domingo, 19 de febrero de 2017

La logia P2 y sus conspiraciones

En medio de tanta teoría conspiranoica sobre los masones, ¿es posible separar el trigo de la paja? ¿Habrá alguna conspiración masónica que sí sea real? Sí; pero sólo a medias.
            La masonería italiana creó una logia en 1877, bajo el título de Propaganda Due, o como suele llamársele, P2. La logia funcionó como cualquier otra, pero resultó inevitable que, estando alojada en Italia, hacia la década de 1970 se involucrase en actividades fraudulentas asociadas al crimen organizado, uno de los grandes males de la nación italiana.
            La masonería siempre ha promovido el cultivo de virtudes cívicas, y así, los cabecillas de la masonería italiana empezaron a ver con preocupación la asociación de P2 con actividades criminales. Licio Gelli, un mafioso, logró convertirse en el gran maestre de esa logia, y empezó a organizarla más como una pandilla de delincuentes, y menos como el club democrático que suelen ser las logias. Gelli no estaba interesado en las relaciones democráticas típicas de la masonería, y dirigía su logia como un gángster, a quienes los demás miembros tenían que rendirle pleitesía.

            En 1976, la autoridad central de la masonería italiana, el Gran Oriente de Italia, suprimió P2. Pero, Gelli seguía reuniéndose con los miembros de su logia, usando los ritos típicos de la masonería. Y así, aun si esa agrupación había dejado de contar con el aval del resto de los masones, se hacía llamar a sí misma masónica, y la opinión pública así la percibía. Los medios de comunicación vinculaban a la masonería con todas las actividades escabrosas que P2 hacía, a pesar de que, vale insistir, desde 1976, el Gran Oriente de Italia había retirado su afiliación a ese grupo.
            Bajo la conducción de Gelli, P2 hizo negocios con la mafia y con el Vaticano. Uno de sus secuaces, Roberto Calvi, estuvo involucrado en el Banco Ambrosiano, con conexiones con el Banco Vaticano. El banco en cuestión sirvió para el lavado de dinero de muchos mafiosos, y participaba también en operaciones riesgosas. Al final, colapsó. Calvi huyó de Italia, pero en 1982 apareció colgado muerto bajo un puente en Londres, con ladrillos en sus bolsillos. Esta macabra circunstancia levantó el rumor de que la masonería lo había asesinado, por la revelación de algún secreto ritual. A pesar de que el crimen generó mucha especulación sobre intrigas, y los detectives tardaron en resolverlo, se determinó que los responsables de la muerte de Calvi fueron personajes de la mafia italiana. Obviamente, ante el fiasco del Banco Ambriosano, Calvi tenía deudas pendientes con algunos de sus compañeros en el mundo criminal. Pero, en vez de admitir que se trataba de un crimen relacionado con la mafia, la prensa volvía a la antigua obsesión con los masones y sus secretos.
            P2 también tramaba una conspiración para hacerse con el poder en Italia. Recurrentemente se ha acusado a la masonería de sembrar la cizaña para hacer revoluciones que, como la francesa, van contra los poderes tradicionales. En ese sentido, en la mente conspiranoica, los masones tradicionalmente han estado más asociados a la izquierda, que a la derecha. Pero, el complot de P2 era de extrema derecha: la larga lista de conspiradores constaba de personajes prominentes de la derecha y la extrema derecha italiana (entre ellos Silvio Berlusconi), y su plan de acción, tal como aparecía detallado en documentos que se encontraron ras una redada policial, contemplaba medidas fascistas.

            Al final, el escándalo se destapó y el gobierno italiano de turno colapsó (pues, aparentemente, estaba masivamente infiltrado por miembros de P2) . Aquello era un grupo de conspiradores fascistas que usurparon el nombre y los ritos de la masonería, aun cuando el resto de los masones en Italia habían condenado duramente las actividades criminales de P2, y los habían expulsado de la masonería. La conspiración de P2, pues, no era verdaderamente masónica. Pero, tras casi tres siglos de teorías conspiranoicas, es difícil lavar la reputación de la masonería frente a la opinión pública.

La masonería en las revoluciones francesa e hispanoamericana

           Algunos conspiranoicos insisten en que la revolución francesa fue un plan preconcebido y orquestado por la masonería, y que sin ella, no se hubiese derramado tanta sangre. No cabe negarlo: algunas importantes figuras de la revolución francesa, eran masones. El revolucionario que dirigió la turba hacia la Bastilla en 1789, Camille Desmoulins, era un masón. El que asumió el liderazgo de aquellos primeros movimientos revolucionarios, el marqués de Lafayette, había sido iniciado en la logia Nueve Hermanas, de la masonería francesa.
            Y, a medida que la revolución se hacía más sangrienta, fueron cobrando protagonismo aún otros personajes que también eran masones. Jean Paul Marat, el periodista que desde su apartamento (no salía a la calle porque sufría una enfermedad en la piel) escribía editoriales incendiarios que alentaban a la salvaje persecución de la disidencia, era masón. Un aristócrata convertido en revolucionario, el duque Luis Felipe de Orleans, condujo decididamente a la opinión pública a favor de la ejecución de su propio primo, el rey Luis XVI; Luis Felipe era también masón (aunque luego renunció a la masonería).

