martes, 30 de abril de 2013

La educación y la diversión: a propósito de Neil Postman



            Dame pa’ matala es un grupo musical venezolano con ideología izquierdista. Una de sus canciones más famosas, El niño de hoy en día, es una queja frente al rumbo actual de la educación. Una de las líricas en la canción enuncia que el niño tiene “poca educación, demasiada diversión”. Siempre me ha parecido extraña esa lírica. ¿Por qué ha de sumirse antagónica la educación a la diversión? ¿Qué de malo tiene buscar el placer? Yo me adscribo a la larga tradición de pensadores hedonistas que, desde Epicuro, valoran la satisfacción. Seguramente no hay otra vida; por ello, conviene aprovechar y disfrutar ésta al máximo. Un hedonista más refinado, John Stuart Mill, sostenía que lo verdaderamente virtuoso es buscar el placer refinado. No basta con satisfacerse como un cerdo bebiendo cerveza; hay que disfrutar la vida, pero acordemente. Pero, insisto, no veo por qué esto ha de suponer que la educación es antagónica a la diversión. Yo encuentro sumo placer en la aprehensión de conocimientos. Si la educación no me brindase placer, la abandonaría de inmediato.
 


            En realidad, el mensaje de Dame pa’ matala tiene resonancia en un importante sector de la academia. Eminentes educadores han advertido que la educación no debe apelar demasiado a la diversión.  Quizás el más emblemático de ellos ha sido Neil Postman. A juicio de Postman, el auge de tecnologías de información ha erosionado la calidad de la educación. Postman dirige su crítica especialmente contra la televisión. El medio televisivo funciona sobre la base de imágenes rápidamente transmitidas. Eso, opina Postman, impide la concentración de los educandos. Un niño sujeto a imágenes televisivas pierde la capacidad para seguir los detalles de un largo argumento.
            Postman era en buena medida seguidor de las teorías de Marshall Mcluhan. Junto a su maestro, opinaba que la invención de la imprenta constituyó una revolución en el aprendizaje. Gracias a la imprenta y la proliferación de libros, la gente ahora tendría acceso a la información a través de un medio que, al presentar una larga secuencia de palabras sin la distracción de las imágenes, exige mayor concentración. Esto permite construir argumentos más densos, y elevar el nivel de abstracción en el pensamiento.
            Además, opina Postman, la imprenta propició la aparición de la infancia como concepto. En concordancia con el historiador Philippe Aries, Postman consideraba que la infancia es un concepto cuya aparición obedeció a contingencias históricas. Los seres humanos tenemos una habilidad innata para aprender a hablar, pero no para aprender a leer y escribir. Puesto que, con le imprenta, crecía la demanda de una sociedad letrada, surgió un sistema educativo de mayor alcance, y para eso, se necesitó aislar a los niños en escuelas y liberarlos del trabajo diario, a fin de asegurar el desarrollo del aprendizaje que ahora se requería en la sociedad.
            La televisión, opina Postman, coloca en peligro todos estos logros derivados de la invención de la imprenta. Los niños ya no aprenden en función de los libros, y pierden la capacidad de concentrarse y seguir argumentos elaborados. Y, al recibir un diluvio de información propia del mundo adulto mediante la televisión, se borra la distinción entre infancia y adultez. Los niños empiezan a participar en actividades propias de los adultos (concursos de belleza, deportes competitivos, etc.), y los adultos, embrutecidos por el medio televisivo, se empiezan a comportar como niños (no tienen un buen sentido de la responsabilidad, etc.).
 
