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lunes, 20 de febrero de 2017

La obsesión conspiranoica con los Rothschild

            En la Edad Media, a los judíos se les trató de degradar de muchas formas. En Alemania, fueron muy populares los judensau, imágenes de cerdos amamantando judíos. La imagen buscaba ser especialmente ofensiva, pues en la religión judía, el cerdo es un animal impuro. Hoy es raro ya encontrar este tipo de cosas entre los conspiranoicos antisemitas, aunque ocasionalmente, se encuentran personas simplonas que creen que, en efecto, los judíos tienen algunos rasgos porcinos.
            En nuestra época, no obstante, persiste un estereotipo antisemita medieval muy poderoso: los judíos son avaros que controlan y manipulan las finanzas. En la Edad Media, los gremios no aceptaban a los judíos como miembros. En la sociedad feudal medieval, la actividad más prestigiosa estaba asociada a la guerra, la agricultura y la artesanía, y en ninguna de ellas, los judíos tenían representación.

            Frente a esta discriminación, los judíos tuvieron que acudir al desempeño de labores que, por motivos religiosos, los cristianos no querían hacer. Así, se desempeñaron como banqueros. La Iglesia prohibía la usura. En principio, el judaísmo también prohíbe la usura, pero los judíos medievales favorecieron una lectura flexible de sus escrituras en este aspecto, y así, terminaron desempeñándose como prestamistas y banqueros.
            Esta circunstancia histórica permitió a algunos judíos crecer en poder monetario, aunque nunca propiamente en poder político, pues en la sociedad medieval precapitalista, tener mucho dinero no era garantía de tener poder político. A medida que los judíos se hacían acreedores, y muchos cristianos sus deudores, surgió el estereotipo del judío avaro e inescrupuloso que no trabaja y no produce nada, pero que se enriquece con la especulación financiera y la explotación de la gente honesta. Hay muchos ejemplos literarios de esto, pero quizás el más famoso es el personaje Shylock, en El mercader de Venecia, de Shakespeare, un judío tan avaro que, si no le pagan su deuda, está dispuesta a cobrar así sea la propia carne del cuerpo de su deudor.
            A medida que la revolución industrial avanzaba y el capitalismo se expandía, muchos anticapitalistas en Europa dirigían su mirada crítica contra los judíos. El propio Karl Marx, quien era descendiente de judíos, escribió un famoso libro, La cuestión judía, en el cual criticaba a los judíos de ser especuladores y enriquecerse a expensas del trabajo de los demás.
            A decir verdad, los judíos nunca fueron un poder financiero dominante en Europa. En casi todas las ciudades europeas, los judíos vivían arrinconados en los guetos, sin mucha posibilidad de prosperar económicamente. Pero, sí es cierto que en el siglo XIX, una familia judía originalmente empobrecida, alcanzó niveles impresionantes de riqueza: los Rothschild. En sus teorías, los conspiranoicos se deleitan con esta familia.
            El primer Rothschild de fama fue Mayer, oriundo de un barrio empobrecido de Frankfurt. Meyer hizo amistad con un noble, el landgrave Guillermo, a quien le ofrecía servicios de contabilidad. Según los conspiranoicos, en vista de que los ejércitos de Napoleón se acercaban, Guillermo dio a Mayer toda su fortuna, a fin de que la resguardara, enviándosela a uno de sus hijos en Londres (Mayer había enviado a sus hijos a establecerse en varias capitales europeas). Esto es falso. Guillermo sólo dio a Mayer unos documentos importantes, pero sin valor económico.
            Con todo, sí es cierto que los Rothschild cultivaron una fortuna, a partir del cobro de comisiones que ganaban por la administración de los fondos de Guillermo. Según otra teoría conspiranoica muy difundida, los Rothschild hicieron su gran fortuna con una gran manipulación financiera. En Londres, habían invertido en los bonos de la guerra del ejército británico que se enfrentaba a Napoleón. Supuestamente, el propio Nathan Rothschild (hijo de Mayer) estuvo presente en la batalla de Waterloo, y al conocer su resultado, viajó a toda prisa a Londres. Ahí, antes de que llegaran las noticias oficiales de lo ocurrido en Waterloo, vendió sus bonos, con la expectativa de hacerle creer a los otros brokers de la bolsa de Londres, que esos bonos se devaluarían. En efecto, los otros brokers vendieron sus bonos a un precio muy barato, y Nathan inmediatamente los compró. Cuando llegaron las noticias de Waterloo, esos precios se revalorizaron, y así, los Rothschild consiguieron la enorme fortuna que persiste hasta hoy.
            Esta historia es una verdad a medias. La historia se remonta a un panfleto propagandístico antisemita de 1846, de muy escasa credibilidad. Es cierto que Rothschild tuvo un conocimiento anticipado del resultado de Waterloo debido a la comunicación con algún mensajero privado, y compró bonos que luego se revalorizaron tremendamente. Pero, es falso que él mismo estuviera en Waterloo; también es falso que él vendiera sus bonos para hacer creer a los otros brokers que los ejércitos británicos habían sido derrotados.
