miércoles, 23 de marzo de 2016

Max Weber y el negrito del batey

            Hace algunos años, la presentadora venezolana de televisión Beatriz Majo causó escándalo, cuando en su programa, ella y una invitada de origen italiano, opinaron que los venezolanos son personas poco trabajadoras, en especial, los “negritos de la costa”. Inmediatamente, Majo fue acusada de ser racista.
Ciertamente, la forma en que Majo discutía estas cuestiones fue muy a la ligera (sobre todo teniendo en cuenta sus aspiraciones intelectuales), y su intervención fue desafortunada. Pero, conviene tener presente que, aseverar que hay pueblos más trabajadores que otros, no es racismo. En primer lugar, ese juicio no necesariamente apela a motivos biológicos. Y, en segundo lugar, es un hecho indiscutible que sí hay culturas más trabajadoras que otras.

Max Weber hizo renombre cultivando esa hipótesis. A juicio de Weber, las culturas protestantes cultivan más la ética del trabajo que las culturas católicas, y eso explica por qué los orígenes del capitalismo estuvieron en el norte de Europa. La tesis de Weber ha sido sometida a crítica, pero ninguna persona sensata lo acusaría de ser racista por postular esa teoría. Deberíamos pensar más detenidamente el asunto antes de apresurarnos a acusar a alguien como Majo de ser racista.
En toda América, está presente la idea de que, en efecto, los negros tienen menor motivación al trabajo. Esta idea ha quedado plasmada en la famosa canción dominicana El negrito del batey, del compositor Héctor Díaz: “A mí me llaman el negrito del batey, porque el trabajo es para mí un enemigo, el trabajar yo se lo dejo todo al buey, porque el trabajo lo hizo Dios como castigo”.
Hasta donde tengo conocimiento, nadie ha hecho un estudio lo suficientemente serio como para saber cuán veraz es la hipótesis de que los negros de América tienen una ética del trabajo laxa. Canciones como El negrito del batey parecieran ser más reflejo de actitudes racistas populares, especialmente teniendo en cuenta la compleja relación de los dominicanos con los negros, en virtud de las difíciles relaciones que ha históricamente ha habido entre la República Dominicana y Haití. Si bien la República Dominicana tiene mucha población negra, tradicionalmente ha renegado de sus orígenes africanos (el dictador Trujillo intentó “blanquear” a su país lo más que pudo), ha visto con mucho recelo a los inmigrantes haitianos, y en líneas generales, ha tenido una imagen negativa de los negros.
Pero, como suele ocurrir con los estereotipos, la imagen del negro perezoso seguramente sí debe tener alguna base en la realidad. Si acaso los negros en América son efectivamente menos trabajadores, esta pereza no es debida a causas biológicas; si bien puede haber genes para ser más trabajadores, no creo que estos genes estén racialmente distribuidos.
Habría más bien que buscar los orígenes de este fenómeno en causas culturales e históricas. El economista camerunés Daniel Etounga Millengue, por ejemplo, ha postulado que en las culturas africanas persiste una actitud que no concede demasiada importancia a la planificación, el ahorro y el trabajo. Quizás los esclavos africanos trajeron esas tendencias culturales a América, y eso explica actitudes como las del negrito del batey.
Pero, yo postulo otra explicación. La esclavitud fue un robo al esclavo. Y así, naturalmente el esclavo vino a asociar la idea del trabajo con la explotación. El esclavo termina por detestar el trabajo, precisamente porque no logra disfrutar el producto de su propia labor. La propia canción de El negrito del batey nos ofrece ciertas luces al respecto: el “batey” era un pedazo de tierra donde trabajaban los esclavos negros dominicanos y haitianos, y hasta el día de hoy, en los bateyes persisten prácticas de semi-esclavitud en condiciones deplorables.   
Aun con el fin de la esclavitud, esta actitud de desprecio al trabajo estuvo ya cultivada por varias generaciones, y no es nada fácil deslastrarse de ella. En el siglo XIX, uno de los argumentos que más se utilizó a favor del abolicionismo, era que la institución de la esclavitud estaba volviendo perezosos a los propios amos, y esto eventualmente conduciría a su propia ruina. En EE.UU., el norte se estaba convirtiendo en una potencia industrial, mientras que el sur esclavista cada vez más se estancaba en su producción económica.

La esclavitud en América, pues, ha dejado secuelas profundas. Ciertamente, el racismo ha sido una de esas secuelas. Pero, la esclavitud también tuvo la secuela de dejar una actitud de desprecio al trabajo entre los descendientes de esclavos. La mejor motivación al trabajo, es el goce de los frutos de la labor. En la esclavitud, este goce no estaba presente, pues el esclavo entregaba su trabajo al amo. Pero, vale mantener presente que, en los sistemas colectivistas que persisten en América (sobre todo en los países con gobiernos izquierdistas, como Venezuela), este mismo problema aparece, pues en la medida en que el trabajador entrega forzosamente su labor al Estado y al colectivo (y no la goza individualmente), termina por despreciar el trabajo. El socialismo, me temo, puede conducir tanto como la esclavitud, a que la gente odie el trabajo.
    

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