domingo, 19 de febrero de 2017

La obsesión con los illuminati

En un infame libro conspiranoico, el abad Augustin Barruel no sólo afirmó que la revolución francesa fue obra exclusiva de la masonería, sino que además, los masones eran en realidad los illuminati, otra sociedad secreta que ha dado mucho de qué hablar, y que frecuentemente aparece en los delirios conspiranoicos.
            Los illuminati se fundaron en Baviera, en 1776, por un tal Adam Weishaupt, un intelectual descontento con la sociedad europea. Lo mismo que los masones, Weishaupt estaba empapado de la filosofía ilustrada del siglo XVIII, pero a diferencia de los masones (que, en líneas generales, eran más favorables al status quo), se fue radicalizando. Así, Weishaupt organizó una sociedad secreta de iluminados, cuyo propósito sería conspirar contra las monarquías europeas, y finalmente, establecer un orden republicano de gran alcance. En sus planes (muchos de los cuales eran absolutamente inverosímiles), Weishaupt tenía la intención de unir a Europa en una gran república, que él vino a llamar el Nuevo orden mundial. Desde entonces, este término ha calado bien entre los conspiranoicos, sobre todo para designar proyectos internacionales de integración política, tales como la Organización de Naciones Unidas, o la Unión Europea.

            Al principio, Weishaupt consiguió varios adeptos, y fue extendiendo su influencia en varias ciudades europeas. Weishaupt no era masón, pero incorporó a su sociedad secreta algunos de los ritos masónicos para iniciar a sus miembros. Quizás como táctica proselitista, Weishaupt prometió a sus adeptos iniciarlos en secretos del ocultismo, y para ello, se valió de la cooperación de un tal Adolf Francis, barón de Von Knigge, que tenía intereses en las artes ocultas. Los intereses de Weishaupt eran meramente políticos, pero el barón Von Knigge se encargó de imbuir a los illuminati con misticismo y ceremonias elaboradas.
            No obstante, pronto surgieron algunas rencillas entre ellos, y el barón Von Knigge se retiró de los illuminati. Algunos miembros, que estaban más interesados en el ocultismo que en la agitación política, se desencantaron con Weishaupt, y finalmente, denunciaron ante las autoridades bávaras la existencia de esa sociedad secreta que conspiraba contra las monarquías. En 1784, el duque de Baviera, Carlos Teodoro, se anticipó ante esa amenaza, prohibió las sociedades secretas, y desmanteló a los illuminati. Weishaupt y otros se fueron al exilio, y nunca más se supo de los illuminati. Cabe presumir que dejaron de existir en el siglo XVIII.
            Pero, como cabría esperar, los conspiranoicos creen que, en realidad, la sociedad illuminati está viva y coleando, trama la dominación del mundo, y construye secretamente el Nuevo orden mundial. Parte de estos alegatos conspiranoicos se basan en el hecho de que los illuminati se llegaron a infiltrar en varias logias masónicas, a fin de despistar a las autoridades y evadir sospechas. También lo hicieron para influir a aristócratas masones, y a través de ellos, tratar de mover los hilos del poder. Sus actividades subversivas se hacían dentro de la masonería, y pretendían conformar algo así como una muñeca rusa: una sociedad secreta dentro de otra sociedad secreta. Algunos conspiranoicos opinan que, en la actualidad, quienes realmente controlan a la masonería son los illuminati.
            En 1789, Cagliostro, un embaucador italiano que había alcanzado influencia en varios círculos aristocráticos europeos con sus embustes, fue apresado en Roma por la Inquisición, debido a varios fraudes (la mayoría de ellos relacionados con el ocultismo). Cagliostro era masón, y confesó a sus interrogadores que los illuminati dominaban la masonería, y que estaban preparándose para destruir a las monarquías y el papado. Algunas autoridades se tomaron en serio su confesión, sin tener en cuenta que este hombre no era de fiar, y que precisamente se había ordenado su captura debido a su larga carrera de embustes y fraudes.
