domingo, 27 de octubre de 2013

José Gregorio Hernández, nuevo icono nacionalista



            Cuando el virus nacionalista infecta a un gobierno, es difícil erradicarlo. Uno de los efectos de ese síntoma consiste en que los gobiernos nacionalistas buscan por todos los medios posibles proyectar la magnanimidad de la nación en el escenario internacional. En los últimos años, el virus nacionalista en Venezuela ha crecido, y como es de esperar, se han hecho grandes esfuerzos por proyectarnos en el mundo entero.

            Quisimos un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero no lo logramos. Hicimos un esfuerzo inmenso para que la Vinotinto fuera al mundial de fútbol; habrá que esperar al próximo mundial. Queremos que Omar Vizquel entre al Salón de la Fama de las Grandes Ligas; quizás sí lo logremos, pero habrá que esperar. Y, ahora, queremos un santo venezolano en la Iglesia Católica.
            La lucha por la canonización de José Gregorio Hernández es de vieja data en Venezuela, pero nunca había tenido el impulso que tiene ahora, con este gobierno nacionalista. Según el procedimiento católico, el potencial santo debe haber realizado milagros (después de haber fallecido) bien atestados por los investigadores enviados por el Vaticano, para conseguir la canonización.  
            Pero, por supuesto, no es así como realmente se bate el cobre. Hay muchísimos otros factores que interfieren en este proceso. El apoyo institucional, en función de los intereses políticos, pesa mucho. Luis Britto García ha señalado, acertadamente, que José Gregorio tiene el camino difícil para ser santo, pues no cuenta con el respaldo de los grupos de poder dentro del Vaticano. La Iglesia ha mantenido un perfil eurocéntrico, y no tiene mayor interés en canonizar a un venezolano.
            Aparentemente, hay otras dificultades. Algunos miembros del clero venezolano reconocen que la burocracia eclesiástica venezolana no ha sido expedita para cumplir los requerimientos de canonización del Vaticano, y eso ha retardado el proceso. Asimismo, José Gregorio fue un laico, y eso es una desventaja en estos asuntos. Además, el hecho de que grupos ajenos al catolicismo convencional se hayan apropiado del culto a José Gregorio para realizar prácticas de curación, no ha sentado bien a la Iglesia, y el Vaticano podría temer canonizar a una figura que es popular entre aquellas manifestaciones religiosas que, precisamente, la Iglesia quiere combatir.
            Así pues, si bien José Gregorio no fue un mártir en vida, en la imaginación nacionalista venezolana, el médico de Isnotú es ahora un mártir del eurocentrismo de la Iglesia, de su excesiva burocratización, y de su paranoia respecto a prácticas religiosas heterodoxas. Y, en tanto José Gregorio es víctima del desprecio imperialista de la Iglesia, debe ser un héroe nacional para nosotros.
            El gobierno de Venezuela, y la intelectualidad que lo acompaña, ha seleccionado a José Gregorio como un nuevo símbolo nacionalista. Y, como suele ocurrir, el nacionalismo pronto se impregna de un tufo de irracionalidad, e incluso, de agresividad. “Mi país, para bien o para mal”, es una vieja consigna nacionalista. Bajo esta actitud nacionalista, el miembro de una nación debe enaltecer su patria y sus símbolos, sin importar si son buenos o malos. Ante la discusión de los vicios de un personaje del cual el nacionalismo se ha apropiado, siempre es fácil para el nacionalista agregar: “¡…será malo, pero es nuestro!”.
            Está creciendo la expectativa nacionalista de que todos los venezolanos, por honor patrio, debemos apoyar la causa de la canonización de José Gregorio. Y, en tanto la canonización requiere la comprobación de un milagro, los movimientos nacionalistas (apoyados por el gobierno), están incentivando en las masas la ausencia de pensamiento crítico. Quien no apoye la causa de José Gregorio, es un traidor.
            Algunos representantes más radicales del nacionalismo, han optado por obviar la canonización de la Iglesia, y enaltecer a José Gregorio como nuestro santo popular, quien no necesita ningún aval de un burócrata en el Vaticano para ser santo. Así, estos grupos incentivan la devoción popular a José Gregorio, no sólo en el catolicismo, sino en las prácticas chamánicas de curación, en las cuales José Gregorio es invocado.  
            Bajo este esquema, los racionalistas y escépticos de Venezuela, son traidores a la patria. El no dejarse convencer por meras anécdotas sobre esta o aquella curación, o el aconsejar a un paciente visitar a un médico en vez de ir a un chamán que invoque a José Gregorio, es un acto de elitismo imperialista que va en contra del clamor popular nacional. Y, así, los nacionalistas empiezan a incentivar la idea de que, la ciencia es aristocrática, mientras que el pensamiento mágico y religioso es auténticamente popular. Se repite la historia de la actitud de los románticos nacionalistas alemanes frente a Napoleón: en opinión de los románticos alemanes, las reformas progresistas de Napoleón eran foráneas al Volksgeist (el espíritu del pueblo) alemán, y por ende, debían ser rechazadas.
            En rigor, los nacionalistas venezolanos tienen razón en este punto: el pensamiento mágico y religioso sí es auténticamente popular. Pero, el error de los nacionalistas consiste en aceptar la vieja consigna Vox populi, vox Dei, la voz del pueblo es la voz de Dios. El mero hecho de que una práctica o creencia sea auténticamente popular no implica que deba ser valorada, mucho menos incentivada. Las masas sí pueden equivocarse. Y, por supuesto, al aceptar que José Gregorio hizo este o aquel milagro, o que tiene el poder de “canalizar su energía” a través de un médium, las masas incurren, no sólo en una falsedad, sino también en unas prácticas que pueden ser perjudiciales para la salud, y que de forma más general, empobrecen el sentido crítico de la población venezolana.
            Con su obsesión nacionalista, el gobierno ha preferido impulsar la irracionalidad en torno a la figura de José Gregorio Hernández, y abandonar el incentivo del pensamiento crítico. En opinión del nacionalista (y sobre todo de intelectuales que están detrás de esto, como Luis Britto García) la devoción por José Gregorio podrá ser irracional, ¡pero es nuestra!, y es auténticamente popular, lo suficiente como para emplearlo como símbolo nacionalista frente al yugo imperialista. En el esquema nacionalista, en tanto el pensamiento científico es oriundo de la Europa secularizada, y procede más de las élites que del auténtico clamor popular, se convierte en un obstáculo para nuestra liberación nacional que parte de las bases populares.
          Con mentalidades así, con la valoración de la patria por encima del pensamiento crítico, seguiremos en el atraso

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