viernes, 17 de julio de 2015

Marx y Engels frente al comunismo sexual



            El comunismo, contrario a lo que a veces supone la gente, no empezó con Marx. Es, de hecho, una idea bastante antigua. Hubo en la antigua Grecia fantasías utópicas sobre comunidades sin propiedad privada. Pero, a la par, hubo desde un inicio también, muchas críticas y temores a los intentos por establecer el comunismo.
            Uno de esos temores era que, así como los comunistas exigirían que todas las propiedades se compartiesen, también requerirían que ninguna mujer fusese de ningún hombre en particular. El comunismo, se temía, se extendería al sexo. Aristófanes se mofaba de esto en La asamblea de las mujeres, al retratar a una sociedad en la cual se impone un comunismo sexual, con resultados estrepitosos.

            Estos miedos no estaban tan infundados. Platón había propuesto un comunismo sexual entre la clase de guardianes de su ciudad ideal. Y, desde entonces, un considerable número de autores utopistas también han coqueteado con estas ideas: Campanella, Tomás Moro, Fourier, entre otros. Asimismo, en el siglo XIX, hubo varias comunidades utópicas que buscaron implementar este sistema de apareamiento colectivo en detrimento del matrimonio. La más conocida de estas comunidades, la de Oneida (con su sistema de “matrimonio complejo”), terminó fracasando, en buena medida debido a que los amantes crecieron en celos, y no estaban dispuestos a compartir sus compañeros sexuales.
            En vista de todo esto, cuando Marx y Engels empezaron a hacer sus propuestas de comunismo, resultó inevitable que se les acusara de querer promover la promiscuidad con el comunismo sexual. Al principio, tanto Marx como Engels fueron muy enfáticos en rechazar estas acusaciones. Engels procuró tranquilizar a sus lectores, escribiendo en Principios del comunismo, en 1847: “Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter puramente privado, perteneciente sólo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la injerencia de la sociedad”.
Algo similar hacía Marx en 1844, cuando escribía en Manuscritos económicos y filosóficos: “…la relación de la propiedad privada continúa siendo la relación de la comunidad con el mundo de las cosas; finalmente se expresa este movimiento de oponer a la propiedad privada la propiedad general en la forma animal que quiere oponer al matrimonio (que por lo demás es una forma de la propiedad privada exclusiva) la comunidad de las mujeres, en que la mujer se convierte en propiedad comunal y común. Puede decirse que esta idea de la comunidad de mujeres es el secreto a voces de este comunismo todavía totalmente grosero e irreflexivo. Así como la mujer sale del matrimonio para entrar en la prostitución general, así también el mundo todo de la riqueza es decir, de la esencia objetiva del hombre, sale de la relación del matrimonio exclusivo con el propietario privado para entrar en la relación de la prostitución universal con la comunidad. Este comunismo, al negar por completo la personalidad del hombre, es justamente la expresión lógica de la propiedad privada, que es esta negación”.
Este pasaje de Marx es confuso, pero se esclarece un poco con la noción que Marx adelanta respecto al “comunismo crudo”. Marx criticaba a los comunistas que, en vez de buscar eliminar la propiedad, sólo pretendían hacer propiedad pública aquello que es propiedad privada. Y, esto aplica al sexo. Los comunistas crudos, estimaba Marx, piensan en el matrimonio en términos de propiedad, y por ello, siguen concibiendo a las mujeres como una mercancía. Por ello, estos comunistas crudos pretenden hacer público el acceso a las mujeres, como si se tratase de un producto mercadeable. Así, Marx pretende calmar un poco las angustias, asegurando que no habrá comunismo sexual, porque en el futuro comunismo, las relaciones sexuales no serán mercancías sometidas a un régimen de propiedad, ni privada, ni pública.
Acá, Marx y Engels repiten el mismo reproche que se hace a los comunistas crudos. Si se sigue concibiendo a una mujer como mercancía, entonces el burgués creerá que, en tanto el comunismo exige la colectivización de las mercancías, eso incluye a las mujeres. La calma que Marx y Engels ofrecen es que, en el comunismo, la mujer no será una mercancía, y por ende, no habrá necesidad de colectivizarlas.
