martes, 12 de noviembre de 2013

Los disparates de C.G. Jung



            En mis años de estudiante, C.G. Jung me generó muchísimo interés. Frente a los relativistas y posmodernos que enfatizan las diferencias culturales entre los pueblos, yo me veía más atraído por aquellos autores que señalaran las tendencias universales de la especie humana. Y, descubrí en Jung a uno de ellos.

            Jung me fascinaba especialmente por sus estudios del poder universal de los símbolos en mitos y religiones. ¿Por qué aparece tanto la serpiente en los mitos? ¿Por qué se narra una y otra vez la historia de un héroe que viaja para cumplir una misión y rescatar a una princesa de las garras de un monstruo? ¿Por qué la madrastra siempre es malvada en los cuentos? ¿Por qué se narra tanto la historia de un diluvio?
            El concepto de ‘arquetipo’ me resultaba muy atractivo. Independientemente de nuestro color de piel, nuestra lengua, o nuestra historia como pueblo, parecemos compartir con los otros miembros de la especie humana ciertas disposiciones mentales que podemos englobar como ‘arquetipos’.
            Pero, a la hora de explicar cuál es el mecanismo que rige la aparición de estos arquetipos, Jung no tardó en decepcionarme. Frente a un rasgo universal de la especie humana, me parece, sólo caben dos explicaciones: la difusión cultural y la predeterminación genética. Un grupo humano puede adquirir un rasgo, y al entrar en contacto con otros grupos humanos, éstos pueden asimilar el rasgo en cuestión, al punto de que se universaliza. El antropólogo Franz Boas fue célebre por señalar cómo ocurre esto.
            También puede haber pueblos que jamás han estado en contacto entre sí, pero que, con todo, comparten ciertos rasgos culturales. Si esos rasgos no se han universalizado por difusión, entonces la única explicación viable es la predeterminación genética. Seguramente tenemos codificado en nuestros genes el privilegio de algunas imágenes, que reflejan las ventajas adaptativas de nuestros ancestros homínidos en la sabana africana. La psicología evolucionista ve en Jung un importante aliado. Los psicólogos evolucionistas han explorado las bases biológicas de muchas conductas humanas, pero hasta ahora, no han dedicado mucha atención al predominio de ciertas imágenes universales en mitos y símbolos, los cuales Jung sí documentó con mayor extensión.
            El problema, no obstante, es que Jung explicó los arquetipos a partir de teorías disparatadas. Jung postuló la existencia de un “inconsciente colectivo”. A simple vista, este concepto es aceptable: todos los seres humanos tenemos una inclinación a favorecer un conjunto de imágenes, muchas veces sin saber por qué lo hacemos. Pero, Jung no postuló que esta tendencia universal viene de la difusión cultural o de la genética. Antes bien, según Jung, el inconsciente colectivo procede de una suerte de unión telepática en la cual todas las mentes humanas están conectadas. Así pues, Jung está más cercano a la parapsicología, que a la psicología evolucionista o a la antropología cultural difusionista.
            En opinión de Jung, las mentes humanas desarrollan una ‘sincronicidad’. Cuando una persona se forma una imagen en su mente, otra también lo hace en algún lugar remoto, a pesar de que estas personas no tengan ningún medio físico de comunicación. Incluso, esto no sólo ocurre entre seres humanos, también puede darse con los animales. En una famosa descripción, Jung narra que, en una ocasión, un paciente le contaba un sueño sobre un escarabajo, y en ese momento, apareció un escarabajo en la habitación. Esto, pensaba Jung, evocaba también el poder simbólico de este animal en el Antiguo Egipto. Nada fue coincidencia: el paciente, los antiguos egipcios y el animal, estaban sincronizados, y todos participaban de un mismo inconsciente colectivo.
            Esto será risible, pero lamentablemente, mucha gente dentro y fuera de la academia, se toma muy en serio los alegatos de Jung. Y, peor aún, Jung se está convirtiendo en el caballito de batalla de muchos místicos del New Age, quienes intentan presentar sus extravagancias, con un barniz de seriedad académica. Después de todo, Jung no sólo fue excéntrico en sus ideas sobre los arquetipos: también desarrolló ciertas inclinaciones por el ocultismo nazi, la ideología aria, y su curiosa creencia de que él era la reencarnación de un dios con cabeza de león. Como con muchos otros autores, las ideas de Jung debe tomarse con pinzas.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El viernes negro norteamericano vs. los saqueos de Daka



