sábado, 17 de diciembre de 2011

El cine, el teatro y la literatura sin razas



Frecuentemente veo a niños venezolanos interpretar el papel de Simón Bolívar. Muchos de estos niños tienen la piel mucho más oscura de lo que, según apreciamos en los retratos pictóricos, tuvo el Libertador A los directores de las obras de teatro infantiles no les importa. Basta con agregar patillas a los niños actores, como para acercar el parecido físico entre Bolívar y los infantes.

En sociedades con una historia de segmentación racial mucho más intensa, como los EE.UU., una situación como ésa sería muy improbable. Un niño de piel oscura difícilmente podrá interpretar el papel de George Washington en una obra de teatro, o a la inversa: no será bien visto que un niño de piel clara interprete el papel de Martin Luther King en la producción teatral de la escuela.

La situación no es muy distinta entre adultos en Hollywood. En EE.UU. e Inglaterra, hay plenitud de filmes históricos. Y, hay una regla tácita: el actor debe compartir los mismos rasgos raciales que el personaje. Denzel Washington jamás podrá interpretar a Julio César, ni Robert De Niro a Shaka Zulu.

Pero, con esto, entramos en una dificultad recurrente cuando se discuten asuntos raciales: ¿qué es, exactamente, una raza? ¿Cómo sabemos cuándo una persona pertenece a esta o aquella raza? ¿Bajo qué criterio podemos afirmar que Ribert De Niro sí puede interpretar a Julio César, pero no a Shaka Zulu?

Desde el siglo XVIII, la época durante la cual los biólogos empezaron a segmentar a la humanidad en distintos tipos raciales, el criterio más elemental fue el color de la piel. Como complemento, ha habido otros rasgos, pero de menor importancia: tipo de cabello, estructura de los ojos, estatura, forma de la cabeza. Y, ése es fundamentalmente el mismo criterio que guía a Hollywood: el actor debe tener al menos el mismo color de piel que el personaje histórico, y quizás también compartir algunos de los otros rasgos raciales.

La dificultad está, no obstante, en que los biólogos nos han repetido una y otra vez, que el color de piel (o el tipo de cabello y los otros rasgos raciales típicos) son criterios arbitrarios para segmentar a la humanidad. Hay muchísimos otros modos de separar a la especie humana en razas, y esto no coincide con la división racial tradicional. Por ejemplo, si dividiésemos a la humanidad por su tipo se sangre, o por la talla de los pies, tendríamos grupos raciales muy distintos a las tradicionales razas. No hay motivo para seleccionar al color de piel por encima de los otros rasgos biológicos de las personas.

Podemos extender esto al cine. Denzel Washington no tiene el mismo color de piel que Julio César. Pero, pudo tener el mismo tipo de nariz, o el mismo tipo de sangre, o la misma talla de pie. Robert De Niro tiene la piel clara y Shaka Zulu tuvo la piel oscura, pero quizás ambos produjeron cera sólida en sus orejas, o quizás ambos tienen un gen que codifica resistencia al VIH.

El color de la piel es arbitrario como criterio de clasificación racial. Pero, quizás no sea tan arbitrario en la percepción del parecido físico entre las personas. Cuando reconocemos físicamente a otras personas, no dirigimos nuestra atención al lóbulo de la oreja (otro posible criterio racial), sino más bien a los rasgos frecuentemente empleados en la clasificación racial: color de la piel, forma de la nariz, etc. No obstante, no es del todo seguro que tengamos una tendencia natural a identificar a los demás de ese modo. Parece más bien una construcción social. Hubo sociedades en las que el parecido entre las personas no venía dictado por el color de la piel u otros típicos rasgos raciales.

La importancia del color de la piel como rasgo definitorio de la identidad es un invento de la sociedad moderna. Y, ha sido precisamente ese invento lo que ha sentado las bases del racismo. El primer paso para construir una sociedad racista es darle importancia al color de la piel.

Por ello, el cine tiene una importante función social en revertir esa importancia arbitrariamente concedida al color de la piel. En la medida en que Denzel Washington interprete a Julio César o Robert De Niro a Shaka Zulu, la sociedad norteamericana estará enseñando que el color de piel no es el rasgo por el cual debamos identificar a los seres humanos, y por extensión, negará la existencia de las razas, proveyendo así un gran servicio de educación antropológica.

Ésta es una lección que los venezolanos podemos ofrecer a los norteamericanos: en nuestras obras de teatro y películas, un actor de piel oscura y un actor de piel clara perfectamente puede representar personajes que son hermanos. Esa disparidad entre el color de la piel choca mucho menos entre nosotros.

Pero, precisamente el hecho de que, por lo general, en el cine, el teatro y la literatura venezolana, el color de piel es irrelevante, parece molestar a algunos críticos que proceden de algún sector de la izquierda venezolana. Su alegato es que los negros han sido apartados de la literatura y el cine. Mi amigo, el crítico literario Steven Bermúdez, por ejemplo, me ha comentado varias veces que en los cuentos venezolanos, el negro está ausente.

Mi apreciación (y, valga advertir que no soy amplio conocedor de la literatura venezolana) es que, en efecto, en esos textos el negro está ausente. Pero, también lo está el blanco, el amarillo o el rojo. Para la mayor parte de los autores venezolanos, a diferencia de los norteamericanos o los ingleses, el color de la piel de sus personajes es sencillamente irrelevante. Y, es mucho más deseable ese daltonismo literario. Pues, en la medida en que el cine, el teatro y la literatura no prestan atención a las diferencias biológicas entre los hombres, se sembrará en la sociedad la idea de que el color de la gente no es relevante.

Por supuesto, la sociedad colonial sí estuvo muy atenta a las diferencias en el color de piel, y el sistema de exclusión racial fue severo. Y, quizás, el hecho de que por siglos la gente de piel oscura fue discriminada exige que, ahora, se exija que un porcentaje de personajes sean explícitamente de piel oscura. Pero, yo soy de la opinión de que, el primer paso para acabar con el racismo es restarle importancia a las distinciones sobre el color de la piel: si en el pasado colonial hubo distinciones raciales, hoy es necesario pasar la página. Por ello, creo más conveniente más bien asumir un daltonismo: cuando contemplemos a un personaje en la gran pantalla, en las tablas, o en las páginas de un libro, ignoremos su color de piel, del mismo modo en que ignoramos si tiene el lóbulo de la oreja adherido o no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada