lunes, 24 de julio de 2017

Carta a Belén sobre la terapia cognitivo conductual



            Querida Belén:

            Estoy muy emocionado de poder visitarte pronto. Estoy seguro de que tus padres también estarán muy contentos. Pero, debo confesarte algo: tengo un poco de miedo. He viajado a muchos países, pero no termino de acostumbrarme a los aviones. No soy creyente, pero cuando hay turbulencia, rezo. Al final, siempre me recompongo. Pero, como recordarás, hay gente que sufre temor ante situaciones específicas (como viajar en avión), al punto de que no logra tener un funcionamiento normal en su vida.
            ¿Están estas personas condenadas a viajar en bus por el resto de sus vidas? No necesariamente. Los psicólogos tienen técnicas muy eficientes para que sus pacientes sobrepongan las fobias. Muchas fobias vienen de la asociación de algún evento desagradable, con el objeto o situación temida. Los psicólogos podrían hacer que el paciente pierda el temor al objeto o asociación, asociándolo con cosas placenteras y relajantes.

            ¿Recuerdas a Freud? Él tuvo un paciente muy singular, que vino a llamar el pequeño Hans. Era un niño que temía a los caballos. Freud pensaba que Hans temía a los caballos porque ese animal representaba a su padre. Y, Freud creía que los niños tienen el temor de que sus padres los castren. Ya sabes lo que yo pienso de semejantes disparates… Si yo hubiese sido el doctor de Hans, más bien habría pensado que el temor de ese niño se originó en alguna experiencia desagradable que tuvo, en la cual algún caballo estuvo presente.
            Pero, el hecho es que Freud tuvo muchos discípulos que se han tomado estas ideas en serio. Y, hasta el día de hoy, esos psicólogos tratan, no solamente las fobias, sino cualquier otro problema psicológico, intentando descubrir el inconsciente del paciente en cuestión. Ellos dicen que, para vencer los miedos, hay que buscar el origen de esas fobias, y eso puede llevar años de análisis, escudriñando los eventos de la infancia.
            Así te puedes pasar años y años, sin aún poder montarte en un avión. Hay gente para todo, pero si yo fuera el paciente, preferiría algo más efectivo en el corto plazo. Y de hecho, hay formas mucho más eficientes de tratar las fobias. Es mejor ir al grano. Lo importante no es el origen de la fobia, sino cómo hacer para que el paciente no siga sufriendo temores infundados.
            Pues bien, hay varias técnicas que fundamentalmente, dependen del condicionamiento clásico. ¿Recuerdas qué es eso? Es el proceso psicológico en el cual, lo mismo que con el perro de Pavlov, se asocian elementos que aparecen juntos
            La técnica que más se usa para tratar las fobias, es la llamada desensibilización sistemática. Es muy sencilla, aunque lleva esfuerzo. El psicólogo progresivamente va exponiendo al paciente a la situación que le genera temor, pero lo hace asociando esa exposición con estímulos placenteros y relajantes, de forma tal que, a la larga, no se sienta temor.
            Supón que tú tienes miedo a volar en aviones. Pues bien, tu psicólogo primero te invitaría a relajarte, quizás escuchando algún tipo de música, o dándote un un masaje (aunque, ya sabes, a veces los masajes pueden llevar a excitaciones sexuales, y esto no es una buena idea en las relaciones entre pacientes y psicólogos). Cuando ya estás relajada, el psicólogo te empieza a hablar de aviones. Dados tus temores, tú te volverías un poco tensa, pero de nuevo, el psicólogo trata de relajarte otra vez.
            Así, cada vez que el psicólogo consigue que te relajes, te va introduciendo al objeto que temes, cada vez con más intensidad. Un día te habla de aviones. Otro día, te muestra películas de aviones. Puede incluso hacer un simulacro contigo de cómo entras al avión, te abrochas el cinturón de seguridad, etc. Así, vas asociando el estar relajada con los aviones. Y, cuando finalmente te toca viajar en avión, ya no tienes el temor de antes, pues ahora, eres capaz de relajarte mientras vuelas. Esto, Belén, funciona muchísimo. Es de las técnicas más eficientes que hay.
            Los psicólogos también pueden usar esta técnica a la inversa con algunos pacientes. En vez de asociar una situación con una sensación relajante o placentera, se podría buscar asociar un hábito con una experiencia muy desagradable. Esto serviría así para tratar de eliminar conductas que causan problemas. Sé que tu tío Alberto ha tenido algunos problemas de alcoholismo, y está intentando dejar la bebida. A veces, con personas como tu tío, los médicos recomiendan recetarles una droga, disulfiram. Cuando los pacientes beben alcohol, el disulfiram hace que vomiten y sientan náuseas. El objetivo es hacer que la persona asocie la bebida con el malestar, de forma tal que no tenga ganas de volver a beber.