En Venezuela (y presumo que en otros países hispanoamericanos), “viernes negro” es el día cuando el gobierno anuncia la devaluación de la moneda nacional. El gobierno suele hacer esto los viernes en la noche, pues tiene la esperanza de que la gente, emborrachada con pan y circo el fin de semana, no salga a la calle a protestar. Desafortunadamente, la maquiavélica medida del gobierno, muchas veces sí funciona.

            En EE.UU., en cambio, el “viernes negro” (black Friday) es el viernes después de la celebración del día de acción de gracias (thanksgiving). Ese día marca el inicio de la temporada de compras. Desde muy temprano en la mañana, los consumidores forman colas en las inmediaciones de los grandes almacenes. Se le llama ‘negro’, porque la avalancha consumista entorpece el tráfico y el buen funcionamiento de muchos servicios públicos.
            El viernes negro en EE.UU. ha captado la atención de los críticos del capitalismo. El día de acción de gracias era originalmente una fiesta semi-religiosa, que precisamente celebraba la disciplina y la solidaridad de los primeros inmigrantes ingleses, frente a las adversidades que tuvieron que enfrentar en el siglo XVII. En cambio, opinan los críticos, el viernes negro es la manifestación del espíritu degradado del capitalismo. El viernes negro se ha convertido en una ocasión para el frenesí consumista.
            Ciertamente son escandalosas las imágenes de consumidores brutalmente alienados que, desde tempranísimas horas en la mañana (incluso, en años recientes, desde el día anterior), esperan ansiosos la apertura del almacén, para entrar en una orgía de consumo. Y, es tal el nivel de alienación, que en la mayoría de las ocasiones, los consumidores entran a los almacenes sin interactuar con otros seres humanos, determinados a conseguir la mercancía que ha sido promocionada previamente en la publicidad.
            No sorprende que este frenesí consumista alienante, muchas veces ha desembocado en violencia. En los últimos años, se ha reportado un significativo incremento de muertes violentas durante el viernes negro en EE.UU. Los consumidores, en su desesperación por entrar a las tiendas, aplastan a quien sea en una avalancha, y algunos incluso ya están yendo con armas personales, en caso de que otra persona se anticipe y ponga sus manos sobre la mercancía deseada.
            Todo esto es justamente criticable. Pero, lo patéticamente sorprendente es que, en Venezuela, los mismos intelectuales que critican el frenesí consumista del viernes negro en EE.UU., callen ante el frenesí consumista saqueador auspiciado por el gobierno.
            El pasado viernes 9 de noviembre, Nicolás Maduro mostró indignación ante los precios de las mercancías en el almacén Daka, y ordenó el arresto de varios de sus gerentes. También alentó al pueblo venezolano a ir a Daka y comprar mercancía con los nuevos precios regulados. Las hordas, siempre pendientes de la aprobación por parte de sus políticos, acudieron en masa.
            Aquello se convirtió en un frenesí consumista, no muy distinto del viernes negro norteamericano. Pero, por supuesto, hubo una diferencia crucial. En EE.UU., los almacenes se benefician de ese frenesí, pues aumentan sus ventas; los consumidores pagan por sus mercancías. En Venezuela, tras el aliento de Maduro, los consumidores saquearon Daka (en la ciudad de Valencia), lo cual se convirtió en cuantiosas pérdidas para los almacenes. Previsiblemente, el gobierno, en su blackout informativo, no ha reportado nada de esto, pero hay suficientes pruebas de que tal evento sí ocurrió (el video abajo así lo demuestra).
            En EE.UU., hay un consumismo alienante, pero al menos se desarrolla en el marco de la ley (y, cuando hay violencia, las autoridades inmediatamente acuden a reprimir a los antisociales), y el respeto a la propiedad privada. En Venezuela, hay un consumismo desenfrenado, pero precisamente sin menor contemplación por la ley, y más insólitamente aún, con el incentivo del gobierno. El viernes negro norteamericano será muy degradante, pero al menos no es tan trágico como el Kristallnacht (la ‘noche de los cristales rotos’ en 1938, cuando el gobierno nazi alentó a las hordas a saquear los comercios judíos). Me temo que, en esta Venezuela podrida, estamos más cerca del Kristallnacht que del viernes negro.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Las lecciones del caso de Shah Bano



            El caso de Shah Bano causó un tremendo revuelo en la India en la década de los ochenta del siglo XX, pero es seguramente desconocido para la abrumadora mayoría de los latinoamericanos. Con todo, me parece que los latinoamericanos podemos aprender varias lecciones del caso en cuestión.

            Shah Bano fue una mujer india de religión islámica que, en su vejez, se divorció de su marido. El Islam (al menos su vertiente tradicional) tiene merecida fama como una religión opresiva para las mujeres, y en el tratamiento del divorcio, no es excepción. Bajo la shariah, un hombre puede divorciarse de su esposa con tan sólo pronunciar tres veces la frase “Me divorcio”. Las obligaciones del hombre con la mujer divorciada son muy tenues, y si bien los casos varían, por lo general, sólo se exige que el hombre otorgue una manutención a la mujer divorciada por un periodo de tres meses.
            En un inicio, las cortes de la India exigieron al esposo de Shah Bano a pagar una manutención prolongada, de la misma forma en que cualquier divorcio se maneja en el resto del país. Pero, pronto, muchos líderes de la comunidad islámica de la India objetaron esta decisión, pues alegaron que el régimen impuesto por las cortes violaba los códigos jurídicos islámicos.
            El caso llegó hasta la Corte Suprema de Justicia. Ésta decidió que el esposo se Shah Bano debía someterse a un régimen de manutención prolongada. Pero, el Parlamento, bajo presión de la comunidad islámica, derogó la decisión del máximo tribunal, y accedió a que, en tanto se trataba de una mujer musulmana, el marido no tenía obligaciones como sí las tendrían el resto de los esposos divorciados en la India.
            Esto suscitó un tremendo revuelo político. Desde que el subcontinente indio quedó fragmentado entre Pakistán y la India, los musulmanes en la India han sufrido persecuciones debido a su estatuto minoritario. El caso de Shah Bano indujo a los partidos nacionalistas hindúes a cultivar aún más animadversión a los ciudadanos musulmanes. Los líderes nacionalistas presentaron la decisión del Parlamento como una forma de ceder ante el chantaje, y así, les resultó relativamente fácil conducir a las masas en movimientos sectarios que muchas veces resultaron en violencia contra los musulmanes.
            Ciertamente, en esta coyuntura, la derecha nacionalista india aprovechó para amedrentar a la minoría islámica. Pero, no debe perderse de vista la gravedad de la decisión del Parlamento indio. A partir de su independencia en 1947, India prometió ser una nación secularizada. Entre tanta división religiosa, había la esperanza de que, en la medida en que el Estado no se inmiscuyera en asuntos religiosos, podría mantenerse la integración nacional. Fue ésa la expectativa de Nehru. En muchos ámbitos de la vida política india, efectivamente este objetivo se ha logrado.
