miércoles, 20 de junio de 2018

Mi visita a Times Square


            Cada época tiene su capital mundial, y como no puede ser de otra forma, esa capital está en el corazón del imperio dominante. Así, ha habido una sucesión: Roma, Bagdad, Madrid, París, Londres… y ahora, Nueva York. Los imperios y las civilizaciones atraviesan ciclos, y es raro que una ciudad sea capital del mundo por más de dos o tres siglos. Quizás a Nueva York le siga Beijing o Nueva Delhi, pero por ahora, sigue siendo la capital del mundo. Y en vista de que no lleva más de un siglo en ese rol, cabe esperar que así continuará por muchos años más.
            A lo largo de la Historia, estas capitales mundiales suelen evocar toda clase de sentimientos encontrados. Generan admiración y fascinación, pero también mucha envidia y rencor. Los antiguos judíos asociaban a la capital imperial de aquel momento, Babilonia, con la más abyecta degradación. Siglos después, los cristianos identificaban a Roma con Babilonia, naturalmente de forma muy despectiva.

            Con Nueva York no es muy distinto. Yo crecí oyendo canciones que despreciaban a Nueva York. En los años 30 del siglo XX, un resentido venezolano (Chávez no fue el primer resentido venezolano, ya ha había habido muchos desde hace mucho tiempo) narraba en un contagioso merengue cómo fue a Nueva York con mucha ilusión, pero se quejaba de que “allá no hay vino, no hay berros ni hay amor”. Los españoles de Mecano contaban que fueron de turismo a Nueva York, y estando allá, decían, “ya estoy/en Nueva York/y no le veo buen color”. Pero esto no es puro anti-americanismo propio de los hispanos. Incluso los ingleses tienen esa ambivalencia con Nueva York. El mismísimo Sting expresaba su incomodidad, “I’m a legal alien, I’m an Englishman in New York”. Lo cierto es que todos la odian, pero todos quieren ir a la Gran Manzana, aunque sea bajo la excusa de “vivir en las entrañas del monstruo”, como lo hacía el cubano José Martí.
            Yo había visto las películas de Woody Allen y Martin Scorsese, había escuchado las canciones de Frank Sinatra, y había visto los juegos de los Mets y los Yankess. Todo eso es inevitable en nuestra época de imperialismo cultural gringo. Pero, nunca me había interesado mucho por Nueva York. Había estado en otras ciudades norteamericanas (Miami, Chicago, Washington) y otras grandes ciudades del  mundo (París, Londres, México, Delhi), pero la Gran Manzana no me atraía demasiado, o en todo caso, no había tenido la oportunidad de ir.
            La oportunidad llegó en mayo de 2017, cuando empecé a trabajar en una universidad de Aruba. Apenas dos semanas después de empezar, un decano me dijo que necesitaba llevar a un maestro de ceremonia a una graduación de esa universidad en Nueva York. Yo había tenido experiencia de muchos años haciendo programas de radio y televisión en Maracaibo, pero nunca había sido maestro de ceremonia. En mi universidad de Venezuela había un tipo que, con un vozarrón, presidía todos esos eventos, y yo siempre me burlaba de él y de todos los maestros de ceremonia, por su exagerada teatralidad.
Pero, como suele resultar, la lengua es el castigo del cuerpo: no iba a dejar pasar esta oportunidad, para ir a ver si la capital del mundo era tan aburrida como decían los de Mecano, o si tenía todo el glamour de una canción de Sinatra. Acepté que me postularan como maestro de ceremonias, aduciendo mi experiencia en los medios de comunicación en Venezuela, aunque francamente, era muy limitada.
            Hice el viaje con el decano, un médico indio. El tipo siempre me trató bien, pero parecía deleitarse asustándome con sus historias sobre cuánta gente había despedido porque no tenían buen rendimiento académico. Con apenas dos semanas en un nuevo trabajo, naturalmente estas historias causan gran ansiedad. A medida que conversaba con el decano en el avión, superé mi miedo habitual a las alturas, pero sólo porque me invadió un miedo mayor: que hiciera un mal papel en la ceremonia, y el decano me despidiera cuando volviéramos a Aruba.
            En fin, llegamos al aeropuerto de Nueva York. El decano estaba obsesionado con usar Uber, porque en Aruba no existe esa compañía. Supongo que es imposible llegar a Nueva York y no contagiarse de ese consumismo alienante, sobre todo si se es un médico indio con bastante plata. El taxista de Uber nos llevó hasta un hotel en Queens. El decano quería cenar en el propio hotel, y tuve que acompañarlo hasta tarde, mientras seguía gozando contándome cómo despiadadamente despedía a sus empleados.
            El itinerario de la visita a Nueva York era muy apretado. Al día siguiente de nuestra llegada, estaríamos todo el día en los preparativos de la ceremonia y en la propia graduación, y el día después tendríamos que regresar muy temprano en la mañana a Aruba. De forma tal que mi única oportunidad de conocer algo de Nueva York sería esa misma noche. Pero, el decano no dejaba de hablar. Al final, cerca de las diez de la noche, el tipo dijo que se iba a su cuarto a dormir, y me recomendó que yo hiciera lo mismo, pues tendríamos una larga jornada al siguiente día.
            Yo estaba cansado por el viaje, pero razoné que seguramente no tendría oportunidad de conocer algo de Nueva York. De forma tal que me aseguré de que el decano entrara en su habitación, y al constatarlo, inmediatamente bajé al lobby del hotel a preguntar cuál es el mejor sitio turístico de Nueva York en la noche, y cómo podría llegar hasta allá.
            Las muchachas del lobby me sugirieron ir a Times Square, en Manhattan, tomando un taxi. Me pareció una barbaridad lo que tendría que pagar, así que opté ir en metro, a pesar de que se tardaría mucho más, y habría que hacer varios trasbordos complicados. No me arrepiento. En la vida moderna de muchas grandes ciudades, el metro se ha convertido en parte esencial de la experiencia turística, pero en Nueva York es así incluso mucho más que en cualquier otra ciudad. Ir a Nueva York y no montarse en el metro es un crimen, a pesar de que, francamente, las estaciones y los vagones son bastante feos. Supongo que el aspecto lúgubre del metro en Nueva York evoca las mismas emociones estéticas de los misteriosos espacios subterráneos; cuando los griegos contaban el mito sobre Orfeo y su descenso al hades, seguramente algo similar tenían en mente.

