viernes, 9 de noviembre de 2012

Zulianos con acento caraqueño



            Desde hace un año conduzco diariamente un programa de radio (antes participaba con mi buen amigo Alexander Hernández). La emisora en la cual participo no es comercial. Pero, he visto de cerca que, en las emisoras comerciales de Maracaibo, existe la tendencia a que los locutores hablen con acento caraqueño (y terminan pareciéndose al 'Chúnior' inmortalizado por Emilio Lovera), a pesar de que muchos de estos locutores jamás han vivido en Caracas, e incluso, la mayoría de ellos, cuando no están frente a los micrófonos, hablan con acento zuliano.
            Es fácil interpretar esta situación como un complejo colonialista más. Frantz Fanon, un gran crítico del colonialismo, dedicaba el primer capítulo de su libro Piel negra, máscaras blancas a los martiniqueses negros que trataban de hablar el francés como los colonos blancos. La clase acomodada de antillanos negros sólo hablaban el dialecto creole a los sirvientes, y estimulaban a sus hijos a no hablar ese dialecto. Hablar como los franceses metropolitanos era sumamente valorado, mientras que hablar el creole era motivo de vergüenza pública.
Fanon detectaba que, al hablar como los franceses metropolitanos, los martiniqueses trataban de adquirir algún grado de igualdad frente a los blancos. Pero, en realidad, advertía Fanon, esto no hacía más que prolongar las relaciones colonialistas que constituyen el núcleo de la opresión. Al asumir el acento metropolitano, tácitamente se está aceptando la premisa colonialista de que aquello que procede de que la cultura del colonialista es superior a la del colonizado. Fanon veía todo esto como una suerte de traición: gente negra que se coloca una máscara blanca y abandona sus raíces. Y, naturalmente, sentía repudio por estos traidores.
Pues bien, el análisis de Fanon perfectamente puede extenderse a la relación entre el Zulia y el resto de Venezuela. Hoy, el poder central de Caracas quiere insistir en que Venezuela es una nación indivisible, y que los zulianos reciben el mismo trato digno que los miembros de cualquier otra región. Muchos de los representantes de este poder central alegan que sería anacrónico postular que el Zulia es una colonia de Caracas. Pero, al analizar las relaciones culturales entre Caracas y el Zulia, deberíamos tomar más cautela frente a este tema.
Durante le época del colonialismo inglés y francés, hubo muchas representaciones de los colonizados. El célebre libro de Edward Said, Orientalismo, es un minucioso estudio sobre cómo, desde las metrópolis europeas, se construían estereotipos de los pueblos árabes colonizados, a quienes se representaba como ignorantes, fanáticos, perezosos, despóticos, lujuriosos, etc. La construcción de estereotipos ha sido una estrategia clave en el dominio colonial. Pues bien, no es necesario buscar demasiado para encontrar que, en Caracas, prolifera la representación estereotípica del zuliano en los medios de comunicación y la cultura popular (desde el vulgar ‘Rafucho el Maracucho’ hasta palabras como ‘recontratriplemollejúo’).
Fanon, Said, y tantos otros críticos, detectaron que todo esta representación estereotípica genera vergüenza étnica. Y, así, como bien documenta Fanon, eventualmente el complejo de inferioridad del colonizado hace que éste trate de abandonar sus rasgos culturales, y asuma los del colonizador. Pues bien, exactamente el mismo principio yace tras el fenómeno de los locutores zulianos con acento caraqueño. El acento zuliano está asociado a lo vulgar, lo grotesco y la ignorancia. Para presumir de refinamiento y cultivo de las artes, los locutores zulianos deben acudir al acento caraqueño.
Lo mismo que Fanon, mucha gente en el Zulia queda indignada con esta ‘traición’ cultural de los locutores. Y, entre los promotores culturales, existe la tendencia a desear escuchar nuevamente locutores ‘auténticos’ que no asuman una voz de ‘plástico’ para complacer a las audiencias esnobs. Además, alega mucha gente, la peculiar forma de hablar de los zulianos es un patrimonio cultural de nuestra región que debe ser rescatado y evitar que se pierda.
Puedo entender los motivos de esta queja, pero no la comparto. En efecto, como bien sostenía Fanon, probablemente la emulación de acentos metropolitanos se debe a la degradación colonialista del acento local. Pero, en una sociedad verdaderamente abierta, debe existir plena libertad para hablar con el acento que se desee, sin temor a la censura social.
El desdén que se siente por los zulianos que hablan con acento caraqueño parte de una premisa nacionalista romántica que resulta muy cuestionable. Bajo esta premisa, cada pueblo tiene un espíritu colectivo, un Volksgeist que sobrecoge a sus miembros. Bajo la premisa nacionalista, el Volksgeist está por encima de la preferencia individual. Y, así, para mantener la concordancia con el espíritu del pueblo, quien nace en un determinado pueblo, está virtualmente obligado a seguir los patrones culturales de ese pueblo. Cuando el nacionalismo prosperó como ideología política y cultural a inicios del siglo XIX en la Alemania romántica, se tenía la esperanza de conseguir una homogeneidad cultural en cada nación, precisamente para fortalecer las bases de la identidad nacional. Bajo esta ideología, opera una holística comunitaria que exige a los individuos sumergirse en el colectivo cultural.
