sábado, 8 de junio de 2013

La ética y la estética del cumshot



            Llegué al consumo de la pornografía tarde en mi vida. Típicamente (al menos en las sociedades industriales), esto empieza en la adolescencia temprana, y es una ocasión para que los adolescentes varones estrechen lazos entre sí y se reúnan a ver películas pornográficas. Yo no participé de nada de esto. Mi consumo de pornografía empezó en la adolescencia tardía, y jamás la he compartido con nadie (salvo con mi esposa).
 

            Según alegan muchos estudios, la pornografía tiene un alto poder adictivo. En algún momento de mi vida, yo he sufrido alguna adicción moderada. Probablemente la imagen que más poder adictivo tiene en mí (y, según consulto encuestas y conversaciones informales con amigos), es la del cumshot: la eyaculación del hombre en la cara de la mujer. Y, ante semejante poder de atracción, me resulta inevitable preguntar, ¿por qué?
            Si bien el cumshot ha sido explotado por la industria pornográfica desde la década de los años setenta del siglo XX, la ingesta de semen por parte de la mujer para satisfacción del hombre es mucho más antigua; yo me atrevería a decir que se remonta a los mismos inicios de nuestra especie. La historia de la sexualidad siempre ha sido difícil de recapitular, pero tenemos noticias de documentos de distintas épocas que reseñan que la práctica de ingesta del semen era común. El Marqués de Sade la describe en 120 días de Sodoma, aunque, por supuesto, el contexto de la novela la presenta como una perversión violenta, y no como propiamente un acto normal en una relación consensual. Pero, hay otra evidencia complementaria: la ingesta de semen es incentivada por el Kama Sutra; y algunas tribus de Nueva Guinea celebran la ingesta públicamente.
            Esto es representativo de lo siguiente: el capitalismo no tiene el poder de vendernos mercancías para la cual no tengamos una mínima previa disposición al consumo, probablemente condicionada parcialmente en nuestros genes. Por más que las empresas trasnacionales hagan marketing masivo del consumo de estiércol, nunca lograrán manipularnos hacia eso. Y, así, si bien la industria pornográfica nos inunda con imágenes del cumshot, no creó en nosotros el deseo de consumir esas imágenes. El capitalismo sabe muy bien que existe una demanda de esas imágenes, y sencillamente ofrece aquello que ya la gente quiere ver. Ciertamente puede explotar la imagen, y estimular el consumo más allá de la disposición normal de cualquier persona, pero insisto, el capitalismo no hace actos de magia como para inducir al consumo de una mercancía para la cual no existe ninguna disposición previa.
            Ahora bien, ¿de dónde procede el gusto por el cumshot? Como en el consumo de casi todas las mercancías, hay factores biológicos y factores sociales. El grueso de las feministas opina que el gusto por el cumshot procede del poder patriarcal. Fue el tipo de alegato que hizo popular a Andrea Dworkin (esta feminista llegó a postular que la mera penetración es violación; bajo esta premisa, lógicamente la ingesta de semen es también abuso sexual). Según esta explicación, la mujer es humillada al tragar un fluido desagradable, y de eso se trata precisamente el asunto. El cumshot es una forma de opresión, un símbolo mediante el cual el hombre enfatiza su poder al obligar a la mujer a hacer cosas que no le agradan. Estas feministas opinan que, en realidad, el cumshot es como la violación: su motivo no es propiamente sexual, sino una forma de ejercer poder.
            Este alegato tiene un halo de plausibilidad. El cumshot clásico hace que la mujer se arrodille frente al hombre. Y, por supuesto, hay todo un subgénero de la pornografía que hace énfasis en el dominio masculino y la sumisión femenina. Pero, hay también subgéneros de dominio femenino y sumisión masculina. Y, la mayoría de las imágenes pornográficas no incorporan degradación de la mujer. Además, cada vez más, la pornografía incorpora imágenes donde el hombre realiza acciones de igual satisfacción para la mujer. Quizás antaño la pornografía presentaba más imágenes de fellatio, pero hoy hay un balance con las imágenes de cullingulus. Casi ningún hombre se queja de que la imagen de cullingulus sea un artificio simbólico para oprimir a los hombres; antes bien, a los mismos hombres les gusta la contemplación de esa imagen.