            Esta técnica se llama condicionamiento aversivo. Aunque frecuentemente es satanizada en las pelis (¿viste alguna vez La naranja mecánica?), es bastante útil. Puede servir, por ejemplo, para tratar la pedofilia. Lamentablemente, hay gente perturbada que siente placer sexual con los niños. Ese placer podría erradicarse si se asocia la experiencia pedófila con alguna sensación desagradable. Obviamente, los psicólogos no proponen que el pedófilo deliberadamente acose a un niño para asociar esa experiencia con algo desagradable. Pero, sí podría plantearse que el pedófilo vea fotos de niños desnudos, y mientras lo hace, se le apliquen descargas eléctricas. Esta técnica se llama sensibilización encubierta. En este tipo de técnica, se presenta un estímulo imaginado (en este caso, no sería la propia experiencia pedófila, sino sólo la foto del niño), y se asocia ese estímulo con un estímulo desagradable.
            Debo advertirte, Belén, que si bien en el caso de la pedofilia estas técnicas parecen dar buenos resultados, no sirven en el caso de la homosexualidad. Hay padres que creen que, si envían a sus hijos homosexuales a campamentos, y ahí les aplican sensibilización encubierta, se volverán heterosexuales. Esas cosas no funcionan. Lo más probable es que la gente homosexual nace así, y las terapias no puedan cambiar eso.
            En fin, hay aún otras técnicas que los psicólogos usan para que los pacientes venzan las fobias. A veces, los psicólogos optan por inundar a los pacientes con el propio objeto que temen. Supón que tienes miedo a las arañas. Pues bien, tu psicólogo podría inducirte a que te metas en una piscina llena de arañas inofensivas. Seguramente gritarás y entrarás en pánico. Pero, al cabo de poco tiempo, te darás cuenta de que sigues viva, y que las arañas son inofensivas. Pues bien, tras esa experiencia, es probable que no vuelvas a temer a las arañas, pues habrás comprobado que, en efecto, no hay nada de qué preocuparse.
            También serviría si, en vez de ser tú misma quien se mete en la piscina, ves a otra persona tranquilamente tocar e interactuar con muchas otras arañas. ¿Recuerdas que en otra carta te decía que se pueden aprender cosas que son modeladas por los demás? Pues bien, si observas la conducta de alguien que no teme a las arañas, tú misma podrías vencer ese temor.
            Todo esto está muy bien para las fobias a cosas específicas. Pero, ¿qué hay de la ansiedad más generalizada? Pues bien, te diré que los médicos tienen una técnica muy curiosa que también sirve para tratar ese tipo de ansiedad. ¿Recuerdas cuando te escribía sobre la reacción de lucha o huida? Cuando sientes temor y estás estresada, el corazón late más rápido y más duro, te pones más tensa, se corta tu digestión, etc. Si tú pudieras ver en una pantalla cómo tus funciones fisiológicas se alteran cuando estás nerviosa o enojada, seguramente respirarías profundo y tratarías de relajarte.
En efecto, tal técnica existe, y se llama biofeedback. El terapeuta te coloca aparatos que captan señales de tus funciones fisiológicas, y las proyecta sobre un monitor. Tú piensas en cosas o situaciones que te causan estrés, y naturalmente, ves que tus funciones fisiológicas se alteran. Pero, al tú misma ver esa alteración, haces el propósito de relajarte.          Básicamente, vas recibiendo un premio. Tú misma te vas dando cuenta de que, al relajarte, tu presión arterial baja, y así, eso te motiva para seguir haciendo lo que estás haciendo. Es básicamente condicionamiento operante. ¿Recuerdas a Skinner y su rata? En ese experimento, la rata recibe comida cada vez que tira la palanca. Pues bien, en el biofeedback, tú eres premiada con la información de funciones fisiológicas normales, cada vez que te relajas.
Todo esto, Belén, son intentos por modificar conductas. Pero, como sabrás, la ansiedad y la depresión a veces no solamente tienen que ver con cómo se actúa, sino también con cómo se piensa y se siente. Pues bien, para eso, hay también unas técnicas muy eficientes. Y, en vista de que las técnicas de modificación de conducta, se pueden combinar con técnicas para modificar el pensamiento que genera ansiedad y depresión, a este tipo de terapia se le suele llamar terapia cognitivo conductual.
Muchos de los problemas que enfrentamos no proceden tanto de las situaciones en sí, sino de las creencias y pensamientos que hacen que respondamos a esas situaciones de distintas maneras. Un importante psicólogo, Albert Ellis, propuso que nuestras conductas ante problemas proceden de un proceso que él llamó ABC. En la fase A, ocurren acontecimientos. En la fase B, nuestros pensamientos y creencias condicionan cómo reaccionamos ante esos acontecimientos. Y, en la fase C, nuestra conducta es la consecuencia de esos pensamientos.
