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sábado, 5 de octubre de 2013

Calle 13, el nacionalismo y la xenofobia



            La técnica central de la propaganda consiste en simplificar ideas para divulgarlas entre las masas, sin necesidad de mayor explicación. La repetición es también un recurso propagandístico central (Joseph Goebbels infamemente sostenía que una mentira repetida muchas veces se convertía en verdad). En este sentido, la música es una actividad humana ideal para el éxito de la propaganda. Las líricas de una canción pueden tener contenidos nefastos, pero si tienen un ritmo contagioso, hay altas probabilidades de que las masas asimilarán el mensaje.
 
            Todos los gobiernos modernos utilizan alguna forma de propaganda, pero no todos lo hacen al mismo nivel. Si un gobierno depende de un líder carismático, entonces probablemente su nivel de uso propagandístico será mayor. Pues, el líder no tratará de persuadir a las masas sobre la base de argumentación racional, sino sobre la base de su carisma, y en eso, la propaganda es un gran aliado. Hugo Chávez, el líder carismático de Venezuela, fue obviamente un gran propagandista.
            Como Nerón y David, Chávez basaba buena parte de su liderazgo carismático en sus propios cantos. Pero, a pesar de sus innegables habilidades comunicativas, Chávez nunca fue un músico afinado. Así, hábilmente supo delegar en músicos profesionales la labor de simplificar ideas y repetirlas.
            La agrupación puertorriqueña Calle 13 fue uno de los grandes aliados de Chávez en esta afronta propagandística. En medio de líricas obscenas y ritmos contagiosos, Calle 13 puso a la orden su talento musical para divulgar el mensaje político de Chávez. La doctrina que Chávez defendió fue llamada el “socialismo del siglo XXI”, pero Calle 13 no explotó demasiado este tema. Calle 13 destacó más por su exaltación del nacionalismo latinoamericano (un tema siempre querido por Chávez).
            La exaltación del nacionalismo garantiza siempre el movimiento de las masas en la sociedad moderna. Y, al final, lo que realmente se busca en el negocio de la música comercial contemporánea, es vender discos y llenar conciertos. Así, Calle 13 encontró el camino fácil: en un inicio sus líricas trataban temas sexuales (como la vasta mayoría de los reguetoneros), pero eventualmente, descubrió que tenía el poder de mover más gente, si le recordaba a las masas lo hermosa y gloriosa que es su nación.
            El peligro del nacionalismo, por supuesto, es que conduce muy rápidamente a la xenofobia. La nación es un invento de la mente humana, una construcción social. Y, así, para evocarla, el nacionalista continuamente debe inventar mitos. El mito nacionalista debe construirse sobre la base de una supuesta pureza que emerge de aquello que los románticos alemanes del siglo XIX llamaron el ‘volksgeist’, el espíritu del pueblo. La nación, para poder existir como concepto, debe ser culturalmente pura, y estar libre de contaminaciones foráneas. No resulta difícil, entonces, comprender por qué, tarde o temprano, el nacionalista exalta a su nación en detrimento de otras, y busca expurgar de su nación aquello que, en su imaginación, no encaja con el supuesto ‘carácter nacional’. De la agitación nacionalista, brota así la xenofobia.
            Calle 13 hace explícitamente esto en una de sus canciones más famosas, La perla. La canción, en típica vena nacionalista, describe bucólicamente el terruño de origen de los cantantes. Pero, en su exaltación del paisaje de su tierra, añade:
“Un arco iris con sabor a piragua,
gente bonita rodeada por agua
Los difuntos pintados en la pared con aerosol…
Y los que quedan jugando basquetbol,
Un par de gringos que me dañan el paisaje
 Vienen tirando fotos desde el aterrizaje…”
Los gringos estropean el paisaje. Para que la nación conserve su integridad, no puede haber gringos. Los judíos también estropearon el paisaje de la gran nación germana en los años 30 del siglo pasado… y ya sabemos cómo terminó aquello. El nacionalismo busca siempre la pureza (no necesariamente racial o étnica, pero sí la pureza nacional), y eventualmente, siempre se queja de que algún elemento de origen foráneo “daña el paisaje”. El nacionalismo es, más que un fenómeno político, un fenómeno estético. El nacionalista ve a su nación como una obra de arte, la cual corre el riesgo de hacerse fea si es contaminada por alguna impureza extranjera.
Hay en América Latina una larga tradición de música protesta en contra del imperialismo norteamericano. Esta tradición es perfectamente comprensible y legítima. Simpatizo con que un cantante latinoamericano entone “Yankee, go home!” a un marine gringo. Esta protesta obedece a motivos políticos. Pero, el nacionalismo antiamericano cultivado por Calle 13, y que cada vez prospera más entre los líderes populistas latinoamericanos, trasciende lo político, y va a lo cultural. Ya no se canta contra el marine que viene a invadir con armamento; ahora también se canta contra el turista extranjero que viene pacíficamente a conocer otras latitudes y que, incluso, posiblemente quiera aprender cosas de la cultura local.
Durante las tensas relaciones que se han vivido con EE.UU. en los últimos catorce años,  el gobierno venezolano ha tratado de insistir en que su querella no es contra el pueblo norteamericano, sino sólo contra su gobierno. Pero, ese mensaje es una farsa. La propaganda nacionalista ha exaltado el odio al mismo pueblo norteamericano, por el mero hecho de ser norteamericano. No se entonan solamente líricas contra la proliferación de bases militares en el mundo entero, sino también contra su gastronomía; por ejemplo, esta lírica del argentino Piero procedente de su canción Los americanos: “de mandíbulas grandes, de tanto mascar chicles”. Con esta creciente xenofobia, el reclamo legítimo por las acciones imperialistas de EE.UU. sobre nuestra región perderá aliados en el mundo. Es hora de rectificar.
 

