martes, 4 de junio de 2013

Walter Benjamin, otro ludita más



            Dicto cursos en la facultad de Humanidades de la Universidad del Zulia, en Venezuela. Las bibliotecas de esta universidad están desvalijadas. Sólo tengo el recurso de acudir a mis libros personales en la asignación de bibliografía. No puedo exigir a mis estudiantes empobrecidos comprar esos libros. Por ello, debo fotocopiarlos, y solicitar a los estudiantes que compren las copias.
            Por supuesto, al hacer esto, violo los derechos de autor. Y, esto no es banal. Hoy los derechos de autor están envilecidos, pero opino que se trata de una institución fundamental. Desde una perspectiva deontológica, el autor tiene el derecho intrínseco a ser remunerado por su obra. Y, desde una perspectiva utilitarista, el derecho de autor protege el incentivo para que futuros autores innoven; al violar los derechos de autor, eliminamos parte del incentivo a la producción. Pero, con todo, en aras a la divulgación del conocimiento, yo mismo he sometido a fotocopias los libros de mi propia autoría, y supongo que es un tema abierto a discusión.
            En su desdén por los conceptos de propiedad intelectual, la izquierda tradicionalmente ha desdeñado los derechos de autor, y por eso excusa la piratería y el fotocopiado. Pero, hay un sector de la izquierda que sí se opone al fotocopiado. De hecho, se opone a cualquier tipo de reproducción. Su justificación no invoca propiamente los derechos de autor, sino la pérdida de la esencia y autenticidad de aquello que se reproduce. Es el tipo de argumento que Walter Benjamin hizo célebre.
            Walter Benjamin es el típico mártir judío del siglo XX. Huyó de los nazis hacia París en la década de los treinta. Pero, cuando los nazis invadían Francia, tuvo que huir nuevamente. Esta vez intentó cruzar los pirineos y llegar a España, pero encontró dificultades. En desesperación, se suicidó.
            Sus escritos son bastante herméticos (una antesala del oscurantismo que luego desarrollarían los postmodernos). Pero, quizás el más conocido es La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. La principal tesis de ese ensayo es que el arte atraviesa una nueva etapa: gracias a las nuevas tecnologías, es ahora posible reproducir imágenes para el consumo masivo. Antaño, sólo había una Mona Lisa, y ene se sentido, la pintura crea obras exclusivas. En cambio, ahora, con la fotografía y el cine, se reproducen enormes cantidades de copias de una obra original.
            A juicio de Benjamin, eso no es realmente una experiencia estética. Pues, en sus propias palabras, la reproductibilidad despoja de “aura” a la obra de arte. El arte siempre ha estado asociado al ritual, y en ese sentido, tiene una relación estrecha con el contexto del cual surge. Al reproducirlo masivamente, se desvincula al arte de su contexto ritual. Además, al haber muchas copias, se pierde la autenticidad de la obra de arte, y el espectador ya no contempla un objeto que realmente cause una impresión estética. Para Benjamin, la fotografía y el cine no son verdaderos géneros artísticos. Por así decirlo, ‘prostituyen’ (un término que, en realidad, Benjamin no emplea, pero que representa bastante bien su idea) la imagen original.
 
