miércoles, 9 de octubre de 2013

Réplica a la reseña de Roberto Augusto a mi libro "El posmodernismo ¡vaya timo!"



Roberto Augusto amablemente ha escrito una reseña (acá) de mi libro El posmodernismo ¡vaya timo! Augusto postula que está de acuerdo con la idea general del libro, pero discrepa de algunos puntos. Deseo aprovechar esta ocasión para aclarar algunas de mis opiniones, respondiendo a algunos alegatos de Augusto.
Augusto escribe: “Es un error decir que el posmodernismo es básicamente izquierdista. En mi opinión es una visión del mundo que afecta a personas con todo tipo de orientaciones ideológicas. Andrade cita en su libro en numerosas ocasiones al nazismo como ejemplo de las maldades de la posmodernidad. Es acertado hacerlo. Los nazis defendían ideas irracionales aunque emplearan métodos técnicos avanzados en la guerra y el genocidio. Hitler y sus seguidores estaban en la extremaderecha. Por desgracia el mal posmoderno es algo transversal que afecta por igual a cristianos, ateos y derechistas. Tal como se señala en el libro un posmodernista inconfeso es Joseph Ratzinger, que “es un relativista sin saberlo” (p. 102). No creo que el papa alemán pueda ser calificado de izquierdista”.
Yo respondo: si bien los posmodernos a veces coinciden en algunas ideas de derechistas como Hitler o Ratzinger, el posmodernismo sí es un movimiento fundamentalmente de origen izquierdista. Tal como explico en el libro, la izquierda tradicional estuvo inscrita en la ilustración y la modernidad, pero después de la segunda guerra mundial, dio un giro contrailustrado, bajo la idea de que la ilustración ha sido la gran propulsora ideológica del capitalismo. Ciertamente es irónico que, en su odio a la modernidad, muchos posmodernos izquierdistas terminaran pareciéndose a los contrailustrados y reaccionarios de derecha. Pero, si elaboramos un arqueo de los grandes nombres del posmodernismo (Derrida, Foucault, Vattimo, Lyotard, etc.), la abrumadora mayoría es identificada como parte de la izquierda, y no de la derecha.
Augusto escribe: “Gabriel Andrade critica con acierto el relativismo, en mi opinión la característica central de este movimiento. No obstante, acepta alguna forma de relativismo (al que llama situacional), algo que considero equivocado. Afirma que “en algunos casos pueden admitirse excepciones al cumplimiento de las reglas morales siempre y cuando el beneficio obtenido sea mayor” (p. 162). Pone el ejemplo de la tortura en el caso de un terrorista que ha colocado una bomba que está a punto de estallar y dice que “en alguna ocasión la tortura es admisible” (p. 162). Una afirmación muy posmoderna. La tortura NUNCA es aceptable. Los medios y los fines son lo mismo. No se puede pretender hacer algo bueno usando malos medios. Además, ¿cómo sabemos que alguien es un terrorista si no ha sido juzgado? Esa es una línea que nunca hay que traspasar. Las confesiones obtenidas bajo tortura no son fiables y no tienen ningún valor legal. Podemos torturar a un inocente sin saberlo si admitimos esto”.
Yo respondo: en el libro soy cuidadoso de no identificarme con la ética situacional; sólo postulo que ésta es distinta del relativismo. Y, tampoco abrazo sin reservas el uso de la tortura (ni siquiera en el caso hipotético que planteo), sólo postulo que, desde un razonamiento utilitarista no relativista (como hace, por ejemplo, Sam Harris), podría admitirse el uso de la tortura. Yo sigo sin defender el uso de la tortura. Pero, me parece sano abrirse a esta discusión, y considerar los argumentos de los utilitaristas. En todo caso, aun si se admitiese la moralidad de la tortura en situaciones extremas, nada de esto implicaría hacer una “afirmación muy posmoderna”. Utilitarismo y posmodernismo son dos doctrinas muy distintas.
