sábado, 18 de febrero de 2017

Los judíos y el libelo de sangre

La obsesión conspiranoica con los judíos tiene hondas raíces. Ya desde la antigüedad, se veía a los judíos como un pueblo con costumbres muy extrañas, que no era digno de confiar. Pero, el odio más enfermizo contra ellos empezó una vez que el cristianismo se expandió por el imperio romano.
            Ya los propios autores de los evangelios tenían animosidad contra los judíos. El evangelio de Juan no escatima en presentar a un Jesús que se enfrenta, no meramente a una facción de adversarios, sino a los judíos en general. Y el evangelio de Mateo narra que los judíos, al elegir matar a Jesús, aceptan que su sangre caiga sobre ellos.
            Esto se narra en el contexto de la escena de la liberación de Barrabás y la condena de Jesús, en la asamblea popular judía. Por complejas razones que he explicado en mi libro Jesucristo ¡vaya timo!, la mayoría de los historiadores dudan de que esa escena haya ocurrido realmente. Lo más probable es que Jesús fue condenado por el propio Poncio Pilatos, por motivos estrictamente políticos, y los judíos tuvieron muy poco que ver con aquella circunstancia.

            Pero, a partir de lo que se narra en los evangelios, y sobre todo ese pasaje del evangelio de Mateo, quedó en la imaginación cristiana la idea de que los judíos eran culpables de haber matado a Cristo. A partir del siglo II, se les empezó a llamar deicidas, asesinos de Dios. Si bien en el siglo XX el II Concilio Vaticano repudió este insulto, hasta el día de hoy aparecen de vez en cuando personajes que reprochan a los judíos por, supuestamente, haber matado a Dios.
            Si los judíos mataron a Dios, se razonaba, entonces eran capaces de hacer cualquier otra barbaridad. Si la crucifixión de Cristo fue tan sangrienta, entonces los judíos no tendrían escrúpulos en deleitarse con rituales sangrientos. A partir del siglo XI, empezó a correr el rumor de que, durante sus celebraciones de Pascua, los judíos raptaban niños para beber su sangre, y mezclarla con el pan de levadura que acompaña esa celebración. Esta acusación es hoy conocida como el libelo se sangre, pues circulaban en forma de panfletos. Se decía que el talmud (un cuerpo de comentarios judíos a la Biblia) exigía rituales de sacrificio humano, y que los judíos tenían organizaciones secretas para raptar niños a fin de cumplir estos ritos.
            La acusación es disparatada por donde se la mire. Si bien es posible que los antiguos hebreos practicaran el sacrificio humano en tiempos remotos, también es cierto que desde muy temprano los hebreos buscaron separarse de los cananeos y sus prácticas de sacrificio humano. Ciertamente el judaísmo prescribe sacrificios de animales (aunque, en realidad, se prescribe que se hagan en el templo de Jerusalén, y ese templo fue destruido en el año 70), pero de ningún modo permite sacrificios humanos. El judaísmo tiene también una repulsión por el consumo de carne humana, y por el consumo de la sangre en general.
            Hasta el día de hoy, algunos de quienes hacen estas acusaciones, alegan que, efectivamente, los judíos sólo permiten el sacrificio animal. Pero, alegan estos conspiranoicos, los judíos sólo consideran humanos a los miembros de su propio pueblo; el resto son goyim, animales. Y así, según su religión, es lícito matarlos.
            Contrariamente a lo que los conspiranoicos creen, la palabra hebrea goyim no significa animales. Significa naciones, o como tradicionalmente se traduce, gentiles. Ciertamente, podemos acusar a los judíos de ser etnocentristas, como tantos otros pueblos. Ellos dividen la humanidad en judíos y no judíos. Pero, es absolutamente falso que ellos consideren a los no judíos como animales.
            El primer gran libelo de sangre ocurrió en Inglaterra, en 1144. Europa se estaba preparando para la Segunda Cruzada. La Primera Cruzada, que se remonta al año 1095, fue una empresa militar que movilizó a miles de combatientes, con el propósito de liberar a Jerusalén del dominio musulmán. En aquella ocasión, hubo un gran celo religioso. En medio de ese fanatismo, antes de partir hacia Jerusalén, los ejércitos atacaron a muchas comunidades judías en las riberas del Rin, en Alemania. En los planes originales de los cruzados no estaba atacar a los judíos, pero el fanatismo hizo que descargaran su furia contra todo aquel que no fuese cristiano. Además, se razonaba, ¿para qué ir tan lejos a combatir infieles, si en la propia Europa también había infieles que merecían ser pasados por el filo de la espada?
            Esa actitud tan combativa contra los judíos apareció nuevamente en la convocatoria de la Segunda Cruzada. En ésta, Inglaterra tuvo mayor participación. Y así, en el ánimo contra los judíos, ocurrió un episodio lamentable. Un niño cristiano, William, apareció muerto en la localidad de Norwich. Según parece, se culpó a los judíos de haber raptado al niño, para matarlo y beber de su sangre como parte de sus rituales. El sheriff local dio protección a los judíos, y el asunto no pasó a mayores, pues nunca se supo quién fue el culpable de aquel atroz crimen.
