jueves, 29 de diciembre de 2011

Crítica a la négritude

La relevancia del color de la piel entre los seres humanos es sorprendentemente reciente. La especie humana ha existido por alrededor de cien mil años, y la pigmentocracia (la estratificación de la sociedad en función del color de la piel de sus miembros) apenas tiene, a lo sumo, trescientos años. No fue sino hasta inicios del siglo XVIII cuando formalmente, los proto-antropólogos europeos empezaron a segmentar a la humanidad en distintos grupos raciales discretos, con base en el color de piel como principal criterio clasificador.

Antes de eso, el color de piel era básicamente irrelevante. Siempre ha habido, por supuesto, jerarquías en las sociedades. Pero, no se hacían sobre la base de criterios biológicos. Los griegos y romanos, por ejemplo, eran esclavistas, pero su esclavitud no era racial. Hubo esclavos blancos y amos negros en Grecia y Roma. Y, en ese sentido, ni los antiguos ni los medievales consideraron que los rasgos raciales de una persona fuesen obstáculos para ocupar una posición de poder, o asimilar pautas culturales específicas.

A partir de la Ilustración en el siglo XVIII, todo esto cambió. Quizás debido a la incongruencia entre los ideales igualitaristas ilustrados, y la continuidad de la esclavitud, algunos representantes de la Ilustración empezaron a postular la idea de que los esclavos no eran humanos en el mismo sentido que los amos. Antes bien, entre los amos y los esclavos había una gran diferencia biológica, definida en términos raciales. Por eso, cuando se decía “todos los hombres son creados iguales”, pretendía salvaguardarse la esclavitud, añadiendo tácitamente, “los esclavos no son propiamente humanos”.

Este racismo incipiente se desbordó en el siglo XIX. Una gran cantidad de supuestos científicos empezaron a explotar las diferencias biológicas entre los seres humanos, y a dividir forzosamente a la especie humana en diversos grupos raciales. A pesar de su racismo, los Ilustrados opinaban que el clima tiene un efecto sobre los rasgos raciales, y que hasta cierto punto, las características raciales eran flexibles en función del hábitat (un negro podría convertirse en un blanco, si pasaba suficiente tiempo en un clima templado).

En cambio, los racistas pseudocientíficos del siglo XIX opinaban que las características raciales son fijas e inmutables. En esto, por supuesto, los racistas del siglo XIX tenían razón: la piel negra no puede convertirse en blanca. Pero, los racistas del siglo XIX añadían aún otra tesis: los rasgos conductuales tienen una correspondencia con los rasgos raciales, y en este sentido, la conducta es tan fija e inmutable como el color de la piel. Así, en el entendimiento de los racistas del siglo XIX, un niño de piel negra criado por padres blancos, y educado en un liceo francés desde su infancia, siempre se comportará como un africano, pues hay algo intrínseco en su biología que lo hace comportarse como africano, y no como europeo. Y, opinaban muchos racistas pseudocientíficos, la educación de los negros es inútil, pues su condición biológica les impide aprender los conocimientos propios de la educación europea.

El colonialismo muchas veces se valió de estas ideas para oprimir a los nativos. En muchos países de África, se impuso esta ideología, y se justificaban los abusos en función de la supuesta inferioridad racial de los nativos: los negros están biológicamente destinados a obedecer y al trabajo manual, los blancos están biológicamente destinados a dirigir y al trabajo intelectual.

Después de tantos abusos colonialistas, hubo varios movimientos de liberación en África. Un movimiento, especialmente en Senegal, procuró apelar al universalismo propio de la Ilustración francesa. El movimiento consistía en promover la idea de que todos los seres humanos somos parte de la misma especie, y el concepto de ‘raza’ es trivial. Un niño negro perfectamente puede integrarse a la vida cultural europea, pues en él no hay ningún impedimento biológico para asumir la cultura de los blancos, y ser ciudadanos en igualdad de condiciones. El combate contra el racismo sería mediante la asimilación.

Ésta fue la idea del colonialismo francés. Lamentablemente, hubo mucha hipocresía en su aplicación: la irrelevancia del color de la piel era sólo una abstracción que no se cumplía. Como reacción a esto, surgió otro movimiento de liberación. En vez de promover la asimilación y la irrelevancia del color de la piel, se promovió el orgullo por el color negro. Y, en vez de buscar asimilar los valores universalistas de la Ilustración, se buscaba construir una identidad particular panafricana separada de la europea, que se enorgulleciera de las raíces culturales africanas.