            Los conspiranoicos alegan que los Rothschild han financiado todas las guerras desde Napoleón, tanto a los perdedores como a los ganadores. La teoría es contradictoria: ¿no dicen los propios conspiranoicos que los Rothschild consiguieron su fortuna después de la batalla de Waterloo (la última de Napoleón)?
            Ciertamente, los Rothschild participaron en prácticas que hoy, sobre todo en la izquierda, mucha gente consideraría moralmente repugnantes. Pero, los Rothschild fueron apenas una entre muchas familias que, en el siglo XIX, forjaron el capitalismo, en ausencia de regulaciones estatales. Es cierto que, en algún momento, llegaron a ser la familia más rica de Europa. Pero, ya para la Primera Guerra Mundial, los Rothschild habían dejado de ser la dinastía de magnates que habían sido en décadas previas. Y, además, para mediados del siglo XX, los Rothschild ya habían dejado de ser una familia propiamente unificada, pues había cientos de descendientes dispersos en actividades laborales de muy diversa índole.
            Algunos conspiranoicos acusan a los Rothschild de haber financiado el ascenso de Hitler. Nunca queda claro qué ganarían los Rothschild con haber financiado el ascenso de un dictador que confiscó las propiedades de los propios Rothschild en Austria, y que éstos nunca lograron recuperar. En fechas más recientes, se ha dicho que el abuelo de Hitler era un Rothschild, y de ahí viene el interés de los magnates judíos en financiar al dictador. Algunos historiadores serios han planteado la posibilidad de que Hitler sí tuviera algún ancestro judío, pero no los Rothschild. El padre de Adolf Hitler, Alois, era un hijo ilegítimo. Y, en vista de que, por encima de él, no se conoce su línea genealógica, eso permite a los conspiranoicos especular sobre el supuesto parentesco con los Rothschild. No hay absolutamente ninguna evidencia que respalde este alegato.
También los conspiranoicos acusan a los Rothschild de haber financiado el sionismo y la creación del Estado de Israel. De nuevo, no hay evidencia de esto. Más bien, el propio padre fundador del sionismo, Theodor Herzl, era un socialista que no mostraba muchas simpatías por los Rothschild y sus enormes riquezas. Y, los Rothschild nunca fueron especialmente religiosos, ni tampoco eran muy celosos de su identidad étnica judía. Varios de los descendientes de los Rothschild se casaron con cristianas, y casi ninguno tuvo interés en el sionismo.
A Nathan Rotschild se le atribuye una frase que los conspiranoicos se toman muy en serio: “No me importa cuál títere se coloque en el trono de Inglaterra para gobernar el imperio donde el sol nunca se pone. Quien controle la oferta monetaria de Gran Bretaña controla el imperio británico, y yo controlo la oferta monetaria británica”. A partir de eso, los conspiranoicos alegan que los Rothschild controlan la banca internacional, y ellos son quienes realmente gobiernan el mundo tras las sombras del poder. Ellos son los que deciden las tasas de interés y el tamaño de la masa monetaria en casi todos los países del mundo, y con eso, nos controlan. Desde el siglo XIX, ha habido caricaturas de algún Rothschild (o de algún judío no especificado) como un pulpo, cuyos tentáculos cubren el globo terráqueo.
Lo cierto es que Nathan Rothschild nunca pronunció esa frase. La frase en cuestión es una distorsión malintencionada de un comentario mucho más moderado y parco que aparentemente hizo Rothschild: “dadme el control de la oferta monetaria de un país, y no me importará quién haga las leyes”. En realidad, ni siquiera es seguro que Rothschild pronunciara esa frase, pues es una cita indirecta de alguien que, supuestamente, se la escuchó decir.
Ciertamente, al considerar las proporciones, los judíos tienen más representación en el poder financiero que otros grupos étnicos o religiosos. Pero, eso está muy lejos de cómo presentan las cosas los conspiranoicos. Casi todos los países del mundo tienen bancos centrales nacionalizados, cuyas decisiones (entre ellas, el tamaño de la masa monetaria), a la larga, son tomadas por los propios gobiernos. En algunos países, los banqueros privados pueden formar parte del comité que toma decisiones respecto a los bancos centrales. Los Rothschild han participado en algunos de estos comités, pero nunca mayoritariamente.

Los Rothschild hicieron fortuna en Europa el siglo XIX. El fundador de la dinastía, Mayer, se aseguró de que sus hijos se establecieran en varias ciudades europeas. Pero, los Rothschild nunca se establecieron en EE.UU. A medida que el poder financiero internacional giró hacia EE.UU., los Rothschild fueron perdiendo poder monetario, y hoy son un clan privilegiado, pero de ningún modo están al nivel de Bill Gates o Carlos Slim.

