jueves, 20 de agosto de 2015

¿Es el arte corrompido por el comercio?

            En una conversación que recientemente tuve con mi padre, él se quejaba de que, en su visita museos como el Louvre o el Prado, él veía a más gente en la tienda del museo comprando llaveritos con la imagen de la Mona Lisa, que en las propias galerías contemplando los cuadros originales.
            Esto es una vieja queja manifestada por la izquierda. Fue Walter Benjamin quien con más ahínco la expuso. Benjamin se quejaba de que, con el advenimiento de la modernidad y el capitalismo, las bellas artes se estaban corrompiendo. Habían perdido el “aura”, frente a los procesos de manufacturación masiva. El mundo se convirtió en un gran McDonalds, o peor aún, un gran Dinseyworld, con productos manufacturados sin inspiración ni creatividad, haciéndose pasar por arte. Quejas similares adelantaron después los gurús marxistas de la Escuela Frankfurt.

            Esta preocupación de la izquierda siempre me ha parecido un poco extraña. Marx, por ejemplo, denunciaba el fetichismo en el capitalismo: las relaciones de producción fetichizan la mercancía, y según él, eso oculta los verdaderos procesos de producción que yacen tras ella. Pero, ¿no es acaso el lamento de Benjamin también una forma de fetichismo? Postular que las obras de arte tienen un “aura” que se pierde cuando son comercializadas en masa, es algo muy parecido a lo que los primitivos hacen cuando fetichizan una reliquia. Con su noción de “aura”, Benjamin era un promotor del pensamiento mágico.
            Benjamin y los gurús de la Escuela de Frankfurt, además, tenían un tufo elitista. Esto es aún más extraño entre marxistas, una ideología que supuestamente busca la liberación de las masas. Benjamin y sus seguidores sentían rechazo por la cultura de masas; ellos querían mantener las bellas artes en los museos, y lamentaban los medios de reproducción masiva que, precisamente, permiten que las grandes obras de arte lleguen al pueblo llano.
            Yo más bien favorezco las ideas del economista Tyler Cowen al respecto. Según él, la comercialización del arte, lejos de propiciar su corrupción, contribuye a la creatividad y la revitalización de la producción artística. La comercialización del arte expande su alcance. Los souvenirs que se venden en el Louvre son un magnífico recurso para que el aldeano senegalés que aún no tiene posibilidad de viajar a París, alcance a ver la Mona Lisa, y se inspire en ella para hacer su propia obra de arte.
Además, el arte necesita una clase ociosa que perfeccione sus técnicas. ¿Cómo financiarla, si no es a través de la comercialización de la obra? Se ha propuesto la alternativa del financiamiento estatal, y no cabe duda de que, en casos como el subsidio soviético de las artes, hubo bastante éxito. Pero, a la larga, esta solución no es sustentable. El Estado nunca va a generar la riqueza que genera el mercado para poder sustentar consistentemente el arte. Y, así, el esplendor artístico soviético duró algunas décadas, pero aquello eventualmente se convirtió en algo inviable.
Hay preocupación de que la comercialización del arte corrompe la producción, pues el gusto se vulgariza para ajustarse a la demanda poco refinada del mercado: los artistas bailan al son que le tocan los mecenas, y si ese mecenas es la sociedad comercial de masas, la calidad artística se pierde. Quizás sea así, pero yo no veo que la alternativa de financiamiento estatal sea una mejora: ¿acaso los artistas del “realismo socialista” eran verdaderamente libres en su expresión? ¿No bailaban estos artistas también al son del burócrata, cuyo sentido estético podía ser igualmente deplorable?

En todo caso, Cowen señala un punto adicional a favor del mercado en la revitalización del arte: al llegar a más gente a través de la comercialización, el artista tiene más presión de satisfacer gustos más variados. Eso incentiva aún más su creatividad. El diseñador que toma la Mona Lisa y la incorpora en un souvenir, dirige esa mercancía a Senegal, Singapur y Uruguay, y debe ingeniárselas para que le resulte atractiva a esos consumidores. No es difícil ver cómo ese estudio de mercado, conduce a usar la Mona Lisa creativamente. La comercialización, lejos de ser una catástrofe para el arte, puede resultar una interesante oportunidad.

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