martes, 1 de marzo de 2016

El 29 de febrero y el calendario gregoriano

            Ayer fue 29 de febrero. Como se sabe, sólo se encuentra esa fecha los años bisiestos. Suele creerse erróneamente que los años bisiestos ocurren cada cuatro años. Hasta el siglo XVI, fue así con el calendario juliano. Pero, esto llevó a un problema. Si un año durase 365.25 días, no habría problema. Pero, en realidad, un año tarda 365.2425 días. Si se incorpora el bisiesto cada cuatro años, eso hace que, eventualmente, el calendario no coincida con las temporadas. En el siglo XVI, había ya un desajuste de once días.
            Esto generaba un problema a la Iglesia Católica, pues no se lograba precisar la fecha de celebración de la Pascua en concordancia con el equinoccio de primavera los 21 de marzo, como habitualmente se hacía. En 1582, el Papa Gregorio XIII buscó resolver el problema. Encomendó a los astrónomos hacer los ajustes necesarios, y éstos decidieron que, a partir de ese momento, no serían años bisiestos aquellos divisibles por cien (1700, 1800, 1900, etc.), pero sí podrían ser bisiestos aquellos divisibles por cuatrocientos (2000, 2400, etc.). Y, para corregir el desfase de los once días acumulados, se decretó que el día siguiente al 2 de septiembre sería el 14 de septiembre en 1582.

            Es fácil subestimar la importancia de esta decisión, pero no debemos hacerlo. Una civilización que no calcule el tiempo de forma precisa y correcta, tiene altas probabilidades de fracasar. El calendario gregoriano no es perfecto (tiene aún un desajuste de 26 segundos por año, y esto ha estimulado algunos otras propuestas de reforma), pero fue una mejora significativa. Esto va más allá de lo astronómico. No se trataba solamente de calcular mejor el tiempo; se trataba de dar un paso hacia la precisión en el cálculo, de estimular una actitud moderna analítica que no se conforma con soluciones imperfectas. Esta actitud pronto trascendió la mera reforma del calendario.
            Lo extraño es que, la misma institución que promovió una reforma tan importante, apenas unas décadas después, usó la fuerza para mandar a callar a un tipo que decía que la Tierra gira alrededor del sol. El asunto de Galileo ha de ser uno de los más vergonzosos para la Iglesia Católica. Pero, al César lo que es del César: así como la Iglesia cometió una barbaridad en la astronomía en el asunto de Galileo, hizo algo muy importante en la astronomía, al reajustar el calendario.
            Quizás la Iglesia sí fue flexible con la reforma del calendario, pero mandó a callar a Galileo, porque en ambos casos mediaba un interés religioso. La Iglesia estaba muy interesada en calcular acordemente la Pascua, y eso motivó la reforma del calendario; la Iglesia estaba muy interesada en mantener la literalidad de la Biblia y el antropocentrismo, y eso motivó que rechazara el modelo heliocéntrico de Galileo. La religión, me temo, para bien o para mal, sí interfiere con la ciencia.
            Y, de todo esto, deberíamos aprender una lección: las verdades científicas deben aceptarse, sin importar de dónde vienen, y a cuáles de nuestras creencias perjudican. Cuando Gregorio XIII promovió el nuevo calendario, los países protestantes de Europa se rehusaron a aceptarlo, y tercamente mantuvieron el viejo calendario hasta bien entrado el siglo XVIII, por el mero hecho de que ese calendario venía del Papado (aquella institución que Lutero identificó con el Anticristo). Hoy, tercamente la Iglesia Ortodoxa, por los mismos motivos (el rechazo al Papa), sigue empleando el calendario juliano. El mundo islámico sigue empleando el calendario lunar (muchísimo menos preciso que el solar); cuando un reformador como Ataturk promovió el uso del calendario gregoriano, muchos tradicionalistas lo consideraron aún otra blasfemia del gran secularizador turco.
            Cometemos un error similar en América Latina. A pesar de que algún indigenista lo ha propuesto, en realidad nadie se ha tomado en serio la idea de volver a los calendarios azteca o maya (los cuales, dicho sea de paso, son bastante exactos). Pero, así como los protestantes rechazaron el calendario gregoriano por el mero hecho de que venía del Papa, en América Latina muchos líderes nacionalistas quieren rechazar muchas cosas de Europa, Norteamérica y Occidente en general, por el mero hecho de que no vienen de “nuestra América” (como la llamó José Martí, uno de esos nacionalistas obsesionados con crear una identidad propia). La ciencia, venga de donde venga, siempre será buena, y ha de ser bienvenida. Pero, los nacionalistas latinoamericanos, empeñados en construir una identidad aparte, denuncian como “eurocéntricos” y “burgueses” a Galileo, Newton, Darwin, y tantos otros, y pretenden desarrollar una ciencia “nuestra” y “proletaria”.

Estupideces. El año no deja de tener 365.2425 días por el mero hecho de que al patriarca de Constantinopla no le agrade el Papa. La tierra no deja de girar alrededor del sol por el mero hecho de que el cardenal Bellarmine creyera que el sol se detuvo en una batalla narrada en la Biblia. Pues bien, lo que la ciencia nos informa no deja de ser verdadero y relevante, por el mero hecho de que quienes lo dicen, proceden de Europa y Norteamérica. Aprendamos a valorar lo bueno y repudiar lo malo, independientemente de donde vengan.

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