            Benjamin opinaba que, en vista del vacío estético dejado por la era de la reproductibilidad, la sociedad moderna acudiría a otras formas de generar experiencias estéticas. Y, lo encuentra en la política. Antaño, el arte y la política estaban desvinculados. Pero, ahora, se emplea la política como una forma de generar sentimientos estéticos. Eso explica la impronta estética del nazismo con sus rallies de Nuremberg, etc.
            La tesis de Benjamin puede tener un cierto halo de plausibilidad, pero es emblemática del primitivismo del cual se impregnó la llamada ‘nueva izquierda’, tras la Segunda Guerra Mundial. Ciertamente el nazismo no fue un mero proyecto político; Hitler tuvo también la intención de hacer un mundo más bello, y eso lo condujo a toda suerte de monstruosidades morales. Pero, atribuir esta tragedia a la capacidad moderna para reproducir masivamente una obra de arte, es una postura muy desafortunada.
            Benjamin es uno más de la larga lista de autores que sienten odio por las maravillas de la modernidad, y añoran un pasado utópico que, en realidad, sólo existe en su imaginación. El romanticismo alimentó esta mentalidad: frente a los estupendos avances de la civilización y el dominio de la técnica, los románticos deseaban seguir siendo esclavos de la naturaleza. A principios del siglo XIX, surgieron los luditas, una banda de saboteadores que de dedicó a destruir máquinas industriales. Desde entonces, el espíritu tecnófobo de los luditas ha perdurado entre los críticos de la modernidad, y Benjamin se inscribe en esta tradición.
            Es  natural quedar escandalizado con los horrores del nazismo, y la utilización de técnicas para cumplir sus objetivos monstruosos. Pero, es un error suponer, como hizo la escuela de Frankfurt o más recientemente Zygmunt Bauman, que la racionalidad, la ciencia y las ideas de progreso propiciaron esta tragedia. Fue la carencia de racionalidad, y no su exceso, lo que condujo al Holocausto.
            En su arrebato ludita contra la capacidad industrial para producir en masa imágenes, Benjamin recapitula muchos de los temas tradicionales de la mentalidad reaccionaria contra-ilustrada. Contra la metafísica materialista y mecanicista de los grandes maestros de la Ilustración, Benjamin introduce el concepto misterioso y etéreo del “aura”. No me queda claro si Benjamin habla del “aura” de la obra de arte en términos estrictamente metafóricos o si realmente creía en la existencia de tal sustancia. Si es lo primero, debió haber aclarado su lenguaje, y explicar mejor cuál es la gran supuesta tragedia de que un joven estudiante de arte en Venezuela no tenga que viajar a París para contemplar la Mona Lisa, sino que puede economizar costos y estudiarla desde su propia computadora. Si es lo segundo, es presa de una cosmovisión inadecuada que invoca la existencia de entidades inmateriales, a pesar de que no hay el mínimo indicio empírico de que estas sustancias existan. 
            Benjamin añora una época en la que el pueblo llano tenía una vida miserable, sin acceso al conocimiento o a la experiencia estética, y en el cual sólo las élites podían deleitarse con la contemplación de una sinfonía o una escultura. Obviamente, la obra de Benjamin es un desprecio a los pueblos del Tercer Mundo, ávidos de tener acceso a aquello que, hasta fechas muy recientes, era un lujo sólo para las clases acomodadas del Primer Mundo.
Benjamin se hacía llamar ‘marxista’, pero en realidad, esto es una traición a Marx. El fundador del llamado ‘comunismo científico’ ciertamente habría sentido náuseas ante la idea del rechazo de tecnologías de reproducción para hacer llegar a las masas empobrecidas las grandes obras artísticas. En su desdén por la industrialización, Benjamin pretende vivir en una sociedad en la cual las mercancías se producen artesanalmente. No importa cuán defectuosas sean estas mercancías para resolver necesidades y alcanzar maestría técnica, pero al menos son ‘auténticas’ y conservan su ‘aura’.
            Esta obsesión con la autenticidad no es más que un fetiche (el mismo tipo de fetiche que Andrew Potter ha magistralmente criticado en su obra, The Authenticity Hoax). Es la idea de que es preferible una tecnología precaria y primitiva a una avanzada y eficiente, porque la primera, a diferencia de la segunda, es más mística. He conocido personalmente gente que prefiere usar fotografía de rollito develado que fotografía digital, porque la primera conserva el ‘misterio’ de la foto que se tomó y abre la posibilidad del error, mientras que la segunda propicia corregir el error instantáneamente, al permitir tomar la foto nuevamente en caso de error. ¿Qué de malo tiene la corrección técnica? ¿Dónde está el crimen en emplear accesorios para alcanzar racionalmente un objetivo?
            Mis estudiantes tienen mucho que agradecer a Gutenberg, y a todos los grandes industrialistas que promovieron técnicas de reproducción masiva. Y, si bien nunca faltan entre los universitarios latinoamericanos, jóvenes que se dejan seducir por el misticismo y el irracionalismo de la izquierda que abandonó a Marx, es propicio recordarles que, gracias a la tecnología de reproducción masiva, ellos mismos pueden leer a esos gurús luditas que, de haber triunfado su visión del mundo, sus libros estarían confinados a las bibliotecas de coleccionistas privados en castillos medievales.
      

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