domingo, 12 de mayo de 2013

No existe la solución oriental



            “No existe la solución oriental”. Así titula Christopher Hitchens un capítulo de su libro Dios no es bueno. Después de manifestar su descontento con las religiones monoteístas de Occidente, Hitchens pasa revista crítica a las religiones orientales. La preocupación central de Hitchens en ese libro es el potencial violento y destructivo de la religión, y por ello, reprocha al hinduismo y al budismo no estar exentos de estafadores y fanáticos violentos. Si bien eso es tremendo problema, no es mi principal preocupación. A mí lo que más me preocupa es la racionalidad de un sistema de creencias. Y en función de eso, junto a Hitchens, opino que no hay solución oriental (pero por razones un poco distintas de las que él esgrime).
 
            Es fácil para los occidentales caer en la tentación de que, frente al descontento por las doctrinas monoteístas (un Dios bueno y omnipotente que a la vez permite el mal; unos milagros que sólo tienen a su favor prueba testimonial; etc.), se recurra a las religiones orientales en busca de doctrinas más satisfactorias. Arthur Schopenhauer puso esto de moda, y hoy es una tendencia creciente. Pero, siquiera una superficial revisión revela que el conjunto de doctrinas procedentes de las religiones orientales son tan absurdas como su contraparte occidental.
            Especialmente el hinduismo parece muy proclive a una mentalidad encantada y prelógica. Se nos habla de trescientos treinta millones de dioses. Se nos dice que Krishna convirtió una noche en un millón de años para estar con una amante; que Rama se enfrentó a un dragón para rescatar a su esposa. Es fácilmente evocable acá la observación de Thomas Macaulay, cuando postuló que en la India, prevalece la “historia en la cual abundan reyes de más de treinta pies de altura, reinados de cuarenta mil años, y geografía sobre mares de mantequilla”. Una mentalidad mínimamente racionalista no pude aceptar nada de esto.
            Pero, por supuesto, quizás somos demasiado injustos con los hindúes. Es cierto que en la India proliferan faquires charlatanes que pretenden hacer pasar por magia real meros trucos. Pero, puede admitirse que el común de la gente no acepta literalmente la magia, y que todas esas referencias a eventos mitológicos fantásticos son interpretados como alegorías, y no como hechos históricos literales. Por encima de la capa mitológica del hinduismo y del budismo, hay una capa filosófica, y eso es lo atractivo para los occidentales.
            Pero, aun en ese caso, las doctrinas de las religiones orientales son altamente cuestionables. Tanto en el hinduismo como en el budismo, la reencarnación es una doctrina clave. Cada vez más, los occidentales aceptan esta doctrina. Es comprensible, pues supongo que la idea de esperar al final de los tiempos para ser resucitados es demasiado angustiante, y además, esta vida tiene sus placeres, de forma tal que, para muchas personas, sería preferible volver a vivir acá en la Tierra, en vez de pasar la eternidad cantando himnos de alabanza en una ciudad celestial.
            Pero, la doctrina de la reencarnación enfrenta demasiados problemas como para ser tomada seriamente. Lo mismo que respecto a la doctrina de la resurrección o la inmortalidad del alma, sencillamente no hay evidencia de que, al morir, reencarnamos en otros seres vivos. Es mera especulación. Hubo, cabe admitir, un célebre investigador (Ian Stevenson) que trató de documentar casos de niños que alegaban ser reencarnaciones y que aparentemente demostraban conocimientos sobre sus supuestas vidas pasadas, que no pudieron haber adquirido de otra forma. Pero, si bien las investigaciones de Stevenson son dignas de tomarse en consideración, tienen demasiadas lagunas metodológicas, lo suficiente como para rechazar sus conclusiones.
            Además, la doctrina de la reencarnación enfrenta problemas conceptuales claves. ¿Cómo podemos sostener que somos la misma persona de la supuesta vida pasada, si no recordamos nada de ella? Podríamos admitir que la identidad personal se mantiene, no mediante la continuidad corporal, sino psicológica, pero aun en ese caso, no habría vínculo entre la persona de la vida pasada, y nosotros mismos.
            En las religiones orientales, el corolario de la reencarnación es la doctrina del karma: nuestra condición en esta vida es causa de nuestras acciones en vidas pasadas. A simple vista, es una doctrina atractiva, pues resuelve una vieja dificultad que las religiones occidentales siempre han enfrentado: el problema del sufrimiento de los inocentes. Job protestó contra Dios por su sufrimiento, pues Job siempre había sido recto. Los amigos de Job trataron de convencerlo de que, su sufrimiento debió ser evidencia de alguna falta cometida, pero Job siempre rechazó esa acusación. Pues bien, el karma parece resolver el asunto: Job merece lo que sufre, no por alguna falta cometida en esta vida, sino por faltas cometidas en vidas anteriores.
            Pero, pronto la doctrina del karma se vuelve repugnante. El karma legitima todas las injusticias del mundo. Es quizás la doctrina más emblemática de aquello que Marx describió como el “opio del pueblo”: mediante la idea del karma, se puede convencer al oprimido de que acepte su condición, pues tiene un castigo justo por las faltas de vidas pasadas. No es meramente casual que, la misma tradición religiosa que vio nacer la doctrina del karma, instituyera un brutal sistema de castas, el cual muchas veces se intenta justificar apelando a la justicia del sufrimiento acaecido por las faltas cometidas en vidas pasadas.
            Tanto el budismo como el hinduismo intentan ofrecer un camino para escapar al ciclo de la reencarnación. Hay varios caminos en el hinduismo, unos más deplorables que otros. Está el camino de la renuncia y el ascetismo extremo. No hace falta ahondar sobre lo terrible que esto resulta: la renuncia y el ascetismo extremo ha hecho de la India un país atrozmente pobre: en el intento por escapar a este mundo sensorial, el hinduismo ha propiciado un abandono de la transformación material del mundo para satisfacer las necesidades más elementales.
            Pero, en honor a la verdad, el hinduismo ofrece otros caminos para la liberación. Está el camino de la devoción a los dioses particulares, y el camino del conocimiento. El problema, no obstante, está en que el objetivo de la supuesta liberación es sumamente extraño. Especialmente la tradición llamada vedanta, hace énfasis en la idea de que el “yo” (atman) y el “todo” (brahman) son lo mismo. Por usar un cliché del New Age: todo está conectado. Si vemos a una cucaracha sufrir mientras es aplastada, ese sufrimiento es también nuestro sufrimiento, pues todos somos parte de una misma entidad. El objetivo de la vida, entonces, es erradicar la ilusión que postula diferencia entre el yo y todo lo demás; el propósito de la vida es quedar inmerso en el brahman, de la misma forma en que una gota de agua se diluye en un mar.
            Esto es profundamente contrario a la intuición y al sentido común, al punto de que casi termina siendo un disparate. Es normal y sano sentir empatía por el sufrimiento de los demás. Pero postular, como hacen muchas escuelas hindúes, que no existe diferencia ontológica entre los demás y yo, que todos somos partes de un mismo ente, termina por resultar absurdo. Si atman es brahman, y no hay diferencia entre una y otra persona (o si quiera entre uno y otro objeto), ¡quememos las tarjetas de identidad! Yo puedo ayudar a levantarse a una persona que se cayó al suelo. Pero, este gesto de compasión es muy distinto a creer que esa persona y yo somos en realidad el mismo ente.
Y, además, yo en particular, estoy muy contento de tener una identidad separada de la de los demás. Puedo aceptar vivir en sociedad, pero nunca deseo renunciar a mi autonomía individual. Tengo pensamientos, fantasías y perversiones en mi cabeza a las cuales sólo yo tengo acceso, y eso es maravilloso. Las doctrinas del hinduismo pretenden erradicar la propiedad privada de mis pensamientos. Protesto contra esto. El hinduismo es radicalmente contrario al individualismo, pero precisamente la idea de que somos individuos autónomos y libres es uno de los grandes logros de Occidente.
            El budismo, por su parte, ofrece una doctrina aún más extraña. No postula que el “yo” y el “todo” son lo mismo, sino que el “yo” sencillamente no existe. Insólitamente, el mismo budismo se contradice, al postular que el objetivo de la vida es la aniquilación del “yo” (lo cual presume que, después de todo, el “yo” sí existe) en el nirvana, el estado de inexistencia.
            Se trata de una doctrina radicalmente contraintuitiva. Puedo dudar de muchas cosas, como bien postulaba Descartes. Pero, aun si mis sensaciones en realidad proceden de un engaño por parte de un genio maligno, puedo tener la certeza de que, al menos, estoy pensando, y de que yo soy una persona. Es firme la convicción de que hay un conjunto de pensamientos que son míos, y de nadie más, y que eso constituye un “yo”. Pretender lo contrario es sencillamente ir en contra del más elemental sentido común.
            En todo caso, la aspiración al nirvana es igualmente extraña. Es prácticamente un culto a las tinieblas, a la nada. No es necesario leer mucha filosofía existencialista para saber que la nada es un concepto muy deprimente y terrorífico. Por ello, tengo firmes razones para rechazar a una religión que pretenda conducirme hacia la nada. Por eso, junto a Hitchens, sigo sosteniendo que no existe la solución oriental.