Augusto escribe: “En otro momento del libro Andrade dice lo siguiente: “El imperialismo ético debe erradicar todas aquellas costumbres que van en detrimento de lo bueno, de la misma manera que el «imperio de la ley» debe erradicar las costumbres criminales” (p. 179). Hablar de “imperialismo ético” me parece tan criticable como afirma que hay un “nazi bueno”. Todo imperialismo es, por definición, contrario a la ética. Andrade no aclara su definición de “imperio”. Pero la historia demuestra que todos ellos se han impuesto por la fuerza de las armas u otras formas de violencia que no parecen muy éticas. Estoy a favor de extender a toda la humanidad los valores de la Ilustración, pero eso no se debe hacer utilizando la fuerza o el adoctrinamiento forzoso. No se puede invadir un país para establecer la democracia si no hay violaciones masivas de los derechos humanos, tal como sucede hoy en Siria y en muchos otros lugares”.
Yo respondo: el concepto de ‘imperialismo ético’ procede del filósofo Fernando Savater (quien es muy cuidadoso de distinguirlo  de la ‘ética del imperialismo’). En todo caso, a diferencia de Augusto, yo no encuentro objetable este concepto, en buena medida porque la palabra ‘imperio’ o ‘imperialismo’ no necesariamente denota una imposición forzosa de algo; puede ser también la expansión universal de una serie de valores. En ningún rincón del libro yo he propuesto imponer por la fuerza los valores de la ilustración. Pero, al mismo tiempo, sí soy enfático en que, el mero hecho de que algo fue impuesto a la fuerza (como, efectivamente, ha sido la historia del imperialismo), no implica que ese algo sea malo en sí mismo. Y, ésa es precisamente mi crítica a los movimientos poscoloniales muchas veces inspirados en el posmodernismo: en vista de que las potencias europeas impusieron a sangre y fuego muchas de sus instituciones, los líderes poscoloniales quieren de plano rechazar esas instituciones, sin detenerse a considerar si son o no meritorias, independientemente del método que se empleó para difundirlas.
Augusto escribe: “También me resulta controvertida la defensa del eurocentrismo. Gabriel Andrade parece inclinarse por aceptar la superioridad de Occidente sobre otras civilizaciones. Este es un asunto más complejo de lo que parece. Estoy seguro de que este libro que estoy reseñando tendría mucha más repercusión si su autor fuera catedrático en Oxford y estuviera escrito en inglés. Es muy difícil que un autor de Venezuela o de España entre en el olimpo de los grandes filósofos por el simple hecho de ser de esos países. No solo existe el eurocentrismo, sino que dentro de Europa la pertenencia a determinados Estados (Inglaterra, Francia o Alemania) ayuda a que la obra de un autor sea más reconocida. No entiendo porque se considera que Martin Heidegger es un gran filósofo (es un charlatán) y se valora menos a Ortega y Gasset. La razón es que uno es alemán y el otro español. De la misma forma, se ha despreciado sistemáticamente la aportación filosófica de la India o de China, algo que no tiene sentido. El eurocentrismo es un sesgo ideológico que hay que combatir, aunque la occidentofobia posmoderna es un error”.
Yo respondo: en el libro soy cuidadoso de distinguir a cuál eurocentrismo me refiero, cuando me proponga una defensa del mismo. Ciertamente, hay un prejuicio (el cual ciertamente se materializa en casos como el reseñado por Augusto, en torno a la comparación entre Ortega y Heidegger) que conviene erradicar. Pero, aun dejando de lado estos prejuicios que ciertamente muchas veces están presente, si hacemos una comparación entre los aportes de Occidente, y los aportes de otras civilizaciones, me parece que Occidente tiene una considerable ventaja. No pretendo negar el aporte de China o la India a los logros civilizacionales, pero con todo, al hacer la comparación global, Occidente sigue estando a la cabeza. Defiendo ese eurocentrismo que, lejos de estar basado en prejuicios (y, por supuesto, admito que hay muchísimos eurocentristas prejuiciosos), está basado en post-juicios: después de haber considerado la evidencia histórica objetivamente, podemos llegar a la conclusión de la singularidad y superioridad de Occidente.

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