            Desde 1793, empezó aquello que vino a llamarse el reinado de terror, con ejecuciones diarias de supuestos contrarrevolucionarios en Francia. Estas ejecuciones se hacían con la guillotina, una nueva máquina que supuestamente aliviaría el dolor de los ejecutados. El inventor de la guillotina era Joseph Ignace Guillotin, también masón. Incluso la canción revolucionaria por antonomasia, La marsellesa (que se convertiría en el himno nacional francés hasta nuestros días), fue compuesta por un masón, Rouget de Lisle.
            Pero, los conspiranoicos se equivocan en decir que la revolución francesa fue un complot masónico. Alegar que aquellos eventos ocurrieron sólo porque un pequeño grupo de conspiradores los alentó, es trivializar el profundo clima de insatisfacción social que se vivía en la Francia del siglo XVIII. La revolución francesa tuvo excesos, y corrió mucha sangre innecesariamente. Pero, fue un auténtico movimiento popular, producto de siglos de opresión; de ningún modo se necesitaba la incitación de una sociedad secreta que, además, si bien fue simpatizante de las ideas ilustradas, fue bastante defensora del status quo, y trató lo más que pudo de mantenerse al margen de la política.
            Sí, algunos de los líderes de la revolución francesa fueron masones. ¿Y? Eso de ningún modo implica que la masonería tuvo un macabro plan para sembrar el caos en Francia. Algunos pedófilos son curas católicos. ¿Implica eso que la Iglesia tiene un plan preconcebido para pervertir sexualmente a la humanidad? Por supuesto que no. Del mismo modo, el hecho de que algunos revolucionarios sedientos de sangre fueran masones no implica que la masonería era la encargada de promover el terror. Robespierre, la figura más asociada con los abusos de la revolución francesa, no era masón.
            Además, en la masonería había mucha gente contrarrevolucionaria. Uno de los más furibundos opositores intelectuales a la revolución francesa, el reaccionario Joseph de Maistre, era masón (por lo demás, resulta extraño que Maistre, un tipo más papista que el Papa, se hiciera masón, teniendo en cuenta que ya desde 1738, Clemente XII había prohibido a los católicos pertenecer a logias).
La masonería tuvo representación en los verdugos durante el reinado del terror, pero también tuvo representación en las víctimas.  Si bien la masonería defendía principios democráticos en el interior de sus logias, era básicamente una asociación de aristócratas. Aquellos aristócratas que querían unirse a la revolución, renunciaron a la masonería, precisamente porque había una asociación entre aristocracia y masonería; Luis Felipe (el mismo que incitó la ejecución de Luis XVI) fue uno de ellos. Cuesta mucho creer que los masones planificaron con mucha anticipación la revolución francesa, si este movimiento desembocó en la muerte de muchos masones aristócratas. La masonería tenía mucho que perder.
Con Napoleón, los conspiranoicos siguieron insistiendo en que la masonería movía los hilos del poder en Francia. Napoleón no fue masón, pero sí lo fueron algunos de sus más cercanos colaboradores: sus hermanos José, Luis, Luciano y Jerónimo (todos ellos fungieron como reyes impuestos por Napoleón en varios países europeos), así como su cuñado Murat (uno de sus más fieles mariscales). De nuevo, los conspiranoicos ven algunos puntos, y se apresuran a conectarlos. La mera circunstancia de que en el bonapartismo hubiera masones no es evidencia de que la masonería controlaba a Napoleón. Es como acusar al vegetarianismo de estar tras el III Reich, por el mero hecho de que Hitler era vegetariano. La mayor némesis de Napoleón, el duque de Wellington, fue masón. Pero, en su empeño de pintar un mundo blanco y negro, de masones vs. antimasones, los conspiranoicos prefieren colocar a Wellington debajo de la alfombra.
También se atribuye a la masonería estar tras el colapso del imperio español en América, que en buena medida empezó con la invasión napoleónica a España. De nuevo, los conspiranoicos exageran. Sí, es cierto, hubo una logia masónica, la Lautaro, que se fundó en Cádiz en 1812, se trasladó a América, y a ella pertenecieron varios promotores de la independencia hispanoamericana, tales como Miranda, O’Higgins, San Martín, Sucre y Bolívar. ¿Es eso evidencia de un complot masónico? De nuevo, no. Hubo realistas masones, como por ejemplo, el general Morillo, que combatió contra Bolívar duramente en Venezuela. Si, como dicen los conspiranoicos, un masón antepone la fidelidad a la masonería por encima de cualquier otra cosa, entonces Bolívar nunca hubiese traicionado a Miranda, pero con todo, Bolívar sí terminó entregando a Miranda a los españoles. Y además, cuando Bolívar se convirtió en dictador de Colombia en 1828, una de sus primeras órdenes fue suprimir las sociedades secretas. ¿Haría tal cosa una persona cuya principal motivación es defender a la masonería?
Pero, en todo caso, aun suponiendo que el colapso del imperio español sí fue obra de la masonería, ¿dónde está lo objetable? ¿Acaso no es elogiable oponerse al imperialismo? Los nacionalistas españoles de inspiración franquista, en su obsesión contra la masonería, la acusan de haber sembrado la cizaña en América para separarse de la Madre Patria. Pero eso es trivializar las terribles condiciones de opresión que existían en el imperio español. No fue necesaria la intervención de la masonería para que los americanos, hastiados del absolutismo y el colonialismo mercantilista, se rebelaran contra la monarquía. Como en la revolución francesa, cabe admitir que hubo atrocidades, y corrió más sangre de lo necesario. Pero, reducir la independencia americana a un simple complot masón, es ignorar tres siglos de abusos coloniales.
Sí, las banderas nacionales de Cuba y Puerto Rico incorporan símbolos masones, porque quien las diseñó, Narciso López, era masón. A diferencia de lo que se dice sobre el sello de EE.UU. en el billete de dólar, para esto sí hay más pruebas. ¿Y qué? ¿El hecho de que la bandera cubana tenga un diseño masón implica que Cuba nunca debió independizarse? ¿Acaso que Narciso López formase parte de la masonería esconde el hecho de que en Cuba había esclavitud y el imperio español llevó a cabo una atroz campaña militar de represión en la isla, a cargo del general Valeriano Weyler? ¿No merecían los cubanos la independencia ante semejantes atropellos?

En fin, como complemento de sus delirios sobre la revolución francesa, Napoleón, y la debilidad de España, los conspiranoicos siguen sosteniendo que, en el escenario internacional, España es subordinada de Francia, debido a la influencia masónica. Supuestamente, desde Napoleón, los políticos franceses han usado la masonería para controlar a otros países. Este alegato conspiranoico se formula especialmente en relación a África: según una nueva teoría conspiranoica, Francia renunció a sus colonias en el llamado continente negro, pero se aseguró de que los nuevos jefes de Estado se iniciaran en la masonería, y así, pudieran ser controlados por el lobby masónico francés que silenciosamente exporta su republicanismo laicista.

Ciertamente podemos acusar a Francia de tener prácticas neocoloniales en África. Pero, ¿dónde está lo objetable en el republicanismo y el laicismo? Y, más aún, ¿qué evidencia hay para alegar que los líderes africanos son títeres de la masonería francesa? Ninguna. La conspiranoia de Augustin Barruel, y sus alegatos sobre la continuidad de los templarios en la masonería, es hoy a todas luces risible. Pero, lamentablemente, hoy persisten comentaristas que, con un barniz de seriedad, formulan nuevas versiones de sus teorías conspiranoicas. Como las del jesuita conspiranoico del siglo XVIII, estas teorías no tienen ningún asidero. Pero, tristemente, mucha gente las sigue creyendo. Urge cultivar el pensamiento crítico para refutarlas.

Los masones y la revolución norteamericana

En las logias masónicas está prohibido hablar de religión o política (excepto en una rama francesa más reciente). Pero, eso no ha impedido que los detractores de la masonería la acusen de promover cultos paganos o satánicos. Pues bien, lo mismo ocurre con la política: en la imaginación conspiranoica, los masones han estado de varias revoluciones en la historia moderna.
Se ha acusado a los masones de haber orquestado la revolución norteamericana. En vista de que esta revolución resultó bastante exitosa, y hoy los historiadores la juzgan muy positivamente, los masones norteamericanos quisieron aprovechar aquella circunstancia histórica para anotarse un triunfo, y así, los propios masones han contribuido al mito de que la revolución norteamericana fue obra de la masonería. Pero, la verdad histórica es que hubo masones tanto en el lado independentista como en el lado monárquico, y la masonería como tal tuvo poco que ver con el desarrollo de esa revolución.