Los problemas surgen cuando tenemos pensamientos distorsionados. Otro famoso psicólogo, Aaron Beck (un estudiante de Ellis), se dio cuenta de que muchas veces la gente se deprime y se angustia precisamente por distorsionar con su pensamiento las cosas. Hay personas, por ejemplo, que generalizan excesivamente. Pueden tener un mal día en el trabajo, y a partir de eso, precipitadamente creen que todos los días en el trabajo serán así de malos.
 Hay otras personas que piensan todo en términos de contraste. Si en una relación de pareja no encuentran a la compañera perfecta, entonces asumen que esa compañera es terrible. Para ellos, no hay medias tintas. Obviamente, el mundo no es blanco y negro; hay una amplia escala de grises intermedios, y no alcanzar a entender esto, puede incrementar la angustia y la depresión.
También hay gente que salta a conclusiones sin ningún fundamento. Supón un día que el director de tu cole te pide que dentro de dos semanas vayas a su oficina. Si tú eres este tipo de personas, pensarías que el director te va a castigar, y vivirías con mucha angustia hasta el día de la cita. Pero, ¿por qué has de asumir eso? Quizás quiera proponerte que participes en un nuevo proyecto en la escuela.
Recuerdo que tú me contabas cómo tu amiga Alicia, cuando la dejó el novio, decía que ella nunca más podría volver a tener novio, y que como consecuencia, dejaría a su madre sin nietos, y que todos serían muy infelices a raíz de ello. A esa forma de pensar, Beck la llamó catastrofizar, y nuevamente, Beck decía que esto genera ansiedad y depresión. Ojalá Alicia pueda entender que ella es muy bella y simpática, y que seguramente, después de ese fracaso, otros novios vendrán. No es necesario plantearse las cosas como si fueran catástrofes.
O, piensa también en esas personas que continuamente se lamentan porque piensan que las cosas deben estar mejor de lo que están. Puedes vivir en un ambiente muy placentero, pero podría invadirte el pensamiento de que podrías vivir una vida mejor. Si piensas así, no importa cuán agradable sea tu ambiente, vivirás angustiada y deprimida. Una famosa psicóloga, Karen Horney, llamó a eso la “tiranía de los posibles”. El estar insatisfecho con lo que tenemos, porque siempre es posible algo mejor, puede resultar muy desagradable.
Pues bien, Aaron Beck propuso que, cuando un psicólogo trata a un paciente con angustias o depresiones, debe tratar de identificar en el paciente distorsiones como éstas. Muchas veces, los pacientes piensan así de forma automática. Beck decía que, en esos casos, el psicólogo debe confrontar al paciente, haciéndole ver que su forma de interpretar las cosas es errónea.
En esto, Beck se parecía mucho a Sócrates. Hace algún tiempo, le escribí a tu hermana Victoria una carta explicándole quién era Sócrates. Lo resumo: Sócrates era un antiguo filósofo griego que hacía preguntas incómodas a sus discípulos, con el propósito de retar las cosas que ellos asumían, y ayudarlos a ellos mismos a refinar sus conceptos y acercarse a la verdad.
Pues bien, Beck decía que el terapeuta debe ser más o menos como Sócrates. Si tu amiga Alicia va a un terapeuta cognitivo conductual, y le empieza a contar sobre el novio que la dejó, el terapeuta le preguntará algo así: “¿qué de especial tenía ese novio tuyo?”. Alicia le dirá: “Era muy bello, y me encantaba su personalidad”. El terapeuta entonces preguntará: “¿es la única persona bella en el planeta? ¿Te encantaba su personalidad, o más bien te hacía sentir bien sencillamente porque te llevaba chocolates?”. Sin duda, serían preguntas odiosas, pero tienen un propósito muy importante: hacer que Alicia deje de pensar en términos catastróficos, y ella misma se dé cuenta de la distorsión de las cosas que asume. Te apuesto a que, con esta confrontación, Alicia misma comprenderá que el romper con su novio no es tan grave, y eso mejorará mucho su ansiedad o depresión. 
         En la terapia cognitivo conductual, hay una técnica muy importante. Se espera que el paciente lleve un registro de sus pensamientos. En este tipo de terapia, hay que trabajar. El paciente lleva un diario de los pensamientos que se le vienen a la cabeza, para luego evaluarlos. Del mismo modo en que el terapeuta lo confronta en la consulta, ahora el paciente debe considerar si esos pensamientos escritos en el diario son razonables, y si no lo son, él mismo debe confrontarse y reemplazar esas distorsiones con pensamientos más razonables.
