viernes, 20 de octubre de 2017

¿Puede un hechizo matar a alguien?



Tengo un amigo nigeriano que es médico. Es una persona culta, y bastante competente en el ejercicio de su profesión. Yo no tendría temor en confiarle mi salud y someterme a sus tratamientos. Pero, quedé perplejo en una conversación reciente. Me daba consejos razonables en asuntos sexuales. No obstante, al final de la conversación, me dijo que si acaso yo tenía una relación sexual adúltera, tuviera cuidado, porque podría ser víctima de magun.
¿Qué diablos es magun?, le pregunté. Me explicó que entre los yoruba (su tribu), existe un procedimiento brujeril muy efectivo. Un hombre acude al babalao (el tipo de brujo que también participa en la santería cubana; vale recordar que esta tradición es originaria de los yoruba), y le pide que le entregue un cordón. El hombre coloca en el suelo el cordón, y hace que su mujer, inadvertidamente, pase por encima. Con eso, se consuma un hechizo. La próxima persona con quien la mujer tenga sexo, sufrirá terribles consecuencias. 

Supuestamente, inmediatamente tras la penetración sexual, la víctima del hechizo puede repentinamente hacer una voltereta en el aire, y caer muerta. O, también puede quedarse pegada a la mujer (como ocurre con los perros tras el coito), y ambos necesitarán ir al babalao para deshacer el hechizo, de forma tal que toda la aldea alcanza a ver el adulterio.
Obviamente yo no creo semejante superstición, y veo con preocupación que un médico acepte estas cosas. No está mal seguirle la corriente a un paciente y ajustarse a sus creencias mágicas, con tal de que cumpla un tratamiento. Pero, sí está mal que el propio médico crea en estas fantasías. Los progres, obsesionados con los llamados “estudios poscoloniales”, quieren hacer creer que una forma de resistir el imperialismo europeo y reafirmar el orgullo étnico, es valorando creencias como magun. En opinión de estos progres (gente como Boaventura de Sousa Santos, Enrique Dussel o Walter Mignolo), si un médico en Londres le dice a mi amigo médico yoruba que magun no existe, es culpable de “violencia epistemológica” e imperialismo cultural. Estupideces.
 Con todo, yo no me cerraría por completo a la posibilidad de que magun existe. He revisado fuentes, y no hay muchos datos firmes al respecto, pero según parece, algunas personas en Nigeria sí han muerto inmediatamente tras tener sexo, como consecuencia de magun.
¿Cómo explicar esto? Un famoso psicólogo, Walter Cannon, ofreció una explicación bastante razonable a mediados del siglo XX. Él se propuso investigar los casos de “muerte vudú”. En esos casos, un brujo comunica a una persona que le ha lanzado un espíritu, y la persona muere en menos de veinticuatro horas.
Cannon es famoso, entre otras cosas, por haber detallado la fisiología de la reacción de “lucha o fuga”. Cuando estamos ante un peligro, atravesamos cambios fisiológicos notables. El corazón late más rápido, la glándula suprearrenal emite más la hormona adrenalina, se eleva el nivel de glucosa, y se interrumpen funciones fisiológicas no esenciales, como la digestión y las defensas del sistema inmunológico. Esto fue una buena adaptación en la evolución de nuestra especie. Nuestros ancestros, al ver a un tigre que se acercaba, o luchaban contra él, o salían corriendo.
El problema es que si constantemente vivimos en un estado de estrés, el sistema simpático (una división del sistema nervioso) se activa constantemente (y a su vez, esto activa una serie de reacciones en cadena que desemboca en la activación del sistema endocrino y la emisión de hormonas específicas), y a la larga, esos cambios fisiológicos son perjudiciales a la salud. La reacción de lucha o fuga sirvió como adaptación para peligros inmediatos como el tigre, pero no para constantes preocupaciones. Por eso, sí es cierto que el estrés, a largo plazo, mata.
