miércoles, 29 de mayo de 2019

¿Cómo manipulan los políticos el tiempo?


          Guste o no a ala progresía internacional, es necesario admitir que Nicolás Maduro es un dictador. Pero, se preguntará, ¿no ha sido electo con los votos del pueblo venezolano? A decir verdad, esas elecciones han sido muy cuestionadas, y parecen más afines a los teatros que déspotas como Saddam Hussein montaron en escena (el tirano iraquí obtuvo un noventa y nueve por ciento de los votos en varios de sus comicios). Pero, aun en el caso de que esas elecciones fueran limpias, Maduro sigue siendo un dictador. Pues, Maduro ha acudido a un viejo truco: manipular los plazos electorales, de forma tal que adelanta las elecciones cuando va ganando, y las retrasa cuando va perdiendo. Esta artimaña le ha traído muy buenos resultados, pues tiene una inmensa habilidad para sacar debajo de su manga los ases necesarios para seguir aferrándose al poder.
            Este tipo de tira y encoge en convocatorias electorales también ocurre en España y en tantos otros países con sistemas parlamentarios. El progre ofendido preguntará, entonces, ¿por qué consideramos a Maduro dictador, cuando en otros países se hace lo mismo? Y la respuesta es muy sencilla: porque en esos países, las propias leyes estipulan que así ocurra (mediante el poder para disolver el Parlamento, etc.), mientras que en Venezuela, con su sistema presidencialista, estos procedimientos claramente van en contra de su propia constitución. De hecho, Maduro nuevamente se ha burlado de su país. En medio de una enorme presión internacional para que él mismo se someta a elecciones presidenciales, Maduro ahora en cambio propone que las elecciones de la Asamblea Nacional que él nocontrola, se adelanten este año.

            Maduro no tiene buenas excusas para proponer lo que propone. Quizás, en su estilo dictatorial, podría arbitrariamente decir que el plazo actual de la actual Asamblea Nacional se acabó; pero todos los venezolanos llevan la cuenta de cuándo corresponden los comicios, y por más que sea un dictador, no tiene el poder de cambiar el calendario. Curiosamente, en la Roma antigua, corruptos como Maduro sí tenían este poder, y fue necesario un dictador, no para perpetrar el embuste y la manipulación del calendario, sino para enderezar las cosas.
            Los romanos seguían un calendario lunar. Puesto que la luna completa su ciclo en aproximadamente veintinueve días, era más fácil para los pueblos antiguos guiarse por ella a la hora de llevar la cuenta del tiempo. Con todo, los romanos y otros pueblos agricultores también necesitaban llevar la cuenta de los ciclos de las estaciones para efectos agrícolas, de forma tal que intentaban hacer encajar los ciclos de la luna con las estaciones. Así pues, postularon un calendario con varios meses lunares, de tal modo que se aproximara al año completo. Pero, puesto que la luna y el sol no están perfectamente coordinados, al final, los romanos formularon un calendario que duraba trescientos cincuenta y cinco días. Los romanos sabían que esto seguía siendo imperfecto (pues el año tiene básicamente trescientos sesenta y cinco días, más un cuarto de día), y para intentar resolver este desajuste, ocasionalmente intercalaban un mes de veintisiete o veintiocho días que permitiera nuevamente la sincronización.
            Los encargados de decidir cuándo se intercalaba este mes, eran los sacerdotes. El problema es que Roma no era ningún paraíso laico, y lo sacerdotes se valían de su posición religiosa para influir en la política. Así, cuando gobernaba algún político del desagrado del pontífice (el sumo sacerdote), se suspendía la incorporación del mes intercalado, de forma tal que su período de gobierno fuse más corto; si el político era del agrado de la casta sacerdotal, entonces se añadía el mes intercalado, para hacer más largo el tiempo de gobierno. Naturalmente, los sobornos (un mal endémico en la vida romana), estaban a la orden del día en este asunto, propiciando aún más la manipulación del calendario que, a la larga, no lograba fijar bien los tiempos de la cosecha.
            A Julio César se le puede acusar de muchas cosas (incluyendo la ambición que daba pie a estas manipulaciones), pero sin duda fue un hombre con visión. Y, consciente de que el desajuste del calendario en Roma era un problema, busco una solución. Según las crónicas, en una fiesta celebrando su llegada a Egipto, se reunió con un sabio egipcio, Acoreo, y éste le explicó cómo podrían corregirse los desajustes del calendario romano. César eventualmente regresó a Roma, y en su período como dictador, aprovechó su autoridad para imponer un nuevo calendario. Este calendario, conocido como el juliano, es básicamente el mismo que usamos hoy (hubo una pequeña corrección en el siglo XVI, y eso dio pie al calendario gregoriano): prescindió por completo de la luna, y estableció un criterio fijo para añadir las intercalaciones de los años bisiestos.
César se valió de su condición de dictador para promover un importantísimo avance en la historia de la humanidad. Cicerón se burlaba de César, diciendo que ahora que era dictador, también creía tener poder sobre los astros. Pero, lo que Cicerón no alcanzaba a ver es que era más bien al revés: los sacerdotes corruptos eran quienes creían tener poder sobre los astros, calculando el tiempo a su antojo, sólo para sacar provecho político. César, con mano de hierro, puso fin a esto.
César utilizó su dictadura para hacer algo bueno. Tristemente, Maduro se ha valido de su condición de dictador para hacer precisamente lo contrario a lo que hizo César. En el pasado no muy lejano, el propio Maduro también se ha deleitado manipulando otras medidas del tiempo. Por ejemplo, su antecesor y mentor Chávez, decidió adelantar la zona horaria de Venezuela media hora, bajo la excusa de que esto favorecía a las clases obreras, a fin de que durmieran más en la mañana. Años después, Maduro revirtió la zona horaria a su parámetro original, ¡bajo el mismo argumento populista de ayudar a los obreros y ahorrar energía eléctrica! En el fondo, tanto Chávez como Maduro, acudieron a estos procedimientos seguramente como cortina de humo para desviar la atención de temas más urgentes, y de paso, presentarse como salvadores del pueblo obrero que quiere descansar más.
Si acaso el progre se ofende porque me estoy concentrando sólo en un dictador tropical (y a partir de eso me acuse de racismo, como tanto suele ocurrir), puedo conceder que este tipo de manipulaciones no son extrañas a dictadores europeos, en particular uno por el cual el podemita siente especial desprecio. Contra todo criterio racional, Francisco Franco también movió la zona horaria de España, a fin de no mantenerla sincronizada con Inglaterra, país que combatía contra sus aliados nazis.
Si alguna moraleja nos deja toda esta historia, parece ser ésta: la corrupción en la administración pública termina por causar estragos, no solamente en la vida política, sino también en el avance de la ciencia y la tecnología.