            Pero, la secularización debe comenzar, ante todo, a partir de las leyes. Todos los individuos deben cumplir la misma ley, independientemente de su religión. Bajo un Estado auténticamente secular, el profesar esta o aquella religión, no debe ser excusa para quedar eximido de cumplir la ley. Con el caso de Shah Bano, los hombres musulmanes de la India pretendían un trato especial en la legislación de divorcio, por el mero hecho de ser musulmanes.
            Este dilema empieza a vivirse en Europa. Musulmanes franceses, británicos, alemanes y españoles empiezan a solicitar al Estado la exención en el cumplimiento de leyes modernas, y solicitan la venia para regirse por códigos jurídicos barbáricos, propios de las violentas sociedades tribales del siglo VII, de las cuales proceden muchas de estas legislaciones. En el momento en que los Estados europeos cedan al chantaje de las minorías religiosas frente al cumplimiento de la ley, surgirán movimientos nacionalistas que, como los de la India, pueden inducir a terribles olas de violencia (e incluso, como ocurrió en la India, la coalición de derechas nacionalistas podría llegar al poder). Ciertamente las comunidades islámicas de Europa sufren discriminación y persecución (como la de la India), pero pretender revertir esa opresión, admitiendo exenciones al cumplimiento de la ley, es una opción muy riesgosa.
            En América Latina, empieza a ocurrir algo similar y, nuevamente, esto debe ser motivo de preocupación. En su obsesión anti-colonialista, los movimientos indigenistas empiezan a solicitar autonomía jurídica a los Estados. Muchos de estos códigos jurídicos indígenas son violatorios de los más elementales criterios modernos de justicia, y de forma análoga a la shariah, obedecen a costumbres barbáricas. De nuevo, sería insensato negar la condición de opresión que sufren los indígenas en América Latina, pero sería un gravísimo error pretender aliviar esa opresión, permitiendo a los líderes indígenas oprimir a los miembros de sus propias comunidades con leyes atroces.
            El multiculturalismo (o, como a veces se la llama en América Latina, la ‘interculturalidad’) es deseable, pero sólo a nivel superficial. Y, en muchos casos, la secularización es irreconciliable con el multiculturalismo. La diversidad es bienvenida, cuando se trata de comidas, música, vestidos, etc. Pero, cuando se trata de cumplir la ley, una sociedad sólo puede ser operativa si todos los ciudadanos se rigen por las mismas leyes. El Estado laico no puede permitir que un individuo se refugie en su religión o su etnicidad para estar por encima de las leyes.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

