domingo, 7 de abril de 2013

Maduro, Capriles y las dos Coreas




Opino que Roberto Weil ha superado al maestro Pedro León Zapata en talento y agudeza en comentarios políticos en el arte de la caricatura. No me gustó que, en alguna ocasión, Weil sugirió que si los chavistas le ofrecían suficiente dinero, el podría pasarse de bando y poner su pluma al servicio del socialismo del siglo XXI. Pero, supongo que todos en algún momento hemos rendido culto a Mammón, y no estoy libre de pecados como para atreverme a lanzar la primera piedra contra Weil.
 

       Recientemente, Weil publicó esta elocuente caricatura. En un debate (para el cual, valga agregar, Maduro cobardemente ha declinado la invitación de Capriles), Maduro defiende los valores de Corea del Norte, Capriles defiende los valores de Corea del Sur.
            Hay, por supuesto, mucha exageración en todo esto. Comparar a la Venezuela de Chávez con la Corea de Kim Il Sung es un despropósito. Antes de atreverse a establecer comparaciones de este tipo, es necesario documentarse mejor sobre la dantesca situación que se vive en Corea del Norte. En Venezuela no hay campos de concentración con niños esclavizados. En Venezuela no hay impedimentos formales para que un ciudadano común viaje de una región a otra. En Venezuela no ha habido hambrunas. En Venezuela no hay un gasto brutalmente desproporcionado del presupuesto nacional en armamento nuclear. En Venezuela no hay el aislamiento internacional tan atroz que promueve la brutal filosofía norcoreana juche.
            Pero, con todo, sigue siendo motivo de vergüenza que ni Chávez ni Maduro hubieran condenado las terribles condiciones de opresión en Corea del Norte, o ni siquiera hayan protestado por las pruebas subterráneas de armamento nuclear emprendidas por ese país.
            Quizás pueda haber algún paralelismo entre el culto a la personalidad de Kim Il Sung, y el creciente culto a la personalidad de Hugo Chávez, especialmente tras su muerte, y el uso tan rastrero que Maduro hace de eso para lanzar su campaña electoral. Pero, nuevamente, un examen más detallado del asunto, obliga a admitir que el culto a Kim Il Sung es muchísimo más atroz que la apenas naciente religión civil bolivariana-chavista. Hasta ahora, por ejemplo, nadie cree que Hugo Chávez tuvo el poder para controlar el clima, cuestión que los norcoreanos sí llegaron a creer de Kim Il Sung.
 

            Pero, deseo dirigir la atención a un aspecto del sistema norcoreano que sí está cobrando fuerza en la ideología chavista. Se trata del sistema songbun. Cuando Kim Il Sung asumió el poder, estableció un sistema de castas tripartito. Aquellos campesinos que lucharon junto a él contra los japoneses y contra los surcoreanos, fueron agrupados en una casta superior. Aquellos que habían sido terratenientes, o profesaban el cristianismo, o eran sospechosos de haber tenido vínculos o simpatías con los japoneses o surcoreanos, fueron agrupados en la casta inferior. Una casta intermedia estaba compuesta por aquellos individuos de reputación dudosa.
            Desde entonces, el gobierno lleva un registro detallado de la casta de pertenencia de cada ciudadano norcoreano. Su casta determinará su lugar en la sociedad, y a cuáles beneficios tendrá acceso. Pyonyang está habitada casi en su totalidad por miembros de la casta superior, quienes tienen acceso a las mejores viviendas, hospitales y educación, y ocupan las posiciones burocráticas en el inmenso aparato estatal norcoreano. La casta inferior está condenada a vivir en el campo en condiciones patéticas, y los infames campos de concentración están casi en su totalidad compuestos por miembros de esa casta.
            Estos grupos sociales son ‘castas’, y no ‘clases’ sociales. Los sociólogos nos recuerdan que las ‘castas’ son grupos con estatus adscrito, a saber, una persona nace en una casta, y no tiene posibilidad de salir de ella, a diferencia de la clase social. En Corea del Norte, el sistema songbun postula que, dependiendo de quiénes fueron los ancestros de una persona, esa persona recibirá una ubicación específica en el sistema social. Así, si el abuelo de un joven fue simpatizante de los japoneses hace más de seis décadas, ese joven hoy está condenado a ser un campesino en condiciones paupérrimas, excluido de los escasos beneficios que puede ofrecer el Estado norcoreano. Y, persiste en Corea del Norte una ley de castigo a tres generaciones: no sólo el criminal (en realidad, muchos son meros disidentes políticos) es castigado, sino también sus descendientes por tres generaciones. Eso explica por qué hay niños en los campos de concentración.
            Este sistema de exclusión tiene alguna resonancia con la Venezuela que construyó Chávez. Pero, al menos Chávez trató de mantener un principio de responsabilidad individual en esta exclusión. La infame lista Tascón sólo castigó a la persona que firmó; nunca se pretendió excluir a los familiares de quienes firmaron. Y, en honor a la verdad, Chávez rara vez juzgó o criticó a sus adversarios por su procedencia familiar.
            Pero, los seguidores de Chávez sí tienen más inclinación a culpar a alguien por lo que un familiar haya hecho. Leopoldo López es acusado por los supuestos casos de corrupción de su madre, en los cuales él nunca tuvo nada que ver. Y, esto se está intensificando con Maduro. Su principal ataque ad hominem contra Capriles es que tiene apellido extranjero aristócrata, y según parece, los descendientes de aquellos que tuvieron propiedades, no pueden participar en funciones gubernamentales. Es una versión criolla y light del songbun norcoreano.
            Corea del Norte es, como lo fueron casi todos los sistemas comunistas del siglo XX, un país impregnado de ideología colectivista. El individuo no tiene valor. Y, así, los méritos individuales no cuentan. Una persona es juzgada no por lo que ella haya hecho, sino por lo que su grupo familiar hizo. En Corea del Sur, en cambio, el individualismo tiene mucha más aceptación. Se aceptan los méritos individuales, independientemente del grupo familiar. Y, existe la idea de que el individuo cuenta con un mínimo de libertades que no pueden ser violentadas bajo la excusa de favorecer al colectivo.
            Esta diferencia fundamental no sólo se refleja entre las dos Coreas, sino en los proyectos de Maduro y Capriles. El primero, mucho más avocado al ideal colectivista que presta poca atención a los méritos individuales y está dispuesto a sacrificar libertades para complacer al colectivo; el segundo, más avocado al ideal individualista de la tradición liberal, que busca respetar las libertades elementales, y que estima que, en el respeto de esas libertades, la armonía natural de intereses contribuirá al interés colectivo.
 

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