jueves, 10 de marzo de 2016

Las compensaciones por la esclavitud en EE.UU.

2016 es un año electoral en EE.UU. Y, como ocurre cada cuatro años, hay debates entre los candidatos. Uno de los temas que ocasionalmente aparece en estos debates, es el asunto de las compensaciones raciales. Varios grupos oprimidos en la historia de los EE.UU., pero en especial los negros, exigen compensaciones monetarias por los siglos anteriores de esclavitud (actualmente el demagogo Ta Neishi Coates es quien más ruido hace con esa solicitud). Este proyecto se ha planteado muchas veces, pero nadie se lo ha tomado muy en serio, e incluso, el más izquierdista de los candidatos en el 2016, Bernie Sanders, lo ha rechazado (acá).

            En principio, la idea de compensación por opresiones pasadas no está mal. Los blancos suelen quejarse de que ellos no son culpables de lo que sus ancestros hicieron. Tienen razón, pero eso no condona su deuda. Si X roba una propiedad a Y, y la pasa a sus descendientes, los descendientes de Y tienen el derecho de reclamar a los descendientes de X la compensación de la propiedad que fue despojada a sus ancestros, y que ahora ellos disfrutarían, si no hubiera sido por ese despojo. Así pues, si los amos blancos se hicieron ricos a expensas del trabajo de los esclavos negros (y, en ese sentido, hubo un robo del trabajo de los negros), hay una obligación de que quien ahora disfruta de ese robo (aun si no es culpable del robo en sí mismo) devuelva lo robado a los descendientes de quien fue víctima del robo.
            El problema es que en EE.UU., no hay nada remotamente cercano que permita saber quién es descendiente de los amos, y quién es descendiente de los esclavos. Puede haber algunos registros genealógicos, pero son clarísimamente insuficientes, y previsiblemente, si se admiten las compensaciones, estarán abiertos a manipulaciones. Los demagogos que piden estas compensaciones, asumen gratuitamente que todo blanco es descendiente de esclavista, y todo negro es descendiente de esclavo. Pero, el asunto es muchísimo más complejo.
En primer lugar, no todo blanco es descendiente de esclavistas. EE.UU. ciertamente era una sociedad esclavista, pero la esclavitud se fue aboliendo progresivamente en distintos estados, y tras ese proceso de abolición, hubo muchas olas de inmigración europea de gente muy empobrecida (irlandeses, italianos, polacos, etc.) que no tenían esclavos. Del mismo modo, no todo negro es descendiente de esclavos. Hubo esclavistas negros en EE.UU. Pero además, parte de la población negra norteamericana es descendiente de inmigrantes africanos y caribeños que llegaron a EE.UU. como personas libres (Barack Obama, por ejemplo, se identifica como negro, pero no es descendiente de esclavos), y entre los que proceden de África directamente, hay alguna probabilidad de que en realidad son descendientes de esclavistas, pues la trata negrera requirió intermediarios africanos que esclavizaban a quienes eran enviados a América.
Hay aún otro problema. La raza es una construcción social sin mucho fundamento biológico, y no es nada fácil precisar quién es un negro, y quién es un blanco. Un melanesio, por ejemplo, podría ser identificado como negro en EE.UU., pero genéticamente está más cerca de los europeos que de los africanos. Y, si bien en EE.UU. no hubo la misma intensidad de mestizaje que sí hubo en América Latina, su población es más mestiza de lo que se suele creer. Si bien la burocracia norteamericana obstinadamente se empeña en encasillar en categorías raciales a su población, objetivamente es muy difícil hacerlo. En líneas generales, la burocracia norteamericana permite que cada quien autodefina su identidad. Pero, no es difícil prever que, en caso de que se apliquen las compensaciones, mucha gente se empezará a definir como negra para recibir los beneficios.
De hecho, ya ha ocurrido así en casos famosos: por ejemplo, en 1988, los hermanos Malone (considerados blancos originalmente) no aprobaron un examen de ingreso como bomberos de la ciudad de Boston; pero en vista de que el departamento de bomberos tenía cuotas raciales para los negros, estos hermanos alegaron que tenían un tatarabuelo negro, se asumieron como negros (en virtud de la regla de “una gota de sangre”, la cual arbitrariamente postula en EE.UU. que basta un ancestro negro para ser negro), y lograron entrar como bomberos.

Por último, hay aún otro problema que los demagogos rara vez consideran. Si se aprueban las compensaciones raciales a los descendientes de esclavos, ¿por qué no aprobar también las compensaciones a todos aquellos descendientes de las víctimas del imperialismo norteamericano? Si se cede ante la presión de los demagogos negros, sería justo también que el gobierno norteamericano indemnice a los descendientes de las víctimas de Hiroshima y Dresde; sería justo compensar a México, Panamá, Granada, Nicaragua, Honduras, República Dominicana, Haití, Cuba, Irak, Afganistán, Vietnam, Camboya, y así, un larguísimo etcétera de países que han sufrido la agresión imperial norteamericana.
Supongo que algunos demagogos, verdaderamente comprometidos con la justicia social, estarán dispuestos a asumir esto. Pero, estimo mucho más probable que, ante esa posibilidad, los demagogos negros que exigen compensaciones raciales, pensarán más detenidamente el asunto. Tras hacer el cálculo, comprenderán que, al final, las compensaciones aplicadas a todas las víctimas de las agresiones norteamericanas, pueden traerles más costos que beneficios. Pues, en tanto contribuyentes fiscales, tendrán que financiar el pago a las víctimas del imperialismo, y todo lo que reciban originalmente producto de las compensaciones raciales, deberán devolverlo con creces para financiar el pago a las compensaciones por los crímenes del imperialismo.
Al final, si hicieran ese cálculo, los negros norteamericanos comprenderían que, si bien ellos son descendientes de gente maltratada en el pasado, actualmente tienen muchísimos más privilegios que la abrumadora mayoría de los habitantes de este planeta.

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