domingo, 4 de diciembre de 2011

Oreo: los traidores raciales


EE.UU., una sociedad que aún no supera la profunda división entre grupos étnicos, tiene a su disposición una enorme lista de descalificativos étnicos. Gracias a Hollywood, todos conocemos, desafortunadamente, calificativos muy comunes como ‘nigger’, para referirse a la gente de piel oscura.

Hay un descalificativo que no aparece tanto en las películas, pero que es mucho más ambiguo: ‘oreo’. Se llama así a las personas que, según el folklore, son negras por fuera, pero blancas por dentro, tal como la popular galleta de chocolate y crema. Las víctimas de este insulto son personas de piel oscura que, según las perciben por los demás, se han asimilado a la civilización occidental y, por así decirlo, se han vuelto blancas. Llamar a alguien nigger es un profundo insulto, y cuenta con la desaprobación de la mayor parte de la población norteamericana. Llamar a alguien oreo, en cambio, no genera tanta reacción. Pero, deseo defender la idea de que el concepto de oreo es profundamente racista, pues inclusive a diferencia del uso de nigger, lleva implícita una premisa mucho más perversa.

En todo proceso de explotación, siempre ha habido cómplices y colaboracionistas emergidos del seno del mismo grupo explotado. Y eso, por supuesto, merece justamente el reproche de la sociedad. Así, los esclavos liberados que servían como capataces para golpear a los otros esclavos, y hacían el trabajo sucio que los amos preferían no hacer, son personajes sumamente desagradables. Personajes como éstos evocan el calificativo de oreo, pues a pesar de ser originalmente esclavos negros, colaboran con el amo blanco en su explotación.

Hoy, se denuncia que personajes como éstos persisten en EE.UU. Algunos personajes han logrado sobreponer el racismo y han alcanzado posiciones de poder, pero una vez que llegan a esas posiciones, no hacen nada por mejorar las condiciones de aquellos que siguen sufriendo el racismo e, incluso, se convierten en los nuevos colaboracionistas. Personajes como Barrack Obama, Condolezza Rice o Colin Powell han sido acusados de ser oreos, como los exesclavos convertidos en capataces: negros por fuera, pero blancos por dentro.

Incluso, el filósofo Frantz Fanon dedicaba análisis mucho más detallados sobre cómo, en muchos espacios de la vida cotidiana, hay plenitud de gente con piel negra que desesperadamente busca colocarse una máscara blanca; de ahí el título de su conocida obra, Piel negra, máscaras blancas. Fanon no llamaba a esta gente oreo, pero su metáfora de la piel negra y la máscara blanca es una metáfora que persigue el mismo objetivo.

A simple vista, el descalificativo de oreo sirve para reprochar a aquellos oportunistas que hacen poco por aliviar el sufrimiento de aquellos a quienes dejaron atrás. Pero, urge apreciar que es fácilmente abusado y que, cuando así ocurre, lleva la impronta de un racismo sumamente perverso.

Mucha gente de piel negra es tildada de oreo, no sólo por convertirse en parte de la clase explotadora, sino también por haber asimilado los patrones culturales de la civilización occidental. Un médico de piel negra que trabaje arduamente por la salud de comunidades negras y luche en contra del racismo, pero que a su vez, no tenga ningún interés por la música, la gastronomía, o alguna religión africana, e incluso, sienta gran emoción por Mozart, por la hamburguesa y sea católico, muchas veces será considerado un oreo. Pues, a juicio de quienes lo descalifican, este médico, en virtud de que prefiere la música, la gastronomía o la religión europea, lo ha vuelto blanco por dentro. Vale insistir, aun si no participa como opresor, el mero hecho de tener piel negra y exhibir rasgos culturas occidentales, lo convierte en un oreo.

Para sus degradadores, una persona como ésta es carente de autenticidad: ser un negro íntegro no es sólo tener la piel oscura. Es también participar de los valores de la cultura africana. Si esta persona participa de los valores de la cultura europea, es un traidor. Si tiene piel negra, pero se deleita con Mozart, es un oreo. Incluso, lamentablemente Frantz Fanon llegaba a sostener en Piel negra, máscaras blancas que parte de la máscara blanca consiste en casarse con hombres y mujeres blancas. El romance de un negro con una persona blanca, alegaba Fanon, es una medida desesperada por abandonar las raíces africanas y sentirse parte de la cultura del explotador. En otras palabras, el negro que se enamora de una persona blanca, pasa a ser un oreo.

La descalificación de aquellos que se enamoran de personas de otro color debería ser claramente reprochable: una manera eficaz de combatir el racismo es precisamente la celebración de matrimonios y romances entre personas de distinto color de piel, en vez de llamar oreo a los negros que se enamoran de blancas.

Pero, además, en el uso del descalificativo de oreo, hay una premisa aún más preocupante. Quienes llaman oreo a otras personas asumen que el color negro de la piel debe ir acompañado de ciertos rasgos culturales para conservar la autenticidad. En otras palabras, asume un esencialismo: el ser negro es un paquete entero que no puede cambiar, pues si una persona tiene piel negra, pero asume la cultura europea, ha dejado de ser realmente negra, y se ha convertido en oreo. Esta forma esencialista de pensar es, sorprendentemente, el mismo tipo de mentalidad que caracterizaba a los pseudocientíficos raciales que, en el siglo XIX, asumían que existe una correspondencia entre los rasgos biológicos y los rasgos culturales. A juicio de estos racistas, la gente de piel negra tiene un impedimento biológico para asumir la cultura de los occidentales y, por eso, la educación debe ser segregada. Para ellos, era inconcebible que una persona de piel blanca pudiera óptimamente hablar una lengua bantú, o una persona de piel negra dominar una lengua indo-europea.

Pues bien, este racismo que se inspira en la supuesta correspondencia entre rasgos biológicos y rasgos culturales también inspira el descalificativo de oreo. Quienes degradan a las personas de piel negra que han asimilado la cultura europea asumen, como lo hacían los racistas pseudocientíficos del siglo XIX, que las características biológicas deben corresponder con las características culturales. Así, llamar a un negro europeizado ‘oreo’, en vez de combatir el racismo, lo fortalece aún más.

El primer paso en la lucha en contra del racismo es asumir que los seres humanos tenemos la suficiente flexibilidad para asumir óptimamente desde el nacimiento cualquier cultura, independientemente de los rasgos biológicos. Que una persona de piel negra escuche a Mozart (o una de piel blanca escuche a Louis Armstrong) debería ser motivo de alegría, y no de molestia. Pues, esa persona es un vivo recordatorio de que, afortunadamente, los seres humanos no contamos con obstáculos biológicos para ser educados en una u otra cultura.

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