Esta ideología nacionalista es terriblemente colectivista, y suprime la autonomía individual. Contrario a los nacionalistas románticos que enaltecen el Volksgeist, me parece mucho más sano adscribirse a la opinión cosmopolita de que el hombre, antes de pertenecer a una nación, se pertenece a sí mismo. Y, así, quien decide hablar con este o aquel acento, no está ni consolidando ni traicionando su identidad cultural, sino que sencillamente, expresa su preferencia personal.
El nacionalismo romántico tiene, además, el agravante de encasillar a los individuos en determinados roles, sin permitirles salir de esas casillas. Bajo esta ideología, al zuliano debe gustarle la gaita, y si acaso le gusta el vallenato, es un traidor a su esencia cultural. Así pues, el nacionalismo cultural construye esencias y se las impone a los individuos. El mismo Frantz Fanon tenía también esta desafortunada tendencia: en su obra, dejaba entrever que el negro que asimilara los valores culturales europeos, estaba traicionando a su propio pueblo.
De esta manera, el nacionalismo cultural se abroga el derecho de decidir qué es lo auténtico y qué es lo falso. Un zuliano es ‘falso’ cuando usa una expresión como “mira, vale…”, mientras que es auténtico cuando dice “¡qué molleja!”. Pero, de nuevo, este fetiche con la autenticidad cultural termina por ser opresivo, pues impone el Volksgeist colectivista al individuo, y no le permite salir de la casilla en la cual se le ha encerrado. Bajo esta premisa nacionalista, el mero accidente de nacer en un lugar, obliga al individuo a hablar de una forma en particular. No hay libertad para seleccionar qué entonación emplear.
El nacionalismo romántico desconoce que la dinámica cultural impide poder alegar que existan culturas auténticas y falsas. Todas las culturas han recibido préstamos de otras. No hay culturas puras. Así como el acento zuliano es probablemente un préstamo de los conquistadores y colonizadores del sur de España, ¿qué impide que, ahora, el acento de los zulianos tome prestado de la forma de hablar de los caraqueños?
Y, en buena medida, esta obsesión con la pureza de la cultura y la distinción entre lo auténtico y lo falso, ha contribuido inadvertidamente a los estereotipos que tanto nos molestan. Al encasillar a los zulianos en el Volksgeist y no ofrecerles la suficiente libertad para hablar como mejor les parezca, se concede una oportunidad dorada para que las personas ajenas al Zulia exploten los estereotipos. Se trata de la misma crítica que con frecuencia formulo a los movimientos de resistencia colonial: en la medida en que en el Tercer Mundo se rechacen las instituciones modernas, por el mero hecho de ser occidentales, se abre el espacio para que las potencias europeas sigan representándonos como pueblos atrasados.
Por último, el esfuerzo por preservar los acentos locales como forma de patrimonio cultural es también preocupante. Rescatar un patrimonio cultural es perfectamente aceptable. Pero si, de nuevo, esto implica imponer una forma de hablar a alguien que sencillamente no la quiere emplear, ya es motivo de preocupación.
Y, además, la obsesión con el rescate de los acentos como patrimonios culturales es nuevamente recordatorio de la ideología nacionalista romántica que asume que hay culturas puras, a las cuales es necesario salvar de la degradación producto de la influencia exterior. Valga repetirlo, todas las culturas, de una u otra forma, son ‘degeneraciones’ de culturas anteriores. No hay acentos puros. El acento zuliano actual fue una seguramente una variación del acento andaluz del siglo XVI. A su vez, éste fue una variación del acento castellano medieval, y éste del latín, y así sucesivamente. Si en la Edad Media se hubiese tenido la preocupación de mantener al castellano íntegramente como patrimonio cultural, libre de influencias foráneas, hoy estaríamos conversando con el lenguaje del Cantar del Mío Cid. Ciertamente ese lenguaje puede ser muy bello, pero nadie se lamenta de que hoy ya no hablemos de esa forma. Del mismo modo, no veo por qué debamos lamentarnos de que, quizás dentro de treinta años, en plena Plaza Baralt, los limpiabotas ya no dirán “¿Cómo que no vais, muñeco, a limpiar?” (en alusión a la hermosa canción de Rafael Rincón), sino algo así como “Mira vale, ¿le echamos plomo al brillo de la bota?”.
Yo soy simpatizante de la secesión zuliana. Pero, mis simpatías obedecen casi exclusivamente a motivos políticos y económicos. El Zulia ha sido depredado por el poder central de Caracas (especialmente en el gobierno de Chávez), y creo que nuestra región sería mucho más próspera si nos convirtiésemos en un país independiente. Pero, no invoco motivos culturales para separarnos de Venezuela. Por supuesto, ningún movimiento secesionista ha triunfado con puros argumentos económicos y políticos. Para conseguir el apoyo popular a la secesión, las elites que dirigen estos movimientos siempre enaltecen el Volksgeist popular, para convencer a sus miembros de que ellos son una nación culturalmente aparte del país del cual se desean separar. Y, así, los movimientos secesionistas colocan una terrible presión para evitar las influencias culturales foráneas, especialmente las procedentes del poder central.
Quizás la Realpolitik exija que, para conseguir la secesión, sea necesario acudir al discurso nacionalista cultural. Pero, en mi mundo ideal, quisiera tratar de persuadir a los zulianos de la conveniencia de separarnos política y económicamente de Caracas, sin necesidad de apelar a la ideología nacionalista romántica. El problema es la centralización política en Caracas y la depredación económica del Zulia. El problema no son los zulianos que hablan con acento caraqueño.