            Pero, tiempo después, un tal Tomás de Monmouth narró la historia con tremendo sensacionalismo, añadiendo detalles que envilecieron a los judíos. Según el conspiranoico Tomás, había en Europa una red de judíos que anualmente se reunía para decidir en cuál ciudad europea se raptaría a un niño cristiano para matarlo y beber su sangre. En 1144, ese concilio judío había decidido que el sangriento ritual se haría en Norwich. Según Tomás, del mismo modo en que los judíos se regocijaron crucificando a Jesús, así crucificaron al pequeño William.
            A partir de esa crónica, en torno a William surgió un culto de peregrinos. Se alegaba que William hacía milagros, y naturalmente, los devotos se tragaban completo el cuento sobre la conspiración judía y los sacrificios rituales. El caso de William dio paso a otras historias similares, con el mismo patrón: un niño aparecía muerto, e inmediatamente, se formaba la leyenda de que los judíos habían organizado el rapto, con fines rituales. La Iglesia no avalaba estas acusaciones propiamente. Pero, sí promovía la veneración de estos niños mártires: Hugo de Lincoln, Simón de Trento, Haroldo de Gloucester, los niños de Fulda, y otros más.   
            ¿Por qué se creían estas cosas? Los historiadores han explorado algunos motivos. Quizás, los cristianos tenían ellos mismos alguna ansiedad con el canibalismo simbólico de la eucaristía, y así, terminaron por proyectar el canibalismo real a sus propios vecinos, los judíos. Es posible también que los primeros cruzados, al ver que los judíos se suicidaban y mataban a sus propios hijos antes de acceder a la persecución religiosa, terminaran por creer que si los judíos eran capaces de matar a sus propios hijos, eran mucho más capaces de matar a niños cristianos. O, también, al ver a los rabinos chupar sangre en el ritual de la circuncisión con recién nacidos, los cristianos se imaginaban que los judíos bebían sangre de niños cristianos en rituales más crueles.
            En fin, a medida que Europa se iba modernizando, las poblaciones dejaban de creer en estas tonterías. Hasta el siglo XX, hubo libelos de sangre, sobre todo en Rusia; pero, en líneas generales, las autoridades no daban crédito a estas teorías conspiranoicas, e incluso regímenes marcadamente antisemitas, como el zarista en Rusia, hacían lo posible por erradicar estas creencias en el populacho.
En la Edad Media, el mundo cristiano era muy hostil a los judíos, mientras que el mundo musulmán, al menos comparativamente, era mucho más condescendiente con los judíos. Pero, a medida que en Europa se dejaba de creer en los libelos de sangre, en el Medio Oriente esta teoría conspiranoica cobraba fuerza, y hoy, es bastante común en los países árabes.
En 1840, hubo un caso que, como el de William de Norwich en Europa, marcó  en el Medio Oriente el inicio de la histeria colectiva en torno a los supuestos rituales de sangre de los judíos. Ese año, en Damasco, se encontró muerto a un monje católico capuchino, el hermano Tomás. Con la instigación de su orden capuchina, empezó a correr el rumor de que Tomás había sido raptado por nueve judíos, para llevar a cabo el cruel ritual de extraer la sangre y beberla como parte de su celebración de pascua. A estos judíos se les torturó, y confesaron.
Pero, a medida que se desarrollaba el caso, hubo grandes implicaciones políticas. Siria estaba bajo el control de Muhammad Ali, un caudillo que gobernaba desde Egipto, con el apoyo de los franceses. Ali se enfrentaba al imperio otomano, que contaba con el respaldo de los briánicos. Desde Napoleón, los franceses habían tomado importantes medidas para liberar a los judíos de muchas discriminaciones. Y así, con presiones inglesas, los franceses intervinieron para negociar con Ali la liberación de los judíos acusados (dos de los cuales habían muerto a causa de la tortura). Francia y Gran Bretaña, en su autoproclamada misión de civilizar al mundo, alegaban que un país moderno y civilizado no podía permitir la formulación de acusaciones tan fantasiosas, propias de la mentalidad medieval.
No obstante, la liberación de esos judíos se debió al cálculo del propio Ali, quien previendo una confrontación con el imperio otomano, trató de buscar aliados en los poderes europeos, y por ello accedió a la solicitud de negociación de los franceses y británicos. Hoy hay una percepción generalizada en el mundo musulmán de que el monje Tomás sí fue raptado por los judíos para llevar a cabo su macabro ritual, y que estas abominaciones siguen ocurriendo en la actualidad.
Es un hecho histórico que, frente al caso de Damasco, los judíos en Europa se empezaron a organizar para socorrer a aquellos judíos que sufrieran atropellos en otros países. Eso, lamentablemente, dio pie a la teoría conspiranoica, más o menos difundida en el Medio Oriente, según la cual, los poderes imperiales europeos interfirieron para dejar libres a esos judíos de Damasco que, en realidad, eran culpables. De acuerdo a estos conspiranoicos, los gobiernos europeos estaban controlados por familias de banqueros judíos (sobre todo los Rothschild) y ellos se aseguraron de proteger a aquellos que practicaban abominaciones rituales.

