domingo, 19 de febrero de 2017

Los masones y la revolución norteamericana

En las logias masónicas está prohibido hablar de religión o política (excepto en una rama francesa más reciente). Pero, eso no ha impedido que los detractores de la masonería la acusen de promover cultos paganos o satánicos. Pues bien, lo mismo ocurre con la política: en la imaginación conspiranoica, los masones han estado de varias revoluciones en la historia moderna.
Se ha acusado a los masones de haber orquestado la revolución norteamericana. En vista de que esta revolución resultó bastante exitosa, y hoy los historiadores la juzgan muy positivamente, los masones norteamericanos quisieron aprovechar aquella circunstancia histórica para anotarse un triunfo, y así, los propios masones han contribuido al mito de que la revolución norteamericana fue obra de la masonería. Pero, la verdad histórica es que hubo masones tanto en el lado independentista como en el lado monárquico, y la masonería como tal tuvo poco que ver con el desarrollo de esa revolución.

Es cierto que varios de los llamados padres fundadores de EE.UU. fueron masones. De los cincuenta y seis firmantes de la Declaración de independencia de los EE.UU., se sabe con seguridad que ocho fueron masones, y veinticuatro más también pudieron haberlo sido. El jefe militar de los ejércitos revolucionarios, George Washington, fue masón y alcanzó el grado de maestro. Benjamin Franklin, otro ilustre de la revolución norteamericana, también fue masón.
Es una exageración decir que aquel movimiento estuvo controlado por la masonería. Ciertamente, los ideales democráticos que motivaron a la revolución norteamericana, estaban presentes en las reuniones en las logias. Cuando se entra en una logia, las jerarquías convencionales de la sociedad desaparecen, y el aristócrata se sienta junto al comunero. Pero, la masonería fue apenas una de muchísimas otras influencias en un proceso tan complejo como la revolución norteamericana. El rey Jorge III se quejó de que aquella revolución fue lanzada por presbiterianos, no por masones.
Se ha querido asociar la masonería con uno de los eventos más importantes de la revolución norteamericana, la fiesta del té en Boston. En vista del abusivo impuesto a la importación al te que imponía la corona británica, en 1773 un grupo de colonos disfrazados de indios subieron a los barcos anclados en Boston, y tiraron al mar el té almacenado. Aquello fue eventualmente un detonante de la revolución norteamericana. Según la leyenda, esos hombres eran todos masones, pues antes de ir al muelle de Boston, habían estado en una taberna que albergaba a la logia masónica de Saint Andrew. Pero, lo cierto es que esa misma taberna también albergaba las reuniones de los Hijos de la Libertad, una organización revolucionaria que nada tenía que ver con la masonería. Es mucho más probable que los iniciadores de la fiesta del té formaran parte de esa organización revolucionaria.
Los revolucionarios norteamericanos crearon una nueva nación, que como cualquier otra, requirió símbolos. Los conspiranoicos se deleitan con supuestas pistas masónicas en los símbolos nacionales norteamericanos. Así, frecuentemente se dice que el escudo nacional en el reverso del billete de un dólar, es prueba de que la masonería controló la revolución norteamericana.
El escudo consta de una pirámide no finalizada, de trece niveles. Y, encima de ella, un triángulo con un ojo adentro. Debajo, está la inscripción Novus Ordo Seclorum. El ojo encerrado en un objeto (llamado a veces el ojo de la providencia) ciertamente es un símbolo a veces empleado por la masonería. Representa al Gran Arquitecto del Universo, que todo lo ve y siempre vigila nuestra conducta. Pero, de ningún se trata de un símbolo de origen masón. El símbolo en cuestión ya existía en el Renacimiento, mucho antes de que surgiera la masonería especulativa. El uso del triángulo es más bien de origen cristiano, en tanto representa a la Trinidad.
La pirámide representa la fortaleza de la nueva nación, y no está finalizada, porque representa lo que aún queda por construir en EE.UU. Tiene trece niveles porque representa las trece colonias norteamericanas originales que se rebelaron contra la corona británica. No tiene ningún simbolismo especialmente asociado con la masonería.
La inscripción Novus Ordo Seclorum quiere decir Nuevo orden de los siglos (una frase inspirada en un pasaje de Virgilio), es decir, una nueva etapa histórica a partir de la revolución. Algunos conspiranoicos quieren atribuir a la masonería estar detrás de aquello que ellos llaman el Nuevo orden mundial (supuestamente, un régimen internacional controlado por una élite), y así, creen que la inscripción en el escudo nacional estadounidense los delata. Desgraciadamente, esos conspiranoicos no saben traducir una frase latina muy básica.   
 En todo caso, la comisión que se organizó para diseñar el escudo norteamericano, estuvo conformada por Benjamin Franklin, Thomas Jefferson, John Adams y Pierre Du Simitiere. De los cuatro, el único masón era Franklin. Y, Franklin propuso como escudo una imagen del paso de los israelitas por el Mar Rojo, y el faraón ahogándose. Obviamente, su diseño no fue seleccionado. Los diseños que sí fueron seleccionados, pues, vienen de gente que no estaba en la masonería.
Los conspiranoicos no desaprovechan la ocasión de la revolución norteamericana, para una vez más, acusar a los masones de ser un culto satánico. Según una teoría conspiranoica muy difundida, el patrón arquitectónico de las principales avenidas de la ciudad de Washington, están en forma de pentagrama invertido, y éste es un símbolo satánico por excelencia. El gobierno norteamericano, pues, es diabólico.
Ciertamente, ese patrón arquitectónico existe; pero tras ello no hay ninguna conspiración masónica satánica. El modelo arquitectónico de Washington obedeció a las condiciones topográficas del terreno donde se construyó la ciudad. El revolucionario que más activamente promovió ese diseño, Thomas Jefferson, no era masón. Además, el pentagrama invertido no es originalmente un símbolo satánico. La asociación entre el satanismo y este símbolo es reciente: si bien data de círculos ocultistas de finales del siglo XIX (más de cien años después de la revolución norteamericana), fue popularizado por el satanista Anton LaVey en la década de 1970 (y, vale añadir, el movimiento de LaVey no era propiamente un culto a Satanás como principio del mal, sino más bien, un mero símbolo de autosuficiencia). Los padres fundadores de EE.UU. jamás hubieran tenido noción de las connotaciones satánicas del pentagrama invertido.