            Estuve hora y media montado en el metro, viendo subir y bajar gente de todo tipo, como sólo puede ocurrir en la ciudad más cosmopolita del mundo. Finalmente llegué a la zona de Times Square, y estuve caminando dos horas en aquel mar de luces y rascacielos. Sobrecogido por aquellas pantallas electrónicas y luces tan potentes, me picó el gusanito de la mentalidad chavista, y a la manera de Eduardo Galeano y otros progres del Tercer Mundo, pensé que el Sur es pobre porque el Norte es rico. Me formé la idea de que los apagones que tanto sufrimos en Maracaibo, son culpa del derroche de energía eléctrica en Times Square.
            Por fortuna, de inmediato me di cuenta de lo absurdo que era ese pensamiento, y a medida que me acercaba a Broadway, con mi propia mano golpeé mi cabeza, para asegurarme de que nunca más me vinieran al cerebro semejantes ideas. Viendo los carteles que anunciaban musicales en Broadway, recordé Into The Woods, una pieza en la que participé como adolescente, cuya versión original procede de Broadway. Francamente, ya como adulto, no me queda mucho entusiasmo por ese tipo de espectáculos musicales, aunque en ocasiones he visto versiones cinematográficas que sí me han gustado.
            Tras varias horas de paseo en los alrededores de Times Square, ya de madrugada, decidí regresar al hotel. Al día siguiente tendría una larga jornada con el decano, y seguramente tendría que recargar las pilas para volver a escuchar sus cuentos sobre cómo despedía a sus empleados. Sólo estuve 36 horas en Nueva York. Quedé encantado. No fue tiempo suficiente como para saber si, como decía el merengue venezolano, “el Norte es una quimera”. Pero, a diferencia del tipo que cantaba esa canción en la época de Gómez, yo no regresaba a “Caracas como fuete de arrear pavos”. De hecho, quedé con muchas ganas de volver a la capital del mundo.