Pero, Cannon procuró estudiar, no propiamente cómo el estrés mata a largo plazo, sino también cómo, una experiencia extremadamente terrorífica, puede matar en el muy corto plazo. Y, según su teoría, ante una información aterradora, puede activar excesivamente el sistema nervioso simpático, y la persona muere por un evento cardíaco.
Años después, otro fisiólogo, Cut Richter, sugirió que no es el sistema simpático, sino el sistema parasimpático, el que mata a la persona en casos como ésos. El sistema parasimpático (otra división del sistema nervioso) tiene la función opuesta al simpático: regular las funciones alteradas una vez que ha pasado el peligro (con esto se alcanza la homeostasis, un concepto que Cannon también formuló, y que es muy importante en la actual ciencia médica).
En la teoría de Ritcher, no es tanto el estrés, sino más bien la indefensión, la que mata. Cuando la persona se entera de que un peligro cunde sobre ella, y no hay nada que pueda hacer al respecto, abandona la esperanza. En la reacción de lucha o fuga, aún hay esperanza de sobreponer el peligro, y por eso, el corazón late más rápido. En cambio, ante la indefensión, ya sin esperanza de sobreponer el peligro, el sistema parasimpático actúa en una suerte de relajación extrema que, paradójicamente, termina por matar a la persona. Ritcher trató de demostrar esto estresando a ratas a las cuales les había extraído la glándula suprarrenal (desde la cual se emiten las hormonas que acompañan al estrés). Las ratas morían, aún sin esas hormonas. Ritcher concluía que no era el sistema simpático, sino el parasimpático, el responsable.
Sea como sea, lo cierto es que magun sí puede matar. El babalao, con su hechizo, sabe cómo activar el sistema simpático (o parasimpático) de la víctima, y acabar con su vida. Pero, por supuesto, la víctima tiene que saberlo. La brujería es eficiente en la medida en que activa la respuesta psicosomática que termina por hacer daño a la víctima. Sospecho que una persona con suficiente educación científica, no sucumbirá ante la influencia de un brujo. Pero, la mente ciertamente tiene varios niveles, y aun si una persona muy ilustrada está consciente de que la brujería sólo funciona con efectos psicosomáticos, aun así podría estar expuesta a la sugestión y a la activación de las respuestas fisiológicas que Cannon y Ritcher expusieron.

martes, 17 de octubre de 2017

Carta a Belén sobre las personalidades múltiples



            Querida Belén:

            Ya sabes que no soy religioso, pero cuando se acerca la semana santa, me contagio del fervor mariano. Recientemente acompañé a un amigo a una capilla a rezar el rosario. Para muchos de mis amigos ateos, esto es una pesadilla. Repetir cincuenta veces una oración… ¡Vaya tortura! Además, la oración que se recita contiene ideas absurdas: una mujer que da a luz sin tener sexo, y otras cosas raras.
            Pero, extrañamente, cuando ya íbamos por al avemaría número treinta y cinco, tuve una misteriosa sensación. Me sentí más relajado. No creo que Dios, María, las ánimas benditas, o quien sea, me cubriera con su manto. Pero, sí creo que, el repetir una y otra vez una frase, me termina aislando de las preocupaciones en la vida diaria, y eso puede inducir una relajación placentera. Da igual si recito el avemaría o letanías a Satanás. Lo relevante es la repetición y el ritmo.

            Los místicos de las religiones tradicionales conocen esto muy bien. Para alcanzar un trance, ellos bailan, o escuchan el ritmo de un tambor, o sencillamente, repiten la sílaba “om”. Los místicos te dirán que ellos se elevan a un misterioso plano, entran en contacto con Dios, con el universo, o con algún otro ser fuera de este mundo. No hace falta creer en espíritus para entender lo que realmente ocurre. Todo eso es básicamente una forma de meditación. La meditación consiste en concentrarse en algo específico, al punto de que olvidas todo lo demás. Es más o menos como la hipnosis (¿la recuerdas?), pero en este caso, es auto inducida.