Esto, Belén, da buenos resultados, y hay muchísimos estudios que así lo confirman. Pero, no creas que la terapia cognitivo conductual es la panacea a todos los problemas mentales. Esto sirve sólo para gente que es medianamente razonable, y a quienes, con un poco de confrontación, se les puede hacer ver sus distorsiones. Si alguien ha perdido contacto con la realidad, y no hay forma de razonar con esa persona, entonces no tiene ningún sentido confrontarlos con estas técnicas. De hecho, puede incluso volverse una situación peligrosa, pues el paciente puede malinterpretar esa confrontación. En casos de depresión severa, de manías, o de psicosis, inevitablemente hay que acudir a los fármacos. Prometo escribirte sobre estas terapias otro día.

Por otra parte, hay algunos psicólogos que dicen que la terapia cognitivo conductual no funciona bien con gente deprimida, no porque esas personas no sean razonables, sino más bien por todo lo contrario: en la depresión, la gente es más realista, y lo que nosotros creemos que son distorsiones, en realidad son formas más correctas de entender la realidad. Esta idea se conoce como la hipótesis del realismo depresivo.
Dos psicólogas, Lauren Alloy y Lyn Yvonne Abramson, hicieron unos experimentos interesantes para respaldar esta hipótesis. En estos experimentos, a las personas se les pedía que apretaran un botón, y unas luces se prendían y se apagaban. En realidad, el apretar el botón no tenía ninguna incidencia en las luces. Las personas que no estaban deprimidas decían que, al apretar el botón, las luces se prendían y apagaban; extrañamente, las personas que estaban deprimidas, admitían que ellas no tenían el control sobre esas luces, y que el botón no estaba conectado con las luces. Estas personas eran más realistas, y a partir de ello, Alloy y Abramson pensaban que los deprimidos están más en contacto con la realidad.
Es un experimento interesante, pero yo no creo que eso prueba que el ser optimista en la vida sea ilusorio. Es cierto que, a veces, hay que enfrentar las cosas como son, y darse cuenta de que el mundo no es tan maravilloso como nosotros queremos que sea. Pero, yo sigo pensando que en la depresión y la ansiedad, muchas de estas distorsiones cognitivas están presentes, y que el ser confrontados, nos ayuda a corregir tales distorsiones.
Al menos cuando se trata de viajar en avión, Belén, los datos inequívocamente indican que es más seguro que viajar por carretera. No te niego que, cuando hay turbulencia, empiezo a pensar en cómo será mi funeral, y en la gran tristeza que sentirá mi madre cuando le lleguen las noticias del accidente aéreo que causó mi muerte. Pero, gracias a Aaron Beck, ahora inmediatamente corrijo esas distorsiones en el mismo vuelo. Me confronto a mí mismo preguntándome: ¿acaso esta turbulencia me coloca en mayor peligro que cuando hablo por teléfono y conduzco? Por supuesto que no. Y, si al hablar por teléfono y conducir (algo que nadie debería hacer) no me pongo nervioso, ¿por qué he de estarlo en una situación que es mucho más segura? Con estas confrontaciones, me tranquilizo. Ya llevo bastante tiempo haciendo estos ejercicios, de forma tal que, cuando te visite próximamente, no notarás en mí el nerviosismo de mis viajes anteriores. Se despide, tu amigo Gabriel.   

viernes, 21 de julio de 2017

Carta a Belén sobre los miedos y las ansiedades



          Querida Belén:

            Me contenta mucho saber que ya estás a salvo. ¡Vaya susto! A medida que leía tu carta explicándome como huías corriendo del ladrón que te perseguía, yo mismo me angustiaba. Hace unos años, yo pasé por una experiencia similar. Y, te puedo asegurar que sentí cosas muy parecidas a las que tú me describías en la carta. Es normal que así ocurra, pues todos los seres humanos estamos programados para responder así en situaciones de mucho estrés.
            A inicios del siglo XX, un profesor de medicina, Walter Bradford Cannon, estudió cómo muchos animales responden ante situaciones difíciles, y postuló que, en esas circunstancias, todos esos animales (incluyendo a los seres humanos), tienen una respuesta que él llamó lucha o huida. Piensa en la experiencia que tuviste. Cuando veías que el ladrón se acercaba, sin pensarlo demasiado, decidiste huir corriendo. Otras personas más osadas, quizás anticipando que puedan vencer al ladrón, optan por confrontarlo. Pero, sea una u otra reacción, lo cierto es que, en esas situaciones es difícil mantener la calma.