La revista Forbes, que suele publicar listas de las personas más ricas del mundo, sólo ha incluido ocasionalmente a algún Rothschild. Como es de esperar, frente a esto, algún conspiranoico siempre saca el argumento ad hoc: los Rothschild están en componenda con Forbes para que no hagan pública su fortuna. Así, una vez más, para el conspiranoico, la ausencia de evidencia es evidencia en sí misma. Lo cierto es que, si no fuera por el hecho de que son judíos, seguramente los conspiranoicos no se fijaran en los Rothschild, pues dejaron de ser influyentes hace mucho tiempo ya. La obsesión conspiranoica con esta familia en buena medida no es más que una continuidad de los estereotipos antisemitas que se han cultivado desde la Edad Media.

jueves, 3 de marzo de 2016

Bernie Sanders y el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica

            En la campaña electoral presidencial norteamericana de 2016, uno de los temas más importantes, pero también de los menos discutidos, es el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). Básicamente, éste es un acuerdo de libre mercado entre países del Pacífico, EE.UU., y otros países de América.
            El candidato que más se ha opuesto al TPP es Bernie Sanders, el mismo que se ha atrevido a proclamarse como “socialista” (un gesto muy valiente en un país como EE.UU.). Se han hecho varias críticas al TPP, las mismas que habitualmente se hacen a todo acuerdo de libre mercado entre países. Se dice que esto enriquecerá a las trasnacionales y empobrecerá a los trabajadores, pues el acuerdo relaja las leyes que protegen a los trabajadores. Hay quejas de que esto destruirá los ecosistemas, pues ahora se cuenta con mayor facilidad para producir más, y los gobiernos firmantes tienen menor capacidad de regulación. Y, en el caso del TPP, se ha levantado especialmente la queja de que las negociaciones entre los países fueron bastante secretas (eso en parte explica por qué no es un tema muy discutido en los debates presidenciales de EE.UU.).

            La discusión sobre si los acuerdos de libre mercado son buenos o malos, es compleja y extensa, y yo no tengo una postura definitiva al respecto, pues hay buenos argumentos de parte y parte. Pero, hay algo que encuentro extraño. El principal argumento de Sanders para oponerse es que esto perjudicará a la clase trabajadora norteamericana, pues permitirá que las trasnacionales empleen mano de obra barata en los países subdesarrollados. Eso generará, o bien desempleo entre los norteamericanos, o bien reducirá sus sueldos.
            Sanders se presenta como el defensor de los pobres norteamericanos contra los codiciosos ejecutivos que quieren abaratar costos, produciendo sus mercancías en las maquillas de Vietnam e Indonesia. Vale. Pero, ¿no ha pensado Sanders que, en su intento de proteger a los trabajadores norteamericanos, perjudica a los propios trabajadores vietnamitas e indonesios que quieren mejorar sus sueldos a través de la competencia, pero que el proteccionismo de Sanders se lo impide?
            Veo sensato que alguien como el subcomandante Marcos se opusiera al NAFTA, porque temía que las trasnacionales invadieran con sus productos el mercado mexicano, y desplazara la producción de los artesanos locales (el argumento de Marcos es discutible, pero al menos podemos considerarlo). Marcos busca proteger el taller de artesanía mexicano frente a la fábrica industrial norteamericana.
Pero, me cuesta mucho más entender cómo Sanders, que pretende mejorar las condiciones de pobreza en virtud de su socialismo, prefiera proteger a los trabajadores norteamericanos (que, aun con sus penurias, no lo pasan tan mal) por encima de los trabajadores tercermundistas que desesperadamente buscan mejorar su condición insertándose en un mercado competitivo.
            Los socialistas originales, los del siglo XIX, no tenían contemplaciones por el nacionalismo. Ellos buscaban la mejora de las condiciones de la clase trabajadora, sin importar su nacionalidad. Pero, Sanders, en cambio, parte de un argumento nacionalista: es necesario proteger a los trabajadores americanos frente a las trasnacionales, aun si eso implica perjudicar a los trabajadores asiáticos. Su prioridad es la nación, por encima de la clase trabajadora internacional.

            Hay un punto que es muy delatador. Sanders es el candidato más izquierdista de la actual campaña. ¿Quién es el más derechista? Donald Trump. ¿Qué opina Trump sobre el TPP? Se opone, y sus argumentos son muy parecidos a los de Sanders: el TPP perjudica a la clase trabajadora norteamericana. El magnate neoyorquino propone cerrar las fronteras de la migración, pero también las fronteras del comercio (al menos, manteniendo las tarifas para proteger la producción norteamericana frente a la competencia). Trump es al menos más honesto en su nacionalismo: él asume sin complejos que su misión es defender a EE.UU., incluso si eso implica perjudicar a otros países. Sanders, en cambio, se impregna de una retórica de solidaridad, pero en el fondo, participa del mismo nacionalismo, y propone un programa para privilegiar al trabajador norteamericano por encima del trabajador tercermundista.

domingo, 18 de octubre de 2015

El vudú: ¿la maldición de Haití?