domingo, 29 de septiembre de 2013

¿Por qué aterra el Mickey Mouse pirata?



            He viajado a varios países, pero sólo he visto en mi ciudad (Maracaibo), imágenes piratas de Mickey Mouse, Donald Duck, y otros personajes de Disney, mediocremente realizadas. Obviamente, estas imágenes proceden de imitadores sin mucho talento, que son contratados por personas que quieren decorar sus fiestas con temas de Disney, pero para economizar gastos, prefieren piratear los productos originales. 
 
El efecto es estéticamente aterrador. En las versiones de estas imágenes, Mickey Mouse deja de ser el tierno ratoncito amigo de los niños, y se convierte en una gigantesca rata amenazante. Donald Duck deja de ser el pícaro pato, y se convierte en algo parecido a un marciano que viene a saquear la Tierra.
¿Cómo ocurre este efecto? ¿Cómo unos pequeños cambios en la constitución de Mickey, puede convertir al tierno ratón en la aterradora rata? Me parece que hay un motivo sociológico, y dos motivos psicológicos.
Sociológicamente, el Mickey pirata es aterrador, sencillamente porque sus diseñadores no han logrado hacerlo parecido al original, pero tampoco han tenido el suficiente talento como para generar un ratón propio. Es una mala copia. Y, en términos sociológicos, esto tiene mucha relevancia. En la fase avanzada del capitalismo, los bienes de consumo persiguen, por encima de cualquier cosa, una función conspicua. Las mercancías sirven como signos para que el consumidor señale a los demás que cuenta con estatus y dinero. Obviamente, en este juego del ‘consumo conspicuo’ (por emplear el término de Thorstein Veblen) o de la ‘distinción’ (por emplear el término de Pierre Bourdieu), hay espacio para hacer trampas. Puede intentarse hacer creer a los demás que se tiene más dinero o estatus de lo que realmente se posee. Pero, si el engaño falla, las consecuencias estéticas son catastróficas.
Por ello, la piratería es un juego arriesgado. Si se logra el engaño, pueden cosecharse los frutos. El organizador de la fiesta en Maracaibo, en vez de comprar las mercancías en Miami, puede encargarle su manufactura a un artista local. Economizará sus costos, y si el artista realmente logra un Mickey Mouse idéntico al de Disney, entonces el organizador de la fiesta habrá logrado su objetivo: logró engañar a sus invitados, haciéndole creer que tiene dinero para comprar mercancías importadas, cuando en realidad, son de manufactura nacional.
Si no se logra el engaño, sobreviene la catástrofe. El organizador de la fiesta es visto como el farsante que intenta aparentar más de lo que tiene. Así, daña su reputación significativamente, y la opinión de los demás respecto a él termina siendo peor que lo que en un inicio hubiera sido, si no hubiera intentado engañar a nadie, y hubiese ofrecido una fiesta modesta sin decoración de Disney. Por estos motivos, el Mickey Mouse pirata resulta feo, no propiamente por sus cualidades estéticas intrínsecas, sino porque al final, termina siendo un signo de identidad de una clase social que aspira a llegar alto, pero no puede, y en su intento, cae estrepitosamente.
Psicológicamente, hay quizás otros dos motivos por los cuales el Mickey Mouse pirata sí es intrínsecamente feo. El primero, fue documentado brillantemente por el biólogo Stephen Jay Gould en sus estudios sobre la evolución artística de Mickey. En sus primeros años, Mickey Mouse era un personaje más agresivo, y tenía características faciales más afines a un ratón adulto. Con el paso de los años, los diseñadores buscaran hacer a Mickey más mercadeable, y rediseñaron su imagen, para hacerlo más afín a un bebé.
 
