lunes, 27 de febrero de 2017

La conspiración del Holocausto

Theodor Herzl organizó el primer congreso sionista en 1897. Su movimiento fue ganando terreno en las siguientes décadas, pero el evento histórico que realmente hizo concretar la creación del Estado de Israel, fue el Holocausto. Al final de la Segunda Guerra Mundial, cientos de miles de judíos europeos quedaban a la deriva, y empezaron a surgir grandes olas migratorias hacia Palestina. Eso aceleró la decisión de la naciente Organización de las Naciones Unidas, de declarar la creación del Estado de Israel en 1948.
            Desde la década de 1970, ha habido grupos que alegan que el Holocausto nunca ocurrió. Según ellos, hay una conspiración judía internacional para hacer creer que los nazis asesinaron a seis millones de judíos en campos de exterminio. El propósito de esa conspiración fue, en un primer momento, chantajear al mundo para que se creara de una vez por todas el Estado de Israel. Y, desde entonces, se ha mantenido el mito del Holocausto, para seguir chantajeando, y asegurarse de que los judíos mantengan una posición de poder, así como cobrar compensaciones a Alemania.

            Estos negadores del Holocausto se suelen basar en algunos errores que los historiadores convencionales han cometido. Por ejemplo, por muchos años, los historiadores alegaron que había un campo de exterminio en Dachau; hoy, se ha revisado ese dato, y se admite que en Dachau no hubo campo de exterminio. También corrió por muchos años el rumor de que los nazis hacían jabón con la grasa de las víctimas judías (seguramente este rumor fue iniciado por los propios nazis para atormentar psicológicamente a los prisioneros), y muchos historiadores le dieron crédito a esta historia; hoy se considera falsa. Y, quizás lo más notorio de todo: la placa conmemorativa del campo de Auschwitz decía que ahí se habían ejecutado a cuatro millones de personas; luego se modificó para decir que sólo había muerto millón y medio.
            Los negadores del Holocausto dicen que, si se han modificado esos alegatos, entonces debería modificarse toda la historia convencional sobre el Holocausto. Eso es una forma errónea de pensar. Cada alegato debe estudiarse por separado, y el hecho de que haya habido algún error sobre un tema circunstancial, no implica que la totalidad del hecho histórico sea falsa.
En fin, cualquier persona sensata reconoce los horrores del nazismo. En vista de eso, los negadores del Holocausto admiten que hubo atrocidades nazis. Pero, según ellos, en toda guerra hay atrocidades, y las de los nazis no fueron más crueles que las de los aliados. Los negadores del Holocausto admiten que los nazis mataron a muchos judíos, pero insisten en que no hubo exterminios en cámaras de gas. Y, según ellos, el verdadero número de judíos asesinados es muy inferior al que se propone: no pasarían del medio millón.
            No hay una orden expresa firmada por Hitler para concretar el exterminio. Sin esa orden, dicen los negadores, no es posible sostener la veracidad del Holocausto. Pero, eso supondría ignorar el enorme cuerpo de evidencia complementaria que permite concluir que sí hubo un genocidio: fotografías, testimonios, registros, estructuras (cámaras de gas, crematorios), etc. Y, si bien no hay una orden expresa firmada por Hitler, sí hay registros de muchos discursos en los que Hitler lanza amenazas de exterminio, además de documentos nazis que mencionan órdenes de dar tratamiento especial a los judíos (una sugerencia para exterminarlos).
            David Irving (quien empezó siendo un historiador serio, pero luego se convirtió en un conspiranoico antisemita) ha defendido insistentemente la idea de que nunca hubo cámaras de gas. Según él, esas cámaras servían el propósito de desinfectar a los prisioneros, y las fotografías de muertos y personas desnutridas, en realidad muestran a prisioneros con gripe tifoidea. Nada de eso coincide con los testimonios de cientos de personas según los cuales, ellos mismos, se encargaron de llevar a los prisioneros a las cámaras de gas, y luego, quemar los cuerpos en los crematorios.
Además, la hipótesis de Irving tampoco coincide con el hecho de que los nazis llevaron a los campos grandes cantidades de Zyklon B, un gas que se utiliza para matar gente. En 1988, el conspiranoico neonazi Ernst Zundel contrató a Fred Leuchter, un técnico en ejecuciones, para estudiar los componentes químicos del Zyklon B. Leuchter concluyó que el Zyklon B no tiene la capacidad de perpetrar matanzas como las del Holocausto. Con eso, muchos conspiranoicos querían confirmar su teoría de que el Holocausto es un fraude inventado por los judíos. Pero, el informe que presentó Leuchter estuvo lleno de errores, y luego se hizo muy evidente que él no contaba con la experticia para hacer el estudio que se le pidió.
            Irving también alega que, en Auschwitz, no hay evidencia de agujeros en las estructuras de los techos de las cámaras de gas. Sin esos agujeros, ¿cómo, entonces, se administraba el gas para matar a los prisioneros? Irving popularizó su tesis con el eslogan, no holes, no Holocaust (sin agujeros, no hay Holocausto). Pero, sí hay evidencia de esos agujeros. Vale mantener presente que, justo antes de que los soviéticos liberaran Auschwitz en 1945, los nazis destruyeron las estructuras, tratando de borrar cualquier evidencia de sus atrocidades. Pero, gracias al análisis de fotografías, se ha comprobado que esos agujeros sí existían. Además, tanto los guardias como los sobrevivientes han ofrecido testimonio sobre la existencia de los agujeros. Y, se han hecho estudios forenses en las ruinas de las estructuras originales, y hay evidencia que indica que esos agujeros sí estaban.