            Quienes investigan los motivos de la pobreza y el subdesarrollo, acuden recurrentemente a comparaciones entre países próximos entre sí, para hacer comparaciones e intentar detectar cuál es el factor más relevante en el desarrollo. Dos de las comparaciones más célebres son las de las dos Coreas, y las de las Alemanias. En ambos casos, un país fue dividido en dos; los nuevos países tenían las mismas condiciones geográficas, la misma historia, y la misma cultura. Pero, pronto hubo una gran distancia económica entre ellos (mucho más en el caso de las Coreas). El factor relevante, parece, era el comunismo. Corea del Norte y Alemania del Este eran comunistas, y eso llevó a esos países a la ruina, mientras que sus vecinos y rivales, Corea del Sur y Alemania del Oeste, respectivamente, florecían. El comunismo, parece, es una maldición.

            En América Latina no se han hecho mucha estas comparaciones, en buena medida porque todos los países tienen más o menos el mismo nivel de subdesarrollo. Pero, en ocasiones, los analistas comparan a Haití con la República Dominicana: son dos naciones que comparten una misma isla, pero la diferencia en su nivel de prosperidad y desarrollo es descomunal.
            ¿A qué se debe este diferencial? Por mucho tiempo, se quiso explicar esto apelando al victimismo (que, vale agregar, es muy común en nuestra región): Haití es miserable, porque desde su independencia, Francia le impuso una compensación económica brutal, y los haitianos tuvieron que pasar varias décadas pagándola. Además de eso, varios países vecinos rehusaron entablar relaciones normales, por temor a que la revolución de negros contra blancos se extendiera a otras naciones. Y, para colmo, EE.UU. ocupó militarmente Haití por varios años, contribuyendo aún más a su fracaso.
            Sin duda, todos estos factores cuentan. Pero, no explican por completo el diferencial entre la República Dominicana y Haití. Muchos países hispanoamericanos (incluyendo a la República Dominicana) se endeudaron hasta la médula tras su independencia, y las potencias neocoloniales impusieron cuotas muy agresivas. EE.UU. también ocupó militarmente la República Dominicana, Guatemala y Nicaragua por muchos años, pero con todo, ninguno de estos países tiene el nivel de miseria que sí hay en Haití.
            Jared Diamond ha adelantado unas explicaciones geográficas en su célebre libro, Colapso. Según Diamond, si bien Haití y la República Dominicana están ubicadas en una misma isla, tienen condiciones geográficas muy distintas. Haití es más montañosa que su vecina, y tiene menor extensión de tierra cultivable. Pero, la diferencia crucial, opina Diamond, son los efectos de la deforestación. Mientras que la República Dominicana nunca fue una colonia especialmente relevante para España, Haití sí lo fue para Francia. Y, eso hizo que los franceses explotaran los recursos naturales mucho más agresivamente que los españoles en la República Dominicana. Haití era la colonia más productiva de Francia, la mayor productora de azúcar en el mundo. El cultivo intenso pudo haber hecho crecer económicamente a Haití por un tiempo corto (fue la colonia más próspera de este hemisferio), pero inevitablemente, el ecosistema colapsó, y desde entonces, le ha pasado la factura a los haitianos.
            Esa explicación es, como la del victimismo, plausible. Pero, me temo que es igualmente insuficiente. Países como Singapur y Japón han tenido condiciones geográficas muy adversas, pero con todo, están en el Primer Mundo. Venezuela ha sido bendecida con sus recursos y sus ecosistemas, pero tristemente, los venezolanos seguimos en el atolladero del subdesarrollo.
            Quizás, la explicación del subdesarrollo está en la cultura de cada país. Así lo teorizó Lawrence Harrison, en un clásico libro, con un título muy sugerente: El subdesarrollo está en la mente. En otros escritos, Harrison se ha ocupado del caso haitiano y su comparación con el dominicano. A juicio de Harrison, el principal problema de Haití es su religión. Los haitianos son nominalmente católicos, pero en realidad, el vudú domina. Y, postula Harrison, el vudú es una religión retrógrada.
            Según Harrison, Haití es un país subdesarrollado, porque el vudú incorpora una serie de creencias que obstaculizan el emprendimiento y la seguridad para lograr el desarrollo. Harrison dedica mucha atención a la forma en que el vudú hace la vida caprichosa. Todo ocurre por causa de los loas, los espíritus, y los infortunios son ocasionados por la brujería. Al asumir esta visión del mundo, los haitianos concluyen que no hay mucho que pueda hacerse para cambiar las cosas: todo está en manos del destino y los hechizos.
            Yo veo con simpatía las tesis de Harrison, pues echa por tierra el relativismo cultural que pretende alegar que todas las religiones son iguales de valiosa. Sobre el vudú ciertamente hay muchas distorsiones (Hollywood le atribuye falsamente sacrificios humanos y cosas por el estilo), pero no debemos cometer el error inverso de asumir que una sociedad que está obsesionada con hechizos, puede progresar hacia la modernidad.
            Con todo, lamento que Harrison no sea lo suficientemente preciso en delinear cómo, exactamente, el vudú genera subdesarrollo. Contrariamente a lo que postula Harrison, en el vudú no predomina la concepción fatalista (eso es más afín al Islam y al calvinismo, una religión que, dicho sea de paso, más bien tiene mucha asociación con el desarrollo, tal como Max Weber lo planteó en sus célebres tesis). El vudú es más bien una de las religiones más emprendedoras que existen. Allí donde los místicos están a la espera de que Dios intervenga para resolver las cosas, los bokors (algo así como los sacerdotes del vudú) activamente buscan modificar la realidad a través de procedimientos mágicos. El destino no está en lo que dicten los dioses; los bokors pueden activamente intervenir para cambiar las cosas.