¿Podemos juzgar el pasado con la moral del presente?

La historia está llena de atrocidades. Y, naturalmente, estas atrocidades generan vergüenza entre aquellos que tratan de enaltecer a quienes las cometieron. Alejandro Magno, Julio César, Urbano II, Genghis Khan, Mahoma, Napoleón, Hernán Cortés, Moctezuma, y tantos otros, fácilmente serían calificados hoy como “criminales de guerra”. Pero, los entusiastas de la cultura helénica, romana, católica, mongola, islámica, francesa, española y azteca, respectivamente, se empeñan en sostener que estas figuras fueron sólo “hombres de su tiempo”, y que, en concordancia con el viejo cliché, “no podemos juzgar al pasado con los ojos del presente”.
 
Esto apesta al más rancio relativismo moral. Ciertamente, en tiempos de Mahoma, no existía la Convención de Ginebra, y en ese sentido, no estaba formalizada la prohibición de atacar deliberadamente a no combatientes. Pero, si asumimos (como creo que debe hacerse), que en las leyes hay un sustrato de derecho natural, los ojos morales de hoy son los mismos ojos morales de hace veinte siglos. Hay ciertas prohibiciones que valen para todas las épocas (precisamente aquellas que se violan cuando se cometen atrocidades); en función de ello, no es lícito acudir al cliché de que no podemos juzgar a épocas pasadas con nuestros patrones morales actuales.
Una de las lecciones que nos dejaron los juicios de Nuremberg tras la Segunda Guerra Mundial, fue precisamente que no es admisible como excusa intentar refugiarse en la legalidad para cometer atrocidades. El mero hecho de que una acción sea legal en un contexto jurídico específico no implica que esté libre de reproche (y que, incluso, quien la acarree esté libre de pena). Del mismo modo, el mero hecho de que el Zeitgeist (el conjunto de ideas morales de una época) permita una acción hoy considerada inmoral, no implica que quien la haya cometido está libre de reproches. Si vamos a ceder al chantaje relativista de que cada época tiene su código moral, y no tenemos autoridad para juzgar al pasado con los patrones del presente, entonces, excusemos a Hitler y el nazismo, pues ciertamente ellos operaron bajo un patrón moral distinto al nuestro. Yo, personalmente, no estoy dispuesto a cometer semejante barbaridad.
Hay, por supuesto, ciertas acciones que sí admiten una contextualización a la hora de elaborar juicios morales. Un médico que hoy decida aplicar una sangría, y como consecuencia, su paciente muera, es moralmente reprochable. Un médico que matara a un paciente aplicándole sangrías en el siglo III, no sería moralmente reprochable. Pues, el médico de hoy cuenta con la suficiente información científica como para saber que la sangría es peligrosa, y no tiene ningún beneficio, un privilegio que el médico del siglo III no tenía.
Podemos excusar moralmente a las acciones que dependen de la acumulación de conocimientos. Pero, la mayoría de las acciones inmorales que pretenden ser excusadas con el alegato relativista de que no podemos juzgar al pasado con los patrones del futuro, no dependen de la acumulación del conocimiento. La prohibición de esas acciones proceden del derecho natural, y así, cualquier persona con facultades racionales en funcionamiento, puede (y debe) llegar a la conclusión de que esas acciones no son admisibles.
También puede intentarse encontrar alguna excusa para actos inmorales pasados, alegando que, en aquellas circunstancias, había más presión social (o al menos, permisividad) para que el individuo cometiera esta o aquella atrocidad. Ciertamente puede ser un atenuante. Es más fácil para un noruego de clase media en el siglo XXI rehusarse a violar y matar, que para un soldado reclutado por Hitler (aún si en este caso no hubiera coerción directa para cometer atrocidades). Y, en este sentido, la ausencia de formalidad en las leyes que censuran atrocidades, puede entenderse como una forma de presión social para que, en el pasado, se cometieran más atrocidades.
Pero, refugiarse en la masa no es suficiente excusa. Que la mayoría haga algo objetable en un contexto, no invalida el reproche moral. Quizás estas circunstancias puedan servir como atenuante. Mahoma masacró a las tribus judías de La Meca, porque aquella era la costumbre tribal en ese contexto tan hostil. Pero, insisto, no son suficientes para inhibir el juicio moral, y en todo caso, es necesario hacer una revisión detallada para evaluar el alcance de la inhibición.
Los casos deben ser estudiados con mayor detalle para conocer bien las circunstancias de las acciones que hoy nos resultan atroces. Pero, asumir de antemano el dogma de que “no podemos mirar al pasado con los ojos del presente”, es una postura irresponsable y peligrosa.

lunes, 4 de noviembre de 2013

La cámara de seguridad ha reemplazado a Dios



“Si Dios no existe, todo está permitido”. Esta frase, original de una novela de Dostoyevski, ha dado pie amucha discusión entre los ateos. Algunos ateos con inclinaciones nihilistas, como Jean Paul Sartre y Albert Camus, opinaban que, en efecto, sin Dios no hay moral, y es algo que debemos asumir. Pero, la mayoría de los ateos (y, especialmente los llamados ‘nuevos ateos’ de inicios del siglo XXI) disputa que, sin Dios, no es posible la moral.

