sábado, 7 de enero de 2017

La guerra del Paraguay y las mentiras de Galeano

            Es un hecho triste que, en Venezuela, México o Puerto Rico, mucha gente sepa quién fue Abraham Lincoln, pero no sepa quién fue Francisco Solano López, el dictador paraguayo protagonista de la guerra de la Triple Alianza (también llamada “guerra del Paraguay”). Esta guerra, que inició en 1864 (cuando aún ocurría la guerra civil norteamericana), ha sido la más sangrienta en toda la historia latinoamericana, y destruyó al Paraguay, al punto de reducir su población total en dos tercios. ¿Por qué, entonces, conocemos mejor a Lincoln y la guerra civil norteamericana? Supongo que autores como Eduardo Galeano tienen una explicación simple pero correcta: debido al imperialismo cultural. Los gringos, con sus canciones, películas y demás influencias culturales, han hecho que los latinoamericanos olvidemos nuestra historia y nos interesemos más por lo que ocurría en Georgia o Pennsylvania en la década de 1860, que lo que ocurría en Paraguay en esa misma década.

            Pero, ése es el único aspecto en el que gente como Galeano tiene razón al analizar la guerra de la Triple Alianza. Como en toda guerra, en ésta hubo muchos factores, pero básicamente, podemos narrarla así: en Paraguay, el dictador Francisco Solano López heredó la presidencia de su padre, Carlos López. Al llegar al poder, Paraguay era una pequeña nación entre dos gigantes, Brasil y Argentina. López quiso cambiar las cosas, y se preparó para acrecentar el poder de Paraguay en la región. Cuando, en la guerra civil uruguaya, Brasil intervino a favor de un bando, López se preocupó por la expansión de la influencia brasileña en la región, y así declaró la guerra al imperio brasileño. Solicitó ayuda a Argentina, y cuando este país no la concedió, también le declaró la guerra. El bando apoyado por Brasil en la disputa uruguaya llegó al poder, y así, se formó una triple alianza (Brasil, Uruguay y Argentina) en contra de Paraguay.
            En aquel conflicto, el claro agresor iniciador de las hostilidades fue Paraguay. López (que al final pareció perder su estabilidad mental), de forma megalómana, creía que él podía cambiar el balance de poder en Sudamérica a rajatabla, y aprovechó cualquier excusa para enfrentarse a los grandes poderes de la región. Ciertamente Brasil (y en menor medida Argentina) era un gigante con ánimos expansionistas, pero el principal culpable de aquella catástrofe fue, inequívocamente, López.
            Insólitamente, muchos progres latinoamericanos, con Galeano a la cabeza, enaltecen a López. Antes de él, otro dictador, Francia, había cerrado al Paraguay a todo comercio internacional, y López continuó esa política aislacionista. Muchos izquierdistas latinoamericanos, influidos por la llamada “teoría de la dependencia”, creen que ése es el santo remedio a nuestras miserias, pues consideran que el comercio internacional siempre nos perjudica. Así, bajo la interpretación de Galeano, López fue un gran héroe que se enfrentó a las grandes potencias depredadoras, y luchó por la soberanía de su pequeña y maltratada nación. El cuento de David contra Goliat siempre es atractivo a románticos como Galeano.
            Y, como no podía ser de otra manera, Galeano no se conformaba con elogiar a un dictador nacionalista latinoamericano, sino que además, responsabilizaba de esta terrible guerra a poderes europeos. Esta forma de entender las cosas sigue siendo muy común en la izquierda latinoamericana: la culpa nunca es nuestra, siempre es de algún agente foráneo: la CIA, el Mossad, el FMI, la Unión Europea, los judíos… En el caso de la guerra de la Triple Alianza, Galeano y sus seguidores culpan a la Gran Bretaña. Bajo su interpretación, Paraguay resistía el capital extranjero, y los británicos, siempre ansiosos de abrir nuevos mercados, instigaron la guerra para exterminar aquel régimen nacionalista e inundar al país con sus productos manufacturados.
            Este tipo de especulaciones, típicas de la teoría de la dependencia, a simple vista resultan atractivas, pero analizadas con mayor rigor, no se sostienen. Si de verdad los británicos instigaron la guerra para luego poder penetrar el mercado paraguayo, obviamente la jugada les salió mal. Pues, con un país en ruina (con apenas un tercio de su población original), los paraguayos no estaban en condición de consumir productos británicos. Contrariamente a lo que los teóricos de la dependencia sostienen, el comercio necesita la paz, y la paz se sostiene en las relaciones comerciales.
            Otra teoría de la conspiración formulada por Galeano es que la guerra de la Triple Alianza fue instigada por banqueros británicos para financiar a los ejércitos en disputa. De nuevo, esto no tiene ninguna base histórica. Ciertamente Brasil había comprado armamento a Gran Bretaña, pero de ningún modo era el único en hacerlo; en aquella época, prácticamente todos los países latinoamericanos tenían este tipo de relaciones comerciales con los británicos. A decir verdad, la guerra de la Triple Alianza no suscitó mayor interés en Londres; los ojos del imperio británico estaban puestos más en otros escenarios de expansión militar y comercial. La mayor autoridad académica en el tema de la guerra del Paraguay, el historiador Thomas Whigham (autor de una documentadísima historia en tres volúmenes) casi no discute el rol de los bancos británicos, sencillamente, porque no fue un factor relevante.

