jueves, 15 de agosto de 2013

¿Es Alex Rodríguez un inmoral?: a propósito del doping en el deporte



            Según varios analistas, desde hacía mucho tiempo la Major League Baseball estaba en conocimiento del amplio consumo de sustancias prohibidas entre sus jugadores, pero decidió no intervenir, pues prefirió asegurar la taquilla en sus estadios. En 1994 hubo una huelga de jugadores, y eso desencantó a la afición; los estadios se vaciaron. Sólo se vinieron a llenar nuevamente en 1998, cuando dos peloteros, Mark McGwire y Sammy Sosa, hicieron hazañas increíbles en el terreno. Años después se supo que ambos peloteros consumían sustancias prohibidas, pero la Major League Baseball optó por no intervenir en aquel momento, pues prefirió conservar el espectáculo que representaban las hazañas de Sosa y McGwire. Una vez que aseguró la taquilla, entonces la Major League Baseball sí decidió ser más rígida con el consumo de sustancias prohibidas.
 
            Esto, por supuesto, refleja una tremenda hipocresía: la presión del show business hace que se relajen los estándares morales. Pero, el reciente escándalo en torno a Alex Rodríguez y los esteroides hace propicia la ocasión para preguntarse hasta cuándo pueden las federaciones deportivas pueden sostener la prohibición de sustancias. Y, me parece que ha llegado el momento en que las organizaciones deportivas deben plantearse seriamente la legalización de estas sustancias, por varias razones fundamentales.
            La primera, es sencillamente pragmática: el número de atletas que ya consume estas sustancias es demasiado alto. No hay forma de controlar esto. Al final, las organizaciones deportivas deberán seguir el ejemplo de los gobiernos que, tras décadas de violencia y corrupción, decidieron legalizar las bebidas alcohólicas. Por cada atleta que es castigado por usar sustancias prohibidas, cinco más las consumen por primera vez. Es claro que los castigos no tienen poder disuasivo, precisamente porque el uso de estas sustancias rinde frutos que superan el riesgo de una sanción.
            Hay sustancias prohibidas que perjudican a los propios atletas. Pero, en una sociedad verdaderamente libre, el Estado (u otras organizaciones) debe dar suficiente espacio a los individuos para que ellos mismos tomen sus propias decisiones. De lo contrario, se incurriría en el vicio del paternalismo. El atleta que consume esteroides sabe muy bien que, si bien estas sustancias pueden mejorar su rendimiento en el corto plazo, a largo plazo hay tremendos riesgos. Las organizaciones deportivas pueden advertir sobre estos riesgos, pero no creo que tenga autoridad moral para prohibir estas prácticas.
El Estado puede advertir a los ciudadanos que las prácticas sexuales de asfixia son peligrosas, pero no tiene autoridad moral para castigar a quien las realice. Es el mismo motivo por el cual, los libertarios siempre han defendido la legalización de las drogas: el consumidor toma su propia decisión sin coerción externa, y esa decisión debe ser respetada.
En todo caso, varias sustancias prohibidas en el deporte ya ni siquiera son riesgosas. Se prohíben, no por el daño que generen, sino porque constituyen una forma de corromper la competencia leal, al dar ventaja a unos por encima de otros.
Este argumento me parece aún más débil que el argumento paternalista. Virtualmente ningún deporte está libre de tecnología. En todos, se utiliza alguna extensión del cuerpo (la definición clásica de tecnología). Y, precisamente, los diseñadores de los aparatos tecnológicos deportivos están inmersos en una carrera competitiva por el diseño de mejores aparatos para que sus atletas ganen.
El deportista surge con talento y disciplina, es verdad. Pero, también recibe ayuda de la tecnología. Y, en muchos casos, la tecnología puede ser decisiva para conseguir ventaja en la competencia. No nos oponemos al refinamiento de bates, tacos, guantes, trajes de baño, palos de golf, canilleras, protectores, etc. ¿Por qué no nos oponemos al refinamiento de estos aparatos tecnológicos, pero no nos oponemos al refinamiento de sustancias bioquímicas que potencian la performance deportiva?
Alguna gente alega que esos aparatos son meramente externos, mientras que las sustancias bioquímicas son ya invasiones al cuerpo. No veo por qué este hecho sí legitima el uso de un mejor zapato, pero no legitima el uso de un esteroide. Pero, en todo caso, hay muchas modificaciones corporales que se realizan para mejorar el rendimiento deportivo, y con todo, nadie los protesta. Algunos jugadores de béisbol se han hecho cirugías ópticas para visualizar mejor la pelota. Algunos jugadores de baloncesto se han hecho liposucciones para eliminar grasa. ¿Bajo qué criterio esas modificaciones corporales sí son aceptables, pero el uso de esteroides sigue estando prohibido?
La única forma de preservar la competencia leal sería prescindir de todo tipo de tecnología, no sólo durante la competencia, sino también durante los entrenamientos. Esto, por supuesto, es totalmente inoperativo. Y, además, aun si prescindiéramos de la tecnología en el deporte, quedaría aún la disparidad en el talento innato, y nuevamente, bajo ese mismo criterio, esto haría injusta la competencia. Si empleáramos el criterio de justicia tan rígida que pretenden quienes se oponen al uso de sustancias en el deporte, entonces habría que organizar competencias en las cuales participen personas con el mismo grado exacto de talento.
Al final, me parece que, en el fondo de la oposición a los esteroides y otras sustancias en el deporte, yace una ideología peligrosa: el ludismo. Los luditas fueron un grupo revolucionario que, a inicios del siglo XIX durante el apogeo de la revolución industrial en Inglaterra, se propusieron la destrucción de los telares. Los luditas temían que las máquinas reemplazaran al hombre y generasen desempleo.
Hoy, persiste esa ideología, no tanto por el temor al desempleo, sino por la añoranza de un pasado bucólico libre de tecnologías. La tecnología, por supuesto, siempre ha sido un arma de doble filo. La rueda sirvió para hacer grandes construcciones, pero también sirvió para diseñar el carro de guerra, y matar con más eficiencia. Pero, un mínimo de sensatez debe conducirnos a admitir que, en balance, la tecnología ha resultado muchísimo más beneficiosa, y tenemos la exigencia ética de continuarla.
            En nuestros tiempos, la tecnología ofrece grandes potencialidades, y a partir de esto, ha surgido el movimiento ‘transhumanista’, el cual pretende llevar la tecnología (sobre todo la biotecnología) a sus máximas consecuencias, a fin de potenciar significativamente las habilidades humanas. Pero, precisamente, los nuevos luditas buscan obstaculizar el camino del transhumanismo, y apelan a los mismos argumentos débiles que se emplean para oponerse al doping en el deporte.
             Los neoluditas tienen la preocupación de que las nuevas tecnologías coloquen en riesgo el sistema democrático, al crear una casta de personas con acceso a estas tecnologías, y otra casta en tremenda desventaja, por no tener acceso a ellas. Es la misma objeción que se hace en el deporte: las sustancias dan ventaja a unos atletas por encima de otros. A esto, debe responderse que la historia de la tecnología nos ha demostrado que, si bien los aparatos empiezan en una selecta élite, eventualmente son difundidos en las masas. Contrario al temor de los neoluditas, la tecnología tiene un gran potencial democrático. Al principio, los teléfonos celulares sólo estaban reservados para altos ejecutivos. Hoy, han conquistado el mundo. Y, previsiblemente, lo mismo ocurriría con el doping: si de verdad se liberase su uso, eventualmente casi todos los atletas lo emplearían, y esto restituiría la competencia, democratizando así el deporte.
            La otra gran preocupación de los neoluditas es la deshumanización: al emplear las tecnologías propuestas por los transhumanistas, nos convertiríamos en máquinas y perderíamos nuestra esencia humana. En el deporte, también se hace esta objeción: el atleta que acude al doping se deshumaniza, al renunciar a su condición natural, y convertirse en una suerte de robot (una caricatura de esto es Iván Drago, el boxeador soviético de Rocky IV). 
 
