martes, 14 de julio de 2015

El temor a la promiscuidad del comunismo



El triunfo de la revolución rusa en 1917 convirtió al comunismo en el coco de la civilización occidental. Hubo un pánico generalizado de que la revolución llegara. Y, para explotar este pánico, se empezaron a inventar acusaciones contra los comunistas. Unas eran parecidas a las que, desde hacía siglos, se formulaban contra los judíos: los comunistas se comerían a los niños. Cuesta creer que había gente lo suficientemente ignorante como creer esta estupidez, pero lamentablemente, sí la había.
Otras eran menos sensacionalistas, pero seguían escandalizando: los comunistas acabarían con el matrimonio y la familia, y como reemplazo, promoverían la promiscuidad y organizarían grandes orgías. Este tipo de acusaciones eran ya comunes desde mediados del siglo XIX. Marx y Engels enfáticamente negaron que el comunismo conduciría a esa temida promiscuidad. Y, hasta el día de hoy, los comunistas tratan de calmar las ansiedades burguesas, asegurando a las masas que no tienen programada ninguna bacanal.


Pero, a diferencia de la acusación sobre comer niños, la preocupación por la promiscuidad en caso de que llegue el comunismo, sí tiene una base bastante racional. Engels procuró tranquilizar a sus lectores, escribiendo en Principios del comunismo, en 1847: “Las relaciones entre los sexos tendrán un carácter puramente privado, perteneciente sólo a las personas que toman parte en ellas, sin el menor motivo para la injerencia de la sociedad”.
En ese pasaje, Marx y Engels denuncian que, en el capitalismo, la mujer es mercantilizada como una propiedad, y eso hace que los hombres la intercambien entre sí, en una moral tremendamente hipócrita. Pero, es crucial observar que Marx no niega que en el comunismo, habrá colectivización del sexo; más bien promete sincerar lo que siempre ha existido. Si antes había orgías ocultas, con el comunismo estarán a la luz pública.
En realidad, Marx no dedicó mucha atención a este tema en su voluminosa obra, y no precisó cómo sería la vida sexual en el comunismo. Engels tampoco lo precisó. Pero, tanto Marx como Engels habían tenido mucho interés en la obra del antropólogo Lewis Henry Morgan, y simpatizaron con sus tesis. Engels escribió un libro profundizando en estas tesis, El origen de la familia, el Estado y la propiedad privada. Entre otras cosas, en ese libro, Engels pretendía demostrar que la familia y el matrimonio monógamo no es natural a la humanidad, sino que ha sido un invento para proteger la herencia del patrimonio. Originalmente, antes de la propiedad privada, decía Engels, la humanidad se organizaba en hordas promiscuas, y los hombres no sabían quiénes eran sus hijos, pues las mujeres tenían múltiples compañeros sexuales.
Engels no lo hizo plenamente explícito, pero la implicación de estas tesis es que, si la restricción sexual y la vida en parejas sólo apareció con la propiedad privada, entonces una vez que se llegue al comunismo y la propiedad privada desaparezca, tendremos la sexualidad que se tuvo antaño: comunismo sexual. No habrá parejas estables, sino encuentros sexuales casuales, ninguna mujer será posesión de ningún hombre, y todos compartiremos nuestros compañeros sexuales.
Los temores de los burgueses, entonces, no estaban tan infundados. De hecho, la acusación a la cual Marx y Engels trataron de responder en 1848, no era fortuita. El mismo Engels dijo décadas después, en 1883, que “es un hecho curioso que con cada movimiento revolucionario, la cuestión del ‘amor libre’ pasa a un primer plano”. Efectivamente, desde mucho antes de Marx y Engels, hubo varios que sí propusieron el comunismo sexual. Platón proponía que en la clase de guardianes de su república ideal, no habría propiedad privada, ni siquiera de las relaciones sexuales: ninguna mujer sería de ningún hombre, todos serían de todos. Fourier propuso orgías públicas en sus falanges, y quiso asegurarse, como Platón, de que no hubiera relaciones sexuales estables y privadas, sino que, en puro espíritu colectivista, el sexo fuese algo público.
Esto no operó sólo a nivel teórico. Hubo varias comunidades utópicas que pusieron en práctica estos principios en el siglo XIX. Una de las más célebres, la comunidad de Oneida, incluso prohibía las relaciones estables entre parejas, e imponía, como una suerte de obligación social, que los más atractivos tuvieran sexo con los menos atractivos (esto debió haber sido una idea bastante antigua, pues Aristófanes se mofa de ella en La comunidad de las mujeres). En el siglo XX, los kibbutzim no llegaron a esta colectivización del sexo (pero sí colectivizaron la crianza de los niños); por su parte, los hippies sí promovían la colectivización del sexo en sus comunas.
Esto no se limitaba al comunismo utópico. El comunismo “científico” también coqueteó con estas ideas. La primeras generación de la revolución bolchevique, con Allexandra Kollontai a la cabeza, promovía estos principios de colectivización del sexo (aunque, a decir verdad, Kollontai nunca pretendió que se ejerciera coerción estatal en materia sexual), al punto de postular que, el sexo debería ser algo tan público y natural como beber un vaso de agua. Lenin y los jerarcas del régimen soviético, no obstante, no vieron con mucho beneplácito estas ideas, y más bien a la manera de Marx, trataron de dejar de lado el tema de la familia, para concentrarse en otros asuntos.
Así pues, dado este historial, la preocupación burguesa por la promiscuidad del comunismo, sí era legítima. Pero, precisamente, es pertinente apreciar que, la promoción de la colectivización del sexo sí se desprende lógicamente de las premisas comunistas, y si Marx y Engels no dijeron gran cosa al respecto, fue sencillamente porque no quisieron llevar hasta sus últimas consecuencias, los principios que ellos defendían.
El principio que Marx formuló en Crítica al programa de Gotha, “a cada quien según su necesidad”, es una base de partida. El sexo es una necesidad biológica básica. Si un hombre o una mujer quieren satisfacer esa necesidad, la colectividad debe ofrecerle un compañero/a para satisfacerlo/a. Del mismo modo en que, en el comunismo más extremo, la persona debe estar dispuesta a compartir la propiedad, debe también compartir al compañero/a sexual. Y, así como el individuo debe entregarse al colectivo como un acto de solidaridad y altruismo, debe entregar su sexualidad también como acto altruista. Sentir celos si el compañero sexual copula con otra persona, es un acto de egoísmo, que, además, es contrario a la naturaleza humana, pues antes de la aparición de la propiedad privada, la humanidad no sentía esos celos.
Por supuesto, obligar a alguien a compartir su compañero sexual, o a tener sexo con una persona a quien no encuentra atractiva, es ya una pesadilla totalitaria (como en buena medida lo fueron comunas como las de Oneida). Muchos comunistas contemporáneos argumentarán que el comunismo no es necesariamente totalitario, que no pretende abolir la propiedad de todo, sino sólo de los medios de producción (como suelen señalar los marxistas). Eso está muy bien. Pero, en ese caso, los autoproclamados comunistas deberían reconocer que, en realidad, no son tan comunistas, pues no están dispuestos a colectivizarlo todo, y sí quieren conservar la propiedad privada de algunas cosas.


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