domingo, 26 de julio de 2015

El deseo mimético y la competencia de espermatozoides: a propósito de René Girard



            En 2011, publiqué en portugués una voluminosa biografía de René Girard (a quien conocí personalmente en 2002). En ese libro, soy muy crítico de muchas ideas ingenuas de Girard respecto a su apología cristiana, así como su antropología sobre los orígenes de la cultura. Pero, en ese libro expreso más simpatías por el concepto del “deseo mimético”, tal como ha sido formulado por Girard.
            Este concepto básicamente postula que deseamos a través de la imitación. Una persona puede no tener un gran deseo por un objeto. Pero, si observa a otra persona tener deseo por ese objeto, imitará a esa otra persona en ese deseo. Eso generará rivalidades, pues ambas personas terminarán deseando lo mismo, y a juicio de Girard, esto explica gran parte de la violencia humana. 

Girard no es un psicólogo; más bien formuló este concepto a partir de la lectura de grandes novelistas y dramaturgos. Pero, en uno de sus libros más importantes, El misterio de nuestro mundo, Girard trata de acercarse a la psicología evolucionista. Girard postula que tenemos genes para la imitación, pues la imitación ofrece una considerable ventaja adaptativa, en la medida en que propicia el aprendizaje: quienes imitaban y aprendían destrezas, sobrevivían en mayor proporción. Pero, esa ventaja adaptativa trajo a su vez el efecto colateral nocivo de la violencia, pues la imitación conduce al deseo mimético.
Este acercamiento a la psicología evolucionista no me resulta del todo satisfactorio, y en sus libros, Girard no es lo suficientemente riguroso (ni parece conocer lo suficiente sobre psicología evolucionista) en este aspecto. Pero, quizás la psicología evolucionista sí pueda complementar algunas de las observaciones de Girard, con otros conceptos.
Lo que Girard llama “deseo mimético” suele ocurrir entre dos hombres y una mujer (de hecho, la mayor parte de los análisis literarios de Girard examinan estos triángulos amorosos en las novelas). Un hombre puede no tener mucho interés en una mujer, pero si observa que un rival la empieza a cortejar, se activará su deseo, y podrá haber conflictos.
La psicología evolucionista explica estas situaciones de forma más plausible. No son propiamente los genes para la imitación, sino los genes de la posesión sexual y los celos, lo que conduce a estas situaciones. En el hombre, la promiscuidad es ventajosa para divulgar sus genes (no así para las mujeres, pues el aparearse con muchos hombres no hará que ellas tengan más hijos). Pero, a la vez, el hombre busca asegurarse de que la hembra no copule con otros (de ahí los celos), pues en tanto proveerá recursos para las crías, el hombre quiere asegurarse de que esas crías llevan sus genes, y no los de un competidor.
Así pues, una vez que copula con una mujer, el hombre pierde su interés en ella, y busca otras para seguir divulgando sus genes. Pero, si observa que un competidor se acerca a una de las mujeres con las cuales ya copuló, se activa su deseo nuevamente. Este renovado interés sexual hará que su emisión de espermatozoides sea más abundante, y desplace a los espermatozoides de los competidores que también pueden copular con la hembra. Es posible también que el enorme tamaño del pene en la especie humana (comparado con otras especies primates) sea una estrategia para penetrar más profundamente, y así desplazar a los espermatozoides de los competidores.
Este fenómeno se llama “competencia de espermatozoides”, y se ha documentado de varias maneras. Por ejemplo, es de sobra conocido por los productores de pornografía, que los hombres se excitan más viendo a un hombre copular con una mujer, que a una mujer sola masturbándose, o incluso, a una mujer teniendo sexo con otra. Esto no es propiamente homosexualidad (Girard llegó a postular que la homosexualidad procede de un desplazamiento de deseo sexual hacia el rival imitado, pero yo encuentro esta tesis muy problemática; hay  otras explicaciones mucho mejores de la homosexualidad). La contemplación de un hombre en plena acción sexual genera excitación, no porque haya un deseo homosexual por el rival, sino porque en el hombre que contempla, se activan los genes que añaden ardor al deseo, como producto de la competencia de espermatozoides.

Así pues, en sus libros Girard ha hecho observaciones interesantes sobre los triángulos amorosos, pero visto desde la perspectiva de la psicología evolucionista (la cual, a mi juicio, es la correcta), es necesario hacer algunas correcciones. En primer lugar, estos triángulos invariablemente involucran a dos hombres y una mujer (si bien pueden darse casos de dos mujeres y un hombre, no son tan frecuentes, pues por razones evolutivas, la mujer no desarrolló los mismos celos que los hombres, y por supuesto, no hay “competencia de espermatozoides” entre ellas). Y, en segundo lugar, estas rivalidades no ocurren por mera imitación, sino porque la evolución hizo que los hombres que fueran más celosos y reactivasen su deseo sexual cuando un rival se acerca, tuvieran más descendencia.


             

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