Pero, ¿por qué debemos asumir que existe una esencia humana? Y, aun si esta esencia existiese, ¿por qué debemos conservarla? ¿Dónde está lo objetable en modificar nuestra esencia hacia algo mejor? Además, ¿dónde colocamos el límite? Muchos aparatos tecnológicos consisten en cierta modificación de nuestra esencia mediante aparatos invasivos: patas de palo, calzas de dientes, marcapasos. ¿Estamos dispuestos a renunciar a estos beneficios para complacer la manía naturalista de los neolduditas? De la misma forma, en el deporte, nos acercamos un poco más a ser máquinas, cuando empleamos tecnologías que sirven como extensión de nuestro cuerpo. El zapato deportivo es una extensión del pie, pero hoy nadie pretende que se corra descalzo en las competencias, como se hacía en los antiguos juegos olímpicos. ¿Por qué sí estamos dispuestos a permitir el uso de una extensión del pie, pero no una extensión de nuestro sistema endocrino con el doping?
Alex Rodríguez, Barry Bonds, Lance Armonstrong, Ben Johnson, y tantos otros, no son héroes. Ellos incurrieron en competencia desleal, al violar una ley y aprovecharse de sustancias que, precisamente por el cumplimiento de las reglas, otros atletas no emplearon. Doparse en estas circunstancias es inmoral, y ciertamente su castigo es meritorio. Pero, es igualmente inmoral el seguir prohibiendo estas sustancias. Vale invocar acá el principio de perjuicio de John Stuart Mill: una acción es censurable, sólo si hace daño a otras personas. No veo a quién hace daño el uso de sustancias en el deporte.

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