viernes, 20 de julio de 2018

Mi visita a Sao Paulo y Rio de Janeiro


            Recientemente la FIFA se propuso castigar a dos jugadores del equipo nacional inglés, porque en un partido contra Serbia, tras anotar un gol, celebraron haciendo con sus manos el símbolo de un águila. Esto no sería gran cosa, si no fuera porque esos jugadores son de origen albanés, y el águila es el símbolo nacionalista de Albania. El hecho de que esa celebración fuese en un gol contra Serbia, se interpretó como un comentario político. Y la FIFA no tolera mezclar deporte y política.
            La FIFA, demás está decir, es brutalmente hipócrita. Pues, lo que llena los estadios en los mundiales de fútbol es, precisamente, la política, sobre todo si tiene un tufo de nacionalismo étnico. El gol de Maradona contra Inglaterra en 1986 es celebrado, no solamente por su destreza, sino porque fue un modo de venganza argentina tras la humillación en las Malvinas.

            Y, sospecho que por esas mismas razones políticas, cuando llegan los mundiales cada cuatro años, los jóvenes izquierdistas que tanto he conocido en Venezuela, siempre apoyan a Brasil. Desde niños, a estos muchachos en la escuela les han enseñado que Colón, Cortés y muchos otros son los malos de la película, y que Europa siempre ha querido oprimir a América Latina. Por eso, para enfrentar a los malvados europeos en su deseo de volver a conquistarnos, hay que aliarse con un gigante nuestro que nos proteja. Paisitos como Panamá o El Salvador no tienen ninguna posibilidad de cumplir ese rol. Sólo el gigante del Sur, Brasil, puede protegernos frente a la vorágine eurocéntrica, y eso se expresa especialmente en el fútbol. El progre latino lleva Las venas abiertas de América Latina debajo del sobaco, a la vez que se emociona cuando un futbolista de tez morena vistiendo la verdeamarela anota un gol.
Yo ya sabía que el progre que apoya a Pelé o Ronaldo por motivos políticos, no se ha enterado de la historia. Brasil no ha sido el celoso gigante protector de los oprimidos que los progres imaginan. Brasil fue una monarquía imperial en sí misma con su capital en Río de Janeiro (no en Lisboa), a la cual el mismísimo Bolívar quiso hacerle la guerra. Fue el último país de América en abolir la esclavitud, y el propio Galeano siempre denunció que Brasil fue un bully contra el noble y heroico Paraguay en la guerra de la Triple Alianza (como suele ocurrir, Galeano distorsiona muchísimo los datos históricos).
Pero aun así, hastiado de los progres, en los mundiales, yo siempre apoyo a cualquier equipo que se enfrente a Brasil. Y naturalmente, esta animadversión pueril e irracional en el fútbol se extiende a todo lo demás. Por culpa del fútbol, tuve cierto desprecio a Brasil… hasta que tuve la oportunidad de visitar ese país en 2011.
Un grupo de amigos académicos de Colombia, Francia, México, EE.UU. y Brasil, organizaron una conferencia en Sao Paulo, a la cual me invitaron como ponente. Todos esos amigos eran seguidores del filósofo francés René Girard. Los organizadores de la conferencia publicaron en portugués una biografía de Girard que yo escribí. Las cosas fueron muy bien en la conferencia, pero a mí siempre me ha parecido que muchos de estos seguidores de Girard no son lo suficientemente críticos con su obra, sobre todo en su apologética del cristianismo. En esa conferencia, yo me propuse morder la mano de quien me da de comer, y me atreví a criticar fuertemente muchos aspectos de las ideas de Girard.