A Christopher Hitchens, por ejemplo, en una ocasión le preguntaron si, frente a un grupo de desconocidos, él se sentiría más seguro sabiendo que esos desconocidos son religiosos. Hitchens, con su genial sarcasmo, dijo enfáticamente que, tras haber estado en Belfast, Beirut, Bombai, y Bagdad (por tan sólo mencionar ciudades que empiezan con la letra B), él se sentiría menos seguro al saber que esa gente es religiosa. Con esto, Hitchens daba a entender que la religión más bien conduce a cometer actos inmorales, y como corolario, que es perfectamente posible ser moral sin Dios.
Los ateos suelen privilegiar explicaciones naturalistas de la moral. Según esta explicación, no nos portamos bien porque haya un Dios vigilante que decretado la diferencia entre el bien y el mal. Somos morales, más bien, porque tenemos una predisposición en nuestros genes. En los albores de nuestra especie, la cooperación con los demás fue ventajosa, y hemos heredado esos genes que propician la conducta moral.
Contrario a Hitchens, yo sí me sentiría mucho más seguro sabiendo que, al encontrarme con un grupo de desconocidos, éstos son miembros de alguna cofradía religiosa. En balance, la religión ha sido efectiva en cultivar la conducta moral de la gente. Yo me inclino a favorecer las explicaciones naturalistas de la gente, pero al mismo tiempo, también me inclino por opinar que, sin Dios, todo está permitido.
La conducta moral, para ser operativa, necesita alguna forma de vigilancia. En su célebre conversación con Glaucón en La república a propósito de la historia del anillo de Giges, Sócrates opinaba que el bien debe hacerse por el bien mismo, y que la persona verdaderamente virtuosa logrará hacerlo. Yo simpatizo más con la postura de Glaucón: la gente es virtuosa en la medida en que es observada por los demás, pues hace el cálculo de que su conducta moral se convertirá en un beneficio. En el momento en que la gente se vuelva invisible (como en la historia del anillo de Giges), reinará la inmoralidad.
Nosotros somos primates sociales, y en ese sentido, siempre somos vulnerables a la vigilancia y el control de los demás. Eso frena nuestra inmoralidad. Pero, siempre es posible cometer algún pecadillo sin que nadie esté viendo. Eso explica, en gran medida, cómo apareció la idea de Dios. Para asegurar la conducta moral, tuvo que surgir un vigilante omnisciente. Frente a una entidad como ésa, la conducta moral quedó aún más firmemente instituida, pues ahora, nos sentiríamos vigilados en todo momento. En palabras del mismo Hitchens, Dios surgió como un gran “dictador norcoreano”, un Big Brother que constantemente nos está vigilando.
A través de nuestras facultades racionales, cada vez hemos descubierto más que, la idea de un Dios omnipotente y omnisciente es altísimamente improbable. Con todo, la muerte de Dios no ha supuesto un colapso del orden moral. Las sociedades más secularizadas del mundo suelen ser aquellas en las que menor crimen hay. A simple vista, pareciera que es sencillamente falso que, sin Dios, todo está permitido.
Pero, yo veo más plausible la explicación que ofrece el psicólogo Jesse Bering: a medida que en la vida moderna, la idea de Dios ha sido desplazada, se han desarrollado muchísimo más las tecnologías de vigilancia. Y, así, ya no hay un Dios omnisciente en el cielo que vigile si nos portamos bien o mal, pero sí hay una cámara de seguridad en la oficina que vigila si estamos cumpliendo horario y no estamos robando los suministros.
La humanidad puede prescindir de Dios, pero no puede prescindir de la vigilancia. Pues, precisamente, la idea de Dios surgió en nuestra especie (y, presumiblemente, hay una predisposición genética para ella), entre otras cosas, para fortalecer la conducta moral a través de la sensación de estar siempre vigilado.
Es fácil, por supuesto, abusar de la vigilancia. Frank Snowden ha hecho una importante labor al colocar de relieve frente a la opinión pública internacional, la forma en que el gobierno de los EE.UU. es cada vez más invasivo de la privacidad de los ciudadanos. Pero, así como la violencia religiosa en Bombai, Bagdad, Belfast o Beirut no debe conducirnos a desestimar la función moral de la religión, el abuso del espionaje y la vigilancia en la sociedad moderna no debe conducirnos a desestimar la necesidad de que, para poder vivir en sociedad, necesitamos de algún mecanismo de supervisión que ponga freno a los vicios.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Halloween: pánico moral

La fiesta de Halloween se ha convertido en un ejemplo más de aquello que el sociólogo Stanley Cohen llamó un ‘pánico moral’. Las comunidades (especialmente las agrarias, o aquellas en las cuales sus miembros mantienen estrechos vínculos entre sí) habitualmente proyectan algún temor sobre una situación imaginaria. Este sentimiento de pánico, irónicamente, contribuye a la unidad de la comunidad. Al incentivar el temor en un colectivo, se facilita el ejercicio del control sobre los individuos. Ha sido un viejo método el gobernar y controlar a través del miedo.
 