            Según parece, esto es bueno para la salud. Las personas que meditan logran relajarse más, y así, regulan mejor muchas de las funciones fisiológicas que se alteran con el estrés. Pero, yo te diría, Belén, que esto no funciona así para todo el mundo. Si una persona es naturalmente impaciente, el repetir cincuenta avemarías, o el sentarse a hacer yoga por una hora, puede volverlo aún más impaciente, y contribuir aún más a su ansiedad. Seré honesto: el día que fui a la capilla a rezar el rosario, logré relajarme; pero cuando he intentado hacer yoga, me desespero, al punto de que siento una gran ansiedad y deseo con todas mis fuerzas que la sesión se acabe. Incluso, siento aún más ansiedad al pensar que, al día siguiente, tengo que volver a la tortura de estar sentado una hora pensando en una sola cosa. Como te digo, el yoga, la meditación, o rezar el rosario, ayuda a muchas personas, pero no a todas.
            En fin, lo cierto es que, a través de estas técnicas, algunas personas abandonan su propia personalidad, y alegan estar en contacto con un ser sobrenatural. Al Hallaj, un místico musulmán, decía que él era Dios. Pero, él sólo decía esto cuando estaba en trance. En cambio, cuando los místicos de las religiones orientales entran en trance, ellos no alegan propiamente ser un dios, pero sí describen su experiencia como el abandono de su personalidad para unirse al universo… algo así como una gota uniéndose al mar.
            En muchas culturas del mundo, hay ritos de posesión. En estos ritos, las personas bailan, cantan, toman drogas… en fin, hacen muchas cosas para entrar en trance. Y, al estar en trance, asumen otra personalidad. No necesariamente asumen la personalidad de un dios. Puede ser también un personaje ya muerto, un animal, o cualquier otra entidad. Y, durante ese trance, actúan como ellos creen que actuaría el personaje que asumen.
            Los psiquiatras y psicólogos no consideren esto una anormalidad. Si en una cultura, hay una expectativa de que, en determinados rituales, la persona asuma la personalidad de un héroe que vivió hace varios siglos, entonces eso no es patológico. Yo mismo he visto a personas decir que ellos son Simón Bolívar, el general venezolano del siglo XIX. Pero, estas personas lo dicen durante sesiones de trance en el culto a María Lionza en la montaña de Sorte en Venezuela. Creerse Simón Bolívar en pleno siglo XXI, es signo de inestabilidad mental. Pero, asumir momentáneamente la personalidad de Bolívar en un rito de posesión, en el marco de una práctica cultural establecida, no es inestabilidad mental. Quien participa en estos ritos de posesión no necesita ir al psiquiatra.
            Ahora bien, hay personas que, sin acudir a rituales, y en contra de la expectativa de su cultura, terminan por asumir otras personalidades. Esto ocurre como una forma de disociación, y los psiquiatras y psicólogos sí consideran que esto es anormal. La disociación es un fenómeno psicológico que puede ocurrir cuando una persona sufre una experiencia muy traumática. Cuando atravesamos por experiencias de ese tipo, nuestra mente trata de borrar esos recuerdos.
Así, por ejemplo, puede haber amnesia disociativa. Eso ocurre cuando la persona olvida por completo la experiencia traumática, pero también los recuerdos de lo ocurrido poco antes o poco después del trauma. Algunos terapeutas utilizan la hipnosis para que las personas recuperen sus memorias, pero recuerda, Belén, que esto tiene bastantes riesgos.
Otra forma de disociación es aquello que los psicólogos llaman fuga. En este extraño fenómeno, la persona que ha vivido el trauma, repentinamente pierde su sentido de identidad, y empieza a vagar por el mundo, sin saber exactamente quién es o a dónde va. ¿Te recuerda esto a una enfermedad sobre la cual te escribí otra carta? Espero que sí: el mal de Alzheimer. Pero, recuerda que en esa enfermedad, el problema surge como consecuencia de unas placas que se acumulan en el cerebro. En la fuga, la causa es más bien un evento traumático.