En todo caso, aun suponiendo que algún arquitecto logró introducir ocultamente un diseño satánico a la ciudad de Washington, ¿cuál es la relevancia actual de eso?, ¿acaso esa extraña circunstancia probaría que el gobierno norteamericano actual rinde culto al diablo? Podemos denunciar a viva voz todos los abusos que el Tío Sam ha cometido, pero, ¿qué necesidad hay de inventar una teoría conspiranoica que, a la larga, termina por desprestigiar a los propios críticos del gobierno norteamericano?

Los conspiranoicos también acusan a los masones de estar detrás del diseño de uno de los monumentos más emblemáticos de Washington, el obelisco. Vale recordar que una de las más persistentes acusaciones lanzadas contra los masones es su supuesto origen en los cultos de Egipto, algo que algunos propios masones, como Albert Pike, se encargaron también de propagar. En tanto el obelisco es un símbolo de origen egipcio, resultó inevitable que los conspiranoicos dijeran que el obelisco de Washington es obra de la masonería y sus prácticas de ocultismo. Tonterías. El obelisco está en Washington, sencillamente porque, en el siglo XIX, en Europa y América había una fascinación con todo lo que fuese egipcio, especialmente a partir del descubrimiento de la piedra Rosetta en 1804 (los planos del obelisco en Washington se diseñaron en 1836). 

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