martes, 7 de mayo de 2013

Las cruzadas y el relativismo: a propósito de Rodney Stark



            Benedicto XVI puso de moda entre los católicos el oponerse a aquello que él llamó la ‘dictadura del relativismo’. Eso me pareció estupendo. En esta época de postmodernismos, el relativismo cultural es embrutecedor. No acepto las doctrinas católicas, pero al menos comparto con el antiguo papa la idea de que sí existe una verdad a la cual podemos tener acceso, y que no todas las proposiciones sobre el mundo varían en su valor verdad respecto al contexto.
 
            El ataque al relativismo me parece especialmente pertinente en América Latina. Pues, con la excusa de luchar contra el colonialismo, ha surgido en nuestra región una moda intelectual que pretende reivindicar el legado indígena a toda costa. El problema con esto es que cualquier historiador serio documentará que las sociedades precolombinas estaban muy lejos de ser los paraísos terrenales con los cuales hoy fantasean los indigenistas. Pero, para salvaguardar sus tesis, los indigenistas suelen acudir a los típicos argumentos relativistas: frente a atrocidades como el sacrificio humano entre los aztecas, alegan que cada cultura tiene sus códigos morales, y que no estamos en posición de criticarlos. O, en todo caso, alegan que las atrocidades precolombinas no fueron tan brutales como habitualmente se las presenta, o en un intento desesperado por justificación, que fueron menos sangrientas que las atrocidades cometidas por los españoles durante la conquista.
            Por fortuna, la oposición a la ‘dictadura del relativismo’ sirve para refutar todos estos argumentos indigenistas. Pero, desafortunadamente, plenitud de católicos están dispuestos a dejarse llevar por la dictadura del relativismo, cuando se trata de enfrentar las atrocidades cometidas por los mismos católicos de épocas pasadas. La justificación de las cruzadas es un caso emblemático de ello, sobre todo tal como ha sido presentada por el reconocido sociólogo e historiador Rodney Stark.
            No deja de ser cierto que en torno a las cruzadas hay un velo de distorsión, especialmente a partir de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. En Occidente, hay temor de enfrentar este tema, pues existe una gran culpa colectiva en torno a aquella empresa militar: se considera a las cruzadas la primera gran expansión imperialista europea, y el terrorismo islámico es sólo una respuesta a la recurrente agresión europea.
            Stark ha advertido en contra de esta distorsión de la historia. Stark nos recuerda que, antes de ser territorios musulmanes, el norte de África y Palestina habían sido territorios gobernados por cristianos. Y, así, las cruzadas habrían sido campañas militares legítimas, pues buscaban retomar territorio anteriormente despojado de forma injusta.
            Tiene razón Stark en que el imperio islámico se expandió por la vía violenta, y tomó territorios que anteriormente eran cristianos. Pero, me parece dudoso que, cuatrocientos años después, exista justificación para lanzar una cruzada a fin de retomar territorios perdidos. Hay en el derecho internacional la doctrina del fait accompli, el hecho cumplido, y me parece que, en este caso, habría sido justo invocarla. Sería injusto que hoy México organice una guerra para reconquistar Texas, un territorio que perdió hace apenas siglo y medio.
           Stark añade que los peregrinos cristianos en Palestina eran sujetos a torturas y malos tratos. De hecho, sobre esto basó su famoso discurso el papa Urbano II, en el cual convocaba a los europeos a una guerra santa, como respuesta frente a la amenaza de los turcos contra el imperio bizantino. Contrario a quienes invocan la soberanía de cada país, yo opino que sí hay justificación militar para intervenir en otro país a con el objetivo de frenar atrocidades (éste es el concepto de ‘intervención humanitaria’, que los exponentes de la doctrina de la guerra justa hoy refinan). Pero, la intervención humanitaria, para ser justa, debe realizarse con un criterio de proporción. Debe calcularse cuántas vidas salvará la acción militar, y cuántas muertes acarreará. Sólo si el balance es positivo, hay justificación para la guerra. Es obvio que, aun si había abusos contra los peregrinos cristianos en Palestina, la respuesta de los poderes europeos fue brutalmente desproporcionada.
            Además, no es del todo claro que esos malos tratos contra los peregrinos cristianos fueron tan extendidos. En la historia militar es frecuente la explotación de la propaganda de atrocidades para justificar campañas. Y, Urbano II, un papa que, según parece, tuvo grandes dotes oratorias, seguramente adornó con exageraciones sus discursos. Stark ingenuamente considera verdaderas las descripciones hechas por el papa, pero cuando se trata de enfrentar las atrocidades de los cruzados en el asalto a Jerusalén por parte de los cruzados, inmediatamente salta a decir que esas descripciones proceden de fuentes propagandísticas no confiables.