También hay personas que, ante los traumas, sienten una depersonalización. En estas experiencias, la persona pierde su sentido del yo. En cierto sentido, es más o menos como el místico hindú que, al meditar, siente que no tiene identidad propia, que su yo es como una gota que se une al mar. Pero, a diferencia de la experiencia mística, la depersonalización es más bien como un mecanismo que la persona traumatizada emplea para recordar el evento doloroso, sin percibirse a sí misma como la víctima de ese trauma. Es como si la mujer violada, al recordar su experiencia, tuviese en su mente la imagen de una mujer violada, pero esa mujer no es ella misma.
La forma más dramática de disociación, no obstante, es el llamado trastorno de identidad disociativa. Antaño, a esta extraña condición se le llamaba personalidades múltiples. Tal como ese nombre sugiere, en esta enfermedad, la persona vive una experiencia traumática. Pero, en vez de olvidar el asunto, o empezar a caminar sin conocer su propia identidad, o recordar el trauma de forma depersonalizada, la víctima asume otra personalidad. De ese modo, la víctima se protege ante el dolor de tener que recordar una experiencia tan desagradable. Y así, con esa otra personalidad, asume que ella misma no es la persona que originalmente sufrió la experiencia.
Con todo, lo extraño es que, en esta enfermedad, las personalidades se alternan, y esos cambios pueden ocurrir de un momento a otro. Por lo general, son personalidades muy distintas. Pueden variar en religión, edad, sexo, ideologías políticas, etc. Muchas veces, las distintas personalidades asumen formas distintas de caminar, hablar, y expresarse corporalmente. Incluso, su pulso y presión sanguínea puede variar. No es tan descabellado como parece. Si originalmente se es una persona dócil y relajada, el pulso será normal. Si se asume una personalidad agresiva o ansiosa, el pulso aumentará.
Por lo general, cuando se pasa de una personalidad a otra, no se conservan bien las memorias. Un paciente puede hacer algo mientras tiene una personalidad. Cuando pasa a otra personalidad, no recordará nada de lo que la otra personalidad hizo. En ocasiones, se pueden alternar muchas personalidades. Habitualmente, la personalidad original no sabe que las otras personalidades existen, pero las nuevas personalidades sí saben que la personalidad original existe, y suelen expresarse muy despectivamente de ella.
Como comprenderás, Belén, esta enfermedad mental fascina a los novelistas y directores de cine. Robert Louis Stevenson escribió una famosa novela, El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, sobre un hombre con personalidad múltiple: el doctor Jekyll es muy virtuoso, pero el señor Hyde es un asesino. Es imposible no quedar encantado con historias como éstas.
El problema, no obstante, es que quizás estas historias han contribuido a que este trastorno de identidad disociativa se haga más común. Que yo sepa, nadie se ha lanzado desde una ventana para volar, como resultado de ver películas sobre Superman. Pero, sí es muy posible que, ante tantas películas y novelas sobre personalidades múltiples, mucha gente termine por desarrollar esta enfermedad. En esos casos, la enfermedad no surgiría propiamente como una forma de disociación ante una experiencia traumática, sino más bien como resultado de una presión social.
En la década de 1960, una mujer con algunos problemas mentales, Shirley Mason, empezó a tratarse con una psiquiatra, Cornelia Wilbur. Esta psiquiatra tuvo la idea de que los problemas de Mason se debían a algún trauma en el pasado. Mason no tenía ninguna memoria de un evento traumático en particular. Pero, Wilbur, empeñada en que Mason sí debía tener algún trauma en su pasado, empezó a trabajar con ella en sesiones de hipnosis.
Para facilitar la hipnosis, Wilbur inyectó a Mason tiopentato de sodio. Seguramente has oído de este químico en las pelis. Supuestamente, es un suero de la verdad, un líquido que, al inyectarse, impide a la persona mentir. Pero, en realidad, el tiopentato de sodio no hace tal cosa. Lo único que ese químico hace es volver más sugestionable a la persona. Así, cuando alguien tiene tiopentato de sodio en su cuerpo, es más susceptible de ser hipnotizado y seguir las órdenes del hipnotista. Pero, eso no es lo mismo que decir la verdad. ¿Recuerdas cuando te escribía sobre la hipnosis? En esa carta, te decía que un hipnotista puede inducir (incluso inadvertidamente) al hipnotizado a supuestamente recordar algo que, en realidad, nunca ocurrió.