En otras palabras, los posteriores diseñadores de Mickey supieron explotar la ventaja estética de la neotenia. La neotenia es la tendencia de algunas especies a conservar en la adultez los rasgos de la infancia. En la especie humana, la neotenia tiene un alto potencial estético, por una clara razón evolucionista: fue ventajoso  para nuestros ancestros preservar el gen que codifica el agrado por los rasgos infantiles, y el estímulo a la protección de quien posea esos rasgos. Aquellos padres que no sintieran agrado en ver caras de bebés, no tenían la misma disposición para cuidar a los infantes, y eventualmente, no lograron difundir sus genes.
El Mickey Mouse pirata es feo porque, lo mismo que el Mickey Mouse de antaño, carece de rasgos de neotenia. El Mickey Mouse de hoy es un ratoncito tierno con rasgos infantiles. El Mickey Mouse pirata es más afín a un ratón adulto. Al menos a nivel instintivo, la estética de los rasgos infantiles siempre es más fácil de explotar que la estética de los rasgos adultos.
Mickey Mouse es un ratón antropomórfico. Pero, el Mickey Mouse de hoy es menos humano que el Mickey Mouse pirata. El Mickey Mouse pirata es más parecido a una persona real, en su proporción de brazos, piernas, y ciertos rasgos faciales. Pero, precisamente por este excesivo acercamiento a la imagen humana, es que el Mickey Mouse pirata es aterrador.
El destacado robotista japonés Masahiro Mori formuló la hipótesis del ‘valle inquietante’. De acuerdo a esta teoría, un artefacto robótico se hace más bello y tierno, a medida que se parece más al ser humano. Pero, llega un punto en que, si se parece mucho al ser humano, pero no se consigue una imitación perfecta, el robot puede volverse aterrador. Eso explica por qué los maniquíes y muñecos como Chucky, pueden evocar pesadillas.
Seguramente hay firmes motivos evolucionistas para este intrigante fenómeno. Fue ventajoso para nuestros ancestros sentir repulsión por siluetas parecidas a los seres humanos vivos, pero no con similitud perfecta. La repulsión por los cadáveres es ventajosa (evita contacto con patógenos), y un muñeco parecido a un humano, pero no exactamente un humano, puede activar en nuestra mente el mismo mecanismo de repulsión que sentimos por los cadáveres.
Por todos estos motivos, yo prefiero mantener alejado de mi casa y de mis fiestas al ratón diabólico de Disney. La decoración con el Mickey auténtico cuesta un ojo de la cara. La decoración con el Mikey pirata aterra a los invitados. Al final, por supuesto, no habrá razones psicológicas o sociológicas que mi esposa e hijas entiendan, y el roedor invasivo impondrá su imagen en mis aposentos.
    