En el típico cumshot, la mujer desea la ingesta, el acto procede de su voluntad. Si de verdad se tratase del ejercicio del poder y la opresión, el hombre se complacería con el sufrimiento de la mujer (como el violador se complace con la desesperación de la víctima). Pero es mucho más atractivo el cumshot con una cara sonriente que con una cara asqueada. Se podrá alegar que la opresión es más sutil si se obliga a la víctima a desear su propia opresión, pero yo aplicaría acá un principio de parsimonia: si la imagen presenta a una mujer sonriente, el acto en sí exhibe satisfacción, y no hay por qué no aceptar su veracidad.
Hay otros factores menos paranoicos que explican la popularidad del cumshot. Los medios del llamado ‘capitalismo avanzado’ se encaminan hacia la híper-realidad. Cada vez más, los medios de comunicación se esfuerzan en presentar imágenes que son reales, y no meras situaciones ficticias. Eso explica el auge de los reality shows en la televisión (y, por supuesto, también en la pornografía, mediante el subgénero gonzo). Pues bien, así como el público está ávido de contemplar situaciones reales en la vida cotidiana (y no meros sitcoms prefabricados), el consumidor de pornografía desea contemplar orgasmos reales, y nada fingido. Por ello, los productores de pornografía, para asegurar a sus audiencias que han presenciado un acto sexual real, deben asegurarse de dejar evidencia de ello, y la manera segura de hacerlo es mediante la filmación de la eyaculación. Por supuesto, esto conduce a la ironía: en el acto sexual, es poco realista que el hombre desee practicar el coitus interruptus para ver su semen en la cara de la mujer, pero dejando de lado esta salvedad, el cumshot pretende ser una garantía de realidad.
 Hay aún otro factor que debe considerarse, desde la psicología evolucionista. Quizás tengamos alguna predisposición genética a sentir agrado, o al menos, mayor potenciación sexual al contemplar la eyaculación de otro hombre. Esto no es una inclinación homosexual, sino más bien un estímulo de la llamada “competencia de los espermatozoides”. Es plausible que, en los albores de nuestra especie, las mujeres tuvieran varios compañeros sexuales. Aquellos hombres que, al contemplar la eyaculación de sus rivales sexuales, sintieran mayor excitación, seguramente tuvieron mayor ventaja en la diseminación de sus genes. Pues, al haber mayor excitación, se potencia más la producción de espermatozoides. De esa forma, el cumshot no hace más que estimular la tendencia genética que tenemos a la excitación por contemplar la eyaculación de un competidor. Esto ha tenido bastante respaldo empírico en varios experimentos: la producción de espermatozoides es mayor cuando un sujeto ve imágenes pornográficas de un hombre teniendo sexo con una mujer, que cuando contempla a una mujer sola en pose seductora, o cuando ve imágenes de mujeres teniendo relaciones entre sí.
 
    De esa manera, el agrado masculino por el cumshot seguramente tiene una base biológica. Pero, como en muchas dinámicas del consumo, seguramente también tiene un añadido de construcción social. Si bien la base biológica del cumshot es la competición de espermatozoides, también incorpora algún añadido de dinámica del poder.
En vista de esto, vale preguntar: ¿es moralmente objetable el cumshot? A mí sí me genera placer, y desde una perspectiva estrictamente masculina, obviamente no es objetable. Pero, ¿qué hay de la perspectiva femenina? Me parece que la respuesta más sensata es ésta: si la escena exhibe a una mujer que lo hace con gusto, no veo objeción. He conocido mujeres que, con plena sinceridad, alegan disfrutar el cumshot. ¿Qué placer se puede sentir al tragar semen? Obviamente, no se trata del sabor ni la contextura intrínseca del fluido (pues, según he escuchado, su sabor es desagradable). Pero, sí se trata de la satisfacción de su pareja. Ya lo decía un personaje de Y tú mamá también: “No hay mayor placer que dar placer” (en una célebre entrevista con Mike Wallace, Ayn Rand también señalaba lo patético que sería para un hombre saber que su mujer tuvo sexo con él a regañadientes). El cumshot puede convertirse en ficha para la mujer en la negociación sexual: al aceptar la ingesta del semen y satisfacer a su pareja, la mujer está en posición de negociar otros gestos en los cuales ella es la beneficiaria. Para un liberal como yo, lo crucial a la hora de determinar el valor moral de una acción, es el consenso. Un cumshot forzado obviamente es inmoral. Pero, salvo algunos subgéneros hardcore de la pornografía, el mainstream no presenta relaciones forzosas, y así, el cumshot se convierte en un mecanismo mediante el cual la mujer siente placer al dar placer.      