2 comentarios:

  1. Casi siempre en los hablantes de una provincia o estado dentro de un país, hay dos tendencias con esto del habla: a hablar tal como lo hace en su pueblito o ciudad de provincia, y a hablar con un acento "neutro", que en parte, elimina mucho de lo característico de su hablar vernáculo, y hace aflorar una especie de acento general que no es inmediatamente reconocible como de tal o cual parte. Ese acento general ha sido más fácil de adquirir a partir de los medios modernos (radio, televisión...), pero la idea ya estaba en las escuelas del siglo XIX, y no solo aquí: en casi todas las naciones del mundo. Un francés de Toulouse o Córcega, tendrá su acento y hasta su dialecto, propio de su ciudad y provincia, pero sabrá hablar el francés general para hacerse entender de un mayor público, por ejemplo, si lo entrevistan en los medios. Lo mismo un alemán, un inglés, un italiano, un español, un chino (tiene que saber mandarín, para comunicarse con otros que lo sepan, así lo hablen como lengua nativa muy pocos), etc. De modo que esto de los maracuchos no lo veo como tanto problema. Y con la ayuda de los medios no solo podrá sobrevivir y continuar, sino que se hará más fuerte. Creo que tenemos "qué molleja" para rato. No me extrañaría que en futuras colonias de planetas (seguro a los sudamericanos nos tocarían planeticas...) habrá el planeta o parte de planeta venezolano, y en un rincón habrá alguien también diciendo "¡Qué molleja!" recordando el lago y los pastelitos.

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    1. Sí, básicamente mi idea es que cada quien tiene la libertad de usar el acento que le venga en gana. Los ultra-regionalistas que quieren mortificar a quienes no hablan como ellos, son opresivos...

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