domingo, 14 de diciembre de 2014

El conservadurismo de Michael Sandel



            El proyecto de mejorar a la especie humana a través de la biotecnología cuenta con varios detractores. Previsiblemente, a las religiones tradicionales no les agrada la idea. Pero, de forma más sorprendente, a sectores supuestamente progresistas tampoco les hace gracia la idea de que se pueda perfeccionar la especie humana a través de la ingeniería genética u otros procedimientos. Estos sectores supuestamente progresistas rehúsan el conservadurismo en sus facetas tradicionales (en temas como la homosexualidad, el aborto, la desigualdad económica, etc.), pero son muy conservadores cuando se trata de conformarse con el estado natural de la especie humana.

            Uno de los progresistas que más se opone a las tecnologías de perfeccionamiento humano es el filósofo Michael Sandel, cuyo libro, Contra la perfección, ha venido a ser predilecto entre los opositores a los intentos de perfección humana. Mi principal preocupación frente a los proyectos de perfeccionamiento humano está en los riesgos: no conocemos suficientemente bien el funcionamiento del cuerpo humano, y deberíamos tomar cautela antes de aventurarnos a usar esta o aquella tecnología para potenciar las capacidades humanas, pues podrían tener graves efectos secundarios. Pero, si se llegase a demostrar que estas tecnologías son seguras, yo no tendría mayor objeción en su uso.
            Sandel, en cambio, opina que el argumento de los riesgos es el menos relevante, y que hay otros argumentos más contundentes. Él no se opone al uso de las tecnologías para corregir defectos y enfermedades. Pero sí se opone al uso de la biotecnología para perfeccionar cuerpos que, de por sí, no son afligidos por ninguna enfermedad. Su principal argumento reposa sobre la noción de “regalo”. Sandel postula que debemos entender la vida humana como un “regalo” que se nos es concedido, y que intentar manipularlo para perfeccionarlo es una forma de arrogancia e irrespeto.
            Este argumento parece típicamente religioso. En efecto, el Señor da y el Señor quita, y nosotros no tenemos derecho a cambiar esto. Pero, para aquellos de nosotros que más bien creemos, junto a Arthur Clarke, que quizás la misión del hombre en la Tierra no sea adorar a Dios, sino más bien crearlo, este argumento resulta pobrísimo. Nadie nos da nada; sencillamente, por meras razones de contingencia en la historia evolutiva de nuestra especie, tenemos el cuerpo que tenemos. Y, no solamente no hay nadie a quien agradecer, sino que además, si bien hay mucho por lo cual agradecer, podría haber más. Yo doy gracias por poder correr, pero daría aún más gracias si pudiera correr 100 metros en 5 segundos. No veo nada objetable en esta ambición.
            Sandel, tradicionalmente progresista en muchos ámbitos, en este asunto extrañamente aparece como un típico conservador. Él está conforme con la tremenda desigualdad en talentos naturales que hay en el mundo, los cuales, eventualmente, se convierten en desigualdades sociales. Al mundo ha venido gente con CI de 125, y gente con CI de 75 (asumamos, por el momento, que el CI tiene una firme base genética, aunque esto ha sido bastante cuestionado). Esta diferencia de CI, entre otras cosas, ha hecho que aparezcan distintas clases sociales: los dominantes con más inteligencia, los dominados con menos inteligencia. El uso de tecnologías para el perfeccionamiento humano (por ejemplo, fármacos potenciadores cognitivos) podría emparejar un poco las desigualdades, al permitir a la persona con CI de 75 aumentar significativamente su inteligencia, y tener más oportunidad de ascenso social.

            Pero, Sandel prefiere dejar las cosas en su santo lugar. En otros libros, Sandel ha demostrado preocupación por la desigualdad social. Pero, en sus escritos sobre la biotecnología, le importa un bledo la desigualdad natural. A los progresistas les choca cuando algún insensible dice que el pobre merece ser pobre, y no hay nada que se pueda hacer al respecto; pero les parece maravilloso cuando otro insensible dice que un CI de 75 es un “regalo”, y que debería agradecer lo que tiene sin rechistar. Cuando el ejecutivo le dice al obrero, “acepta tu pago y no te quejes”, progresistas como Sandel ponen el grito en el cielo; pero cuando el filósofo o el cura, en nombre de Dios, le dice al atleta, “acepta tus talentos limitados, y no te quejes”, a los progresistas como Sandel les parece genial.
            El bioconservadurismo de gente como Sandel es, me temo, una nueva forma de opio para el pueblo. El conformismo frente a las desigualdades naturales podría ser, en cierto sentido, una antesala al conformismo frente a las desigualdades sociales. Quien tolere que Bill Gates es naturalmente más inteligente que Fulanito de Tal, y no hay nada que hacer al respecto, eventualmente también tendrá que tolerar que Bill Gates es más rico y poderoso que Fulanito de Tal, y debemos callar frente a esto.    

2 comentarios:

  1. El ejemplo más claro de ese miedo a hacerse con las riendas del mundo, sustituyendo a Dios, es el de los ecologistas, para quienes la Naturaleza es la Gran Madre nutricia y bondadosa que nos azota cuando la tratamos sin el suficiente respeto. El hombre es muy malo malote. Creo que es más o menos el argumento de Bambi y otras obras de la casa Disney.

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