De hecho, Marx y Engels no se limitan a defenderse, sino que ellos mismos acusan al capitalismo de promover la promiscuidad: “Nada más ridículo, por otra parte, que esos alardes de indignación, henchida de alta moral de nuestros burgueses, al hablar de la tan cacareada colectivización de las mujeres por el comunismo.  No; los comunistas no tienen que molestarse en implantar lo que ha existido siempre o casi siempre en la sociedad. Nuestros burgueses, no bastándoles, por lo visto, con tener a su disposición a las mujeres y a los hijos de sus proletarios -¡y no hablemos de la prostitución oficial!-, sienten una grandísima fruición en seducirse unos a otros sus mujeres”.
Pero, casi de forma insólita, culminan su argumento de esta manera: “En realidad, el matrimonio burgués es ya la comunidad de las esposas.  A lo sumo, podría reprocharse a los comunistas el pretender sustituir este hipócrita y recatado régimen colectivo de hoy por una colectivización oficial, franca y abierta, de la mujer”. En otras palabras, Marx y Engels aparentemente quieren decir que, en el capitalismo, hay orgías en secreto hipócritamente; mientras que, en el comunismo, habrá más sinceridad, y las orgías serán públicas. Si estos autores habían querido calmar las angustias respecto al comunismo sexual, definitivamente, con esa frase memorable, ¡echaron más leña al fuego!
En el resto de su obra, Marx no se preocupó mucho más por este tema. En su vida privada, no pareció tener muchas intenciones de practicar el comunismo sexual. Si bien es probable que tuviera un hijo ilegítimo, fue un esposo y padre devoto, y vivió en monogamia la mayor parte de su vida conyugal.
Engels tampoco tuvo mucha intención de ser un hippie que practica el sexo comunal. Con todo, Engels sí dedicó más atención a este tema, y algunos de sus escritos posteriores, dejan aún más dudas respecto a los intentos de instaurar el comunismo sexual. En El origen de la familia, la propiedad y el Estado, Engels defiende la idea (adelantada previamente por el antropólogo L.H. Morgan) de que, originalmente, la humanidad vivía en hordas promiscuas que practicaban una forma de comunismo sexual. La monogamia sólo apareció con la propiedad privada: en tanto ahora había patrimonio, los hombres habrían querido asegurarse de su paternidad para poder dejar en herencia el patrimonio sólo a sus hijos, y así, prohibieron a las mujeres copular con otros hombres.
Con esto, Engels pretendía demostrar que la monogamia no es la forma natural de apareamiento entre los seres humanos, y que ha sido más bien una imposición derivada de condiciones sociales muy específicas. Esto parecía tener dos derivaciones que Engels no hizo explícitas, pero que con un poco de suspicacia y lógica, podemos afirmar. La primera, es que, en tanto la monogamia no es nuestro estado natural, nada impide que podamos renunciar a ella y vivir promiscuamente. La segunda, es que, así como la monogamia sólo apareció con la propiedad privada, cuando la propiedad privada desaparezca, podremos volver a aparearnos como cuando no había propiedad, a saber, como en el comunismo sexual de la horda.
La ambigüedad de Marx y Engels respecto al comunismo sexual, se extendió a los regímenes comunistas del siglo XX. Durante los primeros años de la URSS, una generación de jóvenes, con Allexandra Kollontai a la cabeza, sí buscaron promover el comunismo sexual, al punto de que tener sexo sería tan natural como “tomar un vaso de agua” (así como no hay nada excepcional en ofrecer un vaso de agua a un extraño, no habría nada excepcional en copular con un extraño). Pero, Lenin, y luego más aún, Stalin y sus sucesores, no veían esto con agrado, y depositaron su confianza en el matrimonio tradicional.
Cuando cayó el muro de Berlín, se asumió que todas estas discusiones quedarían en el pasado. Con todo, la izquierda, lenta pero progresivamente, resurge, desde Grecia hasta Venezuela, pasando por los indignados de Madrid y Nueva York. Y, este resurgir de la izquierda, debería hacer que sus teóricos se vuelvan a plantear si es posible alcanzar el comunismo sin llegar al comunismo sexual. ¿Puede desaparecer la propiedad privada de los medios de producción, si los hombres y las mujeres siguen sintiendo celos por sus compañeros sexuales?  El mismo Engels llegó a afirmar en 1883 que “es un hecho curioso que con cada movimiento revolucionario, la cuestión del ‘amor libre’ pasa a un primer plano”. Quizás, después de todo, Aristófanes no estaba tan equivocado cuando expresó sus angustias sexuales frente al comunismo.

  

      

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