miércoles, 19 de junio de 2013

En defensa del consumismo



            La crítica al capitalismo empezó por atacar la forma en que este sistema supuestamente empobrecía a las masas. Ciertamente ésta es una crítica legítima, pero en vista de que en muchos países capitalistas las masas no se empobrecían, los críticos cambiaron de estrategia. Optaron más bien por dejar de lado los reproches económicos, y hacer reproches culturales. Así, los críticos atacaron el estilo de vida consumista propiciado por el capitalismo.
 
         Hoy el consumismo se ha convertido en el gran culpable de los males que vive la sociedad. Y, ciertamente, el consumismo merece muchos reproches. La crisis ecológica por la cual atravesamos es una bomba de tiempo, y si no se modera el consumo y se toman medidas correctivas, pronto podríamos vivir momentos apocalípticos. Pero, el consumismo es también un chivo expiatorio. No me propongo defender irrestrictamente el consumismo, pero sí despojarlo del manto de satanización con que se la ha cubierto desde que la Escuela de Frankfurt se empezó a obsesionar con él.
            En primer lugar, es falso que las grandes corporaciones tengan el poder de imponernos “necesidades falsas”, como las llamó Hebert Marcuse. Definir una “necesidad falsa” es muy difícil, pues corremos el riesgo de quedar desnudos y desprovistos de cualquier comodidad bajo el argumento de que en realidad no la necesitamos (escribo sobre esto acá). Pero, además, hay plenitud de datos que nos permiten suponer que muchos de nuestros hábitos consumistas tienen una firme base biológica. Gad Saad y Geoffrey Miller, por ejemplo, han realizado sendos estudios que analizan las bases biológicas del consumismo.
Mencionaré un ejemplo muy sencillo: ¿por qué consumimos tanta azúcar? ¿Se debe a que la perversa Hersheys o Milki Way nos impone el deseo de consumir azúcar con su mercadeo? No: es más probable que tengamos un gen que nos impulse a consumir azúcar cada vez que podamos, puesto que en la sabana africana desprovista de fuentes calóricas, sobrevivían en mayor proporción aquellos homínidos que tuvieran un gen que los condujera a consumir más azúcar.
Hersheys puede, a lo sumo, explotar esta tendencia con bases biológicas, pero nunca crear de la nada esta necesidad. Por más que se haga mercadeo masivo, Hersheys nunca podrá persuadirnos de comer estiércol empaquetado, precisamente porque tenemos un gen que nos hace sentir repulsión por el estiércol (a diferencia de, por ejemplo, las moscas). Pues bien, lo mismo que con el consumo de azúcar, el consumo de muchísimas otras mercancías (desde teléfonos celulares hasta reality shows) tiene una base biológica.
Nada de esto implica que las grandes corporaciones tengan plena licencia moral para inducirnos al consumo. Pero, sí debe servir como atenuante, y hacernos admitir que nosotros los consumidores no somos meras ovejas que van al matadero, sino que también tenemos responsabilidad en esto, y que las corporaciones sencillamente nos dan lo que nosotros mismos deseamos.
En segundo lugar, el consumismo cumple funciones sociales que los críticos pretenden negarle. Los gurús de la Escuela de Frankfurt solían ver al consumismo como el monstruo que convierte todo en mercancía, y que deshumaniza a la sociedad con sus relaciones comerciales. En continuidad con lo que argumentaba Marx, muchos de estos gurús se quejan de que el consumismo lleva al paroxismo el “fetiche de la mercancía”, y erosiona las relaciones sociales.
