domingo, 4 de agosto de 2013

Maduro nació en Cúcuta, y Obama es musulmán...



            La gestión de Nicolás Maduro como presidente de Venezuela ha sido nefasta. Las cifras no lo acompañan: inflación galopante, fracaso total en la lucha contra el crimen, alto desempleo, crecimiento de la corrupción, persecución de disidentes. Los datos están ahí, y con un poco de rigor y consistencia, la dirigencia de la oposición podría persuadir a la mayoría de la población venezolana a expresar su rechazo por Maduro. Pero, como ha solido ocurrir en estos últimos catorce años, la oposición desperdicia las oportunidades.
 
            En vez de sacar a la palestra pública las innegables cifras que atestan el fracaso de la gestión de Maduro, los dirigentes de oposición prefieren acudir a la táctica demagógica de apelar al nacionalismo más embrutecedor para hacer frente al oficialismo. Ciertamente hay en Venezuela una fuerte presencia de funcionarios cubanos, pero nada de esto se compara con una ocupación militar cubana, como quizás sí la hubo en Angola y Congo. Con todo, la oposición exagera el daño perpetrado por los cubanos en Venezuela, y apela al clamor popular nacionalista para acusar al gobierno de “traición a la patria”, cuando en realidad, sería mucho más fácil atacar al gobierno por su ineficiencia, independientemente de su asesoramiento con funcionarios cubanos.
            El último arrebato nacionalista de la oposición consiste en alegar que Nicolás Maduro no nació en Venezuela, sino en Colombia. Ciertamente la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela estipula que el presidente debe ser venezolano por nacimiento. Y, si Maduro nació en Colombia, entonces efectivamente cabe su destitución. Pero, en realidad, no hay el menor indicio de que Maduro hay nacido en Colombia.
            Los alegatos de que Maduro nació en Colombia obedecen más bien a las teorías de conspiración con un fuerte tufo nacionalista, las cuales suelen prosperar cuando los grupos opositores en un país carecen de liderazgo, y no les queda más remedio que apelar al Volksgeist de la masa. Una situación muy similar se ha suscitado en EE.UU. en los últimos años.
            Barack Obama fue el primer presidente negro en ser elegido en EE.UU. (aunque, por razones que no discutiré acá, yo disputo que Obama sea realmente “negro”, en el que él mismo se presentó). Esto generó ansiedad entre los sectores más apegados al nacionalismo blanco en EE.UU. Y, así, empezó a prosperar la teoría de la conspiración de que Obama en realidad había nacido en Kenia, o que se había hecho ciudadano indonesio, o que desde su nacimiento tuvo doble nacionalidad norteamericana y británica. Aunada a estas teorías, prospera la idea de que Obama en realidad es un musulmán encubierto (es decir, un “cripto-musulmán”, el mismo tipo de gente que persiguió la Inquisición española), en vista de lo cual, tiene pactos con Al Qaeda.
 
            De Maduro se ha dicho que viajó al Vaticano a reunirse con el nuevo papa, Francisco I, a fin de asegurarse de que la Iglesia Católica no revele su partida de bautismo, la cual da testimonio de que Maduro nació en Cúcuta. Estupideces propias de la mentalidad conspiranoica.
            Chávez fue el maestro de las teorías de conspiración (negó que el hombre llegara a la luna, proclamó que los judíos tienen un complot para el dominio universal, continuamente alegaba que había grupos paramilitares planificando su asesinato). Muchos nos opusimos al gobierno de Chávez, precisamente por su embrutecimiento de las masas, al incentivar todas estas teorías disparatadas.
            Chávez fue también el maestro de la manipulación nacionalista. Como ningún otro presidente venezolano anterior a él, Chávez incendió a las masas con su nociva retórica que rayaba en lo xenofóbico, su culto a la patria y sus héroes, su tribalismo, y su visceral oposición a la globalización.
            Cualquier persona con conciencia cosmopolita debió rechazar el nacionalismo romántico provinciano de Chávez y sus seguidores. Pero, precisamente, es una absoluta desgracia que, ahora, los opositores al chavismo, invoquen teorías de la conspiración que reposan sobre el más burdo nacionalismo. La oposición pretende ganarle al chavismo en su propio juego, a saber, la manipulación nacionalista y las teorías de la conspiración. En eso, Chávez y sus seguidores han sido unos gigantes, y muy difícilmente serán derrotados. Al final, el verdadero perdedor de esta contienda, es el pensamiento crítico.
  

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