Es cierto que varios de los llamados padres fundadores de EE.UU. fueron masones. De los cincuenta y seis firmantes de la Declaración de independencia de los EE.UU., se sabe con seguridad que ocho fueron masones, y veinticuatro más también pudieron haberlo sido. El jefe militar de los ejércitos revolucionarios, George Washington, fue masón y alcanzó el grado de maestro. Benjamin Franklin, otro ilustre de la revolución norteamericana, también fue masón.
Es una exageración decir que aquel movimiento estuvo controlado por la masonería. Ciertamente, los ideales democráticos que motivaron a la revolución norteamericana, estaban presentes en las reuniones en las logias. Cuando se entra en una logia, las jerarquías convencionales de la sociedad desaparecen, y el aristócrata se sienta junto al comunero. Pero, la masonería fue apenas una de muchísimas otras influencias en un proceso tan complejo como la revolución norteamericana. El rey Jorge III se quejó de que aquella revolución fue lanzada por presbiterianos, no por masones.
Se ha querido asociar la masonería con uno de los eventos más importantes de la revolución norteamericana, la fiesta del té en Boston. En vista del abusivo impuesto a la importación al te que imponía la corona británica, en 1773 un grupo de colonos disfrazados de indios subieron a los barcos anclados en Boston, y tiraron al mar el té almacenado. Aquello fue eventualmente un detonante de la revolución norteamericana. Según la leyenda, esos hombres eran todos masones, pues antes de ir al muelle de Boston, habían estado en una taberna que albergaba a la logia masónica de Saint Andrew. Pero, lo cierto es que esa misma taberna también albergaba las reuniones de los Hijos de la Libertad, una organización revolucionaria que nada tenía que ver con la masonería. Es mucho más probable que los iniciadores de la fiesta del té formaran parte de esa organización revolucionaria.
Los revolucionarios norteamericanos crearon una nueva nación, que como cualquier otra, requirió símbolos. Los conspiranoicos se deleitan con supuestas pistas masónicas en los símbolos nacionales norteamericanos. Así, frecuentemente se dice que el escudo nacional en el reverso del billete de un dólar, es prueba de que la masonería controló la revolución norteamericana.
El escudo consta de una pirámide no finalizada, de trece niveles. Y, encima de ella, un triángulo con un ojo adentro. Debajo, está la inscripción Novus Ordo Seclorum. El ojo encerrado en un objeto (llamado a veces el ojo de la providencia) ciertamente es un símbolo a veces empleado por la masonería. Representa al Gran Arquitecto del Universo, que todo lo ve y siempre vigila nuestra conducta. Pero, de ningún se trata de un símbolo de origen masón. El símbolo en cuestión ya existía en el Renacimiento, mucho antes de que surgiera la masonería especulativa. El uso del triángulo es más bien de origen cristiano, en tanto representa a la Trinidad.
La pirámide representa la fortaleza de la nueva nación, y no está finalizada, porque representa lo que aún queda por construir en EE.UU. Tiene trece niveles porque representa las trece colonias norteamericanas originales que se rebelaron contra la corona británica. No tiene ningún simbolismo especialmente asociado con la masonería.
La inscripción Novus Ordo Seclorum quiere decir Nuevo orden de los siglos (una frase inspirada en un pasaje de Virgilio), es decir, una nueva etapa histórica a partir de la revolución. Algunos conspiranoicos quieren atribuir a la masonería estar detrás de aquello que ellos llaman el Nuevo orden mundial (supuestamente, un régimen internacional controlado por una élite), y así, creen que la inscripción en el escudo nacional estadounidense los delata. Desgraciadamente, esos conspiranoicos no saben traducir una frase latina muy básica.   
 En todo caso, la comisión que se organizó para diseñar el escudo norteamericano, estuvo conformada por Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, John Adams y Pierre Du Simitiere. De los cuatro, el único masón era Franklin. Y, Franklin propuso como escudo una imagen del paso de los israelitas por el Mar Rojo, y el faraón ahogándose. Obviamente, su diseño no fue seleccionado. Los diseños que sí fueron seleccionados, pues, vienen de gente que no estaba en la masonería.
Los conspiranoicos no desaprovechan la ocasión de la revolución norteamericana, para una vez más, acusar a los masones de ser un culto satánico. Según una teoría conspiranoica muy difundida, el patrón arquitectónico de las principales avenidas de la ciudad de Washington, están en forma de pentagrama invertido, y éste es un símbolo satánico por excelencia. El gobierno norteamericano, pues, es diabólico.
Ciertamente, ese patrón arquitectónico existe; pero tras ello no hay ninguna conspiración masónica satánica. El modelo arquitectónico de Washington obedeció a las condiciones topográficas del terreno donde se construyó la ciudad. El revolucionario que más activamente promovió ese diseño, Thomas Jefferson, no era masón. Además, el pentagrama invertido no es originalmente un símbolo satánico. La asociación entre el satanismo y este símbolo es reciente: si bien data de círculos ocultistas de finales del siglo XIX (más de cien años después de la revolución norteamericana), fue popularizado por el satanista Anton LaVey en la década de 1970 (y, vale añadir, el movimiento de LaVey no era propiamente un culto a Satanás como principio del mal, sino más bien, un mero símbolo de autosuficiencia). Los padres fundadores de EE.UU. jamás hubieran tenido noción de las connotaciones satánicas del pentagrama invertido.

En todo caso, aun suponiendo que algún arquitecto logró introducir ocultamente un diseño satánico a la ciudad de Washington, ¿cuál es la relevancia actual de eso?, ¿acaso esa extraña circunstancia probaría que el gobierno norteamericano actual rinde culto al diablo? Podemos denunciar a viva voz todos los abusos que el Tío Sam ha cometido, pero, ¿qué necesidad hay de inventar una teoría conspiranoica que, a la larga, termina por desprestigiar a los propios críticos del gobierno norteamericano?

Los conspiranoicos también acusan a los masones de estar detrás del diseño de uno de los monumentos más emblemáticos de Washington, el obelisco. Vale recordar que una de las más persistentes acusaciones lanzadas contra los masones es su supuesto origen en los cultos de Egipto, algo que algunos propios masones, como Albert Pike, se encargaron también de propagar. En tanto el obelisco es un símbolo de origen egipcio, resultó inevitable que los conspiranoicos dijeran que el obelisco de Washington es obra de la masonería y sus prácticas de ocultismo. Tonterías. El obelisco está en Washington, sencillamente porque, en el siglo XIX, en Europa y América había una fascinación con todo lo que fuese egipcio, especialmente a partir del descubrimiento de la piedra Rosetta en 1804 (los planos del obelisco en Washington se diseñaron en 1836). 

La obsesión con los illuminati

En un infame libro conspiranoico, el abad Augustin Barruel no sólo afirmó que la revolución francesa fue obra exclusiva de la masonería, sino que además, los masones eran en realidad los illuminati, otra sociedad secreta que ha dado mucho de qué hablar, y que frecuentemente aparece en los delirios conspiranoicos.
            Los illuminati se fundaron en Baviera, en 1776, por un tal Adam Weishaupt, un intelectual descontento con la sociedad europea. Lo mismo que los masones, Weishaupt estaba empapado de la filosofía ilustrada del siglo XVIII, pero a diferencia de los masones (que, en líneas generales, eran más favorables al status quo), se fue radicalizando. Así, Weishaupt organizó una sociedad secreta de iluminados, cuyo propósito sería conspirar contra las monarquías europeas, y finalmente, establecer un orden republicano de gran alcance. En sus planes (muchos de los cuales eran absolutamente inverosímiles), Weishaupt tenía la intención de unir a Europa en una gran república, que él vino a llamar el Nuevo orden mundial. Desde entonces, este término ha calado bien entre los conspiranoicos, sobre todo para designar proyectos internacionales de integración política, tales como la Organización de Naciones Unidas, o la Unión Europea.