            Yo te diría que, si el ladrón tiene un arma (sobre todo si es un arma de fuego), lo más prudente sería mantener la calma, y cooperar con él. Pero, como tú misma me comentaste en la carta, en esas situaciones, no hay tiempo para pensar en esas cosas, y muchas veces, hacemos cosas que jamás habríamos previsto. Eso tiene mucho sentido, si tienes en cuenta de dónde venimos. Nuestros ancestros vivían en la sabana africana, y allí, tenían que enfrentar muchos depredadores. Por ello, no podían vivir muy relajados, porque, más o menos como una cebra cuando se acerca un león, en cualquier momento habría que salir corriendo para preservar la vida. Seguramente, muchas de esas carreras obedecían a falsas alarmas. Pero, para sobrevivir, es mejor guiarse por falsa alarmas, que tener tranquilidad ante un depredador. Quienes estuvieran demasiados tranquilos, eventualmente serían devorados por el depredador, y así, sus genes no se habrían pasado a la descendencia.
            Así pues, quienes sobrevivieron, eran los que mejor activaban ese mecanismo de lucha o huida (los nerviosos, por así decirlo), y ese tipo de conducta ante el peligro está en nuestros genes. Es por eso que, cuando estás sentada relajada en el sofá de tu casa, y de repente, oyes un portazo, brincas saliendo del sofá, y tu corazón empieza a latir muy fuertemente.
            Esta reacción de huida o lucha ocurre muy complejamente en tu cuerpo. Primero, cuando tu cerebro percibe una situación amenazante, una parte de él, el hipotálamo, envía distintas señales. Por una parte, se activa el sistema nervioso simpático. Este sistema envía señales a la médula adrenal (una parte de una glándula que está encima de los riñones), indicándole que debe segregar algunos químicos, en especial, la noradreanalina y la adrenalina. Seguramente has escuchado a mucha gente hablar de cómo, cuando se tiran en paracaídas, su adrenalina se dispara. Pues bien, ya sabes que esto es un químico que se produce en la médula adrenal (de ahí viene su nombre), y que está relacionado con la reacción de huida o lucha.
            Al mismo tiempo, tu hipotálamo también manda señales a una glándula con la cual está conectado (la glándula pituitaria), y una vez que esa glándula recibe esa señal, emite una hormona (hormona adrenocorticotrópica, o ACTH). Esa hormona, que viaja a través de la sangre, va a otra glándula (la glándula suprarrenal, la misma que está ubicada encima de los riñones), y le da la instrucción de que debe emitir aún otras hormonas.  
Todos estos químicos hacen que varios de tus órganos alteren el modo en que habitualmente funcionan. Tu corazón late más rápido y con más fuerza. Esto tiene un propósito muy específico: hacer que la sangre fluya más a los músculos, de forma tal que estés en mejor capacidad de correr más rápido para la huida, o de luchar más agresivamente. Tus pupilas se dilatan, de forma tal que puedas ver mejor. Tu digestión se tranca, pues eso no es una función vital en ese momento, y es mejor dirigir todos los esfuerzos necesarios a la huida o la lucha. Tu sistema inmunológico (el que se encarga de combatir parásitos) también se tranca, pues de nuevo, es mejor usar todos los recursos de energía disponible a la situación difícil que estás enfrentando. Pierdes la habilidad para concentrarte en tareas cognitivas, pues eso sería también un desperdicio de energía (el cerebro consume mucha) que, más bien, se necesita para huir o luchar.
Tus vellos se elevan (de ahí viene la expresión poner los pelos de punta). Esto no tiene ninguna función ahora, pero es muy probable que sea una herencia de nuestros ancestros pre-humanos. Ante el acecho de depredadores, nuestros ancestros erigían su vello, y con eso, parecían incrementar su tamaño. Los depredadores, al ver eso, retrocedían, pues naturalmente quedaban intimidados ante el nuevo tamaño. Puedes ver este tipo de reacciones en muchos animales.
Si tuvieras que describir la emoción de temor, seguramente usarías todas estas imágenes. Sentir miedo es básicamente tener la reacción de huida o lucha. Algunos psicólogos dicen que el miedo en realidad es algo más complejo; puede ser un proceso cognitivo (es decir, pensamientos) sin necesariamente tener las alteraciones fisiológicas que te estoy comentando. Quizás. Pero, yo sigo pensando que el temor más primordial y más importante, es aquel que te genera mariposas en el estómago (esas supuestas mariposas que sientes, en realidad, es la interrupción de la digestión, como consecuencia de la señal que envía la adrenalina).
Así pues, Belén, el sentir miedo, y la reacción de lucha o huida, resultó muy ventajoso en la evolución de nuestra especie. Si nuestros ancestros no hubieran sentido miedo y no hubieran tenido esas mariposas en el estómago, seguramente se los habría comido un león. Es por ello que estamos genéticamente programados a sentir temor por cosas que hoy no nos resultan tan amenazantes, pero que para nuestros ancestros seguramente sí fueron amenazas.
