miércoles, 13 de enero de 2016

La represión victimista en EE.UU.

            El mensaje básico de la película Querida gente blanca (la cual reseño acá) es que, en EE.UU., aun si ya no hay racismo claramente evidente (pandillas de blancos linchando a negros, leyes de segregación, etc.), persiste de una forma muy insidiosa. Justin Siemen, el director de esa película, dedica especial atención a aquello que ha venido a llamarse “microagresión”. Los blancos pueden hacer gestos y comentarios aparentemente muy inocentes y sin importancia (tocar el afro de un negro, imitar sus bailes, usar algunas de sus expresiones coloquiales, etc.), pero que en realidad, pueden resultar tremendamente destructivos. Son “microagresiones” en el sentido de que, no parecen gran cosa, pero poco a poco, hacen daño.
            Francamente, a mí me parece que muchos de esos gestos parecerán agresivos, sólo si las supuestas víctimas están altamente condicionadas a sentirse ofendidas por esos gestos; es decir, sólo si tienen una actitud victimista. Vale contrastar la actitud de los negros norteamericanos, con los negros venezolanos. En Venezuela, un afro-descendiente no se molesta cuando le dicen “negro”. En este país, poca gente lleva afro, pero jamás se vería como un insulto que otra persona sienta curiosidad por tocar ese peinado. El negro venezolano que lleva afro seguramente lo verá como una muestra de cariño. Tampoco un negro venezolano se ofenderá porque un blanco quiera usar trenzas, emplee expresiones coloquiales de los negros o incorpore ritmos africanos a su música; más bien lo verá como una sana forma de mestizaje.

            Pero, no es así con los negros norteamericanos. Su nivel de sensibilidad y capacidad de sentirse ofendidos es bastante más alto. Esto no es exclusivo de los negros en EE.UU. Todas las minorías tienen un elevado sentido de la ofensa, y cualquier visitante a una ciudad norteamericana debe tener extremo cuidado en no ofender a nadie. Algunos  comentaristas norteamericanos empiezan a ver esto con preocupación, sobre todo por la forma en que esto erosiona el debate académico en las universidades. Difícilmente se puede tener una discusión seria en los salones universitarios, pues siempre hay el riesgo de que quien asuma una postura contraria al multiculturalismo y a lo políticamente correcto, sea etiquetado como ofensivo.
¿De dónde viene esta híper-sensibilidad? Podría pensarse que viene de un elevado sentido del honor. En un conocido ensayo sobre el victimismo en EE.UU., los sociólogos Bradley Campell y Jason Manning señalan que en sociedades con un Estado debilitado, el honor es muy alto, pues no hay una autoridad estatal que pueda poner freno a las ofensas. En sociedades como éstas (tradicionalmente, las mediterráneas, las latinoamericanas, pero también la sureña de EE.UU.), la gente tiende a ser muy sensible a las ofensas, pues de ese modo, demuestra que no las tolera (para ello, debe estar dispuesta a batirse en duelos), y con eso, envía un mensaje al resto de la gente, con el fin de imponer su respeto.
Pero, no es eso lo que ocurre en EE.UU. En ese país, esa cultura del honor ha sido sustituida por una cultura del victimismo. Se sigue siendo muy sensible a las supuestas ofensas. Pero, tal como señalan Campbell y Manning, a diferencia de las culturas del honor, en el victimismo, el ofendido no tiene necesidad de arriesgarse y batirse en un duelo. Sencillamente, acude a un tercero (generalmente el Estado), para que castigue al supuesto ofensor. Es, básicamente, como el niño llorón que continuamente está acusando a sus amiguitos con la maestra.
En la cultura del honor, no es valorable presentarse como víctima, pues eso es señal de debilidad. Pero, en la cultura del victimismo, el presentarse como víctima (sobre todo sin serlo realmente) es una gran ventaja, pues se puede alegar ser ofendido, sin necesidad de arriesgarse a ir a un duelo. Así pues, los distintos grupos se empiezan a acusar mutuamente de ser ofensores, y eso eleva las tensiones en la sociedad. Todos queremos aparentar ser víctimas. Pero, en este juego perverso, a fin de no perder la distinción de aparentar ser víctimas, debe tenerse muchísimo cuidado en no ofender a nadie. Pues, en el momento en que parezca que se ha ofendido a otra persona con algún comentario, el estatuto privilegiado de víctima se pierde. Y, peor aún, la sociedad se vuelca en contra del supuesto agresor, confinándolo al ostracismo.

EE.UU. es una sociedad con un gravísimo problema de violencia: ataques en los colegios con armas de fuego, brutalidad policial, soldados indisciplinados que cometen atrocidades en las aventuras militares, etc. Hay un gran debate sobre cuáles son las causas de esta violencia. Seguramente la proliferación de armas, el racismo, la militarización de la sociedad, los vídeojuegos (esto es más dudoso), etc., tienen mucho que ver. Pero, yo me atrevería a considerar aún otra causa: es tal el nivel de hipersensibilidad y represión de cosas insignificantes en EE.UU., que toda esa violencia real que aqueja a ese país, es en parte una bujía de escape para individuos desequilibrados, que por mucho tiempo, han acumulado las frustraciones derivadas de la represión victimista.

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