            Por supuesto, estos procedimientos mágicos son irracionales. Y, en ese sentido, Harrison sí tiene razón cuando postula que el vudú es una religión que cohíbe la racionalidad en Haití, y la racionalidad es crucial para el desarrollo. Pero, Harrison no tiene razón cuando postula que el vudú frena la creatividad y el emprendimiento. Se necesita ser bastante creativo para creer que, al clavar alfileres en una muñeca, una persona a la distancia será perjudicada. Se necesita ser muy emprendedor para hacer este ritual muchas veces, aun frente a los reiterados fracasos. Y, se necesita tener una visión de negocios, para cobrar lo que muchas veces cobran los bokors por sus trabajos.
            Sin duda, Haití tiene una enorme deficiencia cultural. No hay un código moral robusto. Lawrence culpa de esta ausencia de códigos morales al vudú, pues en esa religión, no hay prescripciones morales; es más cercana a la magia, e incluso, a la magia negra (aquella que busca perjudicar a los demás). Lawrence también atribuye la deficiencia cultural haitiana a su pasado esclavista: el trabajo es visto ahora como una maldición, tanto por los ex-esclavos, como por los ex-amos. Todo esto es muy plausible. Pero, no debemos caer en el cliché de asumir que el vudú es la base de todo lo malo en Haití. El vudú, me parece, puede estimular el emprendimiento, y los promotores del desarrollo deberán buscar formas creativas, a través de las cuales, se pueda canalizar el emprendimiento del vudú, hacia acciones más racionales.

miércoles, 7 de octubre de 2015

¿Cuál es el verdadero costo de la moda?

            La película The True Cost (El verdadero costo), dirigida por Andrew Morgan, muestra con bastante crudeza y realismo los tras bastidores del mundo de la moda. Se expone la forma en que los diseñadores continuamente lanzan nuevas modas, dejando ya obsoletas a aquellas que tienen poquísimo tiempo de existencia. Se muestra la forma en que la publicidad y el glamour manipulan a los consumidores. Aparecen en la película las terribles condiciones de las fábricas del Tercer Mundo, en las cuales se manufactura la ropa fashion. Se documentan los daños ecológicos que la industria de la moda genera en los países que albergan estas fábricas.