            Al principio, Weishaupt consiguió varios adeptos, y fue extendiendo su influencia en varias ciudades europeas. Weishaupt no era masón, pero incorporó a su sociedad secreta algunos de los ritos masónicos para iniciar a sus miembros. Quizás como táctica proselitista, Weishaupt prometió a sus adeptos iniciarlos en secretos del ocultismo, y para ello, se valió de la cooperación de un tal Adolf Francis, barón de Von Knigge, que tenía intereses en las artes ocultas. Los intereses de Weishaupt eran meramente políticos, pero el barón Von Knigge se encargó de imbuir a los illuminati con misticismo y ceremonias elaboradas.
            No obstante, pronto surgieron algunas rencillas entre ellos, y el barón Von Knigge se retiró de los illuminati. Algunos miembros, que estaban más interesados en el ocultismo que en la agitación política, se desencantaron con Weishaupt, y finalmente, denunciaron ante las autoridades bávaras la existencia de esa sociedad secreta que conspiraba contra las monarquías. En 1784, el duque de Baviera, Carlos Teodoro, se anticipó ante esa amenaza, prohibió las sociedades secretas, y desmanteló a los illuminati. Weishaupt y otros se fueron al exilio, y nunca más se supo de los illuminati. Cabe presumir que dejaron de existir en el siglo XVIII.
            Pero, como cabría esperar, los conspiranoicos creen que, en realidad, la sociedad illuminati está viva y coleando, trama la dominación del mundo, y construye secretamente el Nuevo orden mundial. Parte de estos alegatos conspiranoicos se basan en el hecho de que los illuminati se llegaron a infiltrar en varias logias masónicas, a fin de despistar a las autoridades y evadir sospechas. También lo hicieron para influir a aristócratas masones, y a través de ellos, tratar de mover los hilos del poder. Sus actividades subversivas se hacían dentro de la masonería, y pretendían conformar algo así como una muñeca rusa: una sociedad secreta dentro de otra sociedad secreta. Algunos conspiranoicos opinan que, en la actualidad, quienes realmente controlan a la masonería son los illuminati.
            En 1789, Cagliostro, un embaucador italiano que había alcanzado influencia en varios círculos aristocráticos europeos con sus embustes, fue apresado en Roma por la Inquisición, debido a varios fraudes (la mayoría de ellos relacionados con el ocultismo). Cagliostro era masón, y confesó a sus interrogadores que los illuminati dominaban la masonería, y que estaban preparándose para destruir a las monarquías y el papado. Algunas autoridades se tomaron en serio su confesión, sin tener en cuenta que este hombre no era de fiar, y que precisamente se había ordenado su captura debido a su larga carrera de embustes y fraudes.
No es del todo falso que hubo una asociación entre los illuminati y los masones. Pero, los propios masones no tardaron en descubrir que su propia sociedad secreta estaba infiltrada por gente subversiva. Rápidamente las logias masónicas intentaron expulsar a los illuminati infiltrados en la masonería. No tuvieron éxito del todo, hasta que en 1784, el duque Carlos Teodoro definitivamente desmanteló a los illuminati. Para el momento en que Cagliostro daba testimonio, ya los illuminati no existían. Quizás algún miembro original de los illuminati quedó en las filas de la masonería, pero visto en retrospectiva, es bastante evidente que la sociedad de los illuminati no sobrevivió a la persecución de Carlos Teodoro, pues desde 1784, ya no hay noticias sobre ellos. Con todo, ya el daño estaba hecho, y surgió una de las grandes obsesiones conspiranoicas que perdura hasta nuestros días. El propio George Washington (quien era masón), estaba obsesionado con la influencia perversa y escurridiza de los illuminati en la masonería y los nacientes EE.UU, y siempre se sospechó que Thomas Jefferson (que no era masón) era uno de los illuminati. Augustin Barruel los acusó de ser los artífices de la revolución francesa, aun cuando, vale insistir, ya para ese momento no existían.
A pesar de que la idea de que los illuminati mueven los hilos del poder, siempre estuvo en las mentes conspiranoicas, la obsesión con ellos vio un renacer en la segunda mitad del siglo XX, a raíz de Illuminatus, una trilogía de novelas escritas por Robert Shea y Robert Anton Wilson. En esas novelas, se narra que Adam Weishaupt fue a EE.UU., mató a George Washington, y usurpó su identidad. Bajo esta teoría, entonces, los illuminati gobernaron EE.UU. desde sus inicios, pues Weishaupt (usurpando la identidad de Washington) se aseguró de establecer instituciones para que perdurara el control de los illuminati. En la revolución norteamericana, Washington había luchado junto al francés marqués de Lafayette (que también era masón), y luego Lafayette volvió a Francia para dar inicio a la revolución francesa. Según esta teoría conspiranoica, en ese ínterin entre la revolución norteamericana y la francesa, Weishaupt había ya asesinado a Washington, y así, cuando Lafayette llegó a Francia, estaba controlado por los illuminati. La revolución francesa, pues, fue hija de los illuminati.
La teoría se basa en el hecho de que, en efecto, hay algún parecido físico en los retratos de Weishaupt y Washington. Pero obviamente, eso está muy lejos de ser evidencia firme para respaldar una teoría tan aventurada. Es posible que los propios autores de la series Illuminatus no hubieran inventado esta historia, sino que la recogieron del folklore conspiranoico. Pero, lo cierto es que Shea y Wilson escribieron sus novelas con una clara intención satírica. Los autores buscaban burlarse de la paranoia que caracteriza a la sociedad norteamericana. Como ha ocurrido muchas veces con las sátiras, no obstante, muchos lectores no entendieron, y así, al final terminaron por asumir seriamente que, en efecto, Weishaupt había matado a Washington.   

Hoy algunos grupos se autoproclaman como los herederos directos e ininterrumpidos de los illuminati, pero históricamente, sus pretensiones no se sostienen. Por supuesto, el conspiranoico cree que el hecho de que no tengamos noticias sobre los illuminati, es precisamente evidencia de que esta sociedad secreta existe y trama algo perverso. Pero, pensar de esa forma es ridículo.

Los disparates del anglo israelismo

Desde muy temprano en la historia de las teorías conspiranoicas, a los judíos se les ha acusado de ser impostores, matar a Dios, comer niños, envenenar pozos, profanar la hostia, manipular la economía, hacer revoluciones, fingir genocidios, controlar Hollywood, tumbar edificios con aviones, y un sinfín de cosas más. Pero, empecemos por lo primero: ¿de dónde vienen los judíos? En torno a esta respuesta, algunos conspiranoicos han formulado algunas teorías que han alimentado el odio en contra de los judíos.
Según la versión bíblica, los israelitas eran descendientes del patriarca Israel, originalmente llamado Jacob. Un hijo de Jacob, José, logró asentarse en la corte del faraón en Egipto. Allí, invitó a sus hermanos, y cada uno de éstos, serían los patriarcas de las doce tribus de Israel. En Egipto, los descendientes de José y sus hermanos se multiplicaron conformando ya el pueblo de Israel. Los egipcios los esclavizaron, y bajo la conducción de Moisés, salieron de Egipto y ocuparon Canaán.