            La de Galeano no es la única teoría conspiranoica que postula que banqueros británicos se aprovecharon de alguna guerra en otro país para hacer fortuna. Según una leyenda muy difundida, los Rothschild se convirtieron en magnates gracias a las guerras napoleónicas. Supuestamente, Nathan Rothschild fue un espectador de la batalla de Waterloo (en Bélgica) en 1815, y al ver el resultado de aquella contienda, fue a toda prisa a Londres, antes de que llegaran noticias de lo ocurrido. En Londres, vendió sus bonos del mercado bursátil, previendo que otros también lo harían, al asumir que él tenía alguna información sobre la batalla. Así ocurrió. Inmediatamente, Rothschild compró los bonos a precio de gallina flaca, y cuando ya llegó la información del resultado de Waterloo, el valor de estos bonos de dispararon.
            Esta historia es falsa. Fue difundida por un panfleto en 1846, y pronto se convirtió en punta de lanza de la propaganda antisemita (los Rothschild eran judíos), al punto de que sirvió como base para una película nazi, Los Rothschild. Que yo sepa, Galeano nunca hizo comentarios antisemitas. Pero, su insistencia en que la banca internacional ya estaba tramando conspiraciones y alentando guerras desde mediados del siglo XIX, sí sirvió para que en regímenes de populistas latinoamericanos como Chávez y los Kirchner (a quienes Galeano tanto defendía), saliera a relucir el antisemitismo que, desde el siglo XIX, ha formado el estereotipo del banquero judío sin escrúpulos.


2 comentarios:

  1. ''sí sirvió para que en regímenes de populistas latinoamericanos como Chávez y los Kirchner (a quienes Galeano tanto defendía), saliera a relucir el antisemitismo que,''

    Cómo probaría que los kirchner y Chavez son antisemitas?

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    1. 1. Si bien no está del todo claro, hay indicios de que Cristina Fernández ha obstaculizado las investigaciones respecto al bombardeo del centro judío en Buenos Aires, y la extraña muerte del fiscal Nisman. Todo eso tiene un trasfondo antisemita, pues se trata de un ataque de Hezbollah e Irán en contra de una comunidad judía. Pero, además, de eso, Cristina ha hecho comentarios explícitamente antisemitas: http://www.enlacejudio.com/2015/07/10/una-verguenza-el-tuit-antisemita-de-cristina-kirchner-presidenta-de-argentina/
      2. Chávez armó a grupos de choque que, según parece, eventualmente han hecho actos vandálicos contra sinagogas en Venezuela. En la campaña presidencial de 2012, hubo un fuerte ataque desde medios oficialistas en contra del candidato opositor Capriles, resaltando sus orígenes judíos como una forma de descalificarlo. Y, el éxodo de judíos de Venezuela en los últimos años ha sido vertiginoso, debido al temor de ataques.

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