Pero, ésta es una crítica injusta. Tal como lo ha señalado el teórico James Twitchell, el consumismo cumple la importante función de construir identidades sociales y dar sentido a la vida del consumidor. El consumidor común sabe que no está comprando unas meras zapatillas para caminar, sino un artefacto que le permite inscribirse en un grupo de amigos que comparte el mismo logo. Al comprar un “estilo de vida”, el consumidor encuentra sentido a la acción social. Lejos de promover la alienación y alejarlo de sus pares, el consumidor utiliza la mercancía para acercarse a los demás. La afición al Real Madrid o el amor por el Mercedes Benz no aliena tanto como une al aficionado con otros como él.
 Los arcos dorados de McDonalds o la manzanita de Mac son en buena medida la versión contemporánea del escudo de armas o el emblema totémico de épocas pasadas. Marx llamó a la fascinación por estas mercancías “fetichismo”. Ciertamente, a simple vista, es irracional sentir tanta devoción por un pedazo de mercancía. Pero, hipócritamente, los gurús de la Escuela de Frankfurt y otros críticos del capitalismo sólo atacan el fetichismo de la mercancía, sin atacar el fetichismo religioso. Y, analizado con mayor rigor, no hay diferencia sustancial entre uno y otro fetichismo. Los caballeros y peregrinos medievales tuvieron un cuidado obsesivo (o sea, un fetiche) en la preservación de reliquias (una primera forma de mercancía); uno de los motivos de este fetichismo de reliquias era precisamente la forma en que el objeto religioso propiciaba la identidad social en distintas cofradías.
En tercer lugar, si bien el consumismo nos coloca hoy en una crisis ecológica, históricamente tuvo una función fundamental en la mejora de nuestras condiciones de vida. Virtualmente todos los historiadores respetables estarán de acuerdo en que la industrialización ha propiciado una mejora significativa en las condiciones de vida de la especie humana. La ingesta de calorías o la esperanza de vida en el siglo XV eran muy inferiores a los índices actuales.
Hubo varios motivos que impulsaron la aparición de la sociedad industrial moderna en la Europa del siglo XVIII. El historiador Niall Ferguson ha destacado varios factores que expliquen este fenómeno, y curiosamente, el consumismo es uno de ellos. Al imbuirse de vanidad acumulativa, el consumidor presionó el aumento de la producción. Y, al aumentar la producción, eso condujo a mejoras significativas en la calidad de vida. La industrialización no sólo produjo las mercancías para satisfacer las vanidades de los consumidores, sino también para satisfacer las necesidades básicas que la sociedad agraria no podía cubrir. El consumismo ciertamente propició la producción de mercancías absolutamente innecesarias. Pero, una vez que activó el ímpetu productor de esta chatarra, hizo que, como residuo de la producción, también se cubrieran las necesidades básicas. Es previsible que, sin consumismo, el aparato de la producción industrial se detenga, y sin este aparato, regresemos a las pésimas condiciones de vida de la era pre-industrial.
 El consumismo nos acecha, y ciertamente, el planeta no aguanta el ritmo actual de producción industrial. También el consumismo genera esquizofrenias, depresiones, y tantas otras insatisfacciones. Pero, antes de rasgarnos las vestiduras en su contra, debemos entender que el consumismo cumple algunas funciones sociales importantes; y además, forma parte de la naturaleza humana, y en ese sentido, no es alienante (o al menos no en el sentido en que típicamente se le reprocha). Para poder moderar el consumismo, debemos reconocer su verdadera naturaleza.