5 comentarios:

  1. Impecables todas tus objeciones, que ya leí más desarrolladas en tu libro.

    En realidad, no existe ninguna solución que sea religiosa. Aunque suene a tópico, toda religión es una institución creada para salvaguardar los privilegios de las clases dominantes, como observas al relacionar el sistema de castas con la doctrina del karma, que tiene su correspondencia con la de la resignación cristiana en este valle de lágrimas y la prohibición de comer del árbol prohibido de la Ciencia (el pasaje más sincero de toda la Biblia, junto con el "¿Qué es la verdad?" de Pilatos). No sé si has visto "Apocalypto", que según tengo entendido causó polémica en los países latinoamericanos: la casta sacerdotal nutriéndose de la sangre aportada por los parias de la tribu vecina, cazados por el general; a sus pies, toda la plebe idiotizada, sumisa y ávida de espectáculos cruentos. Esa imagen resume perfectamente lo que digo.

    El recurso a la solución oriental viene de la ignorancia y la tendencia a la idealización de aquello que no vivimos: Mamá Naturaleza (nadie sobreviviría un solo día en la selva del Amazonas, excepto aquellos indígenas), Oriente (lleno de moscas y castas con movilidad cero).

    La solución está en Occidente, que ha pasado por un Renacimiento, unas revoluciones políticas e industriales y el abandono de los sistemas teocráticos. Esas conquistas irrenunciables nos han permitido vivir tan bien, que ya sólo nos queda quejarnos de todo lo bueno que tenemos.

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    1. Sí vi Apocalypto. Sí, causó controversia, porque acá hay la idea romántica del paraíso pre-hispánico... Una gran tontería, por supuesto, aunque Mel Gibson tiene un cierto gusto por el sensacionalismo, y no faltó en esa película.

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  2. Disculpa, esta pregunta está demasiado lejos del tema del post, mejor dicho no tiene nada que ver, pero, ¿más o menos, cuanto te tardaste leyendo "Dios no es bueno"?

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    1. Lo fui leyendo por capítulos. El capítulo sobre la solución oriental lo leí, supongo, en dos o tres días.

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