            Ciertamente los aliados cometieron atrocidades, pero de ningún modo éstas son moralmente comparables con la magnitud del Holocausto. Los negadores tratan de empequeñecer las cifras, pero los historiadores han empleado métodos de cuantificación muy rigurosos para llegar a la conclusión de que, en total, hubo alrededor de seis millones de víctimas. Ésa es básicamente la diferencia entre la población judía europea antes de la Segunda Guerra Mundial, y la que quedó después. Los negadores del Holocausto dicen que, en realidad, esos seis millones de judíos emigraron a otros países (especialmente Rusia y EE.UU) que ya tenían muchos judíos. Es difícil creer esto. ¿Nadie notaría la llegada de seis millones de inmigrantes? Es mucho más razonable pensar (utilizando, como siempre, la navaja de Occam) que esos seis millones murieron en los campos de exterminio, tal como lo sugiere el enorme cuerpo de evidencia.
            Está fuera de toda duda razonable, pues, que el Holocausto sí ocurrió. Pero, eso no impide que algunos judíos (y, vale destacar, sólo una minoría de judíos), sí participen en una conspiración para fraudulentamente sacar provecho al Holocausto. Norman Finkelstein, un judío hijo de víctimas en el Holocausto, escribió un famoso libro, La industria del Holocausto, el cual examina esta cuestión.
            En Hollywood y las universidades norteamericanas, denuncia Finkelstein, hay una obsesión con el Holocausto. No está mal recordar a las víctimas y denunciar esa monstruosidad, pero el problema es que, la excesiva concentración en el Holocausto, hace olvidar muchas otras tragedias de tiempos recientes. ¿Alguien recuerda el genocidio congolés perpetrado por el imperialismo belga? ¿Hay alguna película sobre ese acontecimiento tan lamentable?
Hay judíos que quieren mantener el monopolio del sufrimiento a toda costa, al punto de que niegan otros genocidios, tal como los neonazis hacen con el Holocausto. Por ejemplo, el ministro israelí Shimon Peres en repetidas ocasiones negó el genocidio armenio a manos del imperio otomano. En la medida en que se mantiene el Holocausto como el único genocidio importante de la historia de la humanidad, se saca más provecho.
A tal punto se ha vuelto provechoso el Holocausto, que ha habido autores que han inventado crónicas sobre sus supuestas experiencias en campos de concentración, a fin de vender más libros y tener reconocimientos literarios. Por ejemplo, un tal Benjamin Wilkomirski hizo fama con Fragmentos, una crónica sobre su infancia durante el Holocausto. Resultó ser que, en verdad, él se llamaba Bruno Grossjean, no era judío, y no estuvo en ningún campo de concentración.
El renombrado Eli Wiesel sí estuvo en un campo de concentración, pero hay sospecha de que muchas de las historias contadas en sus libros son falsas. Wiesel amedrentaba a todo aquel que sometiese a escrutinio algunos testimonios sobre el Holocausto (algunos de los cuales resultaron ser falsos, como por ejemplo, las historias sobre el jabón hecho con las víctimas). También Wiesel utilizaba su influencia para silenciar a quien mencionase otros genocidios del siglo XX, en especial, el genocidio armenio.
Pero, quizás el provecho más fraudulento que se le ha sacado al Holocausto, está en el cobro de compensaciones. Finkelstein documenta cómo el número de supuestos sobrevivientes se multiplicó en los años siguientes al Holocausto. Las organizaciones judías encargadas de cobrar estas compensaciones a Alemania son corruptas, y no distribuyen debidamente los fondos a los verdaderos sobrevivientes.
Hubo bancos suizos en los cuales se depositaron riquezas de judíos que terminaron siendo víctimas del Holocausto, y que nunca se devolvieron. A finales del pasado siglo, los bancos suizos accedieron a compensar a los descendientes de esas víctimas. Pero, muy pronto, auditores independientes corroboraron que los montos que exigían las organizaciones judías eran grotescamente superiores a lo que realmente debían los bancos.
No hubo ninguna conspiración judía para inventar el Holocausto, a fin de justificar la creación del Estado de Israel. A diferencia de lo que opinan muchos antisemitas en el mundo árabe, es sensato admitir que Israel sí tiene derecho a existir, y es enteramente reprochable el llamado de grupos como Hamas, a la destrucción de Israel como nación.

Pero, lamentablemente, con el paso de los años, Israel se ha convertido en un agresor. Algunos conspiranoicos dicen que, desde el principio, Israel ha tenido la pretensión de expandirse desde el Nilo hasta el Éufrates (pues ésa es la extensión de tierra que Dios promete a los israelitas en la Biblia; cfr. Génesis 15:18) y que las dos líneas azules en su bandera representan esos ríos. Esto no es creíble. Pero, sí es un hecho indiscutible que, desde la guerra de 1967, Israel ha ocupado los territorios palestinos (en 2004 los israelíes se retiraron de Gaza, pero se ha mantenido un bloqueo), y que mantiene una agresiva política de expansión de asentamientos en Cisjordania. Eso está contra toda regla del derecho internacional, pero los colonos en Cisjordania frecuentemente invocan el Holocausto como chantaje para tratar de justificar su agresión.

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