Los historiadores no confían mucho en esta historia, pues no es seguro que los patriarcas o Moisés existieran.  El consenso entre historiadores y arqueólogos es más bien que los antiguos israelitas eran un pueblo que vivía en el territorio que hoy ocupa principalmente Israel y Palestina; es decir, nunca salieron de ahí, y nunca estuvieron en Egipto. Eran tribus de pastores nómadas que se empezaron a diferenciar de sus vecinos (llamados “cananeos”) por algunas prácticas en particular; entre ellas, la prohibición de comer cerdo. Estas tribus se fueron uniendo en una confederación, y ese aglutinamiento se fue consolidando con el culto a un dios común, Yahvé. Muchos siglos después, durante el reino de Josías en el siglo VII antes de nuestra era, por circunstancias históricas y políticas muy particulares, se inventaron (o, al menos, se afinaron los detalles) las historias sobre los patriarcas y el éxodo desde Egipto.
Eventualmente, estas tribus se asentaron como Estado, y conformaron una monarquía unificada bajo los reinos de Saúl, David y Salomón. Pero, hacia el siglo X de nuestra era, la monarquía se disolvió en dos reinos, Israel al norte, y Judá al sur. En el 721 antes de nuestra era, el reino de Israel fue destruido por una invasión asiria. Las tribus israelitas estaban divididas territorialmente. En el reino de Judá estaban la tribu de Judá, la de Benjamín, y algunos miembros de la tribu de Leví. En el reino de Israel estaba el resto de las tribus. Cuando los asirios invadieron el reino del norte, deportaron a su población. Las tribus que conformaron ese reino se dispersaron, se asimilaron al resto de la población asiria, y sencillamente, perdieron su identidad israelita.
El reino de Judá logró sobrevivir la amenaza asiria, pero en el siglo VI antes de nuestra era, tuvo que hacer frente a la amenaza de un nuevo imperio, el babilónico. En el 597 antes de nuestra era, los babilonios entraron en Jerusalén, y deportaron a la población del reino. No obstante, a diferencia de las tribus del norte, las tribus del reino de Judá no se asimilaron por completo al resto de la población babilónica, y sí lograron mantener su identidad. El imperio babilónico se derrumbó ante los avances del imperio persa, y en el 539 antes de nuestra era, el emperador persa Ciro emitió un decreto permitiendo a los exiliados de Judá regresar a su patria de origen.
Esa gente que volvió a Jerusalén y sus alrededores, vinieron a ser los judíos. No obstante, no todos volvieron a su tierra de origen. Hubo judíos que se quedaron en regiones del  imperio persa, y eventualmente fueron poblando regiones del norte de África, Europa y Asia. Siglos después, los judíos sufrieron una derrota frente al imperio romano, la población fue nuevamente desterrada, y eso produjo nuevas olas migratorias hacia Europa.
Desde incluso antes de la época de Jesús, siempre hubo en la religión judía la expectativa de que, algún día, se encontrarían las tribus perdidas de Israel, y se unirían. El mito se mantuvo por siglos, pero sin mucho tesón. No obstante, a partir del siglo XVI, con la expansión colonial europea por América, África y Asia, el mito de las tribus perdidas de Israel volvió a ganar fuerza. Los exploradores europeos, al encontrarse con nativos en los nuevos territorios explorados, trataron de acomodar estas nuevas experiencias a sus esquemas mentales. Y así, muchos de ellos empezaron a alegar que, sobre todo los indígenas de América, eran en realidad descendientes de alguna tribu perdida de Israel.
En el siglo XIX, esta idea sirvió incluso para fundar una religión que crece fuertemente hoy: el mormonismo. Los mormones no creen exactamente que los indios americanos sean descendientes de alguna de las tribus perdidas de Israel, durante la deportación asiria. Pero, sí creen que, durante el exilio babilónico, una familia de judíos emigró a América, y una rama de sus descendientes son los actuales indios americanos.
Estas teorías sobre las tribus perdidas de Israel, en cierto sentido honraban a los supuestos descendientes de las tribus. Mientras que los conquistadores y colonos consideraban a los nativos personas incivilizadas, el mito de las tribus perdidas los consideraba descendientes del pueblo elegido de Dios, que por ende, eran depositarios de sabiduría y profesaban una religión muy parecida al cristianismo.
Pero, el mito de las tribus perdidas de Israel también sirvió para tratar de justificar el imperialismo, sobre todo el británico. A medida que construían el imperio donde el sol nunca de ponía, los británicos fueron divulgando la idea de que ellos eran algo así como el nuevo pueblo elegido, cuya misión era civilizar al resto del mundo, y cuyos monarcas eran descendientes del gran rey David. Y, para reafirmar aún más esa idea, se empezó a coquetear con la noción de que, quizás, los propios británicos eran también una tribu perdida.
A mediados del siglo XIX, surgió en Inglaterra el movimiento de los Israelitas británicos, o como también vino a llamarse, el anglo israelismo. En el siglo XVIII, un tal Richard Brothers había publicado panfletos explicando que, después de la deportación asiria, las tribus israelitas emigraron hacia Europa, y finalmente llegaron a la actual Gran Bretaña. Los británicos, pues, son los descendientes de los israelitas, y en ese sentido, son también el pueblo a quien Dios hizo sus promesas en el Antiguo testamento.
En 1840, John Wilson tomó estas ideas, y se encargó de expandirlas y publicitarlas aún más. Wilson estaba interesado en la piramidología. Por aquella época, había un enorme interés en las cosas egipcias, y en especial, las pirámides. Wilson creía que los patrones geométricos de las pirámides en Giza, revelan códigos secretos sobre eventos futuros. La gente interesada en la piramidología se empezó a interesar también en el supuesto origen israelita de los británicos, algunos incluso llegando a afirmar que ese origen israelita de los británicos estaba enunciado en las pirámides. Ningún científico o historiador se toma en serio la idea de que en las pirámides hay mensajes ocultos a partir de sus patrones geométricos. La piramidología opera de un modo muy similar a las teorías conspiranoicas: ve patrones donde no los hay, y establece conexiones que no existen.   
En fin, el movimiento de Wilson fue nunca se convirtió en un grupo demográficamente considerable. No convencieron a mucha gente. Sus argumentos eran muy forzados. Alegaban que algunas supuestas etimologías inglesas revelaban un origen hebreo, y así, creían demostrar el origen israelita de los británicos. Por ejemplo, decían que la palabra scot (escocés) era una derivación de Gaad (una de las tribus perdidas de Israel). A decir verdad, los lingüistas no encuentran ningún rastro semítico en la lengua inglesa. Previsiblemente, con argumentos tan pobres, la tesis de los orígenes israelitas de los británicos fue menguando, y en Gran Bretaña, casi nadie la toma en serio ya.

Pero, a inicios del siglo XX, algunos de los defensores de esta tesis emigraron a EE.UU., y ahí, el movimiento sí se asentó con más fuerza. En aquel momento, EE.UU. era una sociedad marcadamente racista. Las ideas del anglo israelismo no eran propiamente racistas. Pero, en EE.UU., sus seguidores sí le dieron un giro racista, y así, lograron calar mejor.
El movimiento del anglo israelismo en EE.UU. evolucionó hacia lo que vino a llamarse la Identidad cristiana, un grupo con intenciones de odio racial. La Identidad cristiana defendía la vieja noción de que los británicos eran descendientes de los israelitas, pero añadieron que los actuales judíos son impostores que no son los verdaderos descendientes de las originales tribus de Israel. Por dos mil años, los judíos han conspirado haciendo creer al mundo que ellos son descendientes de los patriarcas bíblicos, pero en realidad, sus orígenes son mucho más lúgubres.