            Si bien es admirable la forma en que la película dirige atención a estos graves problemas, no es tan admirable por la forma tan romanticona en que los presenta, así como por su ausencia de propuesta de soluciones verdaderamente prácticas.
            En la película, hay hechos indiscutibles. La publicidad manipula y estimula un materialismo que, psicológicamente, puede ser perjudicial (como padre de una niña de cuatro años, veo ya con preocupación que mi hija esté expuesta a videos de Youtube, en los cuales las adolescentes se jactan de las ropas que han comprado). Y, por supuesto, es indiscutible las terribles condiciones de trabajo en las que se manufacturan estos productos: la película dedica bastante atención al colapso de una fábrica en Bangladesh en 2013, así como el sufrimiento humano de trabajadores en Haití, Camboya e India.
            Pero, la película presenta muchos otros datos cuya veracidad son bastante más cuestionables. Se le da mucha atención a las opiniones de Vandana Shiva, una activista ecologista de la India. Esta mujer ha sido infame por presentar falsa información para alegar que los transgénicos y los químicos que se utilizan para su cultivo, son ecológicamente perjudiciales. Sobre los transgénicos hay mucho debate, pero el consenso entre científicos es que no perjudican el medioambiente.
En la película, se critica el uso de transgénicos para el cultivo del algodón, destinado a la industria de la moda. Podemos convenir en que el algodón destinado a la moda no salva vidas. Pero, los transgénicos sí tienen mucha posibilidad de salvar vidas al aplicarse en la agricultura y la medicina (¡de ellos obtenemos la insulina para diabéticos!, entre otras cosas). La película defiende el argumento de que debemos regresar al consumo de productos orgánicos. Pues bien, la mayoría de los científicos ha advertido que, no solamente la agricultura orgánica es insuficiente para satisfacer la demanda mundial de calorías, sino que también incurre en muchísimos riesgos bacteriológicos que la agricultura transgénica evita. Los transgénicos también previenen en contra de la deforestación, pues al hacer más intensa la producción agrícola, menos necesidad hay de expandir los sembradíos.
La película muestra todo el horror de las fábricas de Bangladesh y otros países, pero no es lo suficientemente analítica, pues no se detiene a considerar el argumento liberal: esas fábricas ofrecen mejores condiciones de trabajo que se le ofrecerían a esos trabajadores, si esas compañías se retiraran de esos países. Dolerá admitirlo, pero es un hecho indiscutible que el capitalismo, aún con su innegable explotación, ha mejorado el estándar de vida a nivel planetario en los últimos tres siglos; Marx habría estado de acuerdo. Un trabajador en una fábrica de Bangladesh en el siglo XXI vive mejor que un campesino súbito del imperio mogol en el siglo XVI (y, precisamente por esta razón, Marx veía con buenos ojos la presencia británica en la India).
La película concede un brevísimo espacio a Benjamin Powell, un autor que defiende estos argumentos. Pero, no se hace suficiente justicia a lo que él expone. Se han hecho múltiples estudios (reseñados en los libros de Powell), por ejemplo, en los cuales se concluye que, en Bangladesh, aquellas zonas en las cuales se han colocado obstáculos a la producción de trasnacionales en fábricas locales, la prostitución infantil ha aumentado significativamente.
Es muy fácil sentir coraje frente a las imágenes de trabajadores asiáticos siendo explotados por capitalistas codiciosos, pero como bien señala Thomas Sowell, ante una política, siempre hay que hacerse la pregunta, ¿comparado con qué? ¿Mejora la situación si se le exige a las trasnacionales más regulaciones y mejores salarios? Si las trasnacionales no quedan contentas con lo que se les exige, se marchan de esos países a otros en los cuales sí se acepten sus condiciones. Y, al marcharse, esas zonas quedan sin oportunidades de trabajo y de generación de riqueza. Esos desempleados terminan prostituyéndose. Es muy fácil jugar a ser Don Quijote y querer salvar el planeta. Pero, los problemas deben analizarse con mucho rigor, y debe evaluarse si las alternativas románticas son realmente las más eficaces.
Lo ideal sería, por supuesto, que Nike, Zara, Adidas, y el resto de los villanos, sean menos codiciosos, y ofrezcan más dignidad a sus trabajadores de ultramar. Lamentablemente, no tenemos una varita mágica para lograr estas cosas. La única forma en que esos villanos ganen menos y permitan ganar más a los trabajadores, es forzándolos. Pero, si los forzamos, dejarán de producir, cerrarán sus fábricas y emigrarán a otro país, y la situación será aún peor.

Por supuesto, algo hay que hacer. Las cosas no pueden quedarse como están. Pero, me temo que The True Cost, como suele hacer la izquierda, es muy hábil en presentar críticas, pero torpe en presentar soluciones. Yo tampoco tengo una solución mágica. Pero, así como The True Cost y su legión de progres, señalan las barbaridades del capitalismo, nosotros los críticos estamos en la obligación de señalar las barbaridades que las alternativas al capitalismo traen consigo. Será necesario encontrar algún balance, y eso lo lograremos, no sólo produciendo películas como The True Cost, sino también analizando los verdaderos costos y beneficios del capitalismo.

miércoles, 8 de julio de 2015

La responsabilidad del pueblo griego



            No nos engañemos: el futuro del pueblo griego es muy negro. Y, Europa tiene el corazón de piedra, pues si la troika cediera, Grecia podría asegurar un futuro más promisorio. Pero, la situación de Grecia no es como la de países víctimas de la codicia occidental del pasado. Los griegos no son como los bengalíes que sufrieron la hambruna de 1873, cuando los británicos, fanatizados con sus ideas liberales y darwinistas sociales, no quisieron entregar comida a precios caritativos.