miércoles, 13 de junio de 2018

Sobre la guerra cristera


            En un seminario sobre estudios de la religión al cual asistí en 2012 en EE.UU., el profesor nos pidió a los alumnos que preparáramos una presentación sobre conflictos religiosos en nuestros países. Yo tenía compañeros de Jordania, India, Sri Lanka, Sudán, y otros países, y naturalmente, todos ellos se sentían muy cómodos con el tema, pues en esas naciones, musulmanes, cristianos, hindúes, budistas y judíos se la pasan matándose los unos a los otros. Yo, en cambio, tuve que decirle al profesor que en Venezuela ha habido varias guerras, pero que francamente, la religión no ha sido motivo importante en ninguna. Lo mismo, pensé, aplica a toda América Latina.
            De hecho, respecto a la religión hay en América Latina un gran pragmatismo, y eso es una enorme ventaja al compararse con el fanatismo religioso de otras regiones del mundo. En nuestros países, el cura católico de aldea (y algún obispo también) puede despotricar públicamente en contra de los dioses indígenas y africanos, pero disimuladamente, en ocasiones acude al brujo para que éste le dé consejos. Las guerras latinoamericanas han sido del tipo que Marx se habría deleitado más en analizar: conflictos entre clases sociales, no entre credos.

            No obstante, con el tiempo vine a entender que algunos de estos conflictos de clase sí se han revestido de colores religiosos. Y quizás  el más emblemático de todos ha sido la llamada “guerra cristera” de México, en los años 1920. Como herencia de la revolución mexicana, un presidente mexicano, Plutarco Calles, se propuso hacer cumplir una serie de leyes muy hostiles contra la Iglesia Católica. Los curas extranjeros tenían que marcharse de México, el clero no podía dar opiniones políticas, no se podía llevar sotana fuera de las iglesias, y otras cosas por el estilo. En fin, la misma torpeza de los soviéticos: pasar del Estado laico al Estado ateo, y perseguir a los católicos.
            Calles, lo mismo que los bolcheviques, no aprendió una lección básica de historia: desde que los romanos lanzaban a los cristianos a los leones, el cristianismo ha tenido un gran complejo de mártir, y cuando se le persigue, encuentra fuerzas para revivir y tener aún más fuerzas de las que tuvo antes de la persecución. No en vano, a la mayor persecución de cristianos en el imperio romano, la de Diocleciano, le siguió la conversión de Constantino. Toda esta historia debería ser recordatorio de que la forma más efectiva de erradicar el cristianismo es con educación racionalista y libre pensamiento, no con bayonetas; cuando se trata del ateísmo, la letra con sangre no entra.
            Y en efecto, la historia se repitió en México. Hasta ese momento, en América Latina no había habido mártires cristianos, sencillamente porque el cristianismo en nuestra región siempre había sido una religión de victimarios, no de víctimas. Pero, bastó que algún político torpe se propusiera formular leyes persecutorias, para que las masas empobrecidas de México asumieran el complejo de mártir que siempre está latente en el cristianismo, y se alzaran en armas. Surgieron así los llamados “cristeros”, guerrilleros que atacaban a las fuerzas regulares de Calles, y usaban el grito “¡Viva Cristo Rey!” como consigna.
            Este mismo complejo de mártir permea la película que hace unos años se hizo sobre la guerra cristera, Cristiada, dirigida por Dean Wright. En la película, se presenta a un niño mexicano que entra en las filas guerrilleras, y está muy deseoso de morir por Cristo en el conflicto. Las fuerzas de Calle lo atrapan, lo torturan, y le dicen que para salvar su vida, sencillamente tiene que maldecir el nombre de Cristo. El niño tercamente se niega a hacerlo, en cambio proclama “¡Viva Cristo Rey!”, y los soldados lo matan.
