
Es muy propio de la retórica en la discusión política que, tarde o temprano, aparezca Hitler en la discusión. Hitler es (con justísima razón) el personaje más nefasto del siglo XX, y en vista de que poquísimas personas se atreverían a defender a semejante monstruo moral, ha resulta muy común acusar a los adversarios políticos de defender ideas similares a las que defendió Hitler.
La discusión respecto a la existencia de valores universales, y sobre todo, la superioridad de algunas culturas, ha conducido a un lugar común en el indigenismo, y en el relativismo en el general: promover la idea de que hay culturas superiores e inferiores es una variante de la ideología nazi: para éstos, la raza aria, en tanto superior al resto de las razas del mundo, debía imponerse y exterminar a las demás. La convicción de que hay superiores e inferiores, alega el relativista, conduce a genocidios como el perpetrado por Hitler.
Hay varias respuestas a este alegato. En primer lugar, si bien debemos reconocer en Hitler un monstruo, no debemos cometer el error de pensar que todo aquello que se parezca, o esté asociado con Hitler, es en sí mismo monstruoso. Hitler usó un bigote muy cortito, pero eso no implica que todo aquel que use un bigote como ése es igualmente monstruoso (de lo contrario, ¡Chaplin debería ser despreciado por todos!). Los filósofos suelen llamar a este error de razonamiento la ‘falacia de asociación’.
De manera tal que el estar asociado ideológicamente con algún aspecto del nazismo no es inmediatamente motivo de descalificación. Con todo, si alguien promoviese, lo mismo que Hitler, la idea de que hay razas superiores e inferiores, y de que las razas superiores deben exterminar a las inferiores, entonces eso sí sería un motivo de reproche.
Pero, el rechazar el relativismo y aceptar que hay culturas mejores que otras dista de ser algo siquiera remotamente parecido a lo que defendían los nazis. Los nazis postularon relaciones de jerarquías entre las razas: para ellos, la constitución biológica de los arios es superior a la constitución biológica de los semitas y demás razas inferiores, y que la constitución racial influye sobre el desarrollo mental de los individuos. En vista de ello, los nazis sostenían que un judío, o cualquier otro miembro de una raza inferior, nunca podría asimilarse a la raza aria. Y, puesto que los esfuerzos de asimilación eran inútiles, era necesario exterminar a quienes no fueran arios.
Quien sostiene que hay culturas mejores que otras, por su parte, no alega que la constitución racial (si, acaso existe algo que podamos llamar ‘raza’, volveremos sobre esto más adelante) influye sobre el desarrollo mental de los individuos. Antes bien, en tanto somos una sola especie, todos los seres humanos tienen la capacidad de ser asimilados a otra cultura. Y, en vista de ello, los esfuerzos por asimilar a los miembros de culturas inferiores a las culturas superiores no son en vano.
En todo caso, corresponde invertir la acusación. No sólo quien se opone al relativismo y a la equivalencia de culturas no es un nazi, sino que también, quien defiende que no hay culturas mejores que otras, no tiene ningún motivo para reprochar a los nazis. Y, al final, el relativista termina siendo cómplice de los mismos crímenes del nazismo.
Si rechazamos la idea de que hay valores morales universales por medio de los cuales medir el desempeño moral de las sociedades, entonces no tenemos ninguna autoridad para juzgar a las atrocidades nazis. Si debemos ubicar a cada práctica cultural en su contexto, y juzgarla desde dentro (desde su propia ‘gramática’, como dirían muchos filósofos postmodernos), entonces Eichmann no debió haber sido juzgado en Jerusalén, sino en Berlín por jueces nazis. Si no hay culturas mejores que otras, entonces los nazis no han sido ni mejores ni peores que cualquier otro grupo humano. Y, por ello, no habría motivo para oponerse a sus prácticas.
El relativismo conduce inevitablemente a la excusa del nazismo. De hecho, muchos indigenistas están dispuestos a excusar los sacrificios humanos entre los aztecas, el canibalismo entre los tupinamba o la ingesta de drogas entre los inca. En su excusa, los indigenistas invocan el dogma relativista de que cada cultura debe ser entendida en su propio contexto, y no puede ser juzgada desde fuera. Sin embargo, no entiendo por qué los indigenistas no hacen lo mismo con la Inquisición o la Conquista de América. Y, tampoco entiendo por qué los relativistas sí están dispuestos a excusar las atrocidades cometidas por pueblos no occidentales, pero sí se deleitan denunciando las atrocidades de Hitler. Supongo que poca gente está dispuesta a aceptar que aquello que es bueno para el pavo, también es bueno para la pava.
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