domingo, 19 de febrero de 2017

Los disparates del anglo israelismo

Desde muy temprano en la historia de las teorías conspiranoicas, a los judíos se les ha acusado de ser impostores, matar a Dios, comer niños, envenenar pozos, profanar la hostia, manipular la economía, hacer revoluciones, fingir genocidios, controlar Hollywood, tumbar edificios con aviones, y un sinfín de cosas más. Pero, empecemos por lo primero: ¿de dónde vienen los judíos? En torno a esta respuesta, algunos conspiranoicos han formulado algunas teorías que han alimentado el odio en contra de los judíos.
Según la versión bíblica, los israelitas eran descendientes del patriarca Israel, originalmente llamado Jacob. Un hijo de Jacob, José, logró asentarse en la corte del faraón en Egipto. Allí, invitó a sus hermanos, y cada uno de éstos, serían los patriarcas de las doce tribus de Israel. En Egipto, los descendientes de José y sus hermanos se multiplicaron conformando ya el pueblo de Israel. Los egipcios los esclavizaron, y bajo la conducción de Moisés, salieron de Egipto y ocuparon Canaán.

Los historiadores no confían mucho en esta historia, pues no es seguro que los patriarcas o Moisés existieran.  El consenso entre historiadores y arqueólogos es más bien que los antiguos israelitas eran un pueblo que vivía en el territorio que hoy ocupa principalmente Israel y Palestina; es decir, nunca salieron de ahí, y nunca estuvieron en Egipto. Eran tribus de pastores nómadas que se empezaron a diferenciar de sus vecinos (llamados “cananeos”) por algunas prácticas en particular; entre ellas, la prohibición de comer cerdo. Estas tribus se fueron uniendo en una confederación, y ese aglutinamiento se fue consolidando con el culto a un dios común, Yahvé. Muchos siglos después, durante el reino de Josías en el siglo VII antes de nuestra era, por circunstancias históricas y políticas muy particulares, se inventaron (o, al menos, se afinaron los detalles) las historias sobre los patriarcas y el éxodo desde Egipto.
Eventualmente, estas tribus se asentaron como Estado, y conformaron una monarquía unificada bajo los reinos de Saúl, David y Salomón. Pero, hacia el siglo X de nuestra era, la monarquía se disolvió en dos reinos, Israel al norte, y Judá al sur. En el 721 antes de nuestra era, el reino de Israel fue destruido por una invasión asiria. Las tribus israelitas estaban divididas territorialmente. En el reino de Judá estaban la tribu de Judá, la de Benjamín, y algunos miembros de la tribu de Leví. En el reino de Israel estaba el resto de las tribus. Cuando los asirios invadieron el reino del norte, deportaron a su población. Las tribus que conformaron ese reino se dispersaron, se asimilaron al resto de la población asiria, y sencillamente, perdieron su identidad israelita.
El reino de Judá logró sobrevivir la amenaza asiria, pero en el siglo VI antes de nuestra era, tuvo que hacer frente a la amenaza de un nuevo imperio, el babilónico. En el 597 antes de nuestra era, los babilonios entraron en Jerusalén, y deportaron a la población del reino. No obstante, a diferencia de las tribus del norte, las tribus del reino de Judá no se asimilaron por completo al resto de la población babilónica, y sí lograron mantener su identidad. El imperio babilónico se derrumbó ante los avances del imperio persa, y en el 539 antes de nuestra era, el emperador persa Ciro emitió un decreto permitiendo a los exiliados de Judá regresar a su patria de origen.
Esa gente que volvió a Jerusalén y sus alrededores, vinieron a ser los judíos. No obstante, no todos volvieron a su tierra de origen. Hubo judíos que se quedaron en regiones del  imperio persa, y eventualmente fueron poblando regiones del norte de África, Europa y Asia. Siglos después, los judíos sufrieron una derrota frente al imperio romano, la población fue nuevamente desterrada, y eso produjo nuevas olas migratorias hacia Europa.
Desde incluso antes de la época de Jesús, siempre hubo en la religión judía la expectativa de que, algún día, se encontrarían las tribus perdidas de Israel, y se unirían. El mito se mantuvo por siglos, pero sin mucho tesón. No obstante, a partir del siglo XVI, con la expansión colonial europea por América, África y Asia, el mito de las tribus perdidas de Israel volvió a ganar fuerza. Los exploradores europeos, al encontrarse con nativos en los nuevos territorios explorados, trataron de acomodar estas nuevas experiencias a sus esquemas mentales. Y así, muchos de ellos empezaron a alegar que, sobre todo los indígenas de América, eran en realidad descendientes de alguna tribu perdida de Israel.
En el siglo XIX, esta idea sirvió incluso para fundar una religión que crece fuertemente hoy: el mormonismo. Los mormones no creen exactamente que los indios americanos sean descendientes de alguna de las tribus perdidas de Israel, durante la deportación asiria. Pero, sí creen que, durante el exilio babilónico, una familia de judíos emigró a América, y una rama de sus descendientes son los actuales indios americanos.
Estas teorías sobre las tribus perdidas de Israel, en cierto sentido honraban a los supuestos descendientes de las tribus. Mientras que los conquistadores y colonos consideraban a los nativos personas incivilizadas, el mito de las tribus perdidas los consideraba descendientes del pueblo elegido de Dios, que por ende, eran depositarios de sabiduría y profesaban una religión muy parecida al cristianismo.
Pero, el mito de las tribus perdidas de Israel también sirvió para tratar de justificar el imperialismo, sobre todo el británico. A medida que construían el imperio donde el sol nunca de ponía, los británicos fueron divulgando la idea de que ellos eran algo así como el nuevo pueblo elegido, cuya misión era civilizar al resto del mundo, y cuyos monarcas eran descendientes del gran rey David. Y, para reafirmar aún más esa idea, se empezó a coquetear con la noción de que, quizás, los propios británicos eran también una tribu perdida.
A mediados del siglo XIX, surgió en Inglaterra el movimiento de los Israelitas británicos, o como también vino a llamarse, el anglo israelismo. En el siglo XVIII, un tal Richard Brothers había publicado panfletos explicando que, después de la deportación asiria, las tribus israelitas emigraron hacia Europa, y finalmente llegaron a la actual Gran Bretaña. Los británicos, pues, son los descendientes de los israelitas, y en ese sentido, son también el pueblo a quien Dios hizo sus promesas en el Antiguo testamento.
En 1840, John Wilson tomó estas ideas, y se encargó de expandirlas y publicitarlas aún más. Wilson estaba interesado en la piramidología. Por aquella época, había un enorme interés en las cosas egipcias, y en especial, las pirámides. Wilson creía que los patrones geométricos de las pirámides en Giza, revelan códigos secretos sobre eventos futuros. La gente interesada en la piramidología se empezó a interesar también en el supuesto origen israelita de los británicos, algunos incluso llegando a afirmar que ese origen israelita de los británicos estaba enunciado en las pirámides. Ningún científico o historiador se toma en serio la idea de que en las pirámides hay mensajes ocultos a partir de sus patrones geométricos. La piramidología opera de un modo muy similar a las teorías conspiranoicas: ve patrones donde no los hay, y establece conexiones que no existen.   
En fin, el movimiento de Wilson fue nunca se convirtió en un grupo demográficamente considerable. No convencieron a mucha gente. Sus argumentos eran muy forzados. Alegaban que algunas supuestas etimologías inglesas revelaban un origen hebreo, y así, creían demostrar el origen israelita de los británicos. Por ejemplo, decían que la palabra scot (escocés) era una derivación de Gaad (una de las tribus perdidas de Israel). A decir verdad, los lingüistas no encuentran ningún rastro semítico en la lengua inglesa. Previsiblemente, con argumentos tan pobres, la tesis de los orígenes israelitas de los británicos fue menguando, y en Gran Bretaña, casi nadie la toma en serio ya.