Según la Identidad cristiana, los judíos proceden de una población de preadamitas, es decir, gente que vivió antes de Adán. Estos preadamitas eran gente degenerada (pues antecedieron a la creación especial de Dios), y sus descendientes, los judíos, son igualmente degenerados. El propio Satanás era un preadamita, y por ende, es ancestro de los judíos. Con sus engaños, han querido hacer creer que ellos son el pueblo elegido de Dios, pero en realidad, son hijos del diablo, tal como el propio Cristo acusó a los fariseos, según el evangelio de Juan (8:44). Los judíos conspiran para continuar el reino de Caín (quien, es hijo de Eva y Satanás en forma de serpiente, y él mismo se casó con una preadamita, convirtiéndose en ancestro de los judíos); están en alianza con los masones, los illuminati y los comunistas, y mueven los hilos del poder.

sábado, 18 de febrero de 2017

Los judíos y el libelo de sangre

La obsesión conspiranoica con los judíos tiene hondas raíces. Ya desde la antigüedad, se veía a los judíos como un pueblo con costumbres muy extrañas, que no era digno de confiar. Pero, el odio más enfermizo contra ellos empezó una vez que el cristianismo se expandió por el imperio romano.
            Ya los propios autores de los evangelios tenían animosidad contra los judíos. El evangelio de Juan no escatima en presentar a un Jesús que se enfrenta, no meramente a una facción de adversarios, sino a los judíos en general. Y el evangelio de Mateo narra que los judíos, al elegir matar a Jesús, aceptan que su sangre caiga sobre ellos.
            Esto se narra en el contexto de la escena de la liberación de Barrabás y la condena de Jesús, en la asamblea popular judía. Por complejas razones que he explicado en mi libro Jesucristo ¡vaya timo!, la mayoría de los historiadores dudan de que esa escena haya ocurrido realmente. Lo más probable es que Jesús fue condenado por el propio Poncio Pilatos, por motivos estrictamente políticos, y los judíos tuvieron muy poco que ver con aquella circunstancia.

            Pero, a partir de lo que se narra en los evangelios, y sobre todo ese pasaje del evangelio de Mateo, quedó en la imaginación cristiana la idea de que los judíos eran culpables de haber matado a Cristo. A partir del siglo II, se les empezó a llamar deicidas, asesinos de Dios. Si bien en el siglo XX el II Concilio Vaticano repudió este insulto, hasta el día de hoy aparecen de vez en cuando personajes que reprochan a los judíos por, supuestamente, haber matado a Dios.
            Si los judíos mataron a Dios, se razonaba, entonces eran capaces de hacer cualquier otra barbaridad. Si la crucifixión de Cristo fue tan sangrienta, entonces los judíos no tendrían escrúpulos en deleitarse con rituales sangrientos. A partir del siglo XI, empezó a correr el rumor de que, durante sus celebraciones de Pascua, los judíos raptaban niños para beber su sangre, y mezclarla con el pan de levadura que acompaña esa celebración. Esta acusación es hoy conocida como el libelo se sangre, pues circulaban en forma de panfletos. Se decía que el talmud (un cuerpo de comentarios judíos a la Biblia) exigía rituales de sacrificio humano, y que los judíos tenían organizaciones secretas para raptar niños a fin de cumplir estos ritos.
            La acusación es disparatada por donde se la mire. Si bien es posible que los antiguos hebreos practicaran el sacrificio humano en tiempos remotos, también es cierto que desde muy temprano los hebreos buscaron separarse de los cananeos y sus prácticas de sacrificio humano. Ciertamente el judaísmo prescribe sacrificios de animales (aunque, en realidad, se prescribe que se hagan en el templo de Jerusalén, y ese templo fue destruido en el año 70), pero de ningún modo permite sacrificios humanos. El judaísmo tiene también una repulsión por el consumo de carne humana, y por el consumo de la sangre en general.
            Hasta el día de hoy, algunos de quienes hacen estas acusaciones, alegan que, efectivamente, los judíos sólo permiten el sacrificio animal. Pero, alegan estos conspiranoicos, los judíos sólo consideran humanos a los miembros de su propio pueblo; el resto son goyim, animales. Y así, según su religión, es lícito matarlos.
            Contrariamente a lo que los conspiranoicos creen, la palabra hebrea goyim no significa animales. Significa naciones, o como tradicionalmente se traduce, gentiles. Ciertamente, podemos acusar a los judíos de ser etnocentristas, como tantos otros pueblos. Ellos dividen la humanidad en judíos y no judíos. Pero, es absolutamente falso que ellos consideren a los no judíos como animales.
            El primer gran libelo de sangre ocurrió en Inglaterra, en 1144. Europa se estaba preparando para la Segunda Cruzada. La Primera Cruzada, que se remonta al año 1095, fue una empresa militar que movilizó a miles de combatientes, con el propósito de liberar a Jerusalén del dominio musulmán. En aquella ocasión, hubo un gran celo religioso. En medio de ese fanatismo, antes de partir hacia Jerusalén, los ejércitos atacaron a muchas comunidades judías en las riberas del Rin, en Alemania. En los planes originales de los cruzados no estaba atacar a los judíos, pero el fanatismo hizo que descargaran su furia contra todo aquel que no fuese cristiano. Además, se razonaba, ¿para qué ir tan lejos a combatir infieles, si en la propia Europa también había infieles que merecían ser pasados por el filo de la espada?
            Esa actitud tan combativa contra los judíos apareció nuevamente en la convocatoria de la Segunda Cruzada. En ésta, Inglaterra tuvo mayor participación. Y así, en el ánimo contra los judíos, ocurrió un episodio lamentable. Un niño cristiano, William, apareció muerto en la localidad de Norwich. Según parece, se culpó a los judíos de haber raptado al niño, para matarlo y beber de su sangre como parte de sus rituales. El sheriff local dio protección a los judíos, y el asunto no pasó a mayores, pues nunca se supo quién fue el culpable de aquel atroz crimen.
            Pero, tiempo después, un tal Tomás de Monmouth narró la historia con tremendo sensacionalismo, añadiendo detalles que envilecieron a los judíos. Según el conspiranoico Tomás, había en Europa una red de judíos que anualmente se reunía para decidir en cuál ciudad europea se raptaría a un niño cristiano para matarlo y beber su sangre. En 1144, ese concilio judío había decidido que el sangriento ritual se haría en Norwich. Según Tomás, del mismo modo en que los judíos se regocijaron crucificando a Jesús, así crucificaron al pequeño William.
            A partir de esa crónica, en torno a William surgió un culto de peregrinos. Se alegaba que William hacía milagros, y naturalmente, los devotos se tragaban completo el cuento sobre la conspiración judía y los sacrificios rituales. El caso de William dio paso a otras historias similares, con el mismo patrón: un niño aparecía muerto, e inmediatamente, se formaba la leyenda de que los judíos habían organizado el rapto, con fines rituales. La Iglesia no avalaba estas acusaciones propiamente. Pero, sí promovía la veneración de estos niños mártires: Hugo de Lincoln, Simón de Trento, Haroldo de Gloucester, los niños de Fulda, y otros más.   
            ¿Por qué se creían estas cosas? Los historiadores han explorado algunos motivos. Quizás, los cristianos tenían ellos mismos alguna ansiedad con el canibalismo simbólico de la eucaristía, y así, terminaron por proyectar el canibalismo real a sus propios vecinos, los judíos. Es posible también que los primeros cruzados, al ver que los judíos se suicidaban y mataban a sus propios hijos antes de acceder a la persecución religiosa, terminaran por creer que si los judíos eran capaces de matar a sus propios hijos, eran mucho más capaces de matar a niños cristianos. O, también, al ver a los rabinos chupar sangre en el ritual de la circuncisión con recién nacidos, los cristianos se imaginaban que los judíos bebían sangre de niños cristianos en rituales más crueles.
            En fin, a medida que Europa se iba modernizando, las poblaciones dejaban de creer en estas tonterías. Hasta el siglo XX, hubo libelos de sangre, sobre todo en Rusia; pero, en líneas generales, las autoridades no daban crédito a estas teorías conspiranoicas, e incluso regímenes marcadamente antisemitas, como el zarista en Rusia, hacían lo posible por erradicar estas creencias en el populacho.
En la Edad Media, el mundo cristiano era muy hostil a los judíos, mientras que el mundo musulmán, al menos comparativamente, era mucho más condescendiente con los judíos. Pero, a medida que en Europa se dejaba de creer en los libelos de sangre, en el Medio Oriente esta teoría conspiranoica cobraba fuerza, y hoy, es bastante común en los países árabes.
En 1840, hubo un caso que, como el de William de Norwich en Europa, marcó  en el Medio Oriente el inicio de la histeria colectiva en torno a los supuestos rituales de sangre de los judíos. Ese año, en Damasco, se encontró muerto a un monje católico capuchino, el hermano Tomás. Con la instigación de su orden capuchina, empezó a correr el rumor de que Tomás había sido raptado por nueve judíos, para llevar a cabo el cruel ritual de extraer la sangre y beberla como parte de su celebración de pascua. A estos judíos se les torturó, y confesaron.
Pero, a medida que se desarrollaba el caso, hubo grandes implicaciones políticas. Siria estaba bajo el control de Muhammad Ali, un caudillo que gobernaba desde Egipto, con el apoyo de los franceses. Ali se enfrentaba al imperio otomano, que contaba con el respaldo de los briánicos. Desde Napoleón, los franceses habían tomado importantes medidas para liberar a los judíos de muchas discriminaciones. Y así, con presiones inglesas, los franceses intervinieron para negociar con Ali la liberación de los judíos acusados (dos de los cuales habían muerto a causa de la tortura). Francia y Gran Bretaña, en su autoproclamada misión de civilizar al mundo, alegaban que un país moderno y civilizado no podía permitir la formulación de acusaciones tan fantasiosas, propias de la mentalidad medieval.
No obstante, la liberación de esos judíos se debió al cálculo del propio Ali, quien previendo una confrontación con el imperio otomano, trató de buscar aliados en los poderes europeos, y por ello accedió a la solicitud de negociación de los franceses y británicos. Hoy hay una percepción generalizada en el mundo musulmán de que el monje Tomás sí fue raptado por los judíos para llevar a cabo su macabro ritual, y que estas abominaciones siguen ocurriendo en la actualidad.
Es un hecho histórico que, frente al caso de Damasco, los judíos en Europa se empezaron a organizar para socorrer a aquellos judíos que sufrieran atropellos en otros países. Eso, lamentablemente, dio pie a la teoría conspiranoica, más o menos difundida en el Medio Oriente, según la cual, los poderes imperiales europeos interfirieron para dejar libres a esos judíos de Damasco que, en realidad, eran culpables. De acuerdo a estos conspiranoicos, los gobiernos europeos estaban controlados por familias de banqueros judíos (sobre todo los Rothschild) y ellos se aseguraron de proteger a aquellos que practicaban abominaciones rituales.