            Es muy preocupante que la Iglesia vea esto como una gran hazaña. Este niño, junto a otros, fue canonizado por Benedicto XVI en una visita a México. La Iglesia no ha presentado objeción al hecho de que la guerrilla cristera usó a niños como combatientes. Pero además, es también objetable el modo tan absurdo en que la Iglesia incentiva martirios como éste. ¿Dónde está lo objetable en pronunciar unas simples palabras con tal de salvar la vida? ¿Qué se gana con el empeño suicida? ¿No habría sido mucho más moral para ese muchacho maldecir a Cristo, y así evitar el sufrimiento de su madre al enterarse de su muerte?
Puedo entender la admiración por un soldado que prefiere morir torturado antes de delatar el escondite de sus camaradas. El delatar su secreto sería perjudicial para sus camaradas. Pero, ¿a quién se perjudica maldiciendo a un dios, si a fin de cuentas, en su fuero interno no lo maldice? ¿No se supone que Dios, en su omnisciencia, sabe que el torturado en realidad no blasfema por gusto?
La Iglesia canoniza a fanáticos como los mártires cristeros, pero yo valoro mucho más al protagonista de Silencio (la novela del japonés Shusaku Endo), un misionero portugués en el Japón del siglo XVII que, para salvar su vida y la de sus camaradas torturados, pisa una imagen de Cristo.
En fin, sin duda, en la guerra cristera hubo fanáticos católicos. Pero, como bien dice Calles en la película Cristiada, en el fondo, el motivo de esa guerra no era realmente religioso, sino político y económico. La guerra cristera fue en realidad una continuidad de la revolución mexicana, la misma de Pancho Villa y Emiliano Zapata. Aquella revolución, como tantas otras en nuestra región, se convirtió en una farsa. Calles se ufanaba de ser muy progresista, pero como tantos caudillos nuestros, una vez en el poder, no llevó a cabo las reformas económicas que prometió, y los campesinos siguieron tan desposeídos como siempre. 

Los campesinos mexicanos se alzaron en armas ante la frustración, pero como ha solido ocurrir en ese país, necesitaron un símbolo religioso que terminara de mover sus pasiones, y las leyes anticlericales de Calles fueron la gota que derramó el vaso. Esto no era del todo inédito en la historia de México: un siglo antes, los mestizos e indígenas, descontentos con la opresión colonial, se alzaron en armas, pero para ello necesitaron que un cura, Hidalgo, los guiase con el estandarte de la Virgen de Guadalupe.
En todo caso, esto no es exclusivo de la historia de México. Muchas revueltas religiosas en la historia del cristianismo, han sido en realidad luchas de clases, adornadas con símbolos religiosos. Sería muy ingenuo creer, por ejemplo, que la rebelión de los campesinos alemanes en 1524, se trató sencillamente de un levantamiento de protestantes contra católicos. Ciertamente, las ideas de Lutero fueron el detonante de la revuelta (aunque el propio Lutero desaprobó la rebelión), pero en el fondo, era un conflicto entre campesinos oprimidos y príncipes opresores.
No cabe negar que ha habido auténticas guerras religiosas, auspiciadas por un fiero fanatismo. Pero, al menos en América Latina, afortunadamente no estamos dispuestos a matarnos porque un tipo le reza a la Virgen, y otro tipo le reza sólo a Cristo o a Changó. Cuando aparentemente la religión sí tiene que ver con odios entre latinoamericanos, en el fondo se trata de otros motivos, generalmente económicos. Después de todo, el materialismo dialéctico de Marx, sí sirve para explicar muchas cosas en América Latina.