Piensa, por ejemplo, en las cucarachas, las moscas o los grillos. ¿Te gustan? Por supuesto que no. A todos nos repugnan los insectos, y a muchos les tenemos temor. Lo cierto es que los insectos (en especial las moscas), al transmitir enfermedades, han matado a más personas que cualquier otro depredador en la historia de la humanidad. Por eso, el miedo a los insectos fue una protección en la evolución de nuestra especie, y quienes no tuvieran ese temor, probablemente fueron muriendo sin dejar descendencia, pues no se alejaban de las malditas moscas.
Lo mismo puede decirse del temor a las serpientes, incluso en gente que por primera vez ve una en su vida. Ese temor es seguramente innato; está en nuestros genes. Y, ¿cómo explicas el vértigo que mucha gente siente en las alturas? Pues, igual: quien no sintiera vértigo en un precipicio, no huiría de ese lugar, y al quedarse, eso aumentaría la probabilidad de caerse y morir. Los nerviosos, en cambio, huían. Sí, eran cobardes, pero esa cobardía resultó ventajosa, y gracias a ella, sus descendientes estamos acá, vivitos y coleando.
El problema, no obstante, es que hoy nuestro mundo es muy distinto al de nuestros ancestros en la sabana africana. Y no sentimos temor, no luchamos o huimos, ante cosas que son muy amenazantes. Piensa, por ejemplo, en los automóviles y las duchas. Esas cosas matan a mucha gente (mucha más que lo que hoy matan las serpientes), pero nosotros tranquilamente conducimos y nos bañamos, mientras que pegamos el grito en el cielo cuando vemos una culebra en el camino. No tememos a los coches y a las duchas, porque aún si hoy son más mortíferos que los precipicios o las serpientes, tales cosas no existían en la sabana africana de nuestros ancestros.
Pero, eso no quiere decir que todos los miedos sean innatos. Muchos miedos pueden aprenderse. Ya te he explicado que el encargado de iniciar la reacción de lucha o huida es el hipotálamo, una estructura del cerebro. Pero, otra estructura, la amígdala, se encarga de almacenar memorias de eventos que, en algún momento te generaron estrés, y así, cuando vuelves a encontrar momentos parecidos, o situaciones que estuvieron asociadas con ese momento, nuevamente sientes temor. Esto también es ventajoso. Lo que la amígdala hace, es una forma de prepararte para que estés más alerta y en mejor disposición de luchar o huir, cuando nuevamente se acerca algún peligro que ya has enfrentado en el pasado.
¿Cómo se aprenden los miedos? Pues, del mismo modo en que se aprenden muchas otras conductas básicas. ¿Recuerdas a Pavlov y al perro que salivaba cuando sonaba una campana? El perro salivaba ante la campana, porque previamente, en su experiencia se había asociado la campana con la comida. Pues bien, un psicólogo, Albert Watson, quiso poner a prueba esa conducta con seres humanos, y se propuso hacer que un niño tuviera miedo de algo que el resto de la gente consideraría muy inofensivo.
En unos experimentos muy deplorables, Watson expuso a un niño (se le llamó el pequeño Albert) a una rata blanca que, en realidad, resultaba bastante tierna. Al principio, el niño no temía a la rata. Pero, al cabo de cierto tiempo, cada vez que el niño veía la rata, Watson golpeaba una pieza metálica con un martillo, generando un ruido terrible. Al final, la asociación entre el ruido y la rata, hizo que el niño terminara por temer, no solamente a la rata, sino a muchos otros objetos blancos. Te digo que el experimento es deplorable, Belén, porque un psicólogo nunca debe causar daño (y Watson ciertamente causó daño en ese niño al formarle ese miedo) a alguien en un experimento, no importa cuán valiosa sea la información que se derive de ello.
Al pequeño Albert le pasó lo que le sucede a muchos soldados que, tras una experiencia de combate, quedan traumatizados. Cuando un soldado va a la guerra, y en combate vive una situación muy traumática, siente temor. Pero, cuando regresa a casa, ese temor persiste. Y, si el soldado se encuentra con cosas siquiera remotamente parecidas a las que encontró en el campo de batalla (por ejemplo, la vista de un helicóptero, o un portazo que le recuerde al sonido de una granada explotando), su reacción de lucha o huida se activará dramáticamente. Vivir es así es muy desafortunado, pues estas personas viven constantemente con miedo. Los psiquiatras incluso consideran que eso es una enfermedad mental, el trastorno de estrés postraumático. No sólo les ocurre a los soldados. Puede ocurrirle a cualquier persona que haya tenido una experiencia muy intensa de estrés (mujeres violadas, víctimas de accidentes, etc.).
