnologías (e invoca alegatos pseudocientíficos como sustento), y postula, a la manera relativista, que la ciencia no es mejor ni peor que la magia y la brujería de los pueblos colonizados. Por todo esto, prefiero a los trogloditas derechistas. Su visión del mundo es al menos más coherente.