sábado, 8 de junio de 2013

La ética y la estética del cumshot



            Llegué al consumo de la pornografía tarde en mi vida. Típicamente (al menos en las sociedades industriales), esto empieza en la adolescencia temprana, y es una ocasión para que los adolescentes varones estrechen lazos entre sí y se reúnan a ver películas pornográficas. Yo no participé de nada de esto. Mi consumo de pornografía empezó en la adolescencia tardía, y jamás la he compartido con nadie (salvo con mi esposa).
 

            Según alegan muchos estudios, la pornografía tiene un alto poder adictivo. En algún momento de mi vida, yo he sufrido alguna adicción moderada. Probablemente la imagen que más poder adictivo tiene en mí (y, según consulto encuestas y conversaciones informales con amigos), es la del cumshot: la eyaculación del hombre en la cara de la mujer. Y, ante semejante poder de atracción, me resulta inevitable preguntar, ¿por qué?
            Si bien el cumshot ha sido explotado por la industria pornográfica desde la década de los años setenta del siglo XX, la ingesta de semen por parte de la mujer para satisfacción del hombre es mucho más antigua; yo me atrevería a decir que se remonta a los mismos inicios de nuestra especie. La historia de la sexualidad siempre ha sido difícil de recapitular, pero tenemos noticias de documentos de distintas épocas que reseñan que la práctica de ingesta del semen era común. El Marqués de Sade la describe en 120 días de Sodoma, aunque, por supuesto, el contexto de la novela la presenta como una perversión violenta, y no como propiamente un acto normal en una relación consensual. Pero, hay otra evidencia complementaria: la ingesta de semen es incentivada por el Kama Sutra; y algunas tribus de Nueva Guinea celebran la ingesta públicamente.
            Esto es representativo de lo siguiente: el capitalismo no tiene el poder de vendernos mercancías para la cual no tengamos una mínima previa disposición al consumo, probablemente condicionada parcialmente en nuestros genes. Por más que las empresas trasnacionales hagan marketing masivo del consumo de estiércol, nunca lograrán manipularnos hacia eso. Y, así, si bien la industria pornográfica nos inunda con imágenes del cumshot, no creó en nosotros el deseo de consumir esas imágenes. El capitalismo sabe muy bien que existe una demanda de esas imágenes, y sencillamente ofrece aquello que ya la gente quiere ver. Ciertamente puede explotar la imagen, y estimular el consumo más allá de la disposición normal de cualquier persona, pero insisto, el capitalismo no hace actos de magia como para inducir al consumo de una mercancía para la cual no existe ninguna disposición previa.
            Ahora bien, ¿de dónde procede el gusto por el cumshot? Como en el consumo de casi todas las mercancías, hay factores biológicos y factores sociales. El grueso de las feministas opina que el gusto por el cumshot procede del poder patriarcal. Fue el tipo de alegato que hizo popular a Andrea Dworkin (esta feminista llegó a postular que la mera penetración es violación; bajo esta premisa, lógicamente la ingesta de semen es también abuso sexual). Según esta explicación, la mujer es humillada al tragar un fluido desagradable, y de eso se trata precisamente el asunto. El cumshot es una forma de opresión, un símbolo mediante el cual el hombre enfatiza su poder al obligar a la mujer a hacer cosas que no le agradan. Estas feministas opinan que, en realidad, el cumshot es como la violación: su motivo no es propiamente sexual, sino una forma de ejercer poder.
            Este alegato tiene un halo de plausibilidad. El cumshot clásico hace que la mujer se arrodille frente al hombre. Y, por supuesto, hay todo un subgénero de la pornografía que hace énfasis en el dominio masculino y la sumisión femenina. Pero, hay también subgéneros de dominio femenino y sumisión masculina. Y, la mayoría de las imágenes pornográficas no incorporan degradación de la mujer. Además, cada vez más, la pornografía incorpora imágenes donde el hombre realiza acciones de igual satisfacción para la mujer. Quizás antaño la pornografía presentaba más imágenes de fellatio, pero hoy hay un balance con las imágenes de cullingulus. Casi ningún hombre se queja de que la imagen de cullingulus sea un artificio simbólico para oprimir a los hombres; antes bien, a los mismos hombres les gusta la contemplación de esa imagen.