La verdad es que, como en el caso de los supuestos rituales de satanismo en EE.UU. a finales del siglo XX, los libelos de sangre no tenían ningún fundamento. Eso no quiere decir que, en la historia de la humanidad, no ha habido prácticas de sacrificio ritual o canibalismo. Algunos antropólogos, en su empeño por remediar los abusos del colonialismo, han defendido la idea de que el canibalismo y el sacrificio humano eran inventos de la mente colonialista que atribuía a los indígenas estas abominables prácticas. Estos antropólogos alegan que la idea de que hay pueblos caníbales o que practican el sacrificio humano, es en sí misma una teoría de la conspiración. Pues, supuestamente, nunca nadie ha visto directamente una ceremonia de ese tipo: los exploradores siempre oían a los nativos decir que sus vecinos eran los caníbales, no ellos.

 Lamentablemente, estos antropólogos se equivocan. Algunas teorías conspiranoicas sí resultan ser verdaderas. Y, es un hecho indiscutible que entre los aztecas, algunos pueblos nativos del Pacífico, y los druidas de Inglaterra, sí hubo canibalismo y sacrificios humanos. Para esto, hay muchísima evidencia arqueológica, forense y documental. Lo que distingue a una teoría conspiranoica verdadera de una falsa es, precisamente, la evidencia. Y, si bien hay mucha evidencia para asegurar que los aztecas en sus pirámides sí abrían el pecho de sus víctimas para sacarles el corazón, no hay evidencia para decir que los judíos crucificaban a niñitos cristianos para untar su sangre con el pan sin levadura.

3 comentarios:

  1. La iglesia condenó tajantemente el libelo de sangre, ( Niño de la Guarda,San Simoncino de Trento...). Te recomiendo esta interesante entrevista Massimo Introvigne: Así nacieron algunas calumnias contra los judíos
    http://www.fluvium.org/textos/cultura/cul211.htm

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  2. Massimo Introvigne, founder and director of the Center of Studies on New Religions in Rome, reveals the details of a 1759 document by Cardinal Lorenzo Manganelli, the future Pope Clement XIV, dispelling the myths of Jewish blood libel. And apparently Manganelli wasn´t the only to defend the Jews of Europe on this topic:
    http://jewschool.com/2005/03/14/8920/popes-defended-jews-against-blood-libel/

    http://jewschool.com/2005/03/14/8920/popes-defended-jews-against-blood-libel/Massimo Introvigne, founder and director of the Center of Studies on New Religions in Rome, reveals the details of a 1759 document by Cardinal Lorenzo Manganelli, the future Pope Clement XIV, dispelling the myths of Jewish blood libel. And apparently Manganelli wasn´t the only to defend the Jews of Europe on this topic:
    http://jewschool.com/2005/03/14/8920/popes-defended-jews-against-blood-libel/

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  3. Massimo Introvigne, Cattolici, antisemitismo e sangue. Il mito dell'omicidio rituale. In appendice il voto del cardinale Lorenzo Ganganelli, O.F.M. (poi Papa Clemente XIV) approvato il 24 dicembre 1759 http://www.cesnur.org/2004/mi_ganga.htm

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