            Si bien en la crisis griega hay muchos responsables, el propio pueblo griego tiene una alta cuota de culpa en este desastre. Los griegos no estaban hambrientos (como sí lo estaban los bengalíes) hace diez años. Antes bien, gastaron a lo bestia. Para curar un poco su complejo de inferioridad frente al resto de Europa, organizaron las olimpiadas de Atenas (¿cómo nosotros, los fundadores de Occidente mientras que el resto de Europa eran bárbaros, ahora estamos en la cola?). Se jubilaban a los cincuenta años, tenían transporte gratis, y un largo etcétera. Esopo, que quizás no era griego (pudo haber sido africano), pero que es un baluarte de la antigua civilización griega, narró la historia de la cigarra que se burlaba de la hormiga por trabajar arduamente, en vez de cantar y cantar. Los griegos del siglo XXI hicieron caso omiso al gran fabulista.
            La banca griega sufrió una crisis, y los gobernantes acudieron a su rescate. Para ello, recibieron préstamos. Nada de esto estaba en sus promesas electorales, y por supuesto, es reprochable. Por haber salvado a unos banqueros sinvergüenzas, ahora se pretende que el pueblo griego pague los platos rotos, cuando jamás se le informó sobre los desastres que hacían los políticos. Pero, en una democracia, ¿quién más puede ser responsable, si no el propio pueblo?
            El pueblo griego se vanagloriaba de las olimpíadas, pero no exigía cuentas a su gobierno en aquel festín (al menos el pueblo brasileño sí ha estado más dispuesto a hacer eso, tanto en el mundial de 2014, como seguramente en las venideras olimpiadas de 2016). Pero, en todo caso, si un pueblo elige democráticamente a un gobernante, y éste toma decisiones erradas que perjudican a otros pueblos, ¿cómo debe compensarse eso? El propio pueblo tiene la responsabilidad. La democracia es un arma de doble filo. Da derechos, pero también da deberes. Si la soberanía reside en el pueblo, esto aplica tanto lo bueno como para lo malo.
            Este tipo de cosas se esclarecen más con analogías. Vivo en un condominio, y elegimos a un presidente de la junta. Este presidente hace por cuenta propia un contrato para arreglar las instalaciones del edificio, sin siquiera informarnos a los vecinos. El trabajo se completa. Pero, el presidente se ha ido del edificio sin haber pagado. Ahora los trabajadores vienen a cobrar. ¿Debemos pagar? Cualquier moralista diría que sí. Este desastre fue ocasionado por un vecino corrupto. Pero, él nos representaba, porque nosotros los vecinos lo elegimos. Es lamentable, pero tenemos responsabilidad.

miércoles, 1 de julio de 2015

El chantaje romántico en la defensa de Grecia



            Tengo una intuición moral elemental: existe la obligación de devolver el dinero recibido en calidad de préstamo. Y, si antes del préstamo, hubo un acuerdo de que se pagaría interés, entonces también existe la obligación de pagar ese interés.
            En el mundo macroeconómico, por supuesto, las cosas son mucho más complejas. Y, supongo que esto es aún más complejo en el caso de Grecia. No conozco los detalles (no sigo atentamente las noticias económicas), pero sospecho que en todo el drama que se está viviendo en ese país, hay que considerar muchos factores: si hubo imposición en las condiciones de los préstamos, si es aceptable que una nación sacrifique su gasto público para pagar deudas externas, etc. Quizás, con base en argumentos puramente económicos, políticos y jurídicos, se puede apoyar a Syriza.

            Pero, he escuchado a alguna gente que pretende ir más lejos, y quiere usar chantajes emocionales para defender a Syriza. La defensa de Grecia frente a Europa se quiere hacer en una vena romántica: se quiere presentar a Grecia como la cenicienta maltratada, que merece nuestras simpatías, no solamente por ser víctima de los codiciosos que prestaron dinero, sino porque es el origen de toda nuestra civilización.
            Esto no es nuevo. A inicios del siglo XIX, cuando Grecia luchaba por su independencia frente al imperio otomano, surgió en Europa una ola de simpatizantes. Estos simpatizantes, con Lord Byron a la cabeza, eran románticos que formaron el movimiento que vino a llamarse ‘filohelenismo’. Este movimiento básicamente consistía en la celebración del legado cultural griego, y su apropiación en la explosión cultural que representó el romanticismo. A partir de estas simpatías por la cultura helénica, algunos europeos, en típico espíritu romántico aventurero, fueron a Grecia a pelear contra los turcos. Lord Byron fue el más célebre de estos aventureros, y su inesperada muerte en aquella campaña, contribuyó aún más al misticismo de aquel movimiento.
            Como suele ocurrir con estos movimientos, aquellos filohelenistas estaban más identificados con la Grecia de Pericles o Aristóteles, que con el pueblo griego al cual acudían a defender. Y, hasta el día de hoy, los griegos llevan a cuestas ese estigma. La cultura griega contemporánea es un cúmulo de muy variadas experiencias históricas. Pero, tal como se lamenta Nikos Dimou en su libro La desgracia de ser griego, el mundo sólo ve en Grecia sus antiguas glorias. Los griegos son víctimas de un tremendo estereotipo, y no les resulta fácil quitárselo de encima. De hecho, para Grecia ha resultado bastante más difícil modernizarse, precisamente porque el resto del mundo la trata como una suerte de museo viviente. La continua comparación con los antiguos, sugiere Dimou, ha dejado en los griegos un complejo de inferioridad. 