En el típico cumshot, la mujer desea la ingesta, el acto procede de su voluntad. Si de verdad se tratase del ejercicio del poder y la opresión, el hombre se complacería con el sufrimiento de la mujer (como el violador se complace con la desesperación de la víctima). Pero es mucho más atractivo el cumshot con una cara sonriente que con una cara asqueada. Se podrá alegar que la opresión es más sutil si se obliga a la víctima a desear su propia opresión, pero yo aplicaría acá un principio de parsimonia: si la imagen presenta a una mujer sonriente, el acto en sí exhibe satisfacción, y no hay por qué no aceptar su veracidad.
Hay otros factores menos paranoicos que explican la popularidad del cumshot. Los medios del llamado ‘capitalismo avanzado’ se encaminan hacia la híper-realidad. Cada vez más, los medios de comunicación se esfuerzan en presentar imágenes que son reales, y no meras situaciones ficticias. Eso explica el auge de los reality shows en la televisión (y, por supuesto, también en la pornografía, mediante el subgénero gonzo). Pues bien, así como el público está ávido de contemplar situaciones reales en la vida cotidiana (y no meros sitcoms prefabricados), el consumidor de pornografía desea contemplar orgasmos reales, y nada fingido. Por ello, los productores de pornografía, para asegurar a sus audiencias que han presenciado un acto sexual real, deben asegurarse de dejar evidencia de ello, y la manera segura de hacerlo es mediante la filmación de la eyaculación. Por supuesto, esto conduce a la ironía: en el acto sexual, es poco realista que el hombre desee practicar el coitus interruptus para ver su semen en la cara de la mujer, pero dejando de lado esta salvedad, el cumshot pretende ser una garantía de realidad.
 Hay aún otro factor que debe considerarse, desde la psicología evolucionista. Quizás tengamos alguna predisposición genética a sentir agrado, o al menos, mayor potenciación sexual al contemplar la eyaculación de otro hombre. Esto no es una inclinación homosexual, sino más bien un estímulo de la llamada “competencia de los espermatozoides”. Es plausible que, en los albores de nuestra especie, las mujeres tuvieran varios compañeros sexuales. Aquellos hombres que, al contemplar la eyaculación de sus rivales sexuales, sintieran mayor excitación, seguramente tuvieron mayor ventaja en la diseminación de sus genes. Pues, al haber mayor excitación, se potencia más la producción de espermatozoides. De esa forma, el cumshot no hace más que estimular la tendencia genética que tenemos a la excitación por contemplar la eyaculación de un competidor. Esto ha tenido bastante respaldo empírico en varios experimentos: la producción de espermatozoides es mayor cuando un sujeto ve imágenes pornográficas de un hombre teniendo sexo con una mujer, que cuando contempla a una mujer sola en pose seductora, o cuando ve imágenes de mujeres teniendo relaciones entre sí.
 
    De esa manera, el agrado masculino por el cumshot seguramente tiene una base biológica. Pero, como en muchas dinámicas del consumo, seguramente también tiene un añadido de construcción social. Si bien la base biológica del cumshot es la competición de espermatozoides, también incorpora algún añadido de dinámica del poder.
En vista de esto, vale preguntar: ¿es moralmente objetable el cumshot? A mí sí me genera placer, y desde una perspectiva estrictamente masculina, obviamente no es objetable. Pero, ¿qué hay de la perspectiva femenina? Me parece que la respuesta más sensata es ésta: si la escena exhibe a una mujer que lo hace con gusto, no veo objeción. He conocido mujeres que, con plena sinceridad, alegan disfrutar el cumshot. ¿Qué placer se puede sentir al tragar semen? Obviamente, no se trata del sabor ni la contextura intrínseca del fluido (pues, según he escuchado, su sabor es desagradable). Pero, sí se trata de la satisfacción de su pareja. Ya lo decía un personaje de Y tú mamá también: “No hay mayor placer que dar placer” (en una célebre entrevista con Mike Wallace, Ayn Rand también señalaba lo patético que sería para un hombre saber que su mujer tuvo sexo con él a regañadientes). El cumshot puede convertirse en ficha para la mujer en la negociación sexual: al aceptar la ingesta del semen y satisfacer a su pareja, la mujer está en posición de negociar otros gestos en los cuales ella es la beneficiaria. Para un liberal como yo, lo crucial a la hora de determinar el valor moral de una acción, es el consenso. Un cumshot forzado obviamente es inmoral. Pero, salvo algunos subgéneros hardcore de la pornografía, el mainstream no presenta relaciones forzosas, y así, el cumshot se convierte en un mecanismo mediante el cual la mujer siente placer al dar placer.