Pues bien, en su empeño, Wilbur terminó por convencer a Mason de que había sido abusada en su infancia. Mason empezó a asumir otras personalidades. Pero, Mason empezó a asumir esas personalidades sólo después de que empezó sus sesiones terapéuticas con Wilbur. Esto pareciera evidencia de que Wilbur indujo en Mason las múltiples personalidades.
Ningún psicólogo o psiquiatra serio duda de que este trastorno existe. Pero, muchos sí dudan de que este trastorno surja como una forma de disociación. Es posible que, más bien, este trastorno surge inducido por psiquiatras. Estos psiquiatras, al tener ideas preconcebidas sobre traumas de la infancia, memorias reprimidas, disociación, y personalidades múltiples, proyectan estas ideas sobre los pacientes, y si estos son fácilmente sugestionables, asumen estas ideas y desarrollan las múltiples personalidades.
De hecho, en una ocasión, Wilbur estaba de vacaciones, y no pudo atender a Mason. Otro psiquiatra, Herbert Spiegel, atendió a Mason. En esas sesiones, Mason le preguntaba a su nuevo psiquiatra (Spiegel), cuál personalidad deseaba él que ella asumiera. Esto resultó muy revelador, pues Spiegel empezó a sospechar que estas múltiples personalidades no aparecían como resultado de la disociación, sino sencillamente, como un mecanismo por parte de un paciente muy sugestionable, para complacer a su psiquiatra.
En fin, Wilbur quedó impresionada con el caso de Mason, y contó los detalles a una periodista, Flora Schreiber. Ésta escribió un libro, Sybil, sobre el caso cuestión. El libro presentaba el caso desde la perspectiva de Wilbur; es decir, asumía que se trataba de un caso genuino de disociación. Spiegel advirtió a Schreiber que él pensaba que no se trataba de un caso genuino de disociación, pero la autora le sugirió que, si no se decía que Mason realmente sufría de personalidades múltiples como resultado de sus traumas, no se vendería el libro. Tristemente, el sensacionalismo pudo más que la verdad.
El libro fue inmensamente popular. Sirvió como base para hacer una película también muy popular, con el mismo título, Sybil. Y, desde entonces, en Hollywood ha habido una explosión de películas que retratan trastornos de personalidad múltiple. Sé que eres una gran cinéfila, Belén, de forma tal que no necesito recordarte cuántas películas se han hecho sobre este tema. Son demasiadas.
Extrañamente, no solamente hubo una explosión de películas sobre este tema. Desde que esas películas empezaron a aparecer, el número de casos de personalidades múltiples también empezó a aumentar significativamente. Hasta mediados del siglo XX, sólo se conocían alrededor de cien casos en toda la historia de la psiquiatría. Para la década de 1980, había decenas de miles. Y, lo más extraño es que estos casos sólo ocurrían en sociedades occidentales con más acceso a las pelis de Hollywood. La realidad imitaba al arte.
¿Recuerdas cuando te escribía sobre los supuestos ritos satánicos? Te decía en esa carta que, en la década de 1980 en EE.UU., a través de la hipnosis mucha gente supuestamente recuperaba memorias perdidas de experiencias traumáticas en rituales satánicos. Pues bien, como parte de este extraño fenómeno, mucha gente también desarrollaba personalidades múltiples, supuestamente como una forma de disociación frente al evento traumático. Al hipnotizar a sus pacientes, los psiquiatras y psicólogos inadvertidamente inducían en ellos falsos recuerdos, y además, les sugerían que desarrollaran múltiples personalidades.
Pero, por supuesto, la mera sugestión no era suficiente para inducir personalidades múltiples. Estos pacientes ya venían con algunos problemas mentales (depresión, ansiedad, etc.). Se hace más difícil inducir personalidades múltiples en una persona que esté mentalmente sana por completo. Y como te digo, también la influencia mediática contribuyó a que los pacientes se hicieran más susceptibles a desarrollar personalidades múltiples.
De forma tal que el sensacionalismo mediático y los sesgos de muchos psiquiatras y psicólogos, hicieron aparecer repentinamente una enorme cantidad de casos de personalidades múltiples que, en realidad, no surgían como formas de disociación frente a eventos traumáticos. Es difícil precisar cuántos de los casos actuales son realmente disociativos, y cuántos han surgido como consecuencia de la influencia mediática y la mala praxis de psiquiatras y psicólogos, pero el aumento repentino de casos desde que todas esas películas se hicieron popular, permite suponer que la mayoría de los casos no tienen que ver con la disociación.
Con todo, no te diría que, antes de que aparecieran estas películas, el trastorno de identidad disociativa no existía. Al menos en la civilización occidental cristiana, siempre ha habido exorcismos y posesiones demoníacas. Comprendo que quedaras aterrorizada cuando viste El exorcista. Algunas de las cosas en esa peli, Belén, son puramente fantasiosas. Nadie tiene el poder de hacer levitar una cama o de girar la cabeza completamente.
Pero, algunas otras cosas que aparecen en la peli sí son reales. Desde los propios tiempos de Jesús, ha habido individuos con conductas muy extrañas. Estos individuos pueden asumir otra personalidad, y hacer cosas muy profanas. Lamentablemente, en aquellos tiempos, no había psiquiatras, y la forma más común de explicar estas misteriosas conductas, era asumir que se trataba de un demonio que poseía el cuerpo. Para intentar curarlos, se les hacía exorcismos o, sencillamente, se les llevaba a la hoguera.
Quizás estos individuos asumían esas personalidades alternas como una forma de disociación. Ten en cuenta que la mayoría de los poseídos venían de castas sociales bajas, y eso los hacía más vulnerables a abusos y experiencias traumáticas. Pero, es posible que ya desde los tiempos de Jesús, ocurriera algo parecido a lo que sucedía con las pelis sobre personalidades múltiples. Por supuesto, en aquella época, no había cine ni psiquiatras empleando la hipnosis. Pero, ante la expectativa social de que los demonios se apoderan de la gente, una persona vulnerable podría ser sugestionada a creer que ella misma está poseída, y asumir una personalidad demoníaca alterna.
En fin, Belén, nuestra sociedad debe educar a la gente, para que se entienda que la posesión demoníaca no existe realmente. A medida que eso se logre, verás a menos personas asumir el rol de Belcebú, Lucifer, o cualquier otro diablillo que grita profanidades. Pero, nuestra sociedad también debe educar a las personas para hacerles entender que, si bien el trastorno de identidad disociativa es real, puede ser inducido por los medios y por la propia influencia de los psiquiatras y psicólogos.
En aquellos casos reales de trastorno de identidad disociativa, los terapeutas tienen varias alternativas. Pueden gradualmente tratar de acceder a la experiencia traumática inicial y confrontarla (pero recuerda, con esto se debe tener mucho cuidado, pues siempre hay el riesgo de inducir recuerdos falsos). Pero, lo verdaderamente importante es tratar de fusionar las distintas personalidades en una sola. No se trata de hacer desaparecer las nuevas personalidades, sino más bien de recuperar algunos aspectos de esas personalidades, e incorporarlos a la personalidad original.
Estuvo bien ir con mi amigo a rezar el rosario, pero para una futura ocasión, yo preferiría probar algo distinto. Mustafá, mi amigo turco, me ha invitado a bailar como los derviches, dando vueltas sobre un eje. Yo he aceptado. Mustafá dice que con ese baile, él llega a contemplar la presencia divina. Yo me conformaré con olvidarme por un rato de las deudas que tengo que pagar y de las obligaciones de mi trabajo. ¿Te animas a venir al baile? Se despide, tu amigo Gabriel.