martes, 2 de julio de 2013

¿Hay cosas que el dinero no puede comprar?



Master Card es una de esas compañías que usa publicidad perversa, debido a la ambigüedad de su mensaje. En la célebre serie de comerciales, usualmente un personaje tiene una experiencia subjetiva muy profunda, acompañada por otras experiencias que requieren consumo. El narrador en off dice: “Hay ciertas cosas que el dinero no puede comprar; para todo lo demás, existe Master Card”. La publicidad es engañosa porque, contrario al mensaje explícito, el mensaje implícito es que, virtualmente, sí se puede comprar todo con el dinero, y Master Card está ahí para facilitar esa labor. Precisamente de eso se trata el capitalismo en su fase más avanzada.
Recientemente, el filósofo Michael Sandel ha escrito un libro con el título Lo que el dinero no puede comprar, en el cual se muestra alarmado por esta tendencia. La sociedad de consumo ha sobrepasado ya los límites de lo aceptable, en opinión de Sandel. Pero, curiosamente, su crítica no es propiamente ni ecológica ni económica. Es más bien estrictamente moral. A Sandel no le preocupa tanto que el consumismo agote los recursos del planeta, o que el capitalismo exacerbe las desigualdades sociales. Su principal preocupación es la forma en que se está erosionando la dignidad humana, al convertir en mercancías muchas relaciones humanas que, antaño, no estaban mediadas por el dinero.
Hoy, tanto tienes y tanto vales, y en función de eso, se puede comprar casi todo. Esto, opina Sandel, es ya un descarrilamiento moral. Sandel ofrece ejemplos que, ciertamente, ofenderán las sensibilidades de mucha gente. Algunas cárceles norteamericanas ofrecen celdas más cómodas a los prisioneros que estén dispuestas a pagarlas (en Venezuela, el fenómeno de los ‘pranes’ ha llevado a proporciones grotescas esta tendencia). Gente que quiere hacer lobby a los senadores de Washington, le paga a desempleados para que hagan colas desde la noche anterior. Algunas compañías pagan a mujeres pobres para que se tatúen la cara con el logo de la empresa, como forma de publicidad andante. Algunos colegios en Texas pagan a los niños por leer libros.
Con una nostalgia un poco ingenua, Sandel se lamenta de que estas situaciones son típicas de la fase avanzada del capitalismo, y que antaño, las relaciones humanas no estaban tan mediadas por el dinero. Digo que esta nostalgia es ingenua, porque Sandel deja de lado el hecho de que, hasta fechas muy recientes, el matrimonio exigía el pago de una dote, y virtualmente, se compraba a la esposa. La industrialización más bien ha propiciado el amor conyugal romántico, inexistente en épocas anteriores. Pero, con todo, Sandel tiene razón en que hoy se está profundizando la mercantilización de las relaciones humanas.
La debilidad del argumento de Sandel, no obstante, está en su incapacidad para precisar dónde está lo objetable de estas situaciones. Si, como en casi todos los ejemplos que él reseña, se trata de relaciones consensuadas entre adultos, ¿quiénes somos nosotros para interferir en el acuerdo entre las partes? Me inclino a opinar, junto a Robert Nozick, que no tenemos derecho a entrometernos en actos capitalistas entre adultos en consenso.
Hay, por supuesto, situaciones extremas, y seguramente, el mercado ha de tener límites morales. Pero, ¿dónde colocarlos? Sandel no ofrece una respuesta clara. Y, precisamente, el peligro de posturas como las de Sandel es que puede propiciar una mojigatería que termina por oponerse a muchas relaciones sociales que, analizado con rigor, han ofrecido grandes ventajas a la especie humana. El peligro de la postura de Sandel es que, al querer imponer límites al mercado, puede excederse en ello.
A muchas personas les repugnará que una mujer venda sus servicios sexuales, y por eso consideran inmoral la prostitución. Seguramente también les repugnará que una mujer venda sus servicios como nodriza, o que coloque su vientre en alquiler. Pero, si aplicamos con demasiado rigor esta oposición a la “venta” de servicios femeninos, terminaremos sintiendo repulsión por la mujer que vende sus servicios de “madre sustituta” por seis horas al día en la guardería o colegio (es decir, por las maestras y tutoras). ¿Dónde colocamos el límite? Yo, personalmente, no siento perturbación en “comprar” los servicios de una maestra para mi hija. Y, presumo que las feministas estarán muy agradecidas por el hecho de que, precisamente debido a su capacidad de “comprar” los servicios de otras mujeres como madres sustitutas, las madres pueden incorporarse a la fuerza laboral.
