miércoles, 5 de agosto de 2015

El kibutz es anti-natura; la guardería no



            En otro post, he sometido a crítica la crianza comunal de los niños. Casi todos los movimientos comunistas han tenido, en algún momento, la pretensión de abolir la familia y el matrimonio, a favor del amor libre y la comuna. En las pocas ocasiones en que estas cosas se han intentado, han fracasado. Quizás lo más cercano a ser un éxito, han sido los kibutzim de Israel, pero ni siquiera en ese caso se ha evitado el fracaso. Si bien, como documentó Bruno Bettelheim, los niños criados en kibutizim han resultado ser psicológicamente sanos (colocando así un gran matiz a las teorías psicológicas del apego a los padres), eventualmente, los kibutzim tuvieron que disolver su estructura de crianza comunal, porque tanto los niños como los padres preferían conformarse en familias atomizadas. Los kibutzim de hoy mantienen algunas actividades comunales, pero los asuntos más básicos de la crianza son atendidos por la familia.
 
            El fracaso de los kibutzim es fácilmente explicado por la teoría de la evolución: no está en nuestros genes organizarnos de esa manera, y si bien el collar que nos ata a los genes es largo, nunca escaparemos por completo de él. El cuidado de las crías requiere un enorme esfuerzo. En términos evolucionistas, esto es rentable sólo si esa cría lleva una alta proporción de los genes de quienes la atienden. En ese sentido, los padres tienen una predisposición genética a criar a sus propios hijos, y no dedicar el mismo esfuerzo a los hijos de otros. Hacerlo así es dar oportunidad a que otras crías que llevan otros genes, se reproduzcan en mayor proporción. Es por ello que el gen que codifica la crianza de niños no emparentados, no debió prosperar.
Contrariamente a las fantasías de algunos marxistas sobre los orígenes de nuestra especie, la crianza comunal de los niños nunca existió; cada quien cría a su propia sangre. Aquel viejo adagio africano de que “se requiere una aldea para criar a un niño”, es precisamente eso: un adagio sin mucho fundamento, como tantos adagios que pululan en la cultura popular.
            Pero, pueden hacerse algunos matices. En otras especies, se ha documentado la práctica de la crianza complementaria, sobre todo entre hembras. Como cabría esperar, estas hembras tienen un grado de cercanía de parentesco con las crías a las cuales dirigen su atención. Entre los primates, es una práctica muy rara. Las madres chimpancés (la especie más cercana a nosotros) no se despegan de sus crías, y nunca una hembra chimpancé contribuye a la crianza de una cría que no sea la suya propia.
            Entre los humanos, no obstante, esta práctica sí es más común. Las abuelas y tías son de gran ayuda en la crianza. Pero, esto no se limita al parentesco. Quienes ejercen las labores de crianza complementaria pueden no ser parientes (comadronas, compadres, maestros, etc.).
            ¿Cómo explicar esto en términos darwinistas? ¿Qué gana una comadrona en ayudar a traer al mundo a un niño con quien no comparte genes? La antropóloga Sarah Blaffer Hrdy ha hecho renombre ofreciendo explicaciones de este curioso hecho. El altruismo puede obedecer a cualquiera de estos dos fenómenos: la selección de parentesco, o el altruismo recíproco. En la selección de parentesco, ayudar a quienes llevan una alta proporción de mis genes es ventajoso, pues con la ayuda a mis parientes, propiciaré que mis genes se divulguen. Pero, también puedo propiciar que mis genes se divulguen ayudando a no parientes. ¿Cómo es eso posible? La respuesta es sencilla: con la expectativa de que habrá retribución a ese altruismo. En otras palabras, yo te ayudo a rascar tu espalda, si tú luego me ayudas a rascar la mía. Así, ambos nos ayudamos mutuamente, y ese altruismo recíproco hace que la conducta altruista sea provechosa para divulgar mis genes.
            Hrdy hace mucho énfasis en que el infante humano es extremadamente vulnerable durante sus primeros años de vida (en buena medida debido a su enorme cerebro y la dificultad de pasar a través del canal de nacimiento de su madre bípeda). A diferencia de otras especies primates, como los chimpancés, el mero cuidado de la madre no es suficiente para sobrevivir. Se requiere de un inmenso esfuerzo, y en esto, es necesaria la participación de otros adultos. Sólo así pudo sobrevivir la especie humana. ¿Cómo se logró que otros adultos cooperaran en la crianza de los niños? La selección de parentesco contribuyó: los parientes, especialmente los maternos (debido a la certeza de que la cría lleva sus genes), ayudan a la madre, y al favorecer a sus sobrinos y nietos, contribuyen a propagar el gen. Pero, también operó el altruismo recíproco: yo cuido a tu niño hoy mientras tú haces tus otras labores, tú cuidas a mi niño mañana mientras yo hago las mías.
            Por supuesto, esto no elimina el nepotismo de nuestra condición humana. La gente sigue amando más a sus hijos por encima de los hijos del vecino. Pero, al mismo tiempo, a la gente no le importa hacer un regalo de navidad al hijo del vecino, ni tampoco quedarse con el niño unas horas mientras su madre sale a hacer algunas diligencias. De hecho, ninguna madre puede cuidar a sus hijos veinticuatro horas al día, siete días a la semana, ni siquiera con la ayuda del padre (quien siempre tendrá la sospecha de que esos hijos no son suyos, y por ende no le dedicará la misma atención que le dedica la madre).
            Hrdy deriva una conclusión muy sensata de todo esto: la maternidad más óptima se ejerce cuando la madre recibe ayuda de otros. Contrariamente a los delirios comunistas sobre la crianza comunal, nunca estaremos dispuestos a entregar a nuestros hijos para que sean criados por extraños. Pero, al mismo tiempo, recurrentemente las madres necesitan un descanso temporal, pues los niños exigen tanto, que ellas solas no pueden hacer semejante labor. Es una aberración entregar los niños al Estado para nunca volverlos a ver (como pretendía Platón y algunos comunistas de épocas más recientes), pero no es ninguna aberración descansar unas horas mientras otros adultos cuidan a los niños.
En función de esto, Hrdy considera importantísimo el apoyo de guarderías en la sociedad moderna. Si los padres no pueden costearlo, insiste Hrdy, el Estado debe proveerlo. He ahí un ejemplo de cómo, contrario a lo que muchas veces erróneamente se supone, el darwinismo puede favorecer políticas de izquierda. Yo no soy un gran simpatizante del Estado de bienestar, pero concedo a Hrdy que, así como el kibutz es muy ajeno a nuestra naturaleza humana, la guardería no lo es. Y, en función de eso, debemos planificar la sociedad moderna teniendo en cuenta que las madres necesitan apoyo, y que necesitan despegarse de sus niños algunas horas al día.

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