El sentir temor, como te digo, fue una gran ventaja para nuestros ancestros. Cuando ya la situación de estrés pasa, otra parte del sistema nervioso, el sistema parasimpático, se encarga de hacer volver tus funciones fisiológicas a la normalidad, y te vuelves a relajar. Pero, si siempre estás temerosa, si no eres capaz de relajarte suficientemente bien y vives continuamente estresada, eso termina por perjudicar tu cuerpo. El sistema simpático sirve para que sobrepongas situaciones difíciles. Pero, recuerda que para ello, interrumpe otras funciones fisiológicas. Por eso, si siempre estás estresada, tendrás problemas gastrointestinales, y estarás menos protegida ante infecciones (recuerda, en la reacción de lucha o huida, la digestión y el sistema inmunológico se cortan). Si tu corazón continuamente late muy rápido y muy duro, tendrás problemas cardíacos. El estrés, me temo, es perjudicial para la salud. Los gurús New Age dicen muchas tonterías, pero al menos en esto, puedes hacerles caso.
Es normal sentir miedo ante muchas situaciones, sobre todo ante aquellas para las cuales genéticamente se activa el sistema nervioso simpático y la reacción de lucha o huida. Pero, hay muchas personas que sienten miedo ante muchísimas otras cosas. Cuando esos miedos se vuelven ya irracionales, los psicólogos lo denominan ansiedad.
Es normal sentir angustias. Pero, si continuamente sientes angustias, bien sea por situaciones específicas, o incluso sin saber muy bien por qué, entonces quizás deberías ir a un psicólogo o psiquiatra, pues eso podría ser una enfermedad mental. Para decidir cuán normal es sentir angustias, lo importante a tener en cuenta es si esas angustias causan excesivo malestar, y si se convierten en un obstáculo para tu funcionamiento normal en la vida diaria.
Los psiquiatras identifican varios trastornos que tienen que ver con la angustia. Hay gente que sufre el trastorno de ansiedad generalizada. Estas personas se sienten nerviosas en todo momento, sin que haya una situación específica que los altere. Suelen tener pálpitos (una sensación subjetiva de que el corazón late muy rápido), o les falta el aliento, y generalmente tienen problemas digestivos. Sus músculos siempre están tensos, les cuesta concentrarse, y se sienten inquietos. Como ves, es prácticamente como si estuvieran viviendo continuamente con la reacción de huida o lucha, en diversos grados.
Hay personas que, de repente, sufren momentos de ansiedad muy intensos. ¿Recuerdas en el cole el curso de mitología griega? Pues bien, había un dios, Pan, que cuando tocaba la flauta, quien oyera esa música se asustaba terriblemente. De ahí nos viene la palabra pánico. Lo que estas personas sufren, son ataques de pánico. Repentinamente sienten que su corazón está demasiado acelerado, y empiezan a sudar. Es fácil confundir estos síntomas con un ataque cardíaco. Pero, cuando estas personas llegan al hospital, los médicos les hacen exámenes y se dan cuenta de que, aparte del corazón acelerado, todo está bien en el sistema cardiovascular. Lo que en realidad están sufriendo es un trastorno mental, el trastorno de pánico. A diferencia de la ansiedad generalizada, en los ataques de pánico, la persona no siempre vive con ansiedad. Pero, cuando repentinamente llega, es muy intensa. De hecho, es tan intensa, que aun cuando la persona no está sufriendo un ataque de pánico, se empieza a preocupar al anticipar que esos ataques vuelvan.
Ya sé que a ti, Belén, te encanta ir a parques e interactuar con gente en esos lugares. Pero, hay personas que tienen muchísima ansiedad cuando están en lugares abiertos, al punto de que prefieren vivir encerrados en sus casas. Ya podrás imaginar que alguien que vive así, lo pasa muy mal. Tarde o temprano hay que salir a la calle, y quien no lo haga, corre el riesgo de aislarse y deprimirse. Los psiquiatras llaman agorafobia a ese trastorno cuando la gente siente ansiedad de estar en lugares públicos.
Ya te he explicado que, muy probablemente, el temor a los insectos o las serpientes está en nuestros genes. Pero, como le ocurrió al pequeño Albert, hay gente que tiene fobias a muchísimas otras cosas, seguramente como consecuencia de una asociación de esas cosas, con experiencias desagradables. Si este tipo de conducta se vuelve lo suficientemente problemática como para impedir que alguien pueda vivir normalmente, entonces los psiquiatras lo identifican como trastorno de fobias específicas. Hay muchos tipos de fobias, pero más comúnmente, quienes sufren este trastorno, temen a algunos animales, fenómenos de la naturaleza (el trueno, la lluvia), situaciones específicas (por ejemplo, viajar en avión, o ir a un hospital), o incluso payasos. Seguramente has visto en las noticias que, de vez en cuando, aparece gente muy despreciable que se viste de payasos macabros para asustar a los niños; si la experiencia de temor es muy intensa, es posible que, cuando esos niños se hagan adultos, terminen por temer a todos los payasos, no solamente a los macabros.