Muchas de estas relaciones aparentemente inmorales, son de beneficio mutuo. La persona pobre que tiene dos riñones, y decide vender uno a un recipiente rico, sale beneficiada (se puede vivir perfectamente con un riñón); y por supuesto, el recipiente salva su vida. El dinero habrá servido como incentivo para la “donación” (venta, en realidad), pero bajo la prohibición de venta de riñones, el donante seguiría pobre, y el paciente en necesidad habría ya muerto.
¿Es esto lo que deseamos? Desde una perspectiva utilitarista, la respuesta es obvia: si este tipo de relaciones mercantiles conducen al beneficio de todos, entonces no son inmorales. Pero, autores como Sandel prefieren alejarse de las consideraciones utilitaristas, y asumir que hay acciones intrínsecamente inmorales, sin importar cuán beneficiosas sean. Para Sandel, aparentemente, es necesario hacer justicia aún si los cielos se caen. Yo no puedo compartir esta noción. Si la mercantilización de las relaciones humanas sirve para mejorar significativamente las condiciones materiales de vida de millones de personas, entonces ¡bienvenida sea! El discurso sobre la “dignidad humana” a la cual tanto se apela, me parece, es más una abstracción mojigata que, aun si está impregnado de buenas intenciones, muchas veces resulta muy torpe.
    Al final, gente como Sandel prefiere renunciar al cálculo utilitarista, y justifica sus posturas morales sobre la base de meras intuiciones de repugnancia. Le repugna que una compañía pague a una mujer para que se tatúe con el logo de la empresa, sin considerar de qué forma, ese dinero quizás pudo contribuir significativamente a sacar a esa mujer de la pobreza. Como bien ha advertido la filósofa Martha Nussbaum, la repugnancia es una guía muy peligrosa en la moral. Sobre la base de la repugnancia, se ha considerado inmoral a la homosexualidad, una postura que seguramente el propio Sandel rechazará.
Sandel insiste en que su intención es hacer preguntas, en vez de ofrecer respuestas. Su objetivo es traer a la palestra un tema que, en esta fase avanzada del capitalismo, ha sido dejado de lado. Este objetivo me parece muy loable. Pero, precisamente, al traer a la palestra este tema, me parece urgente reconocer que, así como los mercados deben tener límites, el imponer límites muy severos puede resultar mucho peor. Es necesario analizar racionalmente estas cosas, y no dejarse guiar por la mera repugnancia que, muchas veces, es la principal motivación para oponerse a la mercantilización de la sociedad.

3 comentarios:

  1. Iba a poner el ejemplo de la dote, y me lo has quitado. Yo insisto en algo que ya dije en otra entrada: el dinero mueve, ha movido y moverá el mundo, en el capitalismo y fuera de él. Porque en las sociedades en que existía la dote y se hacía la guerra por motivos económicos (y no religiosos o puramente políticos, como se suele decir), parece ser que la riqueza tenía una importancia capital.

    Por otro lado, el argumento de la repugnancia es, tal como observas, peligroso, y en todo caso paupérrimo.

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    1. Sí, con todo, hay ciertas cosas que sí repugnan, y en función de eso, pensamos que son inmorales. Hubo hace unos años, un caso en Alemania, de un hombre que colocó un aviso de que quería comerse a otra persona. Esa otra persona se apareció, y convinieron el asesinato. El caníbal grabó a su víctima dando consentimiento de lo que iba a ocurrir. Un libertario extremo diría que, en casos como éste, no debe haber censura moral, pues fue un acuerdo entre partes voluntarias. Pero, repugna. Y, precisamente, puesto que repugna, mucha gente diría que es inmoral...

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