Ha habido muchos pánicos morales en la historia de Occidente. Uno de los más escandalosos fue el temor que inspiró la cacería de brujas en los siglos XV, XVI y XVII. Las comunidades de muchas regiones en Europa inventaron la fantasía de que existía una masiva conspiración de brujas que atacaban a sus enemigos con maleficios. Hacían pactos con Satanás, y viajaban a sus reuniones (sabbats) montadas sobre escobas. En esas infames reuniones, cometían todo tipo de blasfemias (el punto cumbre consistía en besar el ano a una cabra), y comían niños.
Entre 50.000 y 100.000 personas fueron ejecutadas como consecuencia de esta histeria colectiva. Hoy, vemos aquello con vergüenza. Pero, no es del todo claro que hayamos superado la histeria colectiva en torno a las brujas. Pues, sigue habiendo un pánico moral en torno a Halloween.
La izquierda en los países latinoamericanos, incentiva el temor de que Halloween abre la puerta a todos los males de la sociedad industrial: consumismo, alienación, materialismo, celebración de la violencia, etc. Y, además, el pánico moral auspiciado por la izquierda se impregna de un tufo nacionalista: Halloween es una fiesta foránea, y permitirla, acabará con las bases culturales de nuestras sociedades. El resultado, supuestamente, será un caos social.
Por supuesto, no hay el menor indicio empírico de que Halloween tenga la capacidad destructiva que la izquierda le imputa. Ciertamente el capitalismo necesita reformas urgentes, y hay mucha miseria en el mundo, pero se necesita de un gigantesco ejercicio de fantasía para imaginar de qué forma, el enviar a los niños disfrazados a pedir caramelos es un evento catastrófico.
La derecha, por su parte, acude a argumentos más típicos de la persecución de brujas. Halloween es una fiesta pagana que exalta fuerzas sobrenaturales satánicas, y eso nos aparta de Dios. Esto, por supuesto, es irrelevante para la mayoría de las personas en sociedades modernas, quienes, a diferencia de los aldeanos europeos del siglo XVII, son materialistas en casi todas las facetas de su vida, y sencillamente no aceptan la existencia de entidades sobrenaturales que supuestamente resultan perjudiciales.
Poca gente sensata imagina una relación entre pedir caramelos y el caos social; por ello, los argumentos de la izquierda para incentivar el pánico social en torno a Halloween no convencen demasiado. Asimismo, en este mundo secularizado, poca gente acepta la existencia de demonios o entidades sobrenaturales malignas, de forma tal que los argumentos típicos de la derecha religiosa para incentivar el pánico social en torno a Halloween, tampoco funcionan.
Por ello, la derecha y la izquierda suelen unirse para inventar un tercer tipo de argumento que incentive el pánico moral en torno a Halloween. Este argumento no reposa sobre las abstracciones inverosímiles de la izquierda, ni tampoco sobre la aceptación de una cosmovisión mágico-religiosa en la cual se fundamenta la derecha. Más bien, se trata de incentivar el pánico, alegando que, en la noche de Halloween, muchos sádicos se aprovechan para perjudicar a los niños.
Hay muchas leyendas urbanas que incentivan el pánico: los caramelos están envenenados, las manzanas tienen agujas, los pedófilos invitan a los niños a sus casas para abusarlos sexualmente. Estas acusaciones no tienen contenido sobrenatural, pero con todo, son altamente improbables. En el imaginario de quien incentiva estos pánicos morales, la fiesta de Halloween es perjudicial incluso en un mundo en el cual las brujas y los demonios no existen. Pues, Halloween es peligroso, no tanto porque se exalten entidades sobrenaturales (que, a fin de cuentas, no existen), sino porque incentivan conductas criminales.
De hecho, algo similar ha ocurrido con el supuesto culto a Satanás. Durante la década de los 80 del siglo pasado, hubo un tremendo pánico en torno a los supuestos adoradores del diablo, no tanto por el hecho de que se hiciera contacto con el príncipe de las tinieblas, sino porque se participaba de ritos que incluía atrocidades, como por ejemplo, sacrificios humanos.  
Todas estas leyendas urbanas (tanto las de Halloween como las del culto a Satanás) proceden de EE.UU. El FBI ha investigado arduamente la situación, y ha llegado a la firme conclusión de que se tratan de historias sensacionalistas sin ninguna base. Los poquísimos casos en los que, durante la fiesta de Halloween, en efecto, ha habido envenenamiento de caramelos, u hojillas de afeitar en las manzanas, no son debidos a actos de terror indiscriminados, sino a crímenes dirigidos a víctimas muy específicas, y que los victimarios trataron de disimular como si tratasen de actos de terrorismo.
Al final, los daños ocasionados por el Halloween sólo están en la mente de gente que, al dejarse contagiar por la histeria colectiva, repite uno de los episodios más tristes y vergonzosos en la historia de Occidente: la cacería de brujas.