2 comentarios:

  1. José Castilla escribe esto: Buuuf, hay tanto que decir sobre este tema, que no sé por dónde comenzar. Para empezar: que lo sexual en general es demasiado importante como para tenerlo relegado, por censura, a la producción y consumo de pornografía, de manera que gracias, Gabriel, por esta entrada.

    Tal como yo lo veo, con el feminismo ocurre un hecho curioso: a pesar de ser el movimiento polìticamente correcto por antonomasia, intolerante, censor, fanático, injusto, da en el clavo. En mi opinión, no sólo el cumshot, sino cualquier forma de relación sexual, y antes que eso el cortejo, son manifestaciones de dominio y sumisión. Por razones biológicas, el dominio en todas las facetas de la vida siempre lo ha ejercido el varón, y en el terreno del sexo no iba a ser menos. Sin embargo, dado que el macho tiene necesidad de la hembra para satisfacer sus apetencias y diseminar sus genes, ésta ha sabido convertir el sexo en un arma de dominio. La hembra deja claro que su territorio, desde su cuerpo hasta los límites de su "distancia individual" (Walter J. Ong), es un espacio que no puede ser invadido por el macho... a menos que ella le dé permiso. Naturalmente, no se lo da a cambio de la nada, sino tan sólo si el macho se muestra dispuesto a ceder también su porción de dominio, y entonces comienza a ejercer sobre él diversas formas de dominación que van desde el aprovechamiento de su trabajo como depredador hasta conductas sexuales como el "cunnilingus".

    Esto no es pura especulación. El lenguaje del amor está repleto de términos relacionados con el dominio: "asediar", "conquistar", "suplicar", "ponerse de rodillas", "mi reina", "rendirse", "morirse", etc. En la poesía grecorromana todo esto se admitía abiertamente, se calficaba a Eros/Amor como el más tirano de todos los dioses, y todos los autores equiparaban al amor con la guerra. En el amor cortés de la literatura medieval el poeta ofrece su sumisión completa a la mujer cortejada. Luego llegó la corrección política y toda esta terminología tan descarada quedó desterrada de la vida pública para verse confinada a algunas expresiones lingüísticas y a la pornografía.

    De manera que por una vez estoy de acuerdo con las feministas, y me inclino por pensar que hasta el cumshot con sonrisa de la mujer, o mejor dicho, especialmente ése, es una muestra de sumisión al varón, lo que no obsta para que ella previamente haya obtenido de él semejantes muestras de rendición.

    Todo esto lo he visto siempre como observador externo y lo he vivido con diversas mujeres, que no cedían ni un palmo de su terreno a menos que vieran en mí una clara disposición a dejarme dominar (una de ellas llegó a expresarlo con esas exactas palabras), a dejarme controlar, humillar. La última, a la que dejé en noviembre, me asedia desde entonces con llamadas con la sola intención de recuperar las posibilidades de dominio que estuvo ejerciendo sobre mí durante el tiempo en que me dejé avasallar, y dado que no le respondo nunca, cada semana insiste más, en una especie de regodeo que la hace asumir su rol de sumisa suplicante, que tanto la excitaba cuando yo hacía prevalecer mi poder. Por cierto, a pesar de su juventud y escasa formación intelectual, tuvo la genial idea de definir los besos con lengua como "una manera de domar a la otra persona".

    Te dejo estos dos enlaces:

    http://enbuscadeeros.blogspot.com.es/search/label/agresi%C3%B3n

    http://enbuscadeeros.blogspot.com.es/2011/02/guia-del-documental-7-el-fuego.html

    ResponderEliminar