            Incluso, Stark pretende justificar las matanzas en el asedio a Jerusalén postulando que, si se los árabes se hubieran rendido sin ofrecer resistencia, se hubiesen ahorrado muchas atrocidades. Este sofisma es un chantaje barato: pretende culpar a las propias víctimas por haber ofrecido una resistencia, que además, a todas luces fue legítima. Algo similar hace Stark en torno a las atrocidades de los cruzados en Constantinopla, durante la cuarta cruzada: los europeos estaban hambrientos, y habían sido traicionados por los bizantinos en varias ocasiones. Eso, según parece postular Stark, justifica la ejecución masiva de no combatientes.
            Pero, lo más lamentable de Stark es su apelación al relativismo para justificar lo injustificable. Si bien trata de dulcificar un poco las atrocidades de los cruzados, postulando que no fueron tan brutales o tan numerosas como se suele suponer, Stark inevitablemente se rinde ante el peso de la evidencia, y admite que sí hubo crímenes aberrantes por parte de los cruzados. Pero, insólitamente, hace algo muy parecido a lo que hacen los indigenistas: postula que cada época tiene su código moral, y que no estamos en posición de juzgar épocas pasadas bajo los estándares morales contemporáneos, y además, los musulmanes tampoco respetaban las reglas de la caballería.
En palabras de Stark: “acepto que fue una era cruel y sangrienta, pero no se gana ganada en términos de reflexión moral o comprensión histórica, al imponer anacrónicamente la convención de Ginebra a aquellos tiempos”. Este enunciado, me parece, es relativismo puro y duro. Stark asume que no hay una moral que trasciende épocas, sino sencillamente un Zeitgeist, u espíritu moral contingente en cada época. Para Stark, los principios de la convención de Ginebra son sencillamente una construcción de una época específica, pero no pueden considerarse de validez universal diacrónica. Es, opino, el mismo proceder de los indigenistas que alegan que no podemos juzgar el sacrificio humano entre los aztecas, bajo los parámetros morales que prevalecen hoy. Bajo esta visión, os aztecas tenían “su moral”, y nosotros tenemos la nuestra; los cruzados tenían “su moral”, nosotros tenemos la nuestra.
Los católicos son muy proclives a invocar la lucha contra la “dictadura del relativismo” para oponerse a la homosexualidad, el aborto o la eutanasia (vale agregar que es perfectamente posible oponerse al relativismo y aceptar la homosexualidad o el aborto, como es mi caso), pero cuando esa misma lucha contra el relativismo exige condenar sin excusas las atrocidades de los cruzados, misteriosamente apelan al relativismo (aunque nunca de forma explícita) para postular que cada sociedad tiene sus propios códigos morales, y que no hay un patrón moral universal por el cual medir a las culturas.
Es, además, sumamente objetable la otra justificación a la cual apela Stark: el mero hecho de que los musulmanes también hayan incurrido en atrocidades bajo ningún concepto justifica las atrocidades de los cruzados. Ningún eticista podría defender el bombardeo de Dresden bajo la excusa de que los nazis mataron a seis millones de judíos. Lo mismo, me parece, aplica a los crímenes de guerra perpetrados por los cruzados.
Stark también intenta justificar a los cruzados postulando que su motivo para ir a la guerra fue estrictamente religioso. Contrario a los clichés marxistas, Stark estima que en la decisión de los cruzados de ir a la guerra no hubo motivos económicos: los cruzados fueron a Jerusalén genuinamente a liberar la Tierra Santa para expiar sus pecados, no para hacerse ricos. Si quisieran haber sido ricos, hubiesen invadido la afluente España, y no la empobrecida Palestina.
En esto, Stark seguramente tiene razón. Junto a él, opino que en las motivaciones de los cruzados, prevaleció más el motivo religioso que el económico. Pero, esto no sirve bajo ningún concepto como una justificación. Stark deja entrever que, en tanto los cruzados tenían motivos religiosos y no económicos, sus acciones son menos objetables. En cambio, yo opino que sí bien no pecaron de codiciosos, sí pecaron de fanáticos religiosos. Y, en ese sentido, sus acciones son tan objetables como si hubiesen acudido a Jerusalén con el mero afán de hacerse ricos saqueando. Osama Bin Laden (un magnate de cuna) no tuvo ningún motivo económico para derribar las Torres Gemelas. Pero, no por ello su terrorismo es menos objetable.
En definitiva, revisionismos históricos como el de Stark son oportunos, sobre todo al tener en cuenta la forma en que la propaganda islamista hoy explota la sensibilidad musulmana a partir de la experiencia histórica de las cruzadas (Stark oportunamente también destaca que sólo a partir del siglo XX, como campaña propagandística contra el colonialismo occidental, los musulmanes realmente dedicaron atención a la experiencia histórica de las cruzadas). Pero, es muy lamentable que, para justificar las atrocidades del pasado, se invoque un relativismo cuando, precisamente, es la misma Iglesia Católica la institución que con mayor tesón ha propuesto combatir el relativismo.

1 comentario:

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