La verdad es que, como en el caso de los supuestos rituales de satanismo en EE.UU. a finales del siglo XX, los libelos de sangre no tenían ningún fundamento. Eso no quiere decir que, en la historia de la humanidad, no ha habido prácticas de sacrificio ritual o canibalismo. Algunos antropólogos, en su empeño por remediar los abusos del colonialismo, han defendido la idea de que el canibalismo y el sacrificio humano eran inventos de la mente colonialista que atribuía a los indígenas estas abominables prácticas. Estos antropólogos alegan que la idea de que hay pueblos caníbales o que practican el sacrificio humano, es en sí misma una teoría de la conspiración. Pues, supuestamente, nunca nadie ha visto directamente una ceremonia de ese tipo: los exploradores siempre oían a los nativos decir que sus vecinos eran los caníbales, no ellos.

 Lamentablemente, estos antropólogos se equivocan. Algunas teorías conspiranoicas sí resultan ser verdaderas. Y, es un hecho indiscutible que entre los aztecas, algunos pueblos nativos del Pacífico, y los druidas de Inglaterra, sí hubo canibalismo y sacrificios humanos. Para esto, hay muchísima evidencia arqueológica, forense y documental. Lo que distingue a una teoría conspiranoica verdadera de una falsa es, precisamente, la evidencia. Y, si bien hay mucha evidencia para asegurar que los aztecas en sus pirámides sí abrían el pecho de sus víctimas para sacarles el corazón, no hay evidencia para decir que los judíos crucificaban a niñitos cristianos para untar su sangre con el pan sin levadura.

sábado, 11 de febrero de 2017

Las manipulaciones de "Sabino vive", de Carlos Azpúrua

            El conflicto entre ganaderos e indígenas yukpa en la Sierra de Perijá, en Venezuela, es muy viejo. Chávez quiso meter sus narices en ese zaperoco, y llegó a pronunciar una frase que los demagogos indigenistas repiten hoy hasta la saciedad: “Entre los terratenientes y los indios, que no cabe duda de que estaremos a favor de los indios”. La frase ha resultado muy lamentable, porque a partir de ella, se ha interpretado que los indios, hagan lo que hagan, siempre tendrán la razón. Y así, si bien muchos reclamos indígenas son justos, es innegable que ha habido líderes indígenas que han asumido conductas criminales, y que en nombre de la resistencia indígena contra los quinientos años de colonialismo, chantajean y sacan provecho.