Alguno se sorprendió de que yo fuera tan crítico, pero como debe ser en la vida académica, siempre se mantuvo el debate civilizado, y al final, todos terminamos contentos con el intercambio. Anticipando que mi presentación levantaría alguna roncha, en mi última diapositiva, incluí una foto de Neymar (quien por aquella época, apenas empezaba su carrera futbolística y no se había ido a Europa). Logré el efecto deseado, pues las caras amargas de muchos brasileños seguidores de Girard pasaron a ser más amables tras ver al astro brasileño en la pantalla. El fútbol definitivamente sirve para hacer diplomacia.
No tuve gran oportunidad de conocer Sao Paulo, pues estuve casi todo el tiempo en la conferencia. Había escuchado que los millonarios viajan en helicóptero de un lugar a otro en la misma ciudad, que Sao Paulo no es más que una selva de concreto, y que el tráfico es espantoso. Yo me alojé en un hotel cinco estrellas, de forma tal que si eso es una selva de concreto, pues ¡ya quisiera yo ser el Tarzán de esa selva!
No vi ningún helicóptero de millonarios, pero sí pude constatar que la desigualdad es un enorme problema en Brasil, y que mientras esa desigualdad exista, el populismo de personajes tan lamentables como Lula o Dilma, seguirá vivo. Pero, al mismo tiempo sé que Robin Hood no va a solucionar los problemas de Brasil, ni de ningún país del mundo. Las cosas son mucho más complejas de lo que el progre imagina, y quitar al rico para dar al pobre puede satisfacer a muchos en el corto plazo, pero a largo plazo es una pesadilla. Los venezolanos sabemos esto muy bien.
Desde Sao Paulo viajé en avión a Rio de Janeiro, con un amigo profesor colombiano que estaba presente en la conferencia. En Rio estuvimos en un hotel más modesto, pero en la famosísima playa de Copacabana. Este amigo había nacido en Brasil, y conocía Rio muy bien, de forma tal que me paseó por las bellezas de Ipanema, evocando la famosa canción de Vinicio de Morais. Me llevó también al Corcovado, al Pan de Azúcar, y a otros lugares emblemáticos de esa hermosa ciudad. Estando allá, oyendo el bossa nova, disfrutando esas magníficas playas, y bebiendo jugos de toda clase de frutas, hice las paces con Brasil, aunque por puro odio al progre, seguiré apoyando a cualquier equipo que se enfrente a los brasileños en el mundial.
Al visitar Brasil, es inevitable formarse el estereotipo del libertinaje sexual. Ciertamente vi hermosas mujeres con culos enormes cubiertos con tangas muy finas, bailando samba en la playa y meneándose encima de una botella. Pero, es más estereotipo que realidad, pues cabe recordar que Brasil es un fuerte bastión del catolicismo, y que los grupos evangélicos preocupantemente tienen cada vez más poder en la política.
Pero, aun si yo estaba consciente de que la depravación sexual es más mito que realidad, la primera noche en Rio de Janeiro me preocupé. Pues, el amigo con quien compartiría habitación en Rio, era abiertamente homosexual. Yo puedo tratar de convencerme a mí mismo de mil maneras racionales, de que los negros no son criminales; pero en la noche, al ver a un negro venir hacia mi dirección en una calle solitaria, me cambiaré al otro lado de la acera. Obviamente pensaré que soy un cerdo racista por ello, pero mi instinto irracional persistirá.