            Pues bien, en la defensa actual de Grecia, no faltan comentaristas que quieren chantajear a Europa con los mismos motivos de los filohelenistas. Entre sus argumentos, se dice que Grecia es el ombligo de Occidente, es nuestra civilización madre, y por ende, pretender someterla a la austeridad es casi una forma de parricidio. Grecia dio grandes glorias al mundo, y a cambio, los poderes militares modernos la saquearon, llevándose las esculturas del Partenón al Museo Británico. En un mundo con serios déficits educativos, gustos vulgares, y una concepción de la educación excesivamente tecnocrática y utilitaria, Grecia representa el amor desinteresado al arte y al conocimiento; en un mundo lleno de efectos especiales hollywoodenses, Grecia representa la grandiosidad del teatro.
            Esta forma de argumentar es objetable por dos razones básicas. Primero, porque es un mero chantaje que incurre en falacias de irrelevancia: en la cuestión de si Grecia debe pagar la deuda o no, es irrelevante su participación en los orígenes de la civilización occidental. Y, segundo, porque esta forma de argumentar sigue anclando a los propios griegos en un pasado al cual ellos no están seguros de querer seguir estando atados. Desde hace décadas, ya los españoles están cansados de que los presenten al mundo vistiendo siempre un sombrero cordobés; quizás vale la pena preguntarse si los griegos están ya cansados de que, aun para un tema tan técnico como la austeridad y el pago de las deudas, se siga invocando la imagen romántica de Grecia.
    
           
              

miércoles, 18 de marzo de 2015

El estado de bienestar es incompatible con la inmigración abierta

            Al gobierno venezolano le gusta mucho hablar a favor de los inmigrantes latinoamericanos en EE.UU. y España, pero al mismo tiempo, ordena deportaciones masivas de colombianos. En mis viajes por la frontera colombo-venezolana, lo he podido constatar directamente. Esto se ha hecho más común en estos últimos años, cuando los colombianos vienen a comprar mercancías subsidiadas en Venezuela, y se las llevan a venderlas a su precio real en Colombia.
            En principio, yo favorezco la inmigración abierta. Los argumentos nacionalistas, según los cuales, la diversidad étnica es peligrosa, y los extranjeros perjudican el carácter nacional de un país, son claramente falaces y reprochables. Pero, hago el matiz que hacía Milton Friedman: la inmigración abierta es incompatible con el estado de bienestar. Así pues, mi oposición parcial a la inmigración abierta es puramente económica.
            Yo no temo que la fuerza laboral extranjera desplace a los trabajadores nacionales. Al contrario, eso me parece muy positivo, pues hace el mercado mucho más competitivo, y por ende, aumenta el aparato productivo de un país. El gringo sabe que el chicano cobra menos por el mismo trabajo, y eso lo impulsa a mejorar sus destrezas laborales, a fin de que el patrón lo contrate a él, y no al inmigrante.
            Mi oposición a la inmigración abierta obedece a una razón más sencilla: si los contribuyentes fiscales de un país construyen un estado de bienestar, tienen la expectativa de que sean ellos mismos quienes lo disfruten. Un inmigrante recién llegado, que no ha aportado ningún impuesto, pero que se aprovecha del estado de bienestar, es claramente un parásito. La inmigración abierta hace un gran favor a la economía de un país, incorporando fuerza laboral y haciendo más competitivos los mercados, pero si y sólo si, esa fuerza laboral no tiene la oportunidad de ser parásita del estado de bienestar que otros han construido.
            Los “bachaqueros” colombianos que vienen a Venezuela son claramente parásitos: se aprovechan de los subsidios que el gobierno venezolano coloca a las mercancías. Esos bachaqueros no han aportado nada al fisco, y hacen ganancias con los aportes fiscales que los venezolanos sí hemos hecho. El gobierno busca deportarlos, justificadamente, porque son parásitos.
            Ahora bien, esto aplica no sólo a los bachaqueros colombianos en Venezuela, sino a cualquier inmigrante que viaja a otro país, y recibe gratis un servicio para el cual no ha contribuido nada. Son igualmente parásitos. A diferencia de los bachaqueros, muchos de estos inmigrantes se quedan en el propio país, de forma tal que podría haber más justificación para que ellos reciban los beneficios del estado de bienestar. Pero, sigue siendo problemático que un inmigrante reciba los beneficios de un estado de bienestar construido por los contribuyentes en el pasado (ancestros de los actuales ciudadanos), mientras que los propios ancestros del inmigrante no aportaron nada.

            Yo no propongo desmontar el estado de bienestar por completo. Pero, sí exhorto a mantener presente el axioma según el cual, el estado de bienestar es incompatible con la inmigración abierta. Y, en ese sentido, es prudente mantener una proporción. Para poder aflojar las restricciones migratorias, es necesario contraer el estado de bienestar; y a la inversa, para poder expandir el estado de bienestar, es necesario restringir la inmigración.