viernes, 17 de julio de 2015

El Chapo Guzmán, Pancho Villa, y el prototipo de Robin Hood



            El reciente escape del Chapo Guzmán ha reactivado el debate en torno a la lucha contra el narcotráfico. Y, como cabía esperar, la izquierda latinoamericana culpa a EE.UU. El monstruo del norte es culpable por partida doble: por ser el mayor consumidor del mundo, y por empeñarse en prohibir fútilmente el narcotráfico, llenando sus cárceles de ciudadanos negros inofensivos.
            Yo comparto estas críticas. En vez de destinar tanto dinero a las guerras, EE.UU. debería ampliar sus programas de rehabilitación y recreación, pues en efecto, es el primer consumidor de drogas en el mundo. Y, también me inclino a pensar que, al menos con las drogas menos fuertes, la mejor solución es la legalización.

            Pero, como suele ocurrir, en estos reproches izquierdistas a EE.UU., hay mucha hipocresía. Cuando los izquierdistas narran la historia del colonialismo en el siglo XIX, suelen excusar a los consumidores y a quienes prohibían el tráfico de drogas, y suelen reprochar severamente a quienes querían comercializarla. Pienso en el caso de las guerras del opio. China era el mayor consumidor de opio en el mundo, y los británicos querían hacer negocios en ese inmenso mercado, vendiendo la droga cultivada en India. Los chinos ilegalizaron el opio, y prohibieron su importación. Los británicos, en respuesta, les hicieron la guerra. No pretendo excusar a los británicos (como, supongo, tampoco los izquierdistas pretenden excusar al Chapo Guzmán). Pero, si hoy culpamos a los gringos por ser el mayor consumidor y por ilegalizar la hierba, ¿no deberíamos también culpar a la China del siglo XIX?
            Otra hipocresía izquierdista respecto al asunto del Chapo Guzmán, radica en el hecho de que, desde hace mucho tiempo, la izquierda ha romantizado a personajes que guardan bastante parecidos el infame narcotraficante. Si bien Guzmán está muy lejos de ser un personaje popular en México, tiene sus defensores, sobre todo en su región de origen. ¿Cómo logró esto? Muy fácil: actuando como Robin Hood. Es el viejo truco de la supuesta “justicia social” populista de América Latina, el mismo truco que empleó Pablo Escobar: construir algunas escuelas y hospitales, regalar aquí y allá un poco de dinero, y presentarse como amigo de los pobres. Pero, por supuesto, el que parte y reparte, se queda con la mejor parte. Y, ¡ay de quien ose decirlo públicamente!
            De hecho, hace un siglo, ya había en México un personaje con varias similitudes a Guzmán (incluso, ¡hasta cierto parecido físico tienen!): Doroteo Arango, alias Pancho Villa. Como Guzmán, Villa venía de una familia desposeída, pero no propiamente miserable. Durante el caos de la revolución mexicana, Villa empezó a conformar una organización de bandoleros. Sus actividades, sí, fueron inicialmente las del Robin Hood romántico: quitar al rico para dar al pobre. Pero, muy pronto, Villa se quitó el disfraz de Robin Hood, y se empezó a mostrar como lo que realmente era: un pequeño campesino con aspiraciones de ser un gran terrateniente.
            Como Guzmán, Villa era inmensamente cruel. No sólo asesinaba a los ricos despojados, sino a cualquier desgraciado que osase cuestionar su autoridad. Villa fusilaba a bandoleros que abandonaban sus filas para servir a otros caudillos, algo parecido a lo que hacen los narcos de hoy, cuando algún pobre diablo se pasa de un cartel a otro.
Lo mismo que Guzmán, Villa tenía un gusto histriónico por los medios de comunicación. Guzmán contrata músicos para componer narcorridos en su honor; Villa invitaba a periodistas extranjeros (¡de los propios EE.UU.!) para que lo acompañaran en su tren, y reseñaran sus batallas. Más aún, Villa protagonizó su propia película hollywoodense, para deleitar al público norteamericano.
La relación del Chapo Guzmán con EE.UU. es seguramente muy compleja. Los gringos quieren extraditarlo por toda la droga que introduce en el norte, pero al mismo tiempo, seguramente hay grandes señores (con probabilidad, incluso dentro de la misma DEA) que prefieren hacer negocios con él. No muy distinto fue Pancho Villa: el bandolero célebremente atacó la ciudad de Columbus (supuestamente, porque el gobierno de Woodrow Wilson estaba entrometiéndose en los asuntos mexicanos al apoyar a Venustiano Carranza, pero ese episodio tiene todo el aspecto de haber sido una vulgar escaramuza de saqueo); pero, al mismo tiempo, Villa obtenía en EE.UU. las armas que necesitaba para seguir sometiendo al terror a la población que encontraba a su paso. 

Y, ya entrado en años, se hizo muy evidente que Villa quería ser Robin Hood con los demás, pero no que los demás fueran Robin Hood con él. Una vez que murió Carranza (otro de los presidentes de aquel caótico período en la historia mexicana), Villa llegó a un acuerdo con el nuevo gobierno: depuso las armas, y a cambio, se le concedió una inmensa finca con lujos, y un pequeño ejército privado. Finalmente, logró ser el latifundista que siempre deseó ser. Cuando se propuso una reforma agraria, Villa, ya acomodado, se opuso a ella. Al final, Villa murió asesinado. No se sabe bien quién estuvo tras el crimen, pero es presumible que fuese alguna vendetta (quizás del mismo gobierno). Pronostico que el Chapo Guzmán correrá con la misma suerte.
Cuando tuvo aquel infame impasse diplomático con México, Hugo Chávez colmó con elogios a Pancho Villa (también elogió a Manuel Zelaya, comparándolo con Villa, como un gran vaquero). En la imaginación de Chávez, el bandolero habría sido la alternativa revolucionaria a Fox, el “cachorro del imperio”. La actitud de Chávez respecto a Villa no es de ninguna manera atípica en la izquierda latinoamericana. Buena parte de esta izquierda queda seducida por tipos que, vistos con una lupa, conforman el mismo prototipo que el Chapo Guzmán. Y, por supuesto, mientras siga habiendo este romance izquierdista con escorias como Villa, seguirá habiendo gente que, como Guzmán, aspiren a ser Robin Hood primero, para luego convertirse en Rockefeller.

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