              El problema, insistía Postman, no es el contenido de la televisión, sino la televisión en sí misma. Ni siquiera un programa televisivo que pretenda ser educativo, como Plaza Sésamo (y todas las variedades que existen hoy, desde Dora la exploradora hasta Baby Einsten) puede resolver el problema. Postman fue un duro crítico de estos programas televisivos, pues a su juicio, “Plaza Sésamo estimula a los niños a disfrutar de la escuela, sólo si la escuela se parece a Plaza Sésamo”. Aún si presenta contenido educativo, la televisión lo transmite mediante imágenes repentinas y difusas que, sencillamente, no permiten el desarrollo de la concentración y el pensamiento analítico.
            Las tesis de Postman son interesantes y dignas de consideración, pero me parece que pecan de apocalípticas. Son plausibles sus hipótesis respecto al impacto de la imprenta sobre la forma de pensar de nosotros los modernos, así como la aparición del concepto de la infancia. Pero, no me parecen tan acertadas sus advertencias sobre los efectos nocivos de la televisión, y la desaparición de la infancia.
            Si Plaza Sésamo hace que a los niños les guste la escuela sólo si ésta se parece a Plaza Sésamo, pues entonces habrá que asumir esta realidad y, en efecto, hacer a la escuela más dinámica, más afín a un programa de televisión. Postman termina por parecerse demasiado a los educadores de antaño que, frente a las nuevas generaciones, obstinadamente se empeña en hacer aprender a los niños mediante métodos obtusos.
            Ofreceré un ejemplo personal. Desde mi adolescencia quise aprender latín. Pero, la idea de tener que memorizar las tablas de declinación me desanimaba (no es muy divertido rezar la letanía “rosa, rosa, rosam, rosae…"). Éste era el método tradicional de los libros, y era brutalmente aburrido. En una ocasión un profesor me ofreció un libro de Hans Orberg, Lingua latina per se illustrata. Este libro prescinde de los tradicionales métodos memorísticos, e introduce la lengua latina mediante historias muy divertidas e imágenes. En cierto sentido, el libro de Orberg es mucho más afín a la televisión. Pues bien, ese libro ha sido un rotundo éxito, y ha despertado el interés de una nueva generación por el latín.
            El joven estudiante tradicionalmente se ha aburrido con los libros. Obligarlo a leer no resolverá el asunto. La televisión y otros medios alternativos de aprendizaje sirven para paliar ese aburrimiento. Es previsible que, una vez que se despierte el interés por un tema en particular y el educando desee profundizar más sobre un tema, entonces acudirá al libro para un aprendizaje más denso. Ésta ha sido mi experiencia en muchas ocasiones: los programas de televisión me introducen a temas que hasta ese momento yo desconocía, o no me interesaban: una vez que el programa despierta mi interés, acudo a la biblioteca a desarrollar ese tema.
            Yo también moderaría las tesis de Postman respecto a los peligros de la desaparición del concepto de la infancia. Ciertamente, en concordancia con Philippe Aries, podemos aceptar que es sano para una sociedad separar a los niños y ofrecerles trato especial. Pero, en su empeño de querer mantener al niño encerrado en su mundo, Postman pasa por alto que muchas veces la curiosidad del niño es corolario de su deseo de incorporarse al mundo de los adultos. La curiosidad del niño debe ser estimulada; por ello, hablar de “exceso de información” es riesgoso. Ciertamente no deseamos que los niños tengan acceso a la pornografía o la violencia, pero recibir información educativa procedente del mundo adulto mediante la televisión, no es objetable.
            Precisamente nociones como la de Postman han propiciado una lamentable tendencia en la sociedad contemporánea: aquellos niños que tengan inclinaciones intelectuales y discutan temas propios del mundo adulto, habitualmente reciben censura. El niño dado a discutir política internacional o la marcha de la economía en un país, inmediatamente es tachado de “viejo prematuro” y, supuestamente, se le ha “robado su infancia”. Es el estigma del nerd en la sociedad contemporánea.
            Desde niño, yo tuve inclinaciones intelectuales en el área de las humanidades, y mis padres siempre las estimularon. Algunos otros familiares y amigos reprochaban a mis padres que “no me dejaban tener infancia”. Años después, cuando empecé a estudiar filosofía saliendo ya de la adolescencia, la gente común me decía que la filosofía “era para viejos”; el joven, para disfrutar su juventud, debe dedicarse a otras labores. Esto es emblemático de las gerontocracias, como tradicionalmente lo ha sido China. En estos sistemas, los niños y jóvenes no tienen acceso a la información como sí lo tienen los viejos.
            Por ello, me parece que las teorías de Postman sirven como sustento para la estabilidad de sistemas gerontocráticos que excluyen a los más jóvenes de las decisiones importantes y el manejo de la información. En una sociedad verdaderamente democrática, el niño es estimulado desde el inicio a formar parte del mundo de los adultos, y el medio televisivo ofrece una gran oportunidad para que los jóvenes se impregnen del conocimiento que antaño estuvo reservado a la elite adulta.

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