sábado, 22 de agosto de 2015

¿Por qué cuesta tanto erradicar el nepotismo?

            El nepotismo es uno de los vicios más difíciles de erradicar en las sociedades modernas. En el siglo XIX, el jurista e historiador Henry Sumner Maine postuló que la moderación del nepotismo es uno de los principales criterios por los cuales podemos medir la modernidad y el avance civilizatorio de una sociedad. A juicio de Maine, una sociedad es verdaderamente moderna cuando es capaz de asignar posiciones, no sobre la base del parentesco que se tenga con otros, sino sobre la base del contrato.
La meritocracia aparece cuando los vínculos de sangre se debilitan. Las relaciones sociales se burocratizan, y cada persona es juzgada por sus capacidades, y no por su sangre. A medida que el parentesco pierde prominencia, los jefes confían labores administrativas, no a sus primos, sino a quien esté mejor capacitado para realizarlas.

En la historia de la modernización, esto ha sido un vaivén. De vez en cuando aparecen reformadores que promueven un debilitamiento del parentesco, y favorecen una nueva forma de organización social con menos arraigo en los lazos de sangre. Si bien es indiscutible que ha habido progreso en este ámbito, estas reformas suelen ser muy lentas, pues inevitablemente, muchas veces en la siguiente generación, se genera un regreso a la forma más primitiva de organización basada en el parentesco.
Consideremos, por ejemplo, la historia del cristianismo. No podemos decir que Jesús fue propiamente un reformador moderno (hacer exorcismos y anunciar el inminente apocalipsis no pueden calificar como acciones modernas). Pero, en la prédica de Jesús, hay un aspecto bastante moderno: en el Reino de Dios, no serán tan importantes los lazos de sangre. De hecho, esta prédica debió haberle generado bastantes problemas con sus propios familiares, al punto de que éstos llegaron a pensar que estaba loco. Las relaciones de Jesús no debieron ser muy armoniosas, al punto de que cuando algunos de sus seguidores le comunican que sus parientes lo están buscando, Jesús les hizo un tremendo desprecio, diciendo que quienes estaban sentados alrededor de él, ésos eran sus verdaderos hermanos (Marcos 3:33).
Habría cabido esperar que, cuando Jesús murió, su secta judía mantuviese su organización bajo los principios organizativos que el propio Jesús favoreció. En el evangelio de Mateo hay una extraña escena en la cual, aparentemente, Jesús designa como su sucesor a Pedro, uno de sus discípulos con los cuales no tiene ningún vínculo de parentesco. Muchos historiadores dudan de que esta escena sea realmente histórica. Pero, aun si lo fuera, lo cierto es que Pedro no fue el verdadero sucesor de Jesús en el liderazgo de la secta, sino Santiago. ¿Quién era ese tal Santiago? Muy probablemente, este personaje no formaba parte del grupo de los doce discípulos (aunque sobre esto hay aún alguna disputa), pero era ¡el hermano del Señor! En otras palabras: aun si aparentemente la relación de Jesús con sus hermanos era tortuosa, al final terminó imponiéndose la sangre, incluso en oposición al mensaje original del propio Jesús.
¿Por qué nos cuesta tanto dejar de lado el nepotismo? ¿Por qué la sangre es más espesa que el agua? Hay firmes razones para sospechar que el nepotismo está en nuestros genes, y eso en parte hace que sea tan difícil renunciar a él.
El biólogo William Hamilton hizo fama al resolver un viejo enigma de la teoría darwinista: ¿por qué, en la lucha por la supervivencia, un individuo es altruista hacia otro? ¿Qué ventaja adaptativa puede tener el altruismo? Hamilton postuló que el altruismo es ventajoso, sólo en la medida en que está dirigido hacia parientes con cercanía genética. El individuo altruista limita sus posibilidades de sobrevivir y pasar sus genes, pero a la vez, al ser altruista con sus parientes, colabora para que aquellos parientes con quienes comparte una alta proporción de genes, sobrevivan y tenga prole. Ese altruismo hacia los parientes es básicamente el nepotismo. Así, contrariamente a lo que aparece a simple vista, el altruismo es un modo eficaz que el individuo altruista tiene para pasar sus genes, incluido el propio gen que codifica el nepotismo.

            Con todo, no somos presos absolutos de los genes. La cultura tiene la capacidad de modificar nuestras reacciones instintivas (aunque, no del todo; si bien el collar que nos ata a los genes es largo, nunca nos liberaremos por completo de él). Y, así, cuanto más tribal sea una sociedad, y cuanto más cercana sea a nuestros orígenes como especie, más actuará en concordancia con nuestros instintos biológicos. Como bien postulaba Maine, nuestra civilización ha avanzado bastante, y hoy, nos guía mucho más el principio del contrato que el principio del estatus (muchas veces basado en el parentesco). Pero, sigue siendo una tarea ardua resistir a la tentación de privilegiar a nuestros parientes, precisamente porque esta tentación está profundamente arraigada en nuestra biología.

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