A pesar de que he viajado bastante, Belén, te confieso que aún no me termino de acostumbrar a los aviones. Cuando me monto en ellos, aún me sudan las palmas de las manos. Yo tenía un amigo que, cuando viajaba conmigo, se reía al verme nervioso. Pero, ese mismo amigo, en una ocasión tuvo que hablar en público, y se le podía ver muy angustiado. Hay gente que sufre ansiedad, no solamente al hablar en público, sino ante la mera idea de tener que interactuar con otros. Como sabes, los humanos continuamente interactuamos, pero esa interacción hace que busquemos la aprobación de los demás. Para algunas personas, esto es tremendamente angustiante, pues temen que los demás no los acepten. Frente a esto, suelen evitar contactos sociales. De nuevo, ya puedes imaginar que esto es un obstáculo para vivir normalmente (tarde o temprano tienes que interactuar con los demás). Cuando este temor a la interacción social se convierte en un problema, los psiquiatras diagnostican el trastorno de ansiedad social.

Puede darse también el caso inverso. Hay personas que sienten ansiedad, no propiamente ante la idea de interactuar con los demás, sino ante la idea de que se tengan que separar de alguien con quien han estado compenetrados por algún tiempo. Si este temor es muy severo, los psiquiatras lo llaman el trastorno de ansiedad por separación.
Y, algunas personas tienen ansiedad, no propiamente ante situaciones, pero sí ante pensamientos que se les vienen a la mente, y no logran dejar de pensar en ello. Los psicólogos llaman a esto obsesiones. Son pensamientos intrusos, pues la persona no quisiera tenerlos en su cabeza. Seguramente, en algún momento, cuando vas en metro, se te viene a la mente la inquietante pregunta de si dejaste la hornilla de la cocina prendida. Pues bien, imagina cómo sería pensar esas cosas, no sólo cuando vas en metro, sino en todo momento.
Quienes tienen estos pensamientos intrusos, muchas veces tratan de calmar su ansiedad haciendo rutinas que no tienen ningún sentido. A eso, los psicólogos lo llaman compulsiones. Así como en el metro en algún momento has podido tener esos pensamientos intrusos, quizás también en algún momento te has impuesto la regla de montarte siempre en el cuarto vagón, sin ningún motivo aparente. Si haces este tipo de cosas en tus rutinas diarias, al punto de que entorpece tu funcionamiento normal, los psiquiatras te diagnosticarían con el trastorno obsesivo compulsivo.
Una compulsión más o menos común, es guardar cosas viejas. En la tele, hay algunos realities que retratan la vida de personas cuyos hogares son auténticas madrigueras asquerosas, porque están invadidos con objetos inservibles acumulados desde hace muchos años. Los psiquiatras ya diagnostican eso como un trastorno en sí mismo, el trastorno de acaparamiento.
Otra forma de calmar la ansiedad es arrancarse el cabello, o rascándose la piel. Eso también son trastornos: la tricotilomanía, y la dermatilomanía, respectivamente. Pero ten presente, Belén, que un psiquiatra debe diagnosticar eso, sólo cuando es una conducta repetida, y cuando causa sufrimiento o impide vivir normalmente. Tú te puedes morder las uñas como una forma de calmar la ansiedad, pero eso no es tan grave como para colocarte una etiqueta psiquiátrica (aunque, el morder tus uñas sí tiene algunos riesgos).
Hay gente que también se obsesiona con su propio cuerpo. Se ven en el espejo, y a pesar de que tienen una apariencia normal, no les gusta lo que ven. Muchas veces, empiezan a ir a cirujanos plásticos para operarse la nariz, luego los senos, las orejas, la frente, y así, pueden seguir hasta recibir decenas de cirugías innecesarias. Piensa en Michael Jackson, y la enorme cantidad de cirugías que se hizo; lamentablemente, nunca quedó conforme. Un psiquiatra pudo haberlo ayudado muchísimo más que un cirujano plástico. Los psiquiatras piensan que este tipo de conducta está relacionado con la ansiedad, y lo denominan el trastorno dismórfico corporal.
Me he extendido mucho ya escribiéndote, y sé que después del susto que pasaste con el ladrón, quieres relajarte, y no leer libros o cartas. Así que, no me extenderé mucho más escribiéndote sobre miedos y ansiedades. Pero, sí te diré que, para todos estos trastornos, hay muy buenos tratamientos que los psicólogos y psiquiatras usan con mucha frecuencia. Prometo escribirte una futura carta explicándote los distintos tipos de terapia que se usan en la psicología y la psiquiatría, sobre todo para los trastornos de ansiedad. Se despide, tu amigo Gabriel.