            La película Sabino vive, de Carlos Azpúrua, es en buena medida una continuidad de esa demagogia indigenista que está dispuesta a defender a los indios a toda costa, sin importar cuán deplorables sean las conductas de algunos de sus líderes.
            El film está bien editado y nunca aburre, aunque asombra la enorme cantidad de errores ortográficos que aparecen en la pantalla. No me extrañaría que alguien como Azpúrua piense que la Real Academia Española es un instrumento de dominación colonial para oprimir a los pueblos de América, y que por ello, es innecesario seguir las reglas ortográficas. En fin, ojalá Azpúrua alcance a ver que no es demasiado difícil corregir las faltas ortográficas en su película: basta con someter las frases a un corrector automático.
            La película intenta ser un retrato del cacique yukpa Sabino Romero, asesinado en 2013. Parte de la demagogia indigenista consiste en decir que, antes del contacto con la malvada civilización occidental, todo era hermoso; luego llegó el hombre blanco, y lo estropeó todo. Esta idea, presentada en una comedia como Los dioses deben estar locos, es repetida una y otra vez por Lusbi Portillo, un profesor de la Universidad del Zulia que aparece entrevistado a lo largo de la película.
            En una de las entrevistas, Portillo dice que antes de que llegaran los misioneros, los yukpa eran felices con sus comidas y ropas tradicionales. Pero entonces, empezaron a traer pantalones, camisas, fideos y azúcar, y así, estropearon el paraíso terrenal indígena. Esa idea romántica del buen salvaje es cuestionable, pero por ahora, no me propongo debatirla. Con todo, quedé estupefacto cuando, en esa misma entrevista, ¡Portillo se queja de que los misioneros también trajeron libros! Es razonable decir que los fideos y el azúcar son dañinos. Pero, ¿los libros? Esto es muy revelador de un gran vicio del indigenismo: en su empeño de idealizar todo lo anterior a la llegada del hombre blanco, terminan por despreciar cualquier ventaja de la civilización occidental, incluyendo la escritura.
            Nunca quedó clara la muerte de Sabino Romero: los autores materiales están presos, no así los intelectuales. Azpúrua se apresura a acusar, sin pruebas, que los autores intelectuales fueron algunos ganaderos de Machiques. Puede, como puede no ser. Azpúrua debería ser más cuidadoso en lanzar acusaciones tan ligeramente.
            Desde hacía muchos años, a Sabino Romero se le acusaba de robar ganado. Portillo lo defiende a toda costa. Romero estuvo preso un tiempo, y los robos de ganado en la zona de Perijá seguían. A partir de eso, Portillo decía que eso era evidencia de que Sabino era inocente. Portillo, obviamente, es incapaz de razonar como cualquier detective lo haría. Si se coloca preso a un violador, ¿significa eso que las violaciones en el mundo cesarán? Por supuesto que no. Del mismo modo, que el robo de ganado no cese, no es de ningún modo evidencia de la inocencia de un ladrón de ganado.
            Lo más asombroso es que, en la película, el propio Sabino admite haber robado ganado. Su argumento es el mismo que se repite en toda su retórica: él es indio, y todo lo que hay en Perijá es de él, porque eso era de sus ancestros. Por ende, al robar ganado, no está tomando nada que no le pertenezca. Y así, aplica el mismo argumento a las tierras: él tiene el derecho a tomar violentamente las tierras, porque antes de que llegara Colón, su tatarabuelo era el dueño.
            Acá es donde empieza el chantaje. Ciertamente, en la conquista de América hubo toda clase de atropellos. Pero, ¿autoriza eso a un indio actual invadir unas tierras, por una injusticia cometida hace quinientos años? ¿Estaría Azpúrua dispuesto a entregar su casa en Caracas porque el terreno donde está ubicada, fue territorio indígena antes de que llegaran los conquistadores?
            El gobierno de Chávez, cabe admitirlo, trató de hacer un reparto más organizado de las tierras, y sentó en mesas de negociación a los terratenientes y los indígenas. En ese proceso de demarcación de tierras, Sabino Romero tuvo un enfrentamiento con otro cacique yukpa, y en un altercado, una hija del cacique rival murió.
            A raíz de este suceso, las autoridades venezolanas arrestaron a Sabino. Azpúrua manipula vilmente, al sugerir en su película que la orden de arresto fue influida por los terratenientes de Perijá, y que fue exclusivamente un intento por neutralizar a Sabino en su lucha social. Eso es absolutamente falso. Sabino estuvo preso porque, según algunos testigos, él mismo participó en la muerte de la hija del cacique rival. Azpúrua, de forma muy irresponsable, jamás menciona ese hecho. Incluso, en aquella época, la propia ministra de los pueblos indígenas, Nizia Maldonado (que aparece muy fugazmente en la película, pero nunca es entrevistada), aclaró que había elementos para imputar a Sabino, y que la lucha social indígena no podía hacerse matando a menores de edad.
            Nunca quedó claro si Sabino fue culpable o no de la muerte de la hija del cacique rival. Al final, supuestamente por falta de pruebas (pero, también debido a una enorme presión por parte de grupos indigenistas), Sabino fue liberado. Sea como sea, lo cierto es que Sabino tenía un amplio historial de hechos violentos, y Azpúrua lo trata de disimular a toda costa. Por ejemplo, el fraile Nelson Sandoval, de la misión del Tokuko, ha narrado cómo Sabino, en más de una ocasión, lo amenazó de muerte. Azpúrua no se molestó en entrevistar a Sandoval, un misionero de larga trayectoria en la región.
            La manipulación de Azpúrua no se limita a eso. En entrevistas con el político colombiano Gustavo Petro, se da a entender que los terratenientes de Perijá están asociados con los paramilitares de Colombia, y los carteles de la droga. La actividad de los paramilitares en Perijá sí existe. Pero, los paramilitares son apenas un grupo, entre muchos otros que operan en esa zona. Ha habido muchísimas denuncias de operaciones de las FARC y el ELN en Perijá, pero de nuevo, Azpúrua prefiere evadir todo esto. Petro sugiere que el narcotráfico colombiano opera exclusivamente con los paramilitares; una mínima revisión histórica revelará que eso es falso: el narcotráfico en Colombia empezó más bien con los comandantes guerrilleros, quienes decían que el narcotráfico era legítimo, pues era una forma de destruir a la burguesía del imperio.
            En la película hay también una breve mención del contrabando de gasolina venezolana a Colombia. No entiendo qué relevancia tiene eso con la vida de Sabino Romero. En todo caso, no cabe negar que ese contrabando efectivamente existe. Pero, lo que Azpúrua no menciona es que el causante de ese problema fue el propio gobierno de Chávez, al subsidiar la gasolina de tal manera, que alimentó ese negocio.

            Azpúrua también manipula colocando imágenes del paramilitar colombiano Mancuso con Álvaro Uribe, y luego, imágenes de Uribe con Leopoldo López. Azpúrua quiere dar la impresión de que Leopoldo López (un preso político a todas luces, cuya condena fue violatoria de los derechos humanos) es un paramilitar y que, de algún modo, tuvo algo que ver con la muerte de Sabino Romero. Calumnias.

            Según se narra en la película, las sentencias a los asesinos materiales de Sabino fueron muy leves. Si esto efectivamente es así, las autoridades venezolanas deberían interceder en el caso, y tomar medidas correctivas. Pero, la película de Azpúrua no contribuye a la justicia. Pues, en vez de presentar los hechos como verdaderamente ocurrieron, manipula y omite. Sabino fue un luchador social, pero su forma de proceder fue cuestionable en muchos sentidos. Azpúrua, con sus sesgo indigenista, prefiere pintar en colores rosas a un cacique que, a decir verdad, tuvo también un lado muy oscuro. Es una lástima, pues Azpúrua demuestra tener buenos talentos cinematográficos; lamentablemente, su sesgo ideológico le quita calidad a la película.