viernes, 12 de octubre de 2012

Ludwig von Mises y Pudreval



Han pasado ya más de dos años desde el escándalo de PDVAL en Venezuela: en 2010, se encontraron galpones con miles de toneladas de comida podrida. PDVAL, una filial de la empresa petrolera estatal venezolana PDVSA, se encarga de distribuir alimentos en la población, bien sea con precios altamente subsidiados, o sencillamente, gratis.
            Ante semejante brutal desperdicio de comida, la oposición exigió una investigación a la Asamblea Nacional, dominada por la bancada oficialista, pero como era de esperarse, ésta rehusó hacerlo. Hubo, al parecer, una investigación de menor alcance, y como resultado, se detuvieron a tres funcionarios de bajo rango.
            El escándalo de PDVAL es una historia sin resolverse. Hay varias hipótesis sobre qué ocurrió realmente, pero ninguna de éstas va más allá del rumor. La más resonada es que algunos funcionarios solicitaron fondos públicos cuantiosos para importar comida. Puesto que la suma fue tan grande, no hubo posibilidad de controlar el despilfarro, y es presumible que, en ese descontrol, los funcionarios se quedaron con alguna tajada del dinero.
            El gobierno tiene como deuda pendiente el castigo de los culpables de este hecho. Pero, me temo que la responsabilidad de esto no se limita a dos o tres funcionarios corruptos. Antes bien, se extiende al propio sistema que parte de una economía planificada desde algún remoto ministerio en Caracas, y que cree que el Estado es un óptimo distribuidor de comida y demás rubros. El escándalo de PDVAL podría volver a ocurrir nuevamente, especialmente si no se tienen en consideración las advertencias de los economistas que han estudiados estos fenómenos. Y, lo más preocupante es que si estos economistas están en lo cierto, la monstruosidad de PDVAL podría volver a ocurrir sin que ningún funcionario corrupto intervenga con mala intención. Es el sistema en sí mismo lo que se vuelve inepto, y genera esas lamentables consecuencias.
Uno de esos economistas fue el gran Ludwig von Mises. En opinión de Mises, el socialismo está destinado al fracaso. Gracias a Marx, hoy mucho se habla de las contradicciones del capitalismo, pero poca gente tiene en cuenta las contradicciones del socialismo. Pues bien, Mises estimaba que, en virtud de las propias premisas de las cuales parte el socialismo, es inevitable su eventual colapso, o si queremos ser menos dramáticos, su mal funcionamiento. Y, para llegar a esta conclusión, Mises no atendió propiamente los hechos concretos que ocurren en distintas experiencias económicas, sino que más bien partió de algunas premisas y, a través de razonamientos aparentemente válidos, formulaba sus juicios.
            Así, con base en este proceso deductivo, Mises advirtió que el socialismo está condenado a fracasar en virtud de un problema que él llamó el ‘problema del cálculo económico’. En una economía socialista, el Estado se encarga de distribuir los recursos. En sus formas más extremas, como en la Unión Soviética (y Cuba, hasta fechas recientes), el Estado socialista no comercializa los recursos, sino que sencillamente los entrega a la población, mediante su enorme aparato burocrático. En algunas formas más moderadas (como Venezuela), el Estado comercializa los recursos, pero aplica subsidios o controla precios de los rubros que los burócratas estiman son más necesarios para la población.
            Mises detectó un grave problema con esto. ¿Cómo saber cuáles y cuántos recursos se deben repartir en la población? Obviamente, no todas las poblaciones tienen las mismas necesidades, e incluso, estas necesidades pueden variar de un momento a otro. En una economía planificada, el Estado presume saber qué necesita la gente. Pero, ¿es realmente así? Todo pareciera indicar que no. El pueblo manifiesta su voluntad cada cierto tiempo en las elecciones, pero jamás se le consulta si prefiere helado de fresa o helado de chocolate. El Estado puede pretender conocer las preferencias materiales de la gente, mediante una inmensa red de burócratas (tanto formales como informales, como es el caso de los consejos comunales en Venezuela) que recogen información y la envían a los ministerios en la capital para que, una vez ahí, planifiquen la vida económica del país. Pero, no es difícil imaginar cuán fácil es que esta red burocrática se vuelva inepta, y además, tome medidas extemporáneas (quizás los ministerios se enteran de que el pueblo quiere menos leche y más mantequilla, pero cuando toman las medidas correctivas meses después, ya las preferencias del pueblo han cambiado). Además, esta inmensa red de burócratas informantes implica un enorme gasto público, el cual se podría emplear más bien en la construcción de hospitales y carreteras.
