sábado, 19 de octubre de 2013

¿Debe haber sanidad pública universal?

El cierre temporal del gobierno de EE.UU. debería generar vergüenza a los ciudadanos de ese país. Y, si ha de repartirse culpas, me parece sensato postular que los republicanos deben llevarse la mayor porción. Se trata de una vulgar maniobra política: frente al desacuerdo por una reforma sanitaria promovida por Barack Obama, se boicotea la aprobación del presupuesto. Es un truco sucio y un golpe muy bajo.
 
Pero, curiosamente, la opinión pública no reprocha tanto a los republicanos por su sabotaje en la aprobación del presupuesto, sino por su negativa a aceptar un plan más expansivo de cobertura médica. Y, en esto, me parece, los republicanos no merecen tanto reproche. De hecho, vale preguntarse: ¿hay justificación moral para un sistema de salud pública universal?
En países socialistas, la propaganda oficialista suele proclamar que el Estado ofrece a sus ciudadanos atención médica gratuita. Esto, por supuesto, en una gran mentira. No hay nada gratis. Alguien tiene que pagar. Puede ser gratis para el paciente, pero obviamente no es gratis para el contribuyente de impuestos que debe financiar los costos del mantenimiento de la salud pública. En algunas ocasiones, el paciente que disfruta de la atención médica es un contribuyente significativo de impuestos; pero, en muchos otros casos, no lo es. Y, éste es el motivo de queja de los republicanos en EE.UU.
Y, cuando unos aportan riquezas para que otros la disfruten sin contribuir nada, se da un sistema de explotación. Ésta es la denuncia de los republicanos. La sanidad pública universal es una forma de socialismo: se hace una gran colecta, y se destinan las riquezas, no en función de cuánto se ha contribuido o cuánto se merece, sino en función de cuánto necesita. La vieja consigna de Marx, “de cada quien según su capacidad, a cada quien según su necesidad”, se cumple cabalmente en un sistema de salud pública.
En una situación como ésta, es muy fácil que surjan relaciones de parasitismo. El paciente que no aporta nada se beneficia de quienes sí aportan, e incluso, muchas veces se beneficia más quien deliberadamente trata de destruir a la sociedad. Frecuentemente veo situaciones como éstas en Venezuela: en los hospitales públicos, suele ocurrir que se niega atención a los pacientes honestos y trabajadores, porque los delincuentes heridos de bala acaparan los recursos, y se les da privilegio porque llegaron primero a la sala de urgencia.
Los republicanos en EE.UU. comprensiblemente se indignan ante el llamado ‘problema del polizón’; a saber, cuando en una sociedad se colectivizan los bienes (en este caso la sanidad), siempre surge oportunidad para que el parásito se beneficie del trabajo de los demás, sin él aportar nada.
Entiendo la indignación de los republicanos frente al parasitismo, pero con todo, estimo necesario un sistema de sanidad pública. La razón de esto la encuentro en la filosofía de John Rawls. Rawls señalaba la necesidad de organizar una sociedad bajo el ‘velo de la ignorancia’; a saber, ¿cómo desearíamos que fuera la sociedad, en caso de que nosotros ocupásemos el lugar más bajo en la jerarquía social? Si bien las desigualdades son necesarias para mantener el incentivo al trabajo, es menester garantizar un mínimo de bienestar social para todos los ciudadanos.
Uno de los grandes méritos de la filosofía de Rawls, me parece, radica en señalar el rol significativo que desempeña la suerte a la hora de establecerse jerarquías sociales. Cualquiera de nosotros es susceptible de sufrir alguna tragedia o condición adversa no prevista, y a partir de eso, no contar con los suficientes recursos para garantizar un mínimo de bienestar. Por ello, como medida preventiva frente a la mala suerte, es sensato establecer aquello que los anglófonos llaman una “social safety net”, un fondo para cubrir las necesidades básicas de los más desamparados.
En la sanidad, algunas enfermedades no son fortuitas. Comprensiblemente, los republicanos sienten coraje cuando deben pagar impuestos para financiar la quimioterapia de un fumador empedernido. Debido a los excesos y abusos del fumador, ahora la sociedad entera debe pagar por sus irresponsabilidades; no es justo. Pero, muchas otras enfermedades son meramente fortuitas. Y, en casos como éstos, el concepto de ‘suerte’ delineado por Rawls, justifica un sistema estatal de redistribución económica para garantizar un mínimo de bienestar social. Quizás, podría hacerse un inventario de enfermedades no fortuitas causadas por hábitos destructivos controlables, las cuales pudieran ser no cubiertas por la sanidad pública. Esto sería un procedimiento muy complejo y delicado, pero no imposible.
Y, así como hay mucha suerte en las enfermedades, hay también mucha suerte en las condiciones para la contribución al fisco. Cualquiera de nosotros es susceptible de sufrir adversidades que nos impidan contribuir a los fondos del Estado. El velo de la ignorancia propuesto por Rawls, exigiría mantener un respaldo para que, en casos como éstos, el Estado pueda garantizarnos un mínimo de seguridad.

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