No es del todo falso que hubo una asociación entre los illuminati y los masones. Pero, los propios masones no tardaron en descubrir que su propia sociedad secreta estaba infiltrada por gente subversiva. Rápidamente las logias masónicas intentaron expulsar a los illuminati infiltrados en la masonería. No tuvieron éxito del todo, hasta que en 1784, el duque Carlos Teodoro definitivamente desmanteló a los illuminati. Para el momento en que Cagliostro daba testimonio, ya los illuminati no existían. Quizás algún miembro original de los illuminati quedó en las filas de la masonería, pero visto en retrospectiva, es bastante evidente que la sociedad de los illuminati no sobrevivió a la persecución de Carlos Teodoro, pues desde 1784, ya no hay noticias sobre ellos. Con todo, ya el daño estaba hecho, y surgió una de las grandes obsesiones conspiranoicas que perdura hasta nuestros días. El propio George Washington (quien era masón), estaba obsesionado con la influencia perversa y escurridiza de los illuminati en la masonería y los nacientes EE.UU, y siempre se sospechó que Thomas Jefferson (que no era masón) era uno de los illuminati. Augustin Barruel los acusó de ser los artífices de la revolución francesa, aun cuando, vale insistir, ya para ese momento no existían.
A pesar de que la idea de que los illuminati mueven los hilos del poder, siempre estuvo en las mentes conspiranoicas, la obsesión con ellos vio un renacer en la segunda mitad del siglo XX, a raíz de Illuminatus, una trilogía de novelas escritas por Robert Shea y Robert Anton Wilson. En esas novelas, se narra que Adam Weishaupt fue a EE.UU., mató a George Washington, y usurpó su identidad. Bajo esta teoría, entonces, los illuminati gobernaron EE.UU. desde sus inicios, pues Weishaupt (usurpando la identidad de Washington) se aseguró de establecer instituciones para que perdurara el control de los illuminati. En la revolución norteamericana, Washington había luchado junto al francés marqués de Lafayette (que también era masón), y luego Lafayette volvió a Francia para dar inicio a la revolución francesa. Según esta teoría conspiranoica, en ese ínterin entre la revolución norteamericana y la francesa, Weishaupt había ya asesinado a Washington, y así, cuando Lafayette llegó a Francia, estaba controlado por los illuminati. La revolución francesa, pues, fue hija de los illuminati.
La teoría se basa en el hecho de que, en efecto, hay algún parecido físico en los retratos de Weishaupt y Washington. Pero obviamente, eso está muy lejos de ser evidencia firme para respaldar una teoría tan aventurada. Es posible que los propios autores de la series Illuminatus no hubieran inventado esta historia, sino que la recogieron del folklore conspiranoico. Pero, lo cierto es que Shea y Wilson escribieron sus novelas con una clara intención satírica. Los autores buscaban burlarse de la paranoia que caracteriza a la sociedad norteamericana. Como ha ocurrido muchas veces con las sátiras, no obstante, muchos lectores no entendieron, y así, al final terminaron por asumir seriamente que, en efecto, Weishaupt había matado a Washington.   

Hoy algunos grupos se autoproclaman como los herederos directos e ininterrumpidos de los illuminati, pero históricamente, sus pretensiones no se sostienen. Por supuesto, el conspiranoico cree que el hecho de que no tengamos noticias sobre los illuminati, es precisamente evidencia de que esta sociedad secreta existe y trama algo perverso. Pero, pensar de esa forma es ridículo.

2 comentarios:

  1. ¿que tan plausible es eso de que la masonería pueda tener _en parte_origenes egipcios?

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    1. Muy poco plausible. La masonería tiene sus orígenes en los gremios medievales de albañiles, y la masonería tal como hoy la entendemos (con sus rituales y demás), es originaria de inicios del siglo XVIII. Los masones se apropiaron de algunos símbolos egipcios (las pirámides, el obelisco), pero eso no implica que la masonería es originaria de Egipto.

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