            La cuestión que Mises plantea, entonces, es la siguiente: ¿cuál es la forma más eficiente de conocer la demanda de la gente, a fin de distribuir recursos? Y, la respuesta de Mises no es sorprendente: el libre mercado. Mediante el libre mercado, se puede saber de forma mucho más eficiente cuál es la demanda económica de la gente. Si el precio de un rubro aumenta en el mercado, entonces sabemos que la demanda es alta y que, en efecto, el pueblo quiere ese rubro. Este mecanismo es muchísimo más eficiente que votar en un referéndum sobre las preferencias económicas de la gente, o informar al burócrata enviado por el ministerio. El precio aumenta porque el productor, en su propio interés, aprovecha la alta demanda y sube el precio. Pero, con esto, el precio se convierte en una señal inequívoca de que la gente está complacida con ese rubro, y desea más de eso.
Cuando los precios están controlados, o cuando el Estado subsidia e incluso regala los rubros, no hay manera eficaz de saber cuáles rubros son los más necesitados. Pues, al congelar un precio, se hace inoperativo el mejor indicador de la demanda. Mises llega a la conclusión de que el Estado socialista nunca estará en buena posición para calcular racionalmente el reparto de los recursos, pues sus propias medidas así lo imposibilitan. Sin un indicador eficaz de la demanda, resulta fácil que el Estado asigne recursos innecesarios, y deje de asignar recursos necesarios.
Mises ha sido criticado por su ‘praxeología’, a saber, el principio metodológico en economía que señala que, a la hora de evaluar distintos sistemas económicos, es menos importante la observación directa de los fenómenos, y más importante la deducción a partir de premisas indiscutidas. Quizás esta crítica tenga asidero, pero independientemente de esto, las advertencias de Mises se han cumplido en plenitud de casos.
En la Unión Soviética, fueron prominentes los reportes de zapaterías que almacenaban millones de zapatos entregados por el Estado pero que, sencillamente, el pueblo no quería. Y, el escándalo de PDVAL bien podría haber sido uno de esos casos. El Estado, en su torpe intento por pretender saber lo que la gente quiere, invierte cuantiosas sumas para repartir comida que, al final, la misma gente rechaza. Si la distribución de la comida fuese regida por el libre mercado, se conocería mejor la verdadera demanda del pueblo, y con este conocimiento, surgirían competidores que satisficieran mejor la demanda y, eventualmente, harían bajar los precios.
Un Estado que pretende decirle al pueblo lo que en realidad necesita, termina por ser, por supuesto, autoritario y paternalista. Un eminente discípulo de Mises, Friederich von Hayek, advirtió sobre lo fácil que resulta para un Estado socialista volverse opresivo. Pero, lo lamentable no está sólo en el autoritarismo y paternalismo del Estado, sino también en el desperdicio irracional de recursos. El Estado, en su empeño en querer dirigir la economía, destina recursos donde no hacen falta, y previsiblemente, se pierden.
Veo en Venezuela esta tragedia en muchos rincones. CADIVI (el organismo que controla el comercio de divisas) entrega dólares a comerciantes que importan mercancías innecesarias, y escasean dólares para importar rubros realmente necesarios. En Venezuela, abunda la gasolina, pero escasea la leche. No estoy seguro de que haya un solo factor explicativo para este fenómeno, pero sí estoy seguro de que las advertencias de Mises son pertinentes al respecto.
Intuitivamente, la economía normativa de Mises y su escuela me generan cierto temor. Pienso en los paquetes neoliberales de América Latina en los años noventa, y se me vienen a la mente las imágenes del caracazo y tragedias similares. Pero, el propio Mises advirtió que, en asuntos económicos, el análisis racional tiene muchísimo más valor que la intuición emocional. Como firme defensor de la Ilustración, comparto este punto con Mises. Pero, precisamente, me parece que la racionalidad exige que sería prudente tomar cautela antes de liberar por completo los precios en una economía. Con todo, el análisis de Mises debería resultar sumamente pertinente para tener en cuenta los problemas enfrentados por el socialismo. Y, aun si no favorezcan sus puntos de vista, los socialistas deberían agradecer a Mises el inmenso reto intelectual que les ha planteado. Quizás de esa forma puedan encontrar su propia solución, y evitar que vuelvan a surgir bochornos como Pudreval.

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