domingo, 30 de junio de 2013

La revelación de Gabriel y la resurrección de Jesús



En mis debates con gente que pretende probar la resurrección de Jesús como hecho histórico, frecuentemente me encuentro con el argumento de que los primeros discípulos de Jesús no pudieron haber inventado la historia sobre la resurrección (con o sin mala intención), pues en el contexto religioso de la Palestina del siglo I, los judíos no tenían expectativa de que un cadáver resucitara. Los discípulos no pudieron haber alucinado con Jesús resucitado, pues por lo general, las alucinaciones requieren un condicionamiento cultural previo de expectativas, y en ese contexto, no había la expectativa de la resurrección. Ciertamente, postula el argumento, los fariseos afirmaban la resurrección de los cuerpos (y esto los separaba de sus adversarios, los saduceos), pero esperaban que ésta ocurriese en un momento apocalíptico.
Siempre me ha parecido un argumento débil. En primer lugar, los propios evangelios narran que Jesús resucitó dos muertos: Lázaro y la hija de Jairo. Esto comprometería la idea de que no había expectativa en torno a la resurrección. La historia sobre Lázaro es menos creíble (procede de Juan, el evangelio menos confiable) que la historia sobre la hija de Jairo (contenida en los sinópticos, textos más confiables que Juan). Me inclino a pensar que, seguramente, la hija de Jairo no estaba muerta aún, y Jesús la logró curar mediante algún placebo. Pero, evidentemente, en el contexto de la historia, todos (y probablemente también el propio Jesús) creían que estaba muerta. Con este antecedente, no es tan difícil pensar que los discípulos sí tenían expectativa de que un cuerpo resucitase.
Además, el mismo Mateo 14: 2 nos informa que Herodes temía que Juan Bautista hubiese resucitado de entre los muertos; de nuevo, esto sería señal de que sí había una expectativa en torno a las resurrección.
Pero asumamos que, en efecto, los judíos del siglo I esperaban la resurrección sólo al final de los tiempos, como parte del apocalipsis. Pues bien, hay suficientes evidencias para suponer que muchos de esos judíos (y presumiblemente los propios discípulos de Jesús) creían que el apocalipsis había llegado. Antes, durante y después del ministerio de Jesús, pulularon figuras mesiánicas que anunciaban el inminente apocalipsis, o algún evento parecido (Juan el Bautista, José el egipcio, Teudas, Jesús el hijo de Ananías). El propio Jesús, por supuesto, fue un predicador apocalíptico. Y, Mateo 27: 52 narra, en clara clave apocalíptica, que después de la muerte de Jesús, los sepulcros de Jerusalén se abrieron, y los muertos resucitaron. Obviamente, el autor de Mateo creía que en aquel momento se inauguraba el apocalipsis, o algo similar. En consecuencia, es perfectamente suponible que los discípulos de Jesús opinaban que algún evento apocalíptico estaba próximo a ocurrir. Y, en ese sentido, la expectativa por la resurrección ya no habría sido tan atípica.
En todo caso, si bien la expectativa es un factor importante a la hora de explicar alucinaciones, no es siempre condición necesaria. Nadie tenía expectativa de que el sol se desplomase a inicios del siglo XX en Portugal, pero con todo, miles de personas alucinaron con este tipo de fenómeno en Fátima. Siempre hay pioneros que, por razones que aún no comprendemos totalmente, alucinan con algo ajeno a su contexto cultural, y eventualmente, contagian a otras personas con estas alucinaciones. La primera persona que alegó ser raptada por extraterrestres seguramente lo hizo sin que su cultura tuviese esa expectativa (precisamente por eso fue la primera persona en hacerlo), pero su alegato se volvió muy popular, y a esto le siguieron muchas otras abducciones. Del mismo modo, aun suponiendo que no había ninguna expectativa de encontrarse con un cuerpo resucitado, la experiencia de los discípulos de Jesús pudo haber sido pionera, y a partir de ella, se construyó la creencia en la resurrección de Jesús.
Con todo, un descubrimiento arqueológico más o menos reciente podría ser evidencia de que, en el siglo I en Palestina, había bastante expectativa frente a la resurrección de los muertos. En el año 2000, se descubrió en una de las cuevas de la comunidad de Qumrán (la misma que produjo los manuscritos del Mar Muerto, y que quizás pudieron ser los esenios mencionados por Josefo), una inscripción en tinta sobre una pared. Según la datación, la inscripción es anterior al nacimiento de Jesús. Esa inscripción es una revelación apocalíptica del ángel Gabriel, en la cual, según una traducción, narra muy brevemente la historia de un hombre ejecutado por los romanos, pero resucita al tercer día.
El hallazgo arqueológico está abierto a debate. Pues, si bien parece auténtico (a diferencia, por ejemplo, de la supuesta tumba de Santiago, la cual resultó ser un fraude), no es del todo claro que el texto haga referencia a una resurrección. Habrá que esperar un análisis más riguroso. Pero, si acaso queda establecido que, en efecto, el texto anuncia la resurrección al tercer día, entonces quedaría sin efecto el argumento de que los discípulos de Jesús no tenían expectativa respecto a su resurrección. Esto, por supuesto, no sería un alegato contundente (no probaría que Jesús no resucitó), pero al menos sí quitaría fuerza al argumento de que es imposible que los discípulos alucinaran sobre sus encuentros con Jesús.
Argumentar que sí había expectativa entre los judíos en torno a la resurrección, por el hecho de que en el Mediterráneo pulularon leyendas sobre dioses que mueren y renacen (Osiris, Dionisio, etc.), es muy problemático. No es del todo claro que los judíos tuviesen noticias sobre estas historias, y si acaso las conocían, es poco probable que las tomaran en serio y se dejasen influir por ellas. Pero, la inscripción de la revelación de Gabriel sobre la roca en la cueva de Qumrán sí sería un alegato de mayor peso, pues se ubica perfectamente en el contexto apocalíptico de los judíos del siglo I (y no sólo los esenios).

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