Una variante de este movimiento fue la négritude. Fundado por tres grandes intelectuales negros francófonos, Leopold Senghar, Aimé Cesaire y Leon Damas, este movimiento, más artístico que político, promovió la búsqueda de una identidad colectiva mediante la cual todas las personas negras del mundo, se liberaran de los complejos de inferioridad sembrados por el colonialismo.

Un movimiento así es loable en muchos sentidos. Allí donde la faz más brutal del colonialismo había impuesto vergüenza por el color oscuro de la piel, los promotores de la négritude invitaban a las personas a no sentir vergüenza por su color de piel. Y, en función de eso, la négritude ha servido como un poderoso marco intelectual para hacer frente a la brutal discriminación racial que ha persistido en muchas colonias y excolonias de África y el Caribe.

Pero, creo que hay más aspectos reprochables que loables en la négritude, y en balance, opino que su saldo es negativo. Senghor, Cesaire y Damas pretendían construir una identidad que aglutinase a todas las personas de color negro. Y, en este sentido, hablaban de una “cultura negra”. Con esto, parecían asumir que un santero cubano que habla castellano, un rapero neoyorquino que habla inglés, y un sheij saudita que habla árabe, son parte de una misma cultura. Obviamente, estos tres hipotéticos individuos no tienen en común ni la nacionalidad, ni la lengua, ni la religión, ni la música, ni la gastronomía, ni la cosmovisión. ¿Qué tienen, entonces, en común? El color de piel. Y, en ese sentido, supuestamente hay más estrechez entre estos tres individuos, que entre el sheij saudí negro y un sheij saudí blanco, o entre un santero cubano negro y un santero cubano blanco.

Con esto, los promotores de la négritude le dan continuidad a una obsesión colonialista impuesta por el hombre blanco a partir del siglo XVIII: la relevancia del color de piel como patrón de identidad entre los seres humanos. La división de la humanidad en razas es un invento europeo que hizo mucho daño, y la négritude la continúa. Los imperios de Etiopía, Mali o Somghai no dedicaban atención a las diferencias en el color de la piel. Fue el colonizador occidental quien impuso esa ideología para oprimir. Difícilmente la continuidad de una ideología como ésa pueda ofrecer una genuina liberación.

Los racistas pseudocientíficos del siglo XIX opinaban que hay algo intrínseco en las características raciales de cada ser humano, de forma tal que condiciona su vida cultural. Los promotores de la négritude le dan continuidad a este concepto. Para ellos, el color de la piel dicta cómo debe comportarse cada quien. Un individuo de piel negra que se asimile por completo a la vida cultural europea está faltando a la autenticidad y está pretendiendo ser blanco. Para ser auténticamente negro y respetar su color de piel, debe comportarse como se espera que se comporten los negros. Un martiquinés de piel negra que no tenga ningún interés cultural por África, pero en vez sienta mucha atracción cultural por Japón, está faltando a su esencia. Pues, su negritud exige que lleve a África por encima de cualquier otra región del mundo en su orden de prioridades culturales.

De ese modo, la négritude impone una camisa de fuerza a la gente con piel oscura. Ellos deben sentirse africanos, pues eso es lo congruente con su color de piel. La négritude es una inmensa pared que no permite a la gente con piel negra, salir de la cultura africana. Pero, ocurre también a la inversa: la négritude es una inmensa pared que no permite a la gente de piel blanca, entrar a la cultura africana. ¿Cómo puede un adolescente de cabello rubio y ojos azules participar de la cultura africana, si de antemano la négritude asume que ésta es ante todo, para los negros (de ahí procede precisamente el nombre)? Un rapero blanco como Eminem, por ejemplo, ha vivido de cerca esta dificultad, pues ideologías como la négritude han sembrado la noción de que el rap es un género que sólo puede ser dominado por gente de piel negra.

Así, sin percatarse de ello, los padres fundadores de la négritude participaron del mismo esencialismo que los racistas pseudocientíficos del siglo XIX. Ambos grupos de autores sostenían que la humanidad puede ser dividida en distintos grupos raciales que corresponden con distintas características culturales. Y, en ese sentido, cuando un grupo racial asume las características culturales de otro grupo racial, está faltando a su esencia y pureza cultural. Senghor, Cesaire y Damas no hablaron de ‘africanidad’ (lo cual hubiese hecho irrelevante el color de la piel y hubiese permitido superar parcialmente el esencialismo), sino de ‘négritude’, con lo cual, le dieron continuidad a las premisas raciales del siglo XIX. Fue precisamente este esencialismo de la négritude lo que desencantó a autores como el haitiano René Depestre. Valoro en la négritude el haber permitido a la gente negra superar su vergüenza por su color de piel, pero le reprocho el haber continuado con la nefasta ideología que asume que las diferencias culturales deben coincidir con las diferencias biológicas.

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