Pues bien, temo que algo parecido me ocurrió en Rio con la homosexualidad. Desde hace muchos años, cada vez que asocio a la homosexualidad con pedofilia o con acoso sexual, me golpeo a mí mismo en la cabeza para suprimir esos pensamientos tan fascistas, y en la parada gay, tranquilamente puedo ondear la bandera arco iris. Pero, llegada la primera noche en aquel hotel, ya con las luces apagadas, me invadió el temor de que mi amigo, acostado en la otra cama, vendría a mi cama, y con sus frías manos empezaría a acariciar mi pierna. No es lo mismo llamar al demonio que verlo llegar.
Por supuesto, tal cosa no ocurrió, y puedo decir que ese amigo colombiano ha sido uno de los mejores compañeros de viaje que he tenido. Ya decía Unamuno que los viajes y los libros curan el fascismo y el racismo. Siempre me ha parecido una frase muy trivial, pues yo he visto a jovencitos gringos tener actitudes muy racistas en sus viajes de Spring Break, a la vez que leen libros estúpidos de autoayuda. Pero, en mi caso, el viajar a Sao Paulo y Rio de Janeiro sí me sirvió para curarme de los prejuicios que yo pudiera tener en contra de Brasil y la homosexualidad. ¡Obrigado!
   

jueves, 19 de julio de 2018

The Ethics of Papal Infallibility


Pulitzer Prize-winning author David Kertzer has recently published ThePope Who Would Be King: The Exile Of Pius IX And The Emergence Of Modern Europe. This is a thorough investigation into the Papacy of Pius IX. Ketzer goes into great detail examining many aspects of the private and public life of Pius IX, including his initial popularity amongst the Roman people, and then his eventual collapse into deep unpopularity because of his deep reactionary views. Ultimately, with the establishment of Italy as a nation, Pius IX had to give up his power as temporal (i.e., non-spiritual) ruler, and confined himself in the Vatican.
            Pius IX is controversial for all sorts of reasons: his publication of the Syllabus of errors defining as heresies basic modern institutions such as free speech, freedom of religion, etc.; his uneasy relationship with the Jews of Rome; his decision regarding the case of Edgardo Montara; his confrontations with Italian nationalists; his support for Austrian imperialism.

            But, above all, he is remembered for his role in defining the doctrine of Papal infallibility during the First Vatican Council in 1870. Long before Pius IX, some sectors of the Catholic Church sympathized with such a doctrine, and quoted from the Bible in support of it. In John 16:13 Jesus says that a Spirit will guide his disciples towards the Truth (there is no mention about Papal infallibility), and in Matthew 28:20, Jesus says that he will stay with his disciples until the end of time (again, no mention of infalible popes). Be that as it may, those passages have been used in support of papal infallibility for centuries.
            Prior to 1870, not all Catholics were convinced of this doctrine. To their credit, many Popes had seen the totalitarian danger of proclaiming a mere moral infallible in his decrees. Many theologians were concerned that the doctrine of infallibility could give Popes the power to derogate what previous Church councils had decreed.
            However, as Kertzer narrates it in his book, Pius IX was determined to impose his doctrine, and he used many immoral tactics to achieve his goal. Long before Kertzer’s book, another respected author, Father August Hasler, published a book documenting many of the questionable tactics employed by Pius IX (How the Pope Became Infallible).
            Pius IX made sure that during the Council, theological discussions would not be registered by writing, so that theologians would not have the proper time to think about it thoroughly. Pius IX also forbade Council members to get together in discussion sessions, and he also got rid of recess breaks between sessions. He did not even stop the Council during a malaria outbreak, and arrested one Armenian bishop that was vehemently opposed to the approval of the infallibility dogma.
            Finally, with all these morally questionable tactics, Pius IX prevailed, and in 1870, imposed one of the most totalitarian religious doctrines ever approved: if the Pope believes X, but someone else believes Y, then that person must renounce belief Y, and accept the belief promulgated by the Pope, no matter how absurd it may be.
            Some Catholic apologists try to sugarcoat this fact, by arguing that Papal infallibility does not apply to everything the Pope ever does, but rather, only applies to the time when the Pope speaks ex cathedra about doctrinal aspects of faith and morals. In the past, so the argument goes, there have been Popes that have been mistaken, yet that does not invalidate the doctrine of infallibility. For example, Honorius I taught the monothelitist heresy (i.e., Christ has only one will), but this does not go against Papal infallibility, because Honorius I did not teach this doctrine ex cathedra.
            This is true. But, historically, prior to 1870, it was not altogether clear when a Pope taught something informally, and when he taught it ex cathedra. By contrast, it is now clear when the Pope speaks ex cathedra. So far, the only time a Pope has clearly spoken ex cathedra (and therefore, has used Papal infallibility as a resource) was in 1950, when Pius XII proclaimed the dogma of the Assumption of Mary.
            Yet, despite this important caveat, the doctrine of Papal infallibility is morally very dangerous. Theoretically, ecclesiastical organization has no way of impeding a Pope from making wild allegations ex cathedra, and proclaiming them on the basis of Papal infallibility. Furthermore, the very notion of Papal infallibility implies the suppression of critical thinking, and the complete renunciation of autonomy when it comes to making judgments and decisions.
            In the coming years, if the Catholic Church truly wants to cleanse itself of its Medieval remnants, it must begin by reexamining the doctrine of Papal infallibility, and criticize it, not only for the way it was fraudulently imposed by Pius IX, but also for what it represents.