sábado, 11 de julio de 2015

¿Hubo una horda promiscua?



            La pornografía sabe ajustarse al mercado, y así, explota las fantasías de todo tipo de público. Que yo sepa, aún no hay pornografía para antropólogos. Pero, desde el siglo XIX, muchos antropólogos se han deleitado con la hipótesis de que la prehistoria fue algo así como un gran bacanal, una orgía en la que participaba una “horda promiscua”, y no había restricciones sexuales de ningún tipo. Los comunistas, siempre deseosos de escandalizar a la burguesía (sobre todo en tiempos victorianos), también le agarraron el gusto a estas fantasías de comunismo sexual primitivo, e incluso, algunos (como la rusa Allexandra Kollonstai) llegaron a postular que, en una fase futura, el fin del comunismo implicaría el fin de la moral burguesa, en vista de lo cual, regresaríamos nuevamente a la horda promiscua (o, al menos, al "amor libre").

            La historia de esta idea en la antropología es larga. Bachofen, un proto-feminista suizo del siglo XIX, empezó diciendo que las antiguas sociedades eran matriarcales (es decir, que las mujeres gobiernan), porque, en vista de que no había matrimonio monógamo estable, las mujeres copulaban con muchos hombres (y los hombres copulaban con muchas mujeres), y esto impedía a los hombres tener seguridad respecto a su paternidad. Así, la ascendencia sólo era garantizada por vía materna, y esto empoderaba a las mujeres.
            Luego, McLennan, desarrolló esta idea y postuló que, puesto que antiguamente era común el infanticidio femenino (como, en efecto, persiste hoy en países como India y China), había más hombres que mujeres. Esto propició la poliandria (el matrimonio de una mujer con varios hombres), y así, los hombres no estaban seguros de su paternidad.
            L.H. Morgan y Friederich Engels (el compañero de Marx) luego tomaron estas ideas, y postularon que la hora promiscua llegó a su fin con la aparición de la propiedad privada. Se empezó a acumular patrimonio, y para asegurarse de que se pasara a la siguiente generación sin fraccionarlo, se estableció la monogamia, y el matriarcado dejó de existir. Ahora, los hombres sí sabrían quiénes eran sus hijos, y así, lograrían distinguir entre sus herederos y el resto.
            En el siglo XX, estas teorías sobre la promiscuidad primitiva se asumieron con más cautela, pero muchos antropólogos aún tenían un gusto por ellas, si bien en una versión reformada. Margaret Mead, por ejemplo, alegó que los nativos de Samoa vivían felizmente en promiscuidad (luego se descubrió que a Mead le tomaron el pelo los propios nativos).
Bronislaw Malinowski postuló que la preocupación por la paternidad es una construcción social, pues los nativos de las islas Trobiand no conciben la relación entre el coito y el parto: a juicio de los trobiandeses, los hombres no contribuyen a la formación biológica del feto, y en ese sentido, no están preocupados en saber si tal o cual niño es en realidad su hijo.
David Schneider postuló algo parecido. En la isla de Yap, los nativos tampoco conciben la relación entre coito y parto, y Schneider llegó al extremo de postular que el parentesco no tiene ninguna vinculación con la biología, y que la forma en que las sociedades occidentales entienden el parentesco, es una mera construcción social.
Para alguien que acepte la teoría darwinista de la evolución (como debemos), todas estas teorías son disparatadas. El mandato de la evolución es divulgar genes. El hombre debe invertir recursos en el cuidado de sus crías, pero si no tiene noción de quiénes son sus hijos, estaría invirtiendo en crías que no llevan una alta proporción de sus genes, y así, estarían desperdiciando los recursos. En los hombres, los celos tienen una gran ventaja adaptativa: con los celos, el hombre se asegura de que la hembra sólo copule con él, y así, no perderá recursos dirigiéndolos a las crías que lleven los genes de otros. Si la evolución favoreció los celos, difícilmente pudo haber existido la horda promiscua en los albores de nuestra especie. La burla al cabrón, me temo, es un rasgo universal, y no un mero invento del patriarcado occidental.
Puede ser que, a nivel teórico, efectivamente pueblos como los trobiandeses no conciban la relación entre coito y parto, y no parezcan tener preocupación por la paternidad. Pero, a nivel intuitivo, todos los seres humanos estamos biológicamente condicionados a discriminar entre hijos propios y niños ajenos, y a ser celosos. En otras especies existen mecanismos de reconocimiento de parientes (principalmente a través del sentido del olor); la especie humana no sería excepción.
Recientemente, en un libro que ha causado mucho revuelo (En el principio era el sexo) Christopher Ryan y Cacilda Jetha tratan de mantenerse fieles al darwinismo, pero han postulado que la promiscuidad sí pudo haber dado ventaja evolutiva. El sexo entre los humanos habría sido como entre los chimpancés bonobos: una forma de interacción social. Así, esto habría ofrecido una suerte de selección grupal: la horda promiscua habría fortalecido sus lazos a través del sexo, y comunalmente, habrían estado más protegidos frente a amenazas externas.

La tesis de Ryan y Jetha es interesante, pero me temo que enfrenta demasiados problemas. La teoría de la selección grupal enfrenta muchas objeciones que han sido señaladas muchas veces por los estudiosos de la evolución: la principal, es que basta que haya un polizón (en este caso, un celoso que copula con las mujeres de los demás, pero no quiere compartir a la suya), para que él tenga más ventaja a expensas del grupo.
Más bien, frente a todas estas teorías, yo propondría hacer un ejercicio de genealogía: ¿qué circunstancias sociales han propiciado estas fantasías sobre la horda promiscua? De forma tentativa, yo postularía dos circunstancias: en el siglo XIX, la rigurosa (e hipócrita) moral victoriana represiva invitó la curiosidad, y la proyección sobre un pasado incivilizado de orgías. Y, en el siglo XX y XXI, las tremendas desigualdades sociales del capitalismo propician la añoranza rosseauna de un pasado en el que todos compartíamos todo, incluso los compañeros sexuales.

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