viernes, 24 de julio de 2015

¿Son todas putas menos mi madre?



            El cliché según el cual, “la prostitución es la profesión más antigua del mundo”, quizás sí tenga una alta dosis de verdad, después de todo. En cierto sentido, aquel viejo tengo sí estaba en lo cierto cuando decía: “Todas son putas menos mi madre”; aunque, en realidad, seguramente mi madre también es puta.
Previsiblemente, las feministas pondrán el grito en el cielo. Según ellas, la prostitución es un mal del patriarcado, y éste no es tan antiguo como se cree. En sus fantasías, las feministas creen que hubo una época dorada de matriarcado, y en aquella época, las mujeres no tenían necesidad de vender su cuerpo, sino que más bien, ellas dominaban.

La realidad es muy distinta. No solamente sabemos que la prostitución se ha ejercido en todas las culturas de las cuales tenemos noticias, sino que, muy probablemente, nuestra evolución como especie la propició, y ha quedado inscrita en la naturaleza humana. En otras palabras: la prostitución no es un invento del patriarcado o el capitalismo, sino que está en los propios genes de las mujeres.
Sabemos que en zoología, existe el llamado “principio Bateman”. Aplicado a la especie humana, este principio consiste en que la selección natural favoreció a hombres promiscuos, pero no a mujeres promiscuas. Para el hombre, es ventajoso copular con muchas mujeres: de esa manera, asegura incrementar la divulgación de sus genes (que, a fin de cuentas, es el único propósito en la evolución). Para la mujer, en cambio, no hay gran ventaja en la promiscuidad, pues una vez que queda embarazada, no podrá gestar adicionalmente si copula con varios más.
Pero, en vista de que la promiscuidad no le resulta ventajosa, la mujer ha desarrollado una estrategia alternativa para divulgar sus genes: ser más selectiva con sus compañeros. Puesto que el hombre tiene un período de fertilidad más prolongado, la mujer no busca tanto en el hombre señas de juventud (como sí lo hace el hombre al seleccionar a la mujer), sino más bien, señas de prestigio y poder económico. Pues, con crías vulnerables, como las humanas, se necesitan más recursos. Así, la mujer está dispuesta a aparearse, pero exige al hombre que provea recursos; de esa manera, esos recursos servirán para proteger a las crías, y así, éstas tendrán más chance de sobrevivir, permitiendo a la mujer divulgar más sus genes. En otras palabras: la mujer vende sus servicios sexuales.
Si esto no es prostitución, ¿qué es? Estamos acostumbrados a asociar la prostitución con la promiscuidad. Pero, ésa no es la forma primigenia de prostitución. Lo central en la prostitución es cobrar por el sexo. Si hay un cliente lo suficientemente afluente como para comprar los servicios sexuales exclusivos de la mujer, así se hará. De hecho, el matrimonio ha sido tradicionalmente concebido así. La antropóloga Helen Fisher es muy explícita al titular uno de sus libros sobre la evolución de la sexualidad humana, El contrato sexual: el hombre ofrece recursos, y la mujer a cambio le promete ser fiel. Si el pago no es lo suficientemente alto, la mujer abandonará a ese hombre, y buscará otro que ofrezca más, con quien hará un nuevo contrato.
El hombre, por su parte, busca asegurarse de que los recursos que ofrece, están destinados a crías que lleven sus genes. Por ello, tiene en sus genes una alta inclinación a ser celoso, mucho más que la mujer. La mujer sabe que la cría lleva sus propios genes, y por eso, no le mortifica invertir en la cría. En cambio, el hombre no tiene esa seguridad, y por eso, es más posesivo con la mujer. Es por ello que exige su lealtad, y para ello, le ofrece recursos. Esta angustia de ser un cabrón, en parte, es lo que lleva al cantante de tango a lamentarse de que “todas son putas menos mi madre”. Sí, son putas, en el sentido de que cobran; pero no promiscuas.

5 comentarios:

  1. Fascinante... y deprimente. Existen muchas cosas inciertas en la Antropología y en la Historia, pero ésta desde luego no lo es.

    Supongo que las feministas echarían humo si leyeran esto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Jose, sí, echarán humo. Pero, una cosa bastante gratificante de la psicología evolucionista, es que hay muchas mujeres en ese campo. He estado leyendo al menos tres muy famosas: Margo Wilson, Sarah Hrdy y Helen Fisher... las tres defienden estas ideas. Aunque, Hrdy dice que la mujer sí es promiscua, pues la promiscuidad fue una estrategia para asegurarse de que el hombre no matara a sus crías, pues no estaría seguro de cuáles serían las suyas.

      Eliminar
  2. Interesante esa tesis, aunque como todas las demás, supongo que infalsable, como también me parecen infalsables muchas hipótesis de la psicología evolucionista. El caso es que los comportamientos de hombres y mujeres sí son como describes en esta entrada, y bien podrían no estar inscritos en nuestros genes, sino adoptados, es decir, culturalmente impuestos.

    Y si me permites un matiz, aunque seguro que ya eres consciente, en la evolución no existe ningún propósito, ni siquiera la divulgación de los genes, sino que simplemente éstos se propagan como resultado de unas estrategias con las que ni siquiera se persigue conscientemente esa propagación.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Es cierto que la psicología evolucionista corre el riesgo de ser infalseable, aunque yo aspiro que no cometa el error del psicoanálisis, y logre formular hipótesis que sí son falseables.

      Eliminar
  3. Ah, y muchas gracias por la bibliografía. Ya mismo me pongo a leer el de Helen Fisher.

    ResponderEliminar