lunes, 11 de junio de 2018

"Yo Tonya", microcosmos de la sociedad norteamericana


            De los años que como adolescente pasé en EEUU, recuerdo especialmente los circos mediáticos de aquella época. Mi madre y yo nos hicimos adictos al caso de O.J. Simpson, como buena parte del pueblo americano. Pero, como antesala de aquel circo, hubo una función menor ese mismo año de 1994, con el caso de Tonya Harding y Nancy Kerrigan.
            Éstas eran dos patinadoras artísticas que mantuvieron una rivalidad en la pista de patinaje. Unas semanas antes de los juegos olímpicos, un tipo golpeó duramente a Kerrigan en la rodilla. Semanas después, se descubrió que el agresor estaba ligado al esposo de Harding. La prensa amarillista se volcó contra Harding.

            Recuerdo que, en aquella ocasión, a Harding se le representaba como una muchacha típica de la subcultura “white trash” (basura blanca), blancos norteamericanos empobrecidos y resentidos. Para mí, era muy fácil asimilar a Harding con muchachas de mi colegio que fácilmente encajaban en el estereotipo del blanco empobrecido que, en el fondo, es una escoria social.
            En aquel entonces, mi mente adolescente no entendía mucho sobre los aspectos sociológicos del episodio de Harding, y a diferencia del caso de Simpson, nunca más le seguí la pista a Tonya Harding. Ahora, con la presentación de la película Yo, Tonya, de Craig Gillespie, empiezo a entender mejor muchas cosas.
            En el cine no es fácil presentar con simpatía a quien hace trampas en el deporte, pero Gillespie lo logra. En su retrato de Tonya, la protagonista sale reivindicada. Tonya tuvo que aguantar toda clase de abusos por parte de su madre, su esposo, y el mundo del patinaje. Al final, pudo como pudo no haber tenido algo que ver en el complot para agredir a su rival Kerrigan (la película no lo deja claro), pero la narrativa muy hábilmente deja entrever que, aun si ella fuera culpable, Tonya fue más víctima que victimaria.
            Tonya se convierte en una suerte de heroína (o más bien, anti-heroína) feminista. Tiene todas las habilidades atléticas para triunfar, pero los jueces no le dan el puntaje que se merece, porque temen que ella proyecte una imagen no suficientemente acorde a las expectativas sociales de femineidad. Tonya es demasiado musculosa, y sus orígenes son demasiado proletarios. En el mundo del patinaje, el triunfo debe venir con más elitismo y gracia artística (pero en el fondo, esto no es más que sumisión a las expectativas de que la mujer sea pasiva).
            Tonya se convirtió en una figura odiada por el establishment, no sólo del mundo del patinaje, sino de toda la sociedad americana. Ciertamente, en EEUU existe el white priviledge (el privilegio de ser blanco). Pero, muchas veces se olvida que un importante sector de los blancos están muy lejos de ser privilegiados. Éstos fueron los que llevaron a Trump a la Casa Blanca, y sospecho que éstos son los que, aun sin admitirlo explícitamente, se habrían alegrado de que Tonya hubiese vencido a Kerrigan, aun valiéndose de un acto delictivo.
            Yo Tonya invita a pensar que el patinaje sobre hielo puede ser un arte muy bello, pero francamente, no debería considerarse un deporte, pues sencillamente, es demasiado subjetivo como para precisar quién es mejor patinador. La película también invita a pensar que las mujeres siguen estando limitadas por las expectativas sociales. Y, más importante aún, Yo Tonya es un vivo recordatorio de que el triunfo de Donald Trump no apareció de la nada: refleja las muchas décadas de frustración de una clase obrera norteamericana empobrecida y en ocasiones maltratada, que lo mismo que hizo Tonya (o su marido) con su rival Kerrigan, canaliza esa frustración en actos destructivos.