Pero, a inicios del siglo XX, algunos de los defensores de esta tesis emigraron a EE.UU., y ahí, el movimiento sí se asentó con más fuerza. En aquel momento, EE.UU. era una sociedad marcadamente racista. Las ideas del anglo israelismo no eran propiamente racistas. Pero, en EE.UU., sus seguidores sí le dieron un giro racista, y así, lograron calar mejor.
El movimiento del anglo israelismo en EE.UU. evolucionó hacia lo que vino a llamarse la Identidad cristiana, un grupo con intenciones de odio racial. La Identidad cristiana defendía la vieja noción de que los británicos eran descendientes de los israelitas, pero añadieron que los actuales judíos son impostores que no son los verdaderos descendientes de las originales tribus de Israel. Por dos mil años, los judíos han conspirado haciendo creer al mundo que ellos son descendientes de los patriarcas bíblicos, pero en realidad, sus orígenes son mucho más lúgubres.

Según la Identidad cristiana, los judíos proceden de una población de preadamitas, es decir, gente que vivió antes de Adán. Estos preadamitas eran gente degenerada (pues antecedieron a la creación especial de Dios), y sus descendientes, los judíos, son igualmente degenerados. El propio Satanás era un preadamita, y por ende, es ancestro de los judíos. Con sus engaños, han querido hacer creer que ellos son el pueblo elegido de Dios, pero en realidad, son hijos del diablo, tal como el propio Cristo acusó a los fariseos, según el evangelio de Juan (8:44). Los judíos conspiran para continuar el reino de Caín (quien, es hijo de Eva y Satanás en forma de serpiente, y él mismo se casó con una preadamita, convirtiéndose en ancestro de los judíos); están en alianza con los